¡Hola a todos! Siento haber tardado más con esta actualización, pero ayer llegué bastante tarde a mi casa y no pude subir nada.
Muchas gracias a todos los que comentáis y a los que le dais fav y follow. Sois un amor 3
De nuevo recordaros que mi Tumblr es Suerte De Infelicidad (el enlace está en mi perfil) y que está esperando vuestra llegada C:
Y nada más, os deseo una feliz semana y que disfrutéis con el capítulo
Capítulo 8
Supo que estaba allí, mirándolos sin pretender ser vista, incluso antes de salir por aquella puerta.
- Marceline, ¿qué haces aquí? – preguntó la Princesa Chicle al vacío.
Y de la parte trasera de la casa salió una pequeña figura, sonrosada a causa de los rayos del sol, que la miraba temerosa.
- He venido a ver qué tal estaba Finn… - explicó la joven – Escuché a Marshall cuando llamó a tu ventana. Tan solo quería saber si se encontraba bien.
- Está recuperándose, no te preocupes – contestó la princesa mirándola compasivamente – aunque creo que sería mejor que no entrases. Ya sabes, los ánimos todavía están un poco agitados…
- Lo comprendo. No pensaba entrar, de todas formas. ¿Quién tendría ganas de ver a alguien como yo? – dijo la chica, apenada.
- Vamos, Marceline, no te pongas así… No sé qué habrás escuchado, pero debes de saber que Jake no piensa así realmente. Está enfadado. Déjalo que se le pase un poco y en un tiempo volverá a estar todo como antes – intentó convencerla la princesa.
- Bueno, sí, como sea…
La vampiresa dio por concluida su conversación y comenzó a caminar en dirección a su casa.
- ¡Espera! – la llamó Chicle - ¿Dónde fuiste antes?
- ¿Antes? ¿Cuándo? – preguntó Marceline extrañada
- Cuando Marshall entró en mi habitación – explicó la princesa – Miré a la cama de nuevo y ya no estabas.
- Me escondí – respondió simplemente – No quería estorbaros.
La Princesa Chicle se quedó en silencio unos segundos antes de elaborar una respuesta ante aquella sincera confesión, tiempo en el que Marceline comenzó a emprender de nuevo el camino en dirección opuesta.
- Me habría gustado que te quedaras – dijo finalmente la princesa.
Y aunque Marceline ya se encontraba lo suficientemente lejos, sus hombros se agitaron levemente y sacudió su cabeza con suavidad, como en una de sus risas irónicas.
La princesa se dio cuenta de que la había escuchado.
El paseo hacia su casa se le hizo más largo que nunca. Aunque, después de todo, tenía lógica: esta vez iba andando en lugar de volar hasta el lugar. Sin embargo, aquel tiempo a solas bajo la cálida luz del nostálgico sol le vino bien para reflexionar. Era hora de poner sus pensamientos en orden.
Recopilando lo acontecido en los últimos días, podría, sin miedo, asegurar, que su vida era un completo desastre. Un desastre limitado, ahora que, además, se había vuelto mortal. ¿Cómo había podido siquiera ocurrirle algo así? Todavía no podía creer que estuviese bajo la luz del sol sin salir ardiendo o sin que su piel comenzase a enrojecer de manera preocupante.
Por otra parte su ansiado temor de quedarse sola por completo se había vuelto real. Aquellos a los que consideraba sus amigos, como lo eran Finn y Jake, le daban ahora la espalda después del gran desastre de su anterior concierto. Y Marceline no se lo reprochaba, es más, estaba totalmente de acuerdo con aquella decisión. Para ser sinceros, ella también lo habría hecho después de un comportamiento semejante. Y Bonnibel… En fin, Bonnie simplemente la desconcertaba, como siempre había hecho desde el preciso instante en el que se conocieron. A veces la pillaba mirándola, distraída, y parecía que el tiempo no hubiese pasado y que, realmente, volviesen a estar juntas, a quererse como antes, como siempre. A superar el miedo la una junto a la otra. Pero después aparecía el idiota de Marshall Lee y Bonnibel volvía a refugiarse en su máscara de inexpresividad, bajo la que no era más que aquella chica de pelo y tez rosada a la que Marceline una vez quiso más que a cualquier cosa en este mundo devastado. Incluido su peluche, Hambo, o su bajo hacha. Y eso era mucho decir.
Continuó con la lista de cosas que había perdido en aquel escaso tiempo y, en esta ocasión, le llegó el turno a la Nocheosfera. Marceline había perdido su condición de vampiresa medio demonio, y, con ello, su posibilidad de huir hacia la Nocheosfera, tierra donde su familia había habitado desde el principio de los tiempos y en la que pensó que siempre estaría a salvo. Sin embargo, ahora, si tan siquiera pensase en poner allí un pie, estaría totalmente perdida. Los demonios acabarían con cualquier humano que se adentrase en aquella tierra maldita sin la adecuada protección y, ahora que Marceline era una humana más, debía atenerse a todas y cada una de las consecuencias que ello conllevaba. Además, el hecho de que la Reina Vampiro se hubiese vuelto humana de repente se convertiría en un cotilleo al instante y sus numerosos enemigos vendrían corriendo a hacerle una "pequeña visita".
No, definitivamente, huir a la Nocheosfera no era una buena idea.
Así que, finalmente, Marceline concluyó que tan solo le quedaba una cosa en este mundo. Algo que, por mucho que lo intentase, llorase o perdiese, por muchas cosas que hiciese mal aun incluso sin arrepentirse de ello, nunca la abandonaría: La música.
Por una parte no estaba segura de que su grupo, Marceline and the Scream Queens, fuese a aceptarla una vez se enterasen de que ya no era más un vampiro, sino una simple humana. Sin embargo, siempre había pensado que la verdadera unión de aquel grupo no eran sus condiciones paranormales, sino la pasión por la música que sentían todos y cada uno de ellos, por lo que, finalmente, decidió llamarlos y concretar una reunión.
Aunque pensó por un momento que quizás pudiese evitar el mal trago de contarle a sus amigos la verdad y sustituirla por alguna mentira leve, su nueva condición fue advertida casi al instante por su amiga vampira, Keila.
- Marceline, querida, ¿¡ME PUEDES EXPLICAR EXACTAMENTE QUÉ TE HA PASADO?! – Preguntó casi histérica al sentir la sangre correr de nuevo por sus venas.
- Mierda… esperaba que no te dieses cuenta…
- Cariño, oigo tu corazón latir a un kilómetro a la redonda. Y ahora, dejando atrás las tonterías, ¿me explicas de una vez qué demonios ha pasado aquí?
- ¿Dónde están Guy y Bongo? – intentó cambiar de tema Marceline, aun avergonzada de contar sus impulsivos actos.
- Marceline… - protestó Keila, amenazante.
- ¡Está bien, está bien! – dijo la chica, dándose por vencida – Mordí a Finn y, de alguna manera, perdí mi condición vampírica. Es como si me hubiese transmitido su humanidad. Puede que sea temporal, o puede que no. Quizás si me muerde un vampiro vuelva a convertirme en lo que era, pero no hay nada seguro. Hace cientos de años que un vampiro no muerde a un humano y los posibles efectos dejaron de ser estudiados hace muchísimo tiempo. Bonnibel está investigando lo que puede, sin embargo, entre Chuchelandia y el estado convaleciente de Finn, no creo que obtenga resultados hasta dentro de un largo tiempo.
- Guau… - es lo único que fue capaz de murmurar Keila.
- Hola chicas, ya estamos aquVAYA MARCELINE, ¿QUÉ DEMONIOS TE HA OCURRIDO? – preguntó Guy nada más entrar en la casa, sorprendido.
- Maldita sea, ¿pero es que se nota tanto? – se quejó Marceline.
- Y que lo digas, ¿has visto esas mejillas? Por Glob, hacía siglos que no veía unas mejillas así de sonrojadas – dijo Bongo, apoyando a Guy – No es que seas humana, es que eres algo así como super-humana.
- Gracias chicos, vuestro apoyo es de mucha utilidad en estos momentos, ¿sabéis? – se quejó Marceline de manera irónica.
- Al parecer mordió a Finn y algo salió endemoniadamente mal, por lo que ahora tenemos una Marcy humana – explicó Keila resumiendo rápidamente.
- ¡Keila! – se quejó de nuevo la chica.
- Bueeeno, no podrá ser peor que aquella vez que saliste con una valkiria – dijo Guy.
- Desde luego. Esa tía era realmente escalofriante. Y cuando le daba por poner los ojos en blanco. Tú te reías, pero lo cierto es que más de una vez estuve a punto de desmaterializarme – corroboró Bongo.
- Está bien, está bien – intentó calmar los ánimos Marceline, mientras ocupaba la posición central en aquella conversación – Aunque pueda parecer mentira, no os he traído aquí para hablar de por qué ahora soy humana. Ni de mis ex–novias o novios – añadió mirando de reojo a Bongo y a Guy – Chicos, tengo algo que proponeros, y espero sinceramente que me digáis que sí, porque, ahora más que nunca, os necesito.
- ¿Es una proposición indecente? Por favor, dime que es una proposición indecente – rogó Keila con mirada seductora.
- No, pero prometo ser todo lo indecente que pueda si me decís que sí.
- ¡Adelante, dispara de una vez! – la apremió Bongo.
- Está bien. ¿Qué os parece irnos de gira? No me refiero a uno o dos conciertos en localidades cercanas, no. Me refiero a una verdadera gira, por toda la región y todos los mundos, conocidos y conocer, con todas y cada una de sus dimensiones. Un viaje de verdad, como las verdaderas bandas de rock están destinadas a recorrer más tarde o más temprano. Seguramente, nos llevará unos cuantos años terminarlo, unos cuantos años repletos de fiesta, música y comida basura, pero también alejados de nuestras vidas actuales – explicó Marceline con los ojos brillantes de emoción – Así que, ¿qué me decís?
Los chicos se sumieron en un profundo silencio y, por un momento, Marceline temió que fuesen a reírse de su oferta. No era para tanto, tal vez fuese un tanto repentina y alocada, pero no debían de rechazarla de aquella manera tan hiriente. Maldita sea, ¡era una buena propuesta si la miraban desde su perspectiva!
Keila sonrió levemente y, tras mirar a los rostros de sus respectivos compañeros, se tomó la libertad de responder por los tres.
- Marceline, eso ni siquiera se pregunta. ¿Cómo demonios vamos a decir que no ante una proposición semejante?
Marceline apenas pudo describir con palabras el alivio que sintió cuando Keila, bajo aquella sonrisa resplandeciente y atrayente, le dio aquella respuesta. No pudo más que saltar sobre sus amigos y abrazarlos efusivamente, mientras repetía una y otra vez "Gracias". Acordaron salir en un par de días, para poder así dejarlo todo preparado ante su inminente partida.
En cuanto los chicos se marcharon de su casa, abrió su armario, sacó una maleta y comenzó a meter ropa a raudales. Quería llevarse tan solo lo imprescindible, dejar el resto en aquella casa, al igual que el resto de su vida, dejarlo todo allí y no volver a recordarlo en mucho tiempo. Sin embargo, entre capas y capas de ropa descubrió perdida una foto en la que aparecían ella y la Princesa Chicle. La cogió con un par de dedos temblorosos y la levantó lo suficientemente cerca como para que sus ojos, aquellos ojos que preferían no mirar, pudiesen verla.
Comenzó a sentir una gran presión en el pecho, como si un puño agarrase su corazón, ahora activo, y lo apretase más y más, hasta conseguir dejarla apenas sin respiración. Por un momento se asustó, hasta que recordó que ahora era mortal y asoció aquella extraña sensación a su nueva condición humana.
Sin embargo, no podía pasar por alto la presencia de la Princesa Chicle en su vida. Que aun la siguiese amando era un problema con el que, evidentemente, tenía que lidiar antes de marcharse en su largo viaje. De ninguna manera volvería a huir dejando las cosas sin solucionar. Con el paso del tiempo, había aprendido que, a la larga, tomar esa clase de decisiones solo acarrea más problemas.
Al fin, cogió fuerzas y se aventuró hacia el castillo de la Princesa Chicle, con la esperanza de ser de una vez por todas totalmente sincera y poder así confesarle al fin sus verdaderos sentimientos y las razones de su estúpido comportamiento.
El camino se le hizo corto mientras pensaba en qué decirle y en cómo formular de una manera adecuada su repentina confesión. Estaba comenzando a anochecer y eso, en cierta manera, la tranquilizaba. Todo es más fácil bajo la luz de la luna.
Comenzó a atravesar el jardín de la princesa y, casi por casualidad, se fijó en el extraño brillo que ejercía la luna sobre una rosa en particular. Una rosa majestuosa, exuberante. Grande como una rosa salvaje, pero delicada y contenida como aquellas cultivadas.
Se acercó más hacia esa pequeña maravilla y casi estuvo a punto de afirmar, si no fuese por su mala memoria, que aquella era la rosa más preciosa que había visto en toda su vida.
Dedicó un tiempo a mirarla, simplemente contemplarla, de lejos, perdiéndose en su ardiente color rojo. En cierto modo, aquella rosa le recordaba a Bonnibel. Parecía una rosa cultivada, cautelosamente cuidada desde que su primer brote floreció. Sin embargo, si la mirabas desde otra perspectiva, tal vez bajo el reflejo de la pálida luna o a través de los ojos de alguien que no teme mirar, se puede observar con facilidad la rebeldía de su forma, lo salvaje de su ser, la esencia de lo indómito que la rodeaba. Rio con tristeza al pensar que, por desgracia, ella era la única persona que podría darse cuenta de algo así. Era la única persona a la que Bonnibel le había dejado ver esa pequeña parte suya que no dejaba mostrar a nadie más, que guardaba en lo más hondo de sí misma, reprimiéndola, sin darse cuenta de que eso es lo que le hace especial, de que es lo que la hacía perfecta.
Por impulso, casi sin pensarlo, alargó la mano y decidió llevarse aquella rosa consigo. Quería mostrársela a Chicle y quizás, solo quizás, de aquella manera recordase de nuevo quién era capaz de ser. Quién podía llegar a ser, si se daba algo de libertad a sí misma.
Alargó la mano y agarró el tallo con fuerza, esperando cortarlo con facilidad. Sin embargo, su nueva condición humana acarreaba otras consecuencias, además de un molesto palpitar en el pecho, por lo que, en cuando una espina se clavó en su piel, una pequeña hilera de sangre comenzó a brotar de ella.
- Maldición… - susurró Marceline al ver aquel fluido, extraño para ella, recorrer su dedo índice.
Pero de nuevo, y con renovadas fuerzas, volvió a llevar la mano hacia el tallo de la dichosa flor, con obstinación. Y esta vez no fue una, sino ambas manos las que usó en su empeño. Y con una mezcla de furia, rabia, temor y pasión, consiguió arrancarla, con facilidad, hay que añadir, ya que, al fin y al cabo, tan solo era una planta.
Volvió a mirar sus manos y vio pequeños puntitos rojizos, de donde salían minúsculas gotas de sangre. Y, por extraño que pareciese, Marceline sonrió.
- El amor duele – se dijo a sí misma.
