Hoy me siento generosa. Llevo escribiendo a cada ratito libre que he tenido este fin de semana, por lo que he podido avanzar mucho la trama, así que os dejo otro pequeño capítulo. Así, sin que me dejéis apenas reviews ni nada. Porque sí. Porque os tengo cariño. Y no me gusta que sufráis de impaciencia.
Igualmente, gracias a las reviews y follows que he recibido de ayer para hoy. JM Scarlet, me alegro de que te guste el drama, porque si no llegaría un punto en este Fanfic en el que querrías asesinarme HEHEHE.
Dudas, acusaciones de asesinato, o invitaciones a la Luna, mi tumblr es: suertedeinfelicidad (el enlace está en mi perfil) y os amaría eternamente si entraseis y le dieseis a me gusta, follow, o cualquier locura que se suela hacer en tumblr.
Capítulo 3
La Princesa daba vueltas por su habitación, inquieta. Después de Marshall se marchase, se dio cuenta de que el único motivo por el que había celebrado el baile era para encontrar a Marceline. Y pensar que, durante el tiempo en el que había estado con Marshall, incluso había llegado a olvidarlo…
Recorrió el amplio espacio hasta su mesita de noche y abrió el cajón. Dentro, reposaba su diario. Lo abrió por la primera página y leyó la nota que allí se encontraba.
"Lo siento, Bonnie, esto no funciona. No me busques, no conseguirás encontrarme. Esto es un adiós…
Marcy."
La había encontrado en el castillo, un año atrás, después de su última discusión con Marceline.
Sus ojos aún se humedecían al volver al leerla, pero nada comparado con el ataque de ansiedad al que sucumbió cuando la leyó por primera vez. La textura del papel aún la hacía estremecerse.
Volvió a dejarla en su sitio y se sentó en la cama.
Marshall le recordaba tanto a ella… Sin embargo, era fácil estar junto a él. Era fácil aceptar sus halagos y sentirse querida. Era sencillo vivir sin peleas, pero ¿era lo que ella buscaba?
Entre esos pensamientos escuchó como la puerta se abría de par en par y la Princesa Bultos se plantaba ante ella.
- ¡No me lo puedo creer! – gritaba sorprendida, añadiendo sus toques dramáticos personales - ¡Tú, con el seductor oficial de esta temporada, Marshall Lee!
- Sí, esto… Princesa Bultos…
- ¡No me lo puedo creer! – volvía a gritar la princesa, enloquecida – Cuéntame, ¿te besó?
- ¡Bultos! – gritó Chicle, avergonzada – Solo dimos un paseo… Y ya está.
- ¡Un paseo! – exclamó la princesa, que no podía dejar de gritar – ¡Qué menos se podría esperar de Marshall! Ya verás cuando se lo cuente al resto de princesas… ¡Se van a quedar flipadas!
- No quiero que esto se convierta en un cotilleo real… - comenzó a decir Chicle – Ni siquiera sé si me gusta.
- Vamos, PB… Esto, sin duda alguna, le vendrá bien a tu reputación – dijo Bultos sin hacer caso omiso a lo que su amiga replicaba – Además, ¡claro que te gusta! No lo sabes porque no te has visto a ti misma, pero le estabas poniendo ojitos. Ya era hora de que olvidases a aquella indeseable de Marceline. ¡Marshall y tú seréis la pareja de la temporada, sin duda alguna!
La Princesa Bultos salió de la habitación muy agitada, pensando ya en lo que iba a contar al resto de princesas la próxima vez que las viese.
Por el contrario, Chicle se quedó sola, sentada en su cama, mientras reflexionaba sobre lo que le había dicho su amiga.
- ¿Olvidar, eh?... – se dijo a sí misma mientras sonreía irónicamente.
Se preguntó si aquello sería posible.
Era un día tranquilo, de esos que poco abundan en el reino de Ooo. Nadie molestaba a nadie, ni había peleas en las que defender a alguien que lo necesitase. Por ello, Finn se aburría más que nunca.
Se encontraba sentado en el marco de la ventana, mirando el paisaje, mientras su colega, Jake, jugaba a videojuegos sin despegar la vista de la pantalla.
- Vamos, Finn, vente. Te dejaré ganar una vez al menos, lo prometo – intentaba convencerlo mientras seguía jugando.
- Ahora, Jake, dentro de un rato…
Finn quería jugar, pero su mente se encontraba ocupada en otra cosa. Había una idea que no dejaba de rondarle la cabeza desde hacía un tiempo. Y creía que iba siendo hora de confesársela a su mejor colega.
- Jake, ¿no te dio la sensación de haber visto a Marceline en el baile de la Princesa Chicle? – preguntó finalmente Finn, poco convencido.
Jake dejó de inmediato los videojuegos y lo miró fijamente. Aquello se trataba realmente de un tema serio.
- No lo sé colega, no me fijé – se lamentó Jake – pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué decidiría presentarse allí en medio después de todo este tiempo?
- Eso es lo que yo me pregunto...
Se quedaron en silencio y el perro decidió continuar jugando, pero ya no era capaz de concentrarse como antes y comenzó a perder progresivamente. Finn, sin embargo, seguía meditabundo. Su mente no se calmaría con una sola pregunta.
- Creo que deberíamos hacer algo – dijo el chico después de pensarlo detenidamente – No podemos dejar que Marceline esté desaparecida. Somos sus amigos después de todo. Y aunque ya no esté con Chicle, pueden ser amigas también.
- Me parece genial, tío, pero ¿qué podemos hacer nosotros?
- Deberíamos… - comenzó a pensar Finn - ¡Ya sé, deberíamos reunir a Marceline And The Scream Queens!
- ¡Es una buena idea! – gritó Jake entusiasmado – Pero, ¿cómo lo haremos?
Y Finn comenzó a explicarle detenidamente el plan que poco a poco había ido formándose en su cabeza, donde no había más que reunir a los componentes del grupo, encontrar a Marceline, organizar un concierto, engañar a la Princesa Chicle para que viniese, hacer que se encuentren y, finalmente, confiar en que se reconciliasen.
La Princesa Chicle paseaba por su extenso jardín, recordando aquella noche que pasó junto a Marshall Lee. No sabía si sería por que la Luna no estaba en el cielo o por que le faltaba su presencia, pero las rosas no tenían el mismo brillo que entonces.
Se sentó en un pequeño banco junto a una fuente y contempló su rosal favorito. Lo había plantado junto a Marceline, tiempo atrás, y había crecido fuerte y sano. Por un momento, en el pasado, pensó en cortarlo. Pensó que así podrían desaparecer por fin sus sentimientos por la vampiresa. Pero siempre había sabido que no era capaz de ello.
Acercó lentamente la mano y acarició los suaves y sedosos pétalos de la rosa más hermosa que nunca había visto. Era grande y exuberante, como una rosa salvaje, pero fina y delicada, como las rosas cultivadas. Aun sin los destellos de la luna, sabía que era perfecta. En un impulso acercó la mano al tallo y decidió hacer presión para arrancarla. Sentía que debía llevarse esa rosa consigo y así quizás consiguiese alcanzar su perfección. Sin embargo, no pudo más que retirar la mano rápidamente al sentir como una espina se clavaba en su dedo. La sangre comenzó a brotar lenta y densa, roja como la misma rosa, creando un contraste con su piel rosada.
Sonrió.
Las rosas le recordaban a Marceline. Siempre lo habían hecho. Eran bellas, atrayentes. Se atrevería a decir, que incluso parecían delicadas. Siempre rodeadas de un halo de misterio que no puedes encontrar en ninguna otra flor. Cada rosa es única e irrepetible. Pero cuando te confías, cuando sientes que algo que tanto admiras, algo que tanto amas no puede hacerte daño, cuando quieres amarrar esa rosa, ponerle barrotes, cadenas, cuando quieres cortarla y llevártela para siempre contigo, es entonces cuando muestra su verdadera naturaleza, es entonces cuando sangras.
- Una rosa es una rosa… - susurró, con una sonrisa nostálgica en el rostro.
Dejó entonces la rosa y se dirigió al castillo, con la esperanza de que alguien allí pudiese ofrecerle una tirita para su herida, no sin antes dedicar una última mirada a la rosa, su rosa.
"Volveré", se dijo a sí misma.
