¡Hola de nuevo a todos! Como prometí, aquí está el siguiente capítulo, después de una semana. Generalmente, actualizaré los fines de semana (sábados sobre todo).
Este capítulo es un poco más corto que el anterior, pero fundamental en la trama. Aquí se verá el porqué de la situación actual.
De nuevo, me gustaría recordaros que, si os gusta la literatura o si queréis enviarme amenazas de muerte, cartas de amor eterno o una caja repleta de brownies, mi tumblr es suertedeinfelicidad (el enlace está en mi perfil). Estoy empezando y cualquier me gusta/follow/lo que sea será bien recibido
Igualmente, muchas gracias a los review, follows y favs. Vuestro apoyo me anima a seguir escribiendo \o/
Capítulo 2
En el jardín, las rosas, iluminadas por la diáfana luz de la luna, parecían más rojas todavía.
El joven que ante ella se encontraba levitó hasta una pequeña fuente y se dejó caer en el borde, con aire cansado.
- Princesa, siento haberte sacado de la fiesta tan repentinamente, pero quería que tuviésemos tiempo para… Ya sabes… Hablar a solas – dijo con una amable sonrisa en su rostro que apenas dejaba entrever unos pequeños colmillos de vampiro.
- Claro, em… esto… ¿cuál es tu nombre?
- ¡Oh, por supuesto! – exclamó el joven mientras se ponía de pie, sorprendido de que se le hubiese olvidado algo tan elemental como aquello – Discúlpeme por no haberme presentado antes. Mi nombre es Marshall Lee, princesa, y he de decir que nunca imaginé que su hermosura pudiese incluso superar lo que los rumores cuentan sobre ella – Concluyó mientras besaba con delicadeza el dorso de la mano de Chicle.
La joven se sonrojó y se dio la vuelta, algo avergonzada. ¿Quién se creía que era este chico para tomarse tales confianzas con ella? Y sin embargo, cada vez que miraba sus ojos, se tornaban tan cercanos… Traían a su mente recuerdos agradables que amenazaban con desaparecer. Era una sensación nostálgica, pero placentera.
- Encantada de conocerte, Marshall – respondió finalmente – Solo espero que puedas dejar de llamarme de usted y simplemente me llames Chicle. Aquí en Chuchelandia desdeñamos un poco el protocolo.
El vampiro sonrió abiertamente, dejando que sus colmillos reluciesen por un segundo.
- Nada me haría más feliz. Y ahora, Chicle, ¿te gustaría acompañarme a dar un paseo?
La Princesa no contestó, simplemente se dejó llevar por Marshall quien, agarrándola suavemente del brazo, la conducía por rincones del jardín en los que ni ella misma había estado. Se estaba empezando a preguntar cómo conocería el joven todos aquellos lugares cuando, de improvisto, arrancó una flor y, se la llevó a los labios. Comenzó a chupar el color hasta que dejó la forma de un corazón en el centro de la rosa, que luego tendió con elegancia hacia Chicle.
- Belleza por belleza – dijo simplemente, dejando que la rosa reposase en las manos de la princesa.
Siguieron conversando y caminando, sin tener en cuenta el tiempo que pasaba, y cuando al fin decidieron volver al castillo, se dieron cuenta de que la fiesta estaba decayendo y que los invitados, poco a poco, iban volviendo a sus casas.
- Bueno, princesa, creo que es hora de despedirme – anunció Marshall tristemente, mientras se dirigía al exterior para emprender el vuelo.
- ¿Podré volver a verte? – preguntó Chicle antes de que el joven abandonase el lugar.
- Podrás verme siempre que quieras – dijo con una sonrisa en el rostro.
Y tras esto salió volando del edificio, dejando a la princesa con una sonrisa en el rostro, la nostalgia en el corazón, y la sensación de que se le había olvidado algo realmente importante.
Marceline no podía creerlo. ¿Cómo había podido ser tan tonta? ¿Cómo se había permitido ser tan débil?
Había llegado hasta su casa en la cueva después de volar un rato para intentar tranquilizarse. A veces, la luz de la Luna conseguía calmarla, como si de una silenciosa canción de cuna se tratase. A veces, miraba a la Luna y le recordaba a su madre.
Pero aquella noche, ni siquiera la Luna conseguía calmarla. Ni siquiera la Luna conseguía sacarla de sus recuerdos, de aquellas tristes palabras que no pudo evitar pronunciar tiempo atrás, de aquellos hechos de los que todavía no sabía si se arrepentía o no. Solo podía recordar, una y otra vez, como si aquello fuese a cambiar las cosas.
Solo sabía recordar…
*FLASHBACK*
- ¡Estoy harta! – gritó Marceline, mirando a la princesa con lágrimas en los ojos - ¡¿Es que no puedes olvidar tu maldito reino por un solo segundo?!
- ¡Marceline, soy la Princesa! ¡Siempre has sabido que no puedo descuidar mis obligaciones reales, pero aun así, accediste a volver a salir conmigo!
- Maldita sea, Bonnie ¡pensé que ya habíamos superado esto! Pero al parecer, veo que no. El resto de princesas conocen nuestra relación, pero eres incapaz de mostrarla más allá.
- Una gobernanta no debe dejar que el pueblo se entere de su vida privada, lo sabes muy bien, Marceline… - intentó justificarse Bonnibel, quien también estaba al borde de las lágrimas.
- ¿Y qué diferencia el estar saliendo de no hacerlo? ¡Apenas te veo un rato todas las noches cuando consigo colarme por tu ventana!
- ¡Se diferencia en que ahora sabes que te quiero! – gritó la princesa, enfadada, ya que Marceline no se daba cuenta de algo tan obvio.
- ¿De verdad? ¿A quién quieres más, a mí o a tu reino? – respondió Marceline, sin poder medir la ira y el desprecio que ponía en cada una de sus palabras - ¿Sabes qué? No hace falta que contestes. Me voy a dar una vuelta.
Marceline escuchó a la Princesa gritar detrás de sí, pero no se permitió girar la cabeza. El parasol dejaba que algunos pequeños rayos rozasen su delicada piel, pero no le importaba. Le gustaba el dolor. Le hacía concentrarse en otra cosa y que su mente pudiese olvidar la discusión. Otra discusión más que añadir a su larga lista.
Apenas llevaban un mes de relación y ya habían discutido más de cinco veces. Marceline no dejaba de preguntarse si aquello sería normal en las relaciones entre mujeres, pero sabía que era engañarse a sí misma, en ningún tipo de relación es normal discutir con tanta frecuencia.
La intensidad de los pocos momentos románticos que tenían por las noches le hacía olvidar el dolor que las discusiones matutinas le provocaban, pero se preguntaba cuánto más podría aguantar. Y le aterraba entrever la respuesta.
Desde el comienzo de todo aquello, Marceline había tenido miedo. Le daba un miedo atroz estar al fin tan cerca de la persona a la que amaba. Le daba tanto miedo como el hecho de saber que con su estúpido comportamiento le estaba haciendo daño.
A pesar de lo que pudiese parecer, Marceline se conocía a ella misma. Después de mil años, era difícil no hacerlo. Y, simplemente, sabía que no era buena en las relaciones con otras personas. Era solitaria, independiente. Ni siquiera había tenido relaciones de amistad demasiado duraderas. Sabía que sus sentimientos podían cambiar de un momento a otro, así era ella. Era una vampiresa, y estaba creada para tener sentimientos volátiles. Por ello, le aterraba pensar que un día podría dejar de querer a Bonnie.
- No quiero hacerle más daño… - volvió a repetirse mientras lágrimas y más lágrimas caían de sus húmedos ojos.
Sabía que eso era lo que ocurriría. Probablemente estuviesen saliendo un tiempo más. Probablemente ella se cansase de la princesa al mes siguiente y se liaría con cualquier otra persona que encontrase por allí. Seguramente cortarían a la primera oportunidad, porque Marceline era así. Para ella, era inevitable hacerle daño a las personas que más quería.
Y sabía que, si seguía con aquella relación, era lo único que iba a conseguir.
- Tengo que acabar con esto cuanto antes.
Con decisión, se volvió a levantar para emprender el vuelo hacia el castillo de la Princesa Chicle.
