¡¡¡¡Estaaaaaaaaaaaas son las mañananiiiiiiiiiiiiiiitas que cantaba el Rey Daviiiiiiiid a las lectoras bonitas se las cantamoss aaaaaaaaaasí, despiertaaaaaaaaaaaaaaa KAGOME THE SNAPE, despiertaaaaaaaaaaaa miraaaaaaaaaaa... !!!!bueno no te voy a cantar toda la canción, muchas felicidades aquí esta un regalo de cumple, que no pude subir antes, pero helo aquí, espero te y les guste mucho el capítulo final de esta historia.
CAPITULO 19
No sin dificultad logró vencer Aome la agitación que le causó aquella extraordinaria visita. Estuvo muchas horas sin poder pensar en otra cosa. Al parecer, lady Izayoi se había tomado la molestia de hacer el viaje desde Rosings a Hertfordshire con el único fin de romper su supuesto compromiso con Taisho. Aunque lady Izayoi era muy capaz de semejante proyecto, Aome no alcanzaba a imaginar de dónde había sacado la noticia de dicho compromiso, hasta que recordó que el ser él tan amigo de Takeda y ella hermana de Sango, podía haber dado origen a la idea, ya que la boda de los unos predisponía a suponer la de los otros. Aome había pensado, efectivamente, que el matrimonio de su hermana les acercaría a ella y a Taisho. Por eso mismo debió de ser por lo que los Lucas ––por cuya correspondencia con los Akitoki presumía Aome que la conjetura había llegado a oídos de lady Izayoi dieron por inmediato lo que ella también había creído posible para más adelante.
Pero al meditar sobre las palabras de lady Izayoi, no pudo evitar cierta intranquilidad por las consecuencias que podía tener su intromisión. De lo que dijo acerca de su resolución de impedir el casamiento, dedujo Aome que tenía el propósito de interpelar a su sobrino, y no sabía cómo tomaría Taisho la relación de los peligros que entrañaba su unión con ella. Ignoraba hasta dónde llegaba el afecto de Taisho por su tía y el caso que hacía de su parecer; pero era lógico suponer que tuviese más consideración a Su Señoría de la que tenía ella, y estaba segura de que su tía le tocaría el punto flaco al enumerar las desdichas de un matrimonio con una persona de familia tan desigual a la suya. Dadas las ideas de Taisho sobre ese particular, Aome creía probable que los argumentos que a ella le habían parecido tan débiles y ridículos se le antojasen a él llenos de buen sentido y sólido razonamiento.
De modo que si Taisho había vacilado antes sobre lo que tenía que hacer, cosa que a menudo había aparentado, las advertencias e instancias de un deudo tan allegado disiparían quizá todas sus dudas y le inclinarían de una vez para siempre a ser todo lo feliz que le permitiese una dignidad inmaculada. En ese caso, Taisho no volvería a Hertfordshire. Lady Izayoi le vería a su paso por Londres, y el joven rescindiría su compromiso con Takeda de volver a Netherfield.
«Por lo tanto ––se dijo Aome––, si dentro de pocos días Takeda recibe una excusa de Taisho para no venir, sabré a qué atenerme. Y entonces tendré que alejar de mí toda esperanza y toda ilusión sobre su constancia. Si se conforma con lamentar mi pérdida cuando podía haber obtenido mi amor y mi mano, yo también dejaré pronto de lamentar el perderle a él.»
La sorpresa del resto de la familia al saber quién había sido la visita fue enorme; pero se lo explicaron todo del mismo modo que la señora Higurashi, y Aome se ahorró tener que mencionar su indignación.
A la mañana siguiente, al bajar de su cuarto, se encontró con su padre que salía de la biblioteca con una carta en la mano.
––Aome ––le dijo––, iba a buscarte. Ven conmigo.
Aome le siguió y su curiosidad por saber lo que tendría que comunicarle aumentó pensando que a lo mejor estaba relacionado con lo del día anterior. Repentinamente se le ocurrió que la carta podía ser de lady Izayoi, y previó con desaliento de lo que se trataba.
Fue con su padre hasta la chimenea y ambos se sentaron. Entonces el señor Higurashi dijo:
––He recibido una carta esta mañana que me ha dejado patidifuso. Como se refiere a ti principalmente, debes conocer su contenido. No he sabido hasta ahora que tenía dos hijas a punto de casarse. Permíteme que te felicite por una conquista así.
Aome se quedó demudada creyendo que la carta en vez de ser de la tía era del sobrino; y titubeaba entre alegrarse de que Taisho se explicase por fin, y ofenderse de que no le hubiese dirigido a ella la carta, cuando su padre continuó:
––Parece que lo adivinas. Las muchachas tenéis una gran intuición para estos asuntos. Pero creo poder desafiar tu sagacidad retándote a que descubras el nombre de tu admirador. La carta es de Akitoki.
––¡De Akitoki¿Y qué tiene él que decir? ––Como era de esperar, algo muy oportuno. Comienza con la enhorabuena por la próxima boda de mi hija mayor, de la cual parece haber sido informado por alguno de los bondadosos y parlanchines Lucas. No te aburriré leyéndote lo que dice sobre ese punto. Lo referente a ti es lo siguiente:
«Después de haberle felicitado a usted de parte de la señora Akitoki y mía por tan fausto acontecimiento, permítame añadir una breve advertencia acerca de otro asunto, del cual hemos tenido noticia por el mismo conducto. Se supone que su hija Aome no llevará mucho tiempo el nombre de Higurashi en cuanto lo haya dejado su hermana mayor, y que la pareja que le ha tocado en suerte puede razonablemente ser considerada como una de nuestras más ilustres personalidades.»
––¿Puedes sospechar, Aome, lo que esto significa?
«Ese joven posee todo lo que se puede ambicionar en este mundo: soberbias propiedades, ilustre familia y un extenso patronato. Pero a pesar de todas esas tentaciones, permítame advertir a mi prima Aome y a usted mismo los peligros a que pueden exponerse con una precipitada aceptación de las proposiciones de semejante caballero, que, como es natural, se inclinarán ustedes considerar como ventajosas.»
––¿No tienes idea de quién es el caballero, Aome? Ahora viene.
«Los motivos que tengo para avisarle son los siguientes: su tía, lady Izayoi de Bourgh, no mira ese matrimonio con buenos ojos.»
––Como ves, el caballero en cuestión es el señor Taisho. Creo, Aome, que te habrás quedado de una pieza. Ni Akitoki ni los Lucas podían haber escogido entre el círculo de nuestras amistades un nombre que descubriese mejor que lo que propagan es un infundio. ¡El señor Taisho, que no mira a una mujer más que para criticarla, y que probablemente no te ha mirado a ti en su vida¡Es fenomenal!
Aome trató de bromear con su padre, pero su esfuerzo no llegó más que a una sonrisa muy tímida. El humor de su padre no había tomado nunca un derrotero más desagradable para ella.
––¿No te ha divertido?
––¡Claro! Sigue leyendo.
«Cuando anoche mencioné a Su Señoría la posibilidad de ese casamiento, con su habitual condescendencia expresó su parecer sobre el asunto. Si fuera cierto, lady Izayoi no daría jamás su consentimiento a lo que considera desatinadísima unión por ciertas objeciones a la familia de mi prima. Yo creí mi deber comunicar esto cuanto antes a mi prima, para que ella y su noble admirador sepan lo que ocurre y no se apresuren a efectuar un matrimonio que no ha sido debidamente autorizado.»
Y el señor Akitoki, además, añadía:
«Me alegro sinceramente de que el asunto de su hija Kikyo se haya solucionado tan bien, y sólo lamento que se extendiese la noticia de que vivían juntos antes de que el casamiento se hubiera celebrado. No puedo olvidar lo que debo a mi situación absteniéndome de declarar mi asombro al saber que recibió usted a la joven pareja cuando estuvieron casados. Eso fue alentar el vicio; y si yo hubiese sido el rector de Longbourn, me habría opuesto resueltamente. Verdad es que debe usted perdonarlos como cristiano, pero no admitirlos en su presencia ni permitir que sus nombres sean pronunciados delante de usted.»
––¡Éste es su concepto del perdón cristiano! El resto de la carta se refiere únicamente al estado de su querida Rika, y a su esperanza de tener un retoño. Pero, Aome, parece que no te ha divertido. Supongo que no irías a enojarte y a darte por ofendida por esta imbecilidad. ¿Para qué vivimos si no es para entretener a nuestros vecinos y reírnos nosotros de ellos a la vez?
––Sí, me he divertido mucho ––exclamó Aome––. ¡Pero es tan extraño!
––Pues eso es lo que lo hace más gracioso. Si hubiesen pensado en otro hombre, no tendría nada de particular; pero la absoluta indiferencia de Taisho y la profunda tirria que tú le tienes, es lo que hace el chiste. Por mucho que me moleste escribir, no puedo prescindir de la correspondencia de Akitoki. La verdad es que cuando leo una carta suya, me parece superior a Hanyou, a pesar de que tengo a mi yerno por el espejo de la desvergüenza y de la hipocresía. Y dime, Aome¿cómo tomó la cosa lady Izayoi¿Vino para negarte su consentimiento?
A esta pregunta Aome contestó con una carcajada, y como su padre se la había dirigido sin la menor sospecha, no le importaba ––que se la repitiera. Aome no se había visto nunca en la situación de fingir que sus sentimientos eran lo que no eran en realidad. Pero ahora tuvo que reír cuando más bien habría querido llorar. Su padre la había herido cruelmente al decirle aquello de la indiferencia de Taisho, y no pudo menos que maravillarse de la falta de intuición de su padre, o temer que en vez de haber visto él demasiado poco, hubiese ella visto demasiado mucho.
Pocos días después de la visita de lady Izayoi, Takeda no sólo no recibió ninguna carta de excusa de su amigo, sino que le llevó a Longbourn en persona. Los caballeros llegaron temprano, y antes de que la señora Higurashi tuviese tiempo de decirle a Taisho que había venido a visitarles su tía, cosa que Aome temió por un momento, Takeda, que quería estar solo con Sango, propuso que todos salieran de paseo. Se acordó así, pero la señora Higurashi no tenía costumbre de pasear y Kana no podía perder el tiempo. Así es que salieron los cinco restantes. Takeda y Sango dejaron en seguida que los otros se adelantaran y ellos se quedaron atrás. Aome, Taisho y Kagura iban juntos, pero hablaban muy poco. Kagura tenía demasiado miedo a Taisho para poder charlar; Aome tomaba en su fuero interno una decisión desesperada, y puede que Taisho estuviese haciendo lo mismo.
Se encaminaron hacia la casa de los Lucas, porque Kagura quería ver a María, y como Aome creyó que esto podía interesarle a ella, cuando Kagura les dejó siguió andando audazmente sola con Taisho. Llegó entonces el momento de poner en práctica su decisión, y armándose de valor dijo inmediatamente:
––Señor Taisho, soy una criatura muy egoísta que no me preocupo más que de mis propios sentimientos, sin pensar que quizá lastimaría los suyos. Pero ya no puedo pasar más tiempo sin darle a usted las gracias por su bondad sin igual para con mi pobre hermana. Desde que lo supe he estado ansiando manifestarle mi gratitud. Si mi familia lo supiera, ellos también lo habrían hecho.
––Siento muchísimo ––replicó Taisho en tono de sorpresa y emoción–– que haya sido usted informada de una cosa que, mal interpretada, podía haberle causado alguna inquietud. No creí que la señora Gardiner fuese tan poco reservada.
––No culpe a mi tía. La indiscreción de Kikyo fue lo primero que me descubrió su intervención en el asunto; y, como es natural, no descansé hasta que supe todos los detalles. Déjeme que le agradezca una y mil veces, en nombre de toda mi familia, el generoso interés que le llevó a tomarse tanta molestia y a sufrir tantas mortificaciones para dar con el paradero de los dos.
––Si quiere darme las gracias ––repuso Taisho––, hágalo sólo en su nombre. No negaré que el deseo de tranquilizarla se sumó a las otras razones que me impulsaron a hacer lo que hice; pero su familia no me debe nada. Les tengo un gran respeto, pero no pensé más que en usted.
Aome estaba tan confusa que no podía hablar. Después de una corta pausa, su compañero añadió: ––Es usted demasiado generosa para burlarse de mí. Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más.
Aome, sintiéndose más torpe y más angustiada que nunca ante la situación de Taisho, hizo un esfuerzo para hablar en seguida, aunque no rápidamente, le dio a entender que sus sentimientos habían experimentado un cambio tan absoluto desde la época a la que él se refería, que ahora recibía con placer y gratitud sus proposiciones. La dicha que esta contestación proporcionó a Taisho fue la mayor de su existencia, y se expresó con todo el calor y la ternura que pueden suponerse en un hombre locamente enamorado. Si Aome hubiese sido capaz de mirarle a los ojos, habría visto cuán bien se reflejaba en ellos la delicia que inundaba su corazón; pero podía escucharle, y los sentimientos que Taisho le confesaba y que le demostraban la importancia que ella tenía para él, hacían su cariño cada vez más valioso.
Siguieron paseando sin preocuparse de la dirección que llevaban. Tenían demasiado que pensar, que sentir y que decir para fijarse en nada más. Aome supo en seguida que debían su acercamiento a los afanes de la tía de Taisho, que le visitó en Londres a su regreso y le contó su viaje a Longbourn, los móviles del mismo y la sustancia de su conversación con la joven, recalcando enfáticamente las expresiones que denotaban, a juicio de Su Señoría, la perversidad y descaro de Aome, segura de que este relato le ayudaría en su empresa de arrancar al sobrino la promesa que ella se había negado a darle. Pero por desgracia para Su Señoría, el efecto fue contraproducente.
––Gracias a eso concebí esperanzas que antes apenas me habría atrevido a formular. Conocía de sobra el carácter de usted para saber que si hubiese estado absoluta e irrevocablemente decidida contra mí, se lo habría dicho a lady Izayoi con toda claridad y franqueza.
Aome se ruborizó y se rió, contestando:
––Sí, conocía usted de sobra mi franqueza para creerme capaz de eso. Después de haberle rechazado tan odiosamente cara a cara, no podía tener reparos en decirle lo mismo a todos sus parientes.
––No me dijo nada que no me mereciese. Sus acusaciones estaban mal fundadas, pero mi proceder con usted era acreedor del más severo reproche. Aquello fue imperdonable; me horroriza pensarlo.
––No vamos a discutir quién estuvo peor aquella tarde ––dijo Aome––. Bien mirado, los dos tuvimos nuestras culpas. Pero me parece que los dos hemos ganado en cortesía desde entonces.
––Yo no puedo reconciliarme conmigo mismo con tanta facilidad. El recuerdo de lo que dije e hice en aquella ocasión es y será por mucho tiempo muy doloroso para mí. No puedo olvidar su frase tan acertada: «Si se hubiese portado usted más caballerosamente.» Éstas fueron sus palabras. No sabe, no puede imaginarse cuánto me han torturado, aunque confieso que tardé en ser lo bastante razonable para reconocer la verdad que encerraban.
––Crea usted que yo estaba lejos de suponer que pudieran causarle tan mala impresión. No tenía la menor idea de que le afligirían de ese modo.
––No lo dudo. Entonces me suponía usted desprovisto de todo sentimiento elevado, estoy seguro. Nunca olvidaré tampoco su expresión al decirme que de cualquier modo que me hubiese dirigido a usted, no me habría aceptado.
––No repita todas mis palabras de aquel día. Hemos de borrar ese recuerdo. Le juro que hace tiempo que estoy sinceramente avergonzada de aquello.
Taisho le habló de su carta:
––¿Le hizo a usted rectificar su opinión sobre mí¿Dio crédito a su contenido?
Ella le explicó el efecto que le había producido y cómo habían ido desapareciendo sus anteriores prejuicios.
––Ya sabía ––prosiguió Taisho–– que lo que le escribí tenía que apenarla, pero era necesario. Supongo que habrá destruido la carta. Había una parte, especialmente al empezar, que no querría que volviese usted a leer. Me acuerdo de ciertas expresiones que podrían hacer que me odiase.
––Quemaremos la carta si cree que es preciso para preservar mi afecto, pero aunque los dos tenemos razones para pensar que mis opiniones no son enteramente inalterables, no cambian tan fácilmente como usted supone.
––Cuando redacté aquella carta ––replicó Taisho me creía perfectamente frío y tranquilo; pero después me convencí de que la había escrito en un estado de tremenda amargura.
––Puede que empezase con amargura, pero no terminaba de igual modo. La despedida era muy cariñosa. Pero no piense más en la carta. Los sentimientos de la persona que la escribió y los de la persona que la recibió son ahora tan diferentes, que todas las circunstancias desagradables que a ella se refieran deben ser olvidadas. Ha de aprender mi filosofía. Del pasado no tiene usted que recordar más que lo placentero.
––No puedo creer en esa filosofia suya. Sus recuerdos deben de estar tan limpios de todo reproche que la satisfacción que le producen no proviene de la filosofía, sino de algo mejor: de la tranquilidad de conciencia. Pero conmigo es distinto: me salen al paso recuerdos penosos que no pueden ni deben ser ahuyentados. He sido toda mi vida un egoísta en la práctica, aunque no en los principios. De niño me enseñaron a pensar bien, pero no a corregir mi temperamento. Me inculcaron buenas normas, pero dejaron que las siguiese cargado de orgullo y de presunción. Por desgracia fui hijo único durante varios años, y mis padres, que eran buenos en sí, particularmente mi padre, que era la bondad y el amor personificados, me permitieron, me consintieron y casi me encaminaron hacia el egoísmo y el autoritarismo, hacia la despreocupación por todo lo que no fuese mi propia familia, hacia el desprecio del resto del mundo o, por lo menos, a creer que la inteligencia y los méritos de los demás eran muy inferiores a los míos. Así desde los ocho hasta los veintiocho años, y así sería aún si no hubiese sido por usted, amadísima Aome. Se lo debo todo. Me dio una lección que fue, por cierto, muy dura al principio, pero también muy provechosa. Usted me humilló como convenía, usted me enseñó lo insuficientes que eran mis pretensiones para halagar a una mujer que merece todos los halagos.
––¿Creía usted que le iba a aceptar?
––Claro que sí. ¿Qué piensa usted de mi vanidad? Creía que usted esperaba y deseaba mi declaración.
––Me porté mal, pero fue sin intención. Nunca quise engañarle, y sin embargo muchas veces me equivoco. ¡Cómo debió odiarme después de aquella tarde!
––¡Odiarla! Tal vez me quedé resentido al principio; pero el resentimiento no tardó en transformarse en algo mejor.
––Casi no me atrevo a preguntarle qué pensó al encontrarme en Pemberley. ¿Le pareció mal que hubiese ido?
––Nada de eso. Sólo me quedé sorprendido.
––Su sorpresa no sería mayor que la mía al ver que usted me saludaba. No creí tener derecho a sus atenciones y confieso que no esperaba recibir más que las merecidas.
––Me propuse ––contestó Taisho–– demostrarle, con mi mayor cortesía, que no era tan ruin como para estar dolido de lo pasado, y esperaba conseguir su perdón y atenuar el mal concepto en que me tenía probándole que no había menospreciado sus reproches. Me es difícil decirle cuánto tardaron en mezclarse a estos otros deseos, pero creo que fue a la media hora de haberla visto.
Entonces le explicó lo encantada que había quedado Lin al conocerla y lo que lamentó la repentina interrupción de su amistad. Esto les llevó, naturalmente, a tratar de la causa de dicha interrupción, y Aome se enteró de que Taisho había decidido irse de Derbyshire en busca de Kikyo antes de salir de la fonda, y que su seriedad y aspecto meditabundo no obedecían a más cavilaciones que las inherentes al citado proyecto.
Volvió Aome a darle las gracias, pero aquel asunto era demasiado agobiante para ambos y no insistieron en él.
Después de andar varias millas en completo abandono y demasiado ocupados para cuidarse de otra cosa, miraron sus relojes y vieron que era hora de volver a casa.
––¿Qué habrá sido de Takeda y de Sango?
Esta exclamación les llevó a hablar de los asuntos de ambos. Taisho estaba contentísimo con su compromiso, que Takeda le había notificado inmediatamente.
––¿Puedo preguntarle si le sorprendió? ––dijo Aome.
––De ningún modo. Al marcharme comprendí que la cosa era inminente.
––Es decir, que le dio usted su permiso. Ya lo sospechaba.
Y aunque él protestó de semejantes términos, ella encontró que eran muy adecuados.
––La tarde anterior a mi viaje a Londres ––dijo Taisho–– le hice una confesión que debí haberle hecho desde mucho antes. Le dije todo lo que había ocurrido para convertir mi intromisión en absurda e impertinente. Se quedó boquiabierto. Nunca había sospechado nada. Le dije además que me había engañado al suponer que Sango no le amaba, y cuando me di cuenta de que Takeda la seguía queriendo, ya no dudé de que serían felices.
Aome no pudo menos que sonreír al ver cuán fácilmente manejaba a su amigo.
––Cuando le dijo que mi hermana le amaba¿fue porque usted lo había observado o porque yo se lo había confesado la pasada primavera?
––Por lo primero. La observé detenidamente durante las dos visitas que le hice últimamente, y me quedé convencido de su cariño por Takeda.
––Y su convencimiento le dejó a él también convencido¿verdad?
––Así es. Takeda es el hombre más modesto y menos presumido del mundo. Su apocamiento le impidió fiarse de su propio juicio en un caso de tanta importancia;. pero su sumisión al mío lo arregló todo. Tuve que declararle una cosa que por un tiempo y con toda razón le tuvo muy disgustado. No pude ocultarle que su hermana había estado tres meses en Londres el pasado invierno, que yo lo sabía y que no se lo dije a propósito. Se enfadó mucho. Pero estoy seguro de que se le pasó al convencerse de que su hermana le amaba todavía. Ahora me ha perdonado ya de todo corazón.
Aome habría querido añadir que Takeda era el más estupendo de los amigos por la facilidad con que se le podía traer y llevar, y que era realmente impagable. Pero se contuvo. Recordó que Taisho tenía todavía que aprender a reírse de estas cosas, y que era demasiado pronto para empezar. Haciendo conjeturas sobre la felicidad de Takeda que, desde luego, sólo podía ser inferior a la de ellos dos, Taisho siguió hablando hasta que llegaron a la casa. En el vestíbulo se despidieron.
Aome, querida¿por dónde has estado paseando?
Ésta es la pregunta que Sango le dirigió a Aome en cuanto estuvieron en su cuarto, y la que le hicieron todos los demás al sentarse a la mesa. Aome respondió que habían estado vagando hasta donde acababa el camino que ella conocía. Al decir esto se sonrojó, pero ni esto ni nada despertó la menor sospecha sobre la verdad.
La velada pasó tranquilamente sin que ocurriese nada extraordinario. Los novios oficiales charlaron y rieron, y los no oficiales estuvieron callados. La felicidad de Taisho nunca se desbordaba en regocijo; Aome, agitada y confusa, sabía que era feliz más que sentirlo, pues además de su aturdimiento inmediato la inquietaban otras cosas. Preveía la que se armaría en la familia cuando supiesen lo que había ocurrido. Le constaba que Taisho no gustaba a ninguno de los de su casa más que a Sango, e incluso temía que ni su fortuna ni su posición fuesen bastante para contentarles.
Por la noche abrió su corazón a Sango, y aunque Sango no era de natural desconfiada, no pudo creer lo que su hermana le decía:
––¡Estás bromeando, Aome¡Eso no puede ser¡Tú, comprometida con Taisho! No, no; no me engañarás. Ya sé que es imposible.
––¡Pues sí que empieza mal el asunto! Sólo en ti confiaba, pero si tú no me crees, menos me van a creer los demás. Te estoy diciendo la pura verdad. Sesshomaru todavía me quiere y nos hemos comprometido.
Sango la miró dudando:
––Aome, no es posible. ¡Pero si sé que no le puedes ni ver!
––No sabes nada de nada. Hemos de olvidar todo eso. Tal vez no siempre le haya querido como ahora; pero en estos casos una buena memoria es imperdonable. Ésta es la última vez que yo lo recuerdo.
Sango contemplaba a su hermana con asombro. Aome volvió a afirmarle con la mayor seriedad que lo que decía era cierto.
––¡Cielo Santo¿Es posible¿De veras? Pero ahora ya te creo ––exclamó Sango––. ¡Querida Aome! Te felicitaría, te felicito, pero...¿estás segura, y perdona la pregunta, completamente segura de que serás dichosa con él?
––Sin duda alguna. Ya hemos convenido que seremos la pareja más venturosa de la tierra. ¿Estás contenta, Sango¿Te gustará tener a Sesshomaru por hermano?
––Mucho, muchísimo, es lo que más placer puede darnos a Miroku y a mí. Y tú¿le quieres realmente bastante¡Oh, Aome! Haz cualquier cosa menos casarte sin amor. ¿Estás absolutamente segura de que sientes lo que debe sentirse?
––¡Oh, sí! Y te convencerás de que siento más de lo que debo cuando te lo haya contado todo.
––¿Qué quieres decir?
––Pues que he de confesarte que le quiero más que tú a Takeda. Temo que te disgustes.
––Hermana, querida, no estás hablando en serio. Dime una cosa que necesito saber al momento¿desde cuándo le quieres?
––Ese amor me ha ido viniendo tan gradualmente que apenas sé cuándo empezó; pero creo que data de la primera vez que vi sus hermosas posesiones de Pemberley.
Sango volvió a pedirle formalidad y Aome habló entonces solemnemente afirmando que adoraba a Taisho. Sango quedó convencida y se dio enteramente por satisfecha.
––Ahora sí soy feliz del todo ––dijo––, porque tú vas a serlo tanto como yo. Siempre he sentido gran estimación por Taisho. Aunque no fuera más que por su amor por ti, ya le tendría que querer; pero ahora que además de ser el amigo de Takeda será tu marido, sólo a Takeda y a ti querré más que a él. ¡Pero qué callada y reservada has estado conmigo¿Cómo no me hablaste de lo que pasó en Pemberley y en Lambton? Lo tuve que saber todo por otra persona y no por ti.
Aome le expuso los motivos de su secreto. No había querido nombrarle a Takeda, y la indecisión de sus propios sentimientos le hizo evitar también el nombre de su amigo. Pero ahora no quiso ocultarle la intervención de Taisho en el asunto de Kikyo. Todo quedó aclarado y las dos hermanas se pasaron hablando la mitad de la noche.
––¡Ay, ojalá ese antipático señor Taisho no. venga otra vez con nuestro querido Takeda! ––suspiró la señora Higurashi al asomarse a la ventana al día siguiente ––. ¿Por qué será tan pesado y vendrá aquí continuamente? Ya podría irse a cazar o a hacer cualquier cosa en lugar de venir a importunarnos. ¿Cómo podríamos quitárnoslo de encima? Aome, tendrás que volver a salir de paseo con él para que no estorbe a Takeda.
Aome por poco suelta una carcajada al escuchar aquella proposición tan interesante, a pesar de que le dolía que su madre le estuviese siempre insultando.
En cuanto entraron los dos caballeros, Takeda miró a Aome expresivamente y le estrechó la mano con tal ardor que la joven comprendió que ya lo sabía todo. Al poco rato Takeda dijo:
Señor Higurashi¿no tiene usted por ahí otros caminos en los que Aome pueda hoy volver a perderse?
––Recomiendo al señor Taisho, a Aome y a Kagura ––dijo la señora Higurashi–– que vayan esta mañana a la montaña de Oagham. Es un paseo largo y precioso y el señor Taisho nunca ha visto ese panorama.
––Esto puede estar bien para los otros dos ––explicó Takeda––, pero me parece que Kagura se cansaría. ¿Verdad?
La muchacha confesó que preferiría quedarse en casa; Taisho manifestó gran curiosidad por disfrutar de la vista de aquella montaña, y Aome accedió a acompañarle. Cuando subió para arreglarse, la señora Higurashi la siguió para decirle:
––Aome, siento mucho que te veas obligada a andar con una persona tan antipática; pero espero que lo hagas por Sango. Además, sólo tienes que hablarle de vez en cuando. No te molestes mucho.
Durante el paseo decidieron que aquella misma tarde pedirían el consentimiento del padre. Aome se reservó el notificárselo a la madre. No podía imaginarse cómo lo tomaría; a veces dudaba de si toda la riqueza y la alcurnia de Taisho serían suficientes para contrarrestar el odio que le profesaba; pero tanto si se oponía violentamente al matrimonio, como si lo aprobaba también con violencia, lo que no tenía duda era que sus arrebatos no serían ninguna muestra de buen sentido, y por ese motivo no podría soportar que Taisho presenciase ni los primeros raptos de júbilo ni las primeras manifestaciones de su desaprobación.
Por la tarde, poco después de haberse retirado el señor Higurashi a su biblioteca, Aome vio que Taisho se levantaba también y le seguía. El corazón se le puso a latir fuertemente. No temía que su padre se opusiera, pero le afligiría mucho y el hecho de que fuese ella, su hija favorita, la que le daba semejante disgusto y la que iba a inspirarle tantos cuidados y pesadumbres con su desafortunada elección, tenía a Aome muy entristecida. Estuvo muy abatida hasta que Taisho volvió a entrar y hasta que, al mirarle, le dio ánimos su sonrisa. A los pocos minutos Taisho se acercó a la mesa junto a la cual estaba sentada Aome con Kagura, y haciendo como que miraba su labor, le dijo al oído:
––Vaya a ver a su padre: la necesita en la biblioteca.
Aome salió disparada.
Su padre se paseaba por la estancia y parecía muy serio e inquieto.
––Aome ––le dijo––¿qué vas a hacer¿Estás en tu sano juicio al aceptar a ese hombre¿No habíamos quedado en que le odiabas?
¡Cuánto sintió Aome que su primer concepto de Taisho hubiera sido tan injusto y sus expresiones tan inmoderadas! Así se habría ahorrado ciertas explicaciones y confesiones que le daban muchísima vergüenza, pero que no había más remedio que hacer. Bastante confundida, Aome aseguró a su padre que amaba a Taisho profundamente.
––En otras palabras, que estás decidida a casarte con él. Es rico, eso sí; podrás tener mejores trajes y mejores coches que Sango. Pero ¿te hará feliz todo eso?
––¿Tu única objeción es que crees que no le amo?
––Ni más ni menos. Todos sabemos que es un hombre orgulloso y desagradable; pero esto no tiene nada que ver si a ti te gusta.
––Pues sí, me gusta ––replicó Aome con lágrimas en los ojos––; le amo. Además no tiene ningún orgullo. Es lo más amable del mundo. Tú no le conoces. Por eso te suplico que no me hagas daño hablándome de él de esa forma.
––Aome ––añadió su padre––, le he dado mi consentimiento. Es uno de esos hombres, además, a quienes nunca te atreverías a negarles nada de lo que tuviesen la condescendencia de pedirte. Si estás decidida a casarte con él, te doy a ti también mi consentimiento. Pero déjame advertirte que lo pienses mejor. Conozco tu carácter, Aome. Sé que nunca podrás ser feliz ni prudente si no aprecias verdaderamente a tu marido, si no le consideras como a un superior. La viveza de tu talento te pondría en el más grave de los peligros si hicieras un matrimonio desigual. Difícilmente podrías salvarte del descrédito y la catástrofe. Hija mía, no me des el disgusto de verte incapaz de respetar al compañero de tu vida. No sabes lo que es eso.
Aome, más conmovida aun que su padre, le respondió con vehemencia y solemnidad; y al fin logró vencer la incredulidad de su padre reiterándole la sinceridad de su amor por Taisho, exponiéndole el cambio gradual que se había producido en sus sentimientos por él, afirmándole que el afecto de él no era cosa de un día, sino que había resistido la prueba de muchos meses, y enumerando enérgicamente todas sus buenas cualidades. Hasta el punto que el señor Higurashi aprobó ya sin reservas la boda.
––Bueno, querida ––le dijo cuando ella terminó de hablar––, no tengo más que decirte. Siendo así, es digno de ti. Aome mía, no te habría entregado a otro que valiese menos.
Para completar la favorable impresión de su padre, Aome le relató lo que Taisho había hecho espontáneamente por Kikyo.
––¡Ésta es de veras una tarde de asombro¿De modo que Taisho lo hizo todo: llevó a efecto el casamiento, dio el dinero, pagó las deudas del pollo y le obtuvo el destino? Mejor: así me libraré de un mar de confusiones y de cuentas. Si lo hubiese hecho tu tío, habría tenido que pagarle; pero esos jóvenes y apasionados enamorados cargan con todo. Mañana le ofreceré pagarle; él protestará y hará una escena invocando su amor por ti, y asunto concluido.
Entonces recordó el señor Higurashi lo mal que lo había pasado Aome mientras él le leía la carta de Akitoki, y después de bromear con ella un rato, la dejó que se fuera y le dijo cuando salía de la habitación:
––Si viene algún muchacho por Kana o Kagura, envíamelo, que estoy completamente desocupado.
Aome sintió que le habían quitado un enorme peso de encima, y después de media hora de tranquila reflexión en su aposento, se halló en disposición de reunirse con los demás, bastante sosegada. Las cosas estaban demasiado recientes para poderse abandonar a la alegría, pero la tarde pasó en medio de la mayor serenidad. Nada tenía que temer, y el bienestar de la soltura y de la familiaridad vendrían a su debido tiempo.
Cuando su madre se retiró a su cuarto por la noche, Aome entró con ella y le hizo la importante comunicación. El efecto fue extraordinario, porque al principio la señora Higurashi se quedó absolutamente inmóvil, incapaz de articular palabra; y hasta al cabo de muchos minutos no pudo comprender lo que había oído, a pesar de que comúnmente no era muy reacia a creer todo lo que significase alguna ventaja para su familia o noviazgo para alguna de sus hijas. Por fin empezó a recobrarse y a agitarse. Se levantaba y se volvía a sentar. Se maravillaba y se congratulaba:
––¡Cielo santo¡Que Dios me bendiga¿Qué dices querida hija¿El señor Taisho¡Quién lo iba a decir¡Oh, Aome de mi alma¡Qué rica y qué importante vas a ser¡Qué dineral, qué joyas, qué coches vas a tener! Lo de Sango no es nada en comparación, lo que se dice nada. ¡Qué contenta estoy, qué feliz¡Qué hombre tan encantador, tan guapo, tan bien plantado¡Aome, vida mía, perdóname que antes me fuese tan antipático! Espero que él me perdone también. ¡Aome de mi corazón¡Una casa en la capital¡Todo lo apetecible¡Tres hijas casadas¡Diez mil libras al año¡Madre mía¿Qué va a ser de mí¡Voy a enloquecer!
Esto bastaba para demostrar que su aprobación era indudable. Aome, encantada de que aquellas efusiones no hubiesen sido oídas más que por ella, se fue en seguida. Pero no hacía tres minutos que estaba en su cuarto, cuando entró su madre.
––¡Hija de mi corazón! ––exclamó . No puedo pensar en otra cosa. ¡Diez mil libras anuales y puede que más¡Vale tanto como un lord! Y licencia especial, porque debéis tener que casaros con licencia especial. Prenda mía, dime qué plato le gusta más a Taisho para que pueda preparárselo para mañana.
Mal presagio era esto de lo que iba a ser la conducta de la señora Higurashi con el caballero en cuestión, y Aome comprendió que a pesar de poseer el ardiente amor de Taisho y el consentimiento de toda su familia, todavía le faltaba algo. Pero la mañana siguiente transcurrió mejor de lo que había creído, porque, felizmente, su futuro yerno le infundía a la señora Higurashi tal pavor, que no se atrevía a hablarle más que cuando podía dedicarle alguna atención o asentir a lo que él decía.
Aome tuvo la satisfacción de ver que su padre se esforzaba en intimar con él, y le aseguró, para colmo, que cada día le gustaba más.
Aome no tardó en recobrar su alegría, y quiso que Taisho le contara cómo se había enamorado de ella:
––¿Cómo empezó todo? ––le dijo––. Comprendo que una vez en el camino siguieras adelante, pero ¿cuál fue el primer momento en el que te gusté?
––No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería.
––Pues mi belleza bien poco te conmovió. Y en lo que se refiere a mis modales contigo, lindaban con la grosería. Nunca te hablaba más que para molestarte. Sé franco¿me admiraste por mi impertinencia?
––Por tu vigor y por tu inteligencia.
––Puedes llamarlo impertinencia, pues era poco menos que eso. Lo cierto es que estabas harto de cortesías, de deferencias, de atenciones. Te fastidiaban las mujeres que hablaban sólo para atraerte. Yo te irrité y te interesé porque no me parecía a ellas. Por eso, si no hubieses sido en realidad tan afable, me habrías odiado; pero a pesar del trabajo que te tomabas en disimular, tus sentimientos eran nobles y justos, y desde el fondo de tu corazón despreciabas por completo a las personas que tan asiduamente te cortejaban. Mira cómo te he ahorrado la molestia de explicármelo. Y, la verdad, al fin y al cabo, empiezo a creer que es perfectamente razonable. Estoy segura de que ahora no me encuentras ningún mérito, pero nadie repara en eso cuando se enamora.
––¿No había ningún mérito en tu cariñosa conducta con Sango cuando cayó enferma en Netherfield?
––¡Mi querida Sango! Cualquiera habría hecho lo mismo por ella. Pero interprétalo como virtud, si quieres. Mis buenas cualidades te pertenecen ahora, y puedes exagerarlas cuanto se te antoje. En cambio a mí me corresponde el encontrar ocasiones de contrariarte y de discutir contigo tan a menudo como pueda. Así es que voy a empezar ahora mismo. ¿Por qué tardaste tanto en volverme a hablar de tu cariño¿Por qué estabas tan tímido cuando viniste la primera vez y luego cuando comiste con nosotros¿Por qué, especialmente, mientras estabas en casa, te comportabas como si yo no te importase nada?
––Porque te veía seria y silenciosa y no me animabas.
––Estaba muy violenta.
––Y yo también.
––Podías haberme hablado más cuando venías a comer.
––Si hubiese estado menos conmovido, lo habría hecho.
––¡Qué lástima que siempre tengas una contestación razonable, y que yo sea también tan razonable que la admita! Pero si tú hubieses tenido que decidirte, todavía estaríamos esperando. ¿Cuándo me habrías dicho algo, si no soy yo la que empieza? Mi decisión de darte las gracias por lo que hiciste por Kikyo surtió buen efecto; demasiado: estoy asustada; porque ¿cómo queda la moral si nuestra felicidad brotó de la infracción de una promesa? Yo no debí haber hablado de aquello, no volveré a hacerlo.
––No te atormentes. La moral quedará a salvo por completo. El incalificable proceder de lady Izayoi para separarnos fue lo que disipó todas mis dudas. No debo mi dicha actual a tu vehemente deseo de expresarme tu gratitud. No necesitaba que tú me dijeras nada. La narración de mi tía me había dado esperanzas y estaba decidido a saberlo todo de una vez.
––Lady Izayoi nos ha sido, pues, infinitamente útil, cosa que debería extasiarla a ella que tanto le gusta ser útil a todo el mundo. Pero dime¿por qué volviste a Netherfield¿Fue sólo para venir a Longbourn a azorarte, o pensaste en obtener un resultado más serio?
––Mi verdadero propósito era verte y comprobar si podía abrigar aún esperanzas de que me amases. Lo que confesaba o me confesaba a mí mismo era ver si tu hermana quería todavía a Takeda, y, de ser así, reiterarle la confesión que ya otra vez le había hecho.
––¿Tendrás valor de anunciarle a lady Izayoi lo que le espera?
––Puede que más bien me falte tiempo que valor. Vamos a ello ahora mismo. Si me das un pliego de papel, lo hago inmediatamente.
––Y si yo no tuviese que escribir otra carta, podría sentarme a tu lado y admirar la uniformidad de tu letra, como hacía cierta señorita en otra ocasión. Pero yo tengo una tía a la que no quiero dejar olvidada por más tiempo.
Por no querer confesar que habían exagerado su intimidad con Taisho, Aome no había contestado aún a la larga carta de la señora Gardiner. Pero ahora, al poder anunciarles lo que tan bien recibido sería, casi se avergonzaba de que sus tíos se hubieran perdido tres días de disfrutar de aquella noticia.
La misiva de Taisho a lady Izayoi fue diferente. Y todavía más diferente fue la que el señor Higurashi le mandó al señor Akitoki en contestación a su última:
«Querido señor: tengo que molestarle una vez más con la cuestión de las enhorabuenas: Aome será pronto la esposa del señor Taisho. Consuele a lady Izayoi lo mejor que pueda; pero yo que usted me quedaría con el sobrino. Tiene más que ofrecer. Le saludo atentamente.»
Los parabienes de la señorita Takeda a su hermano con ocasión de su próxima boda fueron muy cariñosos, pero no sinceros. Escribió también a Sango para expresarle su alegría y repetirle sus antiguas manifestaciones de afecto. Sango no se engañó, pero se sintió conmovida, y aunque no le inspiraba ninguna confianza, no pudo menos que remitirle una contestación mucho más amable de lo que pensaba que merecía. La alegría que le causó a la señorita Taisho la noticia fue tan verdadera como la de su hermano al comunicársela. Mandó una carta de cuatro páginas que todavía le pareció insuficiente para expresar toda su satisfacción y su vivo deseo de obtener el cariño de su hermana.
Antes de que llegara ninguna respuesta de Akitoki ni felicitación de su esposa a Aome, la familia de Longbourn se enteró de que los Akitoki iban a venir a casa de los Lucas. Pronto se supo la razón de tan repentino traslado. Lady Izayoi se había puesto tan furiosa al recibir la carta de su sobrino, que Rika, que de veras se alegraba de la boda, quiso marcharse hasta que la tempestad amainase. La llegada de su amiga en aquellos momentos fue un gran placer para Aome; aunque durante sus encuentros este placer se le venía abajo al ver a Taisho expuesto a la ampulosa cortesía de Akitoki. Pero Taisho lo soportó todo con admirable serenidad. Incluso atendió a sir William Lucas cuando fue a cumplimentarle por llevarse la más brillante joya del condado y le expresó sus esperanzas de que se encontrasen todos en St. James. Taisho se encogió de hombros, pero cuando ya sir William no podía verle.
La vulgaridad de la señora Philips fue otra y quizá la mayor de las contribuciones impuestas a su paciencia, pues aunque dicha señora, lo mismo que su hermana, le tenía demasiado respeto para hablarle con la familiaridad a que se prestaba el buen humor de Takeda, no podía abrir la boca sin decir una vulgaridad. Ni siquiera aquel respeto que la reportaba un poco consiguió darle alguna elegancia. Aome hacía todo lo que podía para protegerle de todos y siempre procuraba tenerle junto a ella o junto a las personas de su familia cuya conversación no le mortificaba. Las molestias que acarreó todo esto quitaron al noviazgo buena parte de sus placeres, pero añadieron mayores esperanzas al futuro. Aome pensaba con delicia en el porvenir, cuando estuvieran alejados de aquella sociedad tan ingrata para ambos y disfrutando de la comodidad y la elegancia de su tertulia familiar de Pemberley.
El día en que la señora Higurashi se separó de sus dos mejores hijas, fue de gran bienaventuranza para todos sus sentimientos maternales. Puede suponerse con qué delicioso orgullo visitó después a la señora Takeda y habló de la señora Taisho. Querría poder decir, en atención a su familia, que el cumplimiento de sus más vivos anhelos al ver colocadas a tantas de sus hijas, surtió el feliz efecto de convertirla en una mujer sensata, amable y juiciosa para toda su vida; pero quizá fue una suerte para su marido (que no habría podido gozar de la dicha del hogar en forma tan desusada) que siguiese ocasionalmente nerviosa e invariablemente mentecata.
El señor Higurashi echó mucho de menos a su Aome; su afecto por ella le sacó de casa con una frecuencia que no habría logrado ninguna otra cosa. Le deleitaba ir a Pemberley, especialmente cuando menos le esperaban.
Takeda y Sango sólo estuvieron un año en Netherfield. La proximidad de su madre y de los parientes de Meryton no era deseable ni aun contando con el fácil carácter de Takeda y con el cariñoso corazón de Sango. Entonces se realizó el sueño dorado de las hermanas de Takeda; éste compró una posesión en un condado cercano a Derbyshire, y Sango y Aome, para colmo de su felicidad, no estuvieron más que a treinta millas de distancia.
Kagura, sólo por su interés material, se pasaba la mayor parte del tiempo con sus dos hermanas mayores; y frecuentando una sociedad tan superior a la que siempre había conocido, progresó notablemente. Su temperamento no era tan indomable como el de Kikyo, y lejos del influjo de ésta, llegó, gracias a una atención y dirección conveniente, a ser menos irritable, menos ignorante y menos insípida. Como era natural, la apartaron cuidadosamente de las anteriores desventajas de la compañía de Kikyo, y aunque la señora Hanyou la invitó muchas veces a ir a su casa, con la promesa de bailes y galanes, su padre nunca consintió que fuese.
Kana fue la única que se quedó en la casa y se vio obligada a no despegarse de las faldas de la señora Higurashi, que no sabía estar sola. Con tal motivo tuvo que mezclarse más con el mundo, pero pudo todavía moralizar acerca de todas las visitas de las mañanas, y como ahora no la mortificaban las comparaciones entre su belleza y la de sus hermanas, su padre sospechó que había aceptado el cambio sin disgusto.
En cuanto a Hanyou y Kikyo, las bodas de sus hermanas les dejaron tal como estaban. Él aceptaba filosóficamente la convicción de que Aome sabría ahora todas sus falsedades y toda su ingratitud que antes había ignorado; pero, no obstante, alimentaba aún la esperanza de que Taisho influiría para labrar su suerte. La carta de felicitación por su matrimonio que Aome recibió de Kikyo daba a entender que tal esperanza era acariciada, si no por él mismo, por lo menos por su mujer. Decía textualmente así:
«Mi querida Aome: Te deseo la mayor felicidad. Si quieres al señor Taisho la mitad de lo que yo quiero a mi adorado Hanyou, serás muy dichosa. Es un gran consuelo pensar que eres tan rica; y cuando no tengas nada más que hacer, acuérdate de nosotros. Estoy segura de que a Hanyou le gustaría muchísimo un destino de la corte, y nunca tendremos bastante dinero para vivir allí sin alguna ayuda. Me refiero a una plaza de trescientas o cuatrocientas libras anuales aproximadamente; pero, de todos modos, no le hables a Taisho de eso si no lo crees conveniente.»
Y como daba la casualidad de que Aome lo creía muy inconveniente, en su contestación trató de poner fin a todo ruego y sueño de esa índole. Pero con frecuencia le mandaba todas las ayudas que le permitía su práctica de lo que ella llamaba economía en sus gastos privados. Siempre se vio que los ingresos administrados por personas tan manirrotas como ellos dos y tan descuidados por el porvenir, habían de ser insuficientes para mantenerse. Cada vez que se mudaban, o Sango o ella recibían alguna súplica de auxilio para pagar sus cuentas. Su vida, incluso después de que la paz les confinó a un hogar, era extremadamente agitada. Siempre andaban cambiándose de un lado para otro en busca de una casa más barata y siempre gastando más de lo que podían. El afecto de Hanyou por Kikyo no tardó en convertirse en indiferencia; el de Kikyo duró un poco más, y a pesar de su juventud y de su aire, conservó todos los derechos a la reputación que su matrimonio le había dado.
Aunque Taisho nunca recibió a Hanyou en Pemberley, le ayudó a progresar en su carrera por consideración a Aome. Kikyo les hizo alguna que otra visita cuando su marido iba a divertirse a Londres o iba a tomar baños. A menudo pasaban temporadas con los Takeda, hasta tan punto que lograron acabar con el buen humor de Takeda y llegó a insinuarles que se largasen.
La señorita Takeda quedó muy resentida con el matrimonio de Taisho, pero en cuanto se creyó con derecho a visitar Pemberley, se le pasó el resentimiento: estuvo más loca que nunca por Lin, casi tan atenta con Taisho como en otro tiempo y tan cortés con Aome que le pagó sus atrasos de urbanidad.
Lin se quedó entonces a vivir en Pemberley y se encariñó con su hermana tanto como Taisho había previsto. Las dos se querían tiernamente. Lin tenía el más alto concepto de Aome, aunque al principio se asombrase y casi se asustase al ver lo juguetona que era con su hermano; veía a aquel hombre que siempre le había inspirado un respeto que casi sobrepasaba al cariño, convertido en objeto de francas bromas. Su entendimiento recibió unas luces con las que nunca se había tropezado. Ilustrada por Aome, empezó a comprender que una mujer puede tomarse con su marido unas libertades que un hermano nunca puede tolerar a una hermana diez años menor que él.
Lady Izayoi se puso como una fiera con la boda de su sobrino, y como abrió la esclusa a toda su genuina franqueza al contestar a la carta en la que él le informaba de su compromiso, usó un lenguaje tan inmoderado, especialmente al referirse a Aome, que sus relaciones quedaron interrumpidas por algún tiempo. Pero, al final, convencido por Aome, Taisho accedió a perdonar la ofensa y buscó la reconciliación. Su tía resistió todavía un poquito, pero cedió o a su cariño por él o a su curiosidad por ver cómo se comportaba su esposa, de modo que se dignó visitarles en Pemberley, a pesar de la profanación que habían sufrido sus bosques no sólo por la presencia de semejante dueña, sino también por las visitas de sus tíos de Londres.
Con los Gardiner estuvieron siempre los Taisho en las más íntima relación. Taisho, lo mismo que Aome, les quería de veras; ambos sentían la más ardiente gratitud por las personas que, al llevar a Aome a Derbyshire, habían sido las causantes de su unión.
Bueno pues muchas gracias a todos los lectores que leyeron esta historia, y si en algun momento se sintieron ofendidos, como creo que hay dos personas por ahì, pues ni modo me disculpo, y a los que les gustó ¡QUE CHIIIIIIIIDO!, muchas gracias por los ánimos y los buenos comentarios.
Kagome the snape
Kaoru-dono18
Trip
Kaoru-Neko
Abril-chan
Ksforever
...y los que me faltaron gracias por el apoyo.
En algún momento casi al final estuve tentada a abandonar la historia, muchas personas han abandonado las historias que suben ultimamente y me han dejado como novia de rancho, vestida y alborotada y me dije "ISHI, no puedes hacer lo mesmo", y pues ahi esta, espero les haya gustado, si vuelvo a considerar adaptar una historia serè màs cuidadosa.
Nos estamos leyendo luego, y a los que no cumplen años hoy ¡¡FELIZ , FELLIZ NO CUMPLEAÑOS!!
Abur
