¡Hola a todos de nuevo! Os traigo el capítulo 5 de este Fanfic, el cual empieza justo donde acabó el anterior (por si alguno no se acuerda bien después de una semana)

De nuevo, quería daros las gracias por las reviews y los favs y follows. Ya sabéis que me encanta saber vuestra opinión sobre cada capítulo (y si no lo sabéis, yo os lo digo, ME ENCANTA), así que muchas gracias a los que empleáis unos momentos de vuestro tiempo en comentar.

También quería volveros a recordar que mi tumblr es suertedeinfelicidad (el enlace está en mi perfil) y que me haríais muuuuy feliz si le echaseis un ojo :D

Capítulo 5

- ¡Para, Chicle, me haces daño! – exclamó Marshall Lee separándose bruscamente de la princesa.

Sin darse cuenta, había estado clavando las uñas en su espalda mientras bailaban abrazados. Ver a Marceline besándose con la estúpida de la Princesa Salvaje le había hecho arder de ira por dentro como nunca antes.

- Lo siento, Marshall, no sé qué me ha pasado – se disculpó.

Marshall la perdonó con una de sus amables sonrisas en las que apenas dejaba ver sus imperceptibles colmillos. Exceptuando el pálido de su piel y los orificios en su cuello, nada en su actitud demostraba que fuese un peligroso vampiro. Al menos, no con la princesa. Se comportaba de manera más caballerosa y galante de lo que hubiese podido siquiera pedir. Y había algo, en sus ojos, que la calmaba. Quizás fuese ese espectro vampírico, que la atrapaba y la dejaba indefensa ante un ataque. O quizás tan solo le recordase tiempos mejores en los que solía perderse en unos ojos parecidos a aquellos.

Siguieron bailando y, de vez en cuando, Marshall hacía algún comentario. Bonnibel reía y fingía prestar atención, pero su mente estaba en la barra, junto a una vampiresa que no hacía más que beber un Bloody Mary tras otro. ¿Por qué la estúpida de Marceline no podría salir de su vida de una vez? Ya la dejó al borde de la desesperación cuando se alejó de ella de aquel modo, ¿qué más quería? ¿Acaso no descansaría hasta que Bonnibel suplicase clemencia y prefiriese la muerte antes de seguir sintiendo ese dolor? Y luego estaba aquella canción que había cantado mirándola fijamente. La princesa podría haber jurado con la mano en el fugo que se la estaba dedicando, pero, ¿a qué venía una canción así en aquél momento? ¿Era otra de las bromas pesadas de Marceline?

Intentó desviar la mirada de la barra y concentrarse en Marshall. Se fijó en sus labios. Finos, delicados y seductores la atraían, al igual que su mentolado aliento, el cual se posaba en su cuello, haciendo que se le erizase el vello. Sabía que alguien como Marshall era perfecto para ella, y no tenía otra intención que la de intentar mantener una relación seria junto a él.

Se puso de puntillas y besó sus labios, sintiendo como las manos de su acompañante se amoldaban a su cintura. Le gustaba besarle, era agradable, no era como los besos de Marceline, pero era…

Marceline. De nuevo, aquel nombre aparecía por su cabeza. ¿Es que no podía siquiera dejarla besar a un chico agradable en paz? ¿Tenía que ocupar los pensamientos de la princesa de aquella manera tan insistente?

Se separó de Marshall, quien inconscientemente siguió los labios de la princesa, hasta que se dio cuenta de que no quería seguir besándolo.

- Lo siento, Marshall, no me encuentro demasiado bien. Creo que voy a salir un rato.

- ¿Quieres que te acompañe?

- No, gracias – se excusó Chicle – estaré mejor sola.

Y salió por la puerta de la sala, esperando que la noche pudiese hacerle a su mente olvidar lo que su corazón le recordaba con tanta insistencia.


Cuando comenzaron a entrarle remordimientos por lo que había hecho se dirigió a la barra y pidió otro Bloody Mary. Sabía que no debía beber tanto rojo, aunque, ¿qué diferencia hay entre uno más o uno menos? El camarero se lo trajo mirándola con desconfianza, como si temiese que pudiese desplomarse en cualquier momento, y Marceline absorbió al menos la mitad del rojo de su bebida de una sola vez. Sintió cómo comenzaba a dolerle la cabeza a causa de la estridente música (y, en su opinión, de un malísimo gusto), así que decidió dar una vuelta.

Acabó saliendo de allí y paseando por los árboles, bajo la luz de la luna llena (¿o era menguante?). Miró su mano y vio que todavía quedaba bebida roja en ella, así que la apuró de un trago, sintiendo cómo embriagaba sus sentidos, y lanzó el vaso al suelo, escuchando como se rompía en mil cristales diminutos.

- Veo que tu humor no ha mejorado en todo este tiempo – escuchó una voz que hablaba a su espalda.

Se giró en redondo y vio a Bonnibel, plantada frente a ella. Sola esta vez.

- ¿Por qué debería haberlo hecho? – contestó simplemente mientras comenzaba a levitar, con dificultad. Intentaba no quedarse embobada mirando a Bonnie, ya que sabía que si lo hacía se perdería en su rostro y no encontraría palabras con las que expresarse, pero le era extremadamente complicado.

- Déjalo, da igual… Por cierto, has estado genial en el concierto de hoy. Como siempre. – la felicitó Bonnibel, mientras Marceline intentaba encontrar sentimientos ocultos en su mirada.

- Gracias. Espero que tú y tu novio Marshall os lo hayáis pasado bien. – respondió Marceline mordaz.

- No es mi novio – se quejó Chicle al instante.

- Vamos, Bonnie. Os he visto besándoos.

- Sí, ¿y qué? ¿sales tú acaso con la Princesa Salvaje? – preguntó visiblemente molesta.

- ¡No, pero yo no bailé pegada a ella en tu estúpido baile de máscaras! – gritó Marceline, sin darse cuenta realmente de lo que estaba diciendo.

- Tú… ¿fuiste a mi baile? – Chicle no podía creérselo, aunque, ahora que lo sabía, muchas cosas cobraban sentido.

Marceline se arrepintió al instante de haber dicho eso, por lo que intentó cambiar rápidamente de tema, pero la Princesa no consintió un no por respuesta.

- ¿Por qué fuiste? Y más importante aún, ¿por qué ni siquiera te vi? – comenzó a preguntar, amontonando otras dudas en su cabeza.

- ¿Y por qué no podía ir? ¿Acaso no enviaste a esa estúpida golosina tuya hasta la mismísima Nocheosfera para anunciar tu estúpido baile de máscaras? Creo que tenía el mismo derecho que todos a asistir – contestó Marceline exasperada

- ¡¿Por qué siempre estás tan a la defensiva?! – se quejó Chicle – ¡No se puede mantener una conversación normal contigo!

- Lo siento, Bonnie… - se disculpó Marceline tras darse cuenta de la verdad que había tras aquellas palabras. Siempre le había sido extremadamente difícil llegar a un acuerdo con Chicle, pero ahora era el momento de dejar a un lado su arrogante orgullo – Lo cierto… Lo cierto es que quería verte.

La Princesa Chicle comenzó a notar cómo se le humedecían los ojos y apartó la vista para así no dar muestras de debilidad.

- Yo también quería verte… - se atrevió a confesar Chicle - Tenía la esperanza de que aparecieses por allí, aunque solo fuese a saludar, pero sabía que eso de los bailes no era lo tuyo…

- ¡No! Estuvo realmente bien, de verdad, y estuve a punto de acercarme a ti, pero…

- ¿Pero qué, Marceline? ¿Por qué no viniste a mí? – preguntó la Princesa Chicle. En su mente, se libraba una batalla. Una parte quería que Marceline pusiese cualquier excusa tonta o irreal para justificarse, que le dijese que la quería y que todo volviese a ser como antes. La otra, sabía que aquello no era real.

- No lo sé… - respondió simplemente la vampiresa, demasiado confundida y amedrentada como para confesar sus verdaderos sentimientos.

- Pues quizás es algo que te debas plantear seriamente – respondió Bonnibel de manera cortante. Aquella no era la respuesta que estaba esperando, en ninguno de los dos casos.

Tras aquello, la Princesa se dio la vuelta lentamente y caminó hacia la sala sin ni siquiera despedirse. Marceline la vio alejarse lentamente. Sabía que la estaba volviendo a perder, pero no podía hacer nada. Ya la había perdido hacía mucho tiempo, aunque se preguntaba si aquella vez sería la definitiva.

Más de una vez estuvo tentada de gritarle que se quedara junto a ella en aquel corto periodo de tiempo en el que Bonnibel recorrió el pequeño camino hacia la sala, pero no lo hizo. Y cuando la Princesa dirigió la mirada hacia ella una última vez, antes de cerrar la puerta tras de sí, Marceline esquivó el contacto visual, avergonzada de sí misma, de su cobardía, de su temor.

Y entonces se quedó sola en la oscura noche, sola, muy sola, más sola que nunca, con la mente embriagada por el rojo y el corazón vacío de esperanza.


No sabía exactamente cuánto tiempo pasó fuera, pero, cuando regresó a la fiesta, apenas quedaban algunos rezagados consumiendo las últimas gotas de alcohol en sus venas.

El frío de la noche, cierta forma, la había alejado de sus problemas. La había apartado de la realidad. Era algo que siempre le ocurría, sentir la fría brisa sobre su piel, más fría todavía, le resultaba un contraste curioso que la serenaba, en cierto modo. A veces le hacía recordar aquel tiempo en el que su corazón aún latía y su sangre todavía era caliente. Aunque solo a veces.

Sin embargo, la calidez de aquella sala atestada de hormonas comenzaba a pasar efecto, y sus sentimientos volvían a estar más confusos que nunca. Por una parte, se sentía feliz de haber podido volver a hablar con Bonnie. Por la otra, se sentía más triste que nunca. También podría decir que estaba furiosa. Consigo misma, con Bonnibel. Furiosa con el mundo. Y sobre todo, más que cualquier otra cosa, Marceline podía decir que estaba embriagada. El color rojo todavía corría por sus venas, calentándolas como hacía tiempo nada las calentaba, suprimiendo sus sentidos, aumentando sus instintos. A veces, recordaba que era la Reina de los Vampiros y se sentía la reina de la Nocheosfera. Cuando bebía tales cantidades de rojo podía sentir que era la Reina del Mundo sin apenas recordar nada.

Avanzó levitando hasta sus amigos, quienes todavía seguían bailando como locos en la pista de baile, y los saludó torpemente, uniéndose a su desorganizada coreografía. Podía sentir cómo las gotas de sudor corrían por sus cuerpos, y el calor seguía trastocándola. Era como una droga, un placer prohibido. Una canción nueva, más gotas corriendo por sus espaldas, el calor que la envolvía.

Miró a Jake y no pudo evitar reír ante su extravagante baile junto a Lady Arcoíris. En cierto modo, eran adorables. Estrafalariamente adorables.

Dirigió entonces su mirada hacia Finn y lo vio bailando de un modo más relajado junto a la Princesa Flama. Se había quitado su habitual gorro y el cabello rubio caía a los lados de su cara, empapado por el sudor. Pequeñas gotas corrían por su frente y trazaban una delicada línea por su cuello, donde una vena palpitaba sin cesar.

Marceline miró más atentamente. No se solía fijar en la anatomía de sus amigos, y menos de Finn el Humano, pero aquella noche todo era distinto. Aquella noche se fijó, y pudo darse cuenta de cómo su vena palpitaba vigorosamente, sugerente. Una vena repleta de sangre, de sangre del más puro rojo.

Hacía centenares de años que los vampiros habían dejado de beber sangre. Más concretamente, desde que desapareció el último humano. Su afán de supervivencia les había hecho evolucionar y aprender a alimentarse del color rojo. Sin embargo, la vampiresa aún recordaba aquel tiempo cuando, de joven, sentía correr la sangre humana, fresca y cálida, por su boca. No había alimento igual a la sangre, nada era comparable. Era una sensación reconfortante. Formaba la ilusión de estar vivo de nuevo, sentir calor en tus extremidades. Algunos hasta aseguraban que su corazón volvía a latir cuando bebían sangre. Sin embargo, cuando se pasaba el efecto, volvían a caer en la desdicha de saber que nunca podrían volver a estar vivo realmente. Y aquello no hacía más que obligarles a consumir de nuevo, era inevitable. Era una especie de droga de la que no podías más que depender.

Marceline se acercó muy lentamente al muchacho. Sentía cómo una parte de su cerebro le gritaba que parase, que aquello no estaba bien, pero esa pequeña voz se escuchaba muy lejana, tanto que ignorarla era tentadoramente fácil. Efectos del alcohol, pensó.

Sus colmillos comenzaron a aflorarle, haciéndose más notorios de lo normal, y sus ojos se tornaron de color negro oscuro, como la noche misma. Sin pensarlo, sin proponérselo siquiera, se había puesto en posición de ataque.

- Marceline, ¿qué estás haciendo? – preguntó Finn con una expresión de miedo en su rostro cuando se dio la vuelta y vio a la vampiresa agazapada.

Y entonces saltó.

Podría haber dicho que no fue ella, que fue el alcohol, el color rojo o el triste recuerdo de los besos de Bonnibel, pero entonces, una y otra vez, habría mentido.

Fue ella, la única culpable, la única detonante. Ella fue quien saltó encima de Finn, indefenso, aún embriagado. Ella fue quien lo apartó de brazos de la Princesa Flama, quien lo tiró al suelo y puso aquella expresión tan escalofriante que hizo que el rostro de su amigo se crispara de horror. No fue otra que ella quien lo sujetó con una fuerza sobrehumana, quien acercó lentamente su boca a aquella vena palpitante, sedienta de sangre, y perforó con sus afilados colmillos la fina piel que la separaba de aquel suculento manjar.

Aunque, por el contrario, sí que fue otra persona, más concretamente la Princesa Flama, quien chilló despavorida ante la situación, desmayándose en el acto. También fue otro, Jake, quien la apartó de encima de su amigo, empujándola a la pared, porque, sin duda alguna, de otra forma habría sido imposible separarla de aquella sutil droga.

Fueron todos quienes la miraron con expresión de desprecio, quienes la miraron y susurraron aquello de "Sabíamos que los vampiros no eran de fiar".

Pero no fue otra que Marceline la que, después de todo aquello, salió volando y sonrió satisfecha. Sí, sonrió. Y no fue por el alcohol, ni por el color rojo, ni por aquel trago de sangre que le recordó a su infancia.

Marceline voló muy alto, y sonrió. Sonrió porque justo en aquel momento, en aquel preciso instante, había vuelto a sentirse viva.