Sé que actualizo con un graaaaaan retraso, LO SIENTO, DE VERDAD. Como recompensa, este capítulo estará centrado en Marceline y PB EXCLUSIVAMENTE :D
Muchas gracias a todos los que dejáis review y dais follow y fav. GRACIAS, DE VERDAD, ME INSPIRÁIS PARA SEGUIR ESCRIBIENDO.
De nuevo, mi tumblr es Suerte De Infelicidad y estaría muy feliz si le hicieseis una visita
Sin más dilación, os dejo con el capítulo. ¡Que lo disfrutéis!
Capítulo 9
La verdosa mezcla que contemplaba fijamente desde hacía aproximadamente una hora desprendió un extraño vapor almibarado y tornó lentamente en un azul verdoso. Bonnibel apuntó los recientes cambios en su libreta y suspiró.
Llevaba trabajando en una cura para Marceline desde que llegó al castillo tras asegurarse de que Finn tan solo necesitaba algo de reposo. Había analizado su sangre, su tejido corporal, su saliva. Nada. No encontraba nada que sugiriese algún tipo de condición reversible. Simplemente se había vuelto humana. Y la humanidad no era algo que Bonnibel fuese capaz de "curar", si es que se podía usar aquella palabra.
Se quitó sus gafas de científica lentamente y las colocó sobre la mesa, para poder así frotar sus cansados ojos. Mientras intentaba relajarse, escuchó unos silenciosos pasos acercarse a la puerta de la habitación, y supo que era ella antes incluso de que abriese la puerta.
- Hola, Marceline – saludó Bonnibel cuando escuchó el pomo girar.
- Maldita sea, Bonnie, desde que no puedo levitar esto ha dejado de tener gracia – se quejó la recién llegada.
- Cómo sea… ¿qué te trae por aquí?
- Verás PB… - comenzó a decir Marceline, visiblemente nerviosa, mientras comenzaba a dar vueltas por la habitación – Después de los recientes acontecimientos, me he visto obligada a tomar una decisión. Está bastante claro que ya no pertenezco a este lugar. Finn y Jake no querrán verme en mucho tiempo, tú estás junto a Marshall… No hay nada que yo pueda hacer aquí. Por eso he decidido irme de gira con Marceline and The Scream Queens. Sé que es algo repentino, y que estabas trabajando en una cura para mí, pero, realmente, ¿hay alguna posibilidad de que esa cura vaya a tardar poco en ser real? Sin duda alguna, tardará tiempo. Años quizás. Y durante todo ese tiempo, yo no tengo nada que hacer aquí.
- Entiendo – dijo Bonnibel simplemente, intentando contener sus emociones para poder mostrar su mejor cara de póker, como si nada de todo aquello le importase realmente.
Marceline, algo conmocionada por su escueta respuesta, siguió con su improvisado discurso, sin parar en ningún momento de dar vueltas alrededor de la habitación, sin poder mirar a Bonnibel a la cara, ya que apenas encontraba fuerzas para atreverse a observar la posible reacción que pudiese tener todo aquello en la princesa.
- Y he venido aquí porque hay algo que tengo que decirte antes de irme… - continuó diciendo mientras buscaba mentalmente las palabras adecuadas para ello – Creo que… creo que sería justo para ti saber que… Saber que todavía te quiero. Todavía lo hago, y, realmente, siempre lo he hecho. Desde el primer momento en el que te vi, hasta el fin de la eternidad, siempre te querré. No importa lo que diga o haga, nunca podré olvidarte. Y, por ello, quiero que seas feliz. Más que nada en este mundo.
Tras decir esto, paró su largo paseo alrededor de la habitación y miró a Bonnibel, con los ojos vidriosos. "Maldición, no llores, Marceline, no llores. La mortalidad te está volviendo una cursi" se dijo a sí misma. Contempló a Chicle durante unos segundos, y, al ver que no contestaba, se dio por satisfecha. Al fin y al cabo, esto era lo que esperaba, ¿verdad?
- En fin, creo que esto es un adiós.
Se volvió lentamente y fue caminando hacia la puerta, sin ser todavía consciente de lo que hacía, y, justo cuando estaba a punto de agarrar el pomo y hacerlo girar de nuevo, escuchó la voz de la princesa a sus espaldas.
- No. – dijo simplemente.
Marceline se dio la vuelta, algo sorprendida, y, extrañada, preguntó.
- ¿No qué?
- No acepto tu declaración – aclaró Bonnibel acercándose a ella.
- ¿Cómo…? – preguntó de nuevo Marceline, más extrañada todavía.
- Que no la acepto. No me vale. No es verdadera, lo sé – comenzó a decir, algo enfadada- vienes aquí, a mi castillo, a decirme, según tú "lo que sientes verdaderamente", a contarme todo aquello que habías callado, y me sueltas un puñado de palabras vacías, sin fondo. Emotivas, sí, pero insuficientes. No puedes venir a contarme mentiras, y creo que, todos estos años, me dan la autoridad suficiente para no consentírtelo.
- Bonnie… No son mentiras, es lo que siento… - contestó Marceline, visiblemente dolida.
- No, no es lo que sientes. Hablas como si todo estuviese perdido, y, viendo que no hay posibilidad de hacer nada más, hubieses decidido finalmente confesarme la verdad. Pero, ¿sabes qué? Si pensases todavía que, realmente, no siento nada por ti, no habrías hecho nada de esto. Es solo que tienes miedo de pensar algo así. Miedo de que yo pueda seguir queriéndote. Miedo de que Marshall no sea nada para mí, y realmente las cosas puedan salir bien. Así que, Marceline, no te irás hasta que me digas la verdad – dijo Bonnibel, acercándose todavía más a ella, hasta quedar ambas a un escaso paso de distancia.
- ¿Qué? Vamos, no digas tonterías – replicó Marceline, ahora visiblemente enfadada – Ese es tu problema, crees que lo sabes todo, que puedes controlar a los demás, saber lo que sienten. Pero no es así. Nunca lo ha sido, nunca lo será.
- Buscar defectos en los demás no te ayudará a solucionar tus problemas, Marceline – contestó simplemente la princesa, totalmente en calma – Ahora, dilo.
- No.
- Dilo.
- ¡No!
- ¡Dilo, maldita sea! – gritó Chicle, ahora a escasos centímetros de distancia de la cara de Marceline.
- ¡Está bien! ¿Qué quieres que diga? ¿Que pienso que todavía deberías seguir queriéndome? ¡Pues claro que sí, maldición! ¿Quién sería capaz de tragarse esa estúpida historia de amor con Marshall? Claro que lo pienso, y lo pensaré cada vez que te vea sonreír con la mirada cuando escuchas mi nombre, o mi voz, o piensas en mí. Lo seguiré pensando no importa cuán lejos esté de ti, y lo pienso ahora. ¿Que me encantaría quedarme, aquí, contigo? ¡Por supuesto! ¿Acaso crees que separarme de ti es fácil? ¿Que no siento como si me arrancasen mi, ahora vivo, corazón? Es, tal vez, lo más duro que vaya a hacer en toda mi vida, pero debo hacerlo. Porque… Bueno, porque…
- ¿Por qué…? – preguntó Bonnibel, con una voz apenas audible.
- Porque estoy cansada de hacerte daño… - dijo Marceline suspirando, mientras miraba fijamente a sus ojos – Porque quiero que seas feliz, y espero, seriamente, que puedas serlo sin mí. Tengo demasiados monstruos dentro de mí como para poder hacer feliz a alguien.
Chicle la abrazó repentinamente y hundió el rostro en su cuello, mientras notaba cómo unas finas lágrimas caían de sus ojos.
- Marceline, no tienes que hacerme feliz – comenzó a decir, difícilmente, con la voz ahogada – Soy feliz simplemente con tenerte junto a mí. Es cierto que nuestra relación tenía sus más y sus menos. No era perfecta, pero justo eso, esa mágica imperfección, la duda de no saber si todo irá bien o será un completo desastre era lo que la hacía perfecta para mí. Correr ese riesgo junto a ti fue lo mejor que me había pasado en toda la vida, y no creo que pueda soportar perderte de nuevo, cuando apenas he parado de buscarte. Soy consciente de que tienes miedo, yo también lo tengo. Pero, ¿sabes? Ya nunca más tendrás que afrontar tus temores sola – alzó la mirada lentamente y se quedó contemplando sus oscuros ojos brillantes, que amenazaban con nublarse a causa de las lágrimas – Yo mataré monstruos por ti.
Marceline rio y se dio por vencida. Dejó que su tensión, su miedo, su reticencia se esfumasen. Lo dejó todo ir, y simplemente, hizo aquello que había estado deseando durante tanto tiempo. Acercó sus manos hacia la cintura de Bonnibel, rodeándola como había hecho tantísimas veces anteriormente y atrayéndola hacia sí. La miró a los ojos, claros e infinitos, como el cielo azul en un día despejado, y sonrió de medio lado. Se fue acercando lentamente, olvidando sus preocupaciones a cada centímetro que robaba a aquella distancia que todavía las separaba. Olvidando sus problemas a medida que sentía el aliento, agitado, de la princesa. Quedó a escasos centímetros de sus labios, y volvió a sonreír.
- Te quiero – susurró lentamente.
Y fue Bonnibel quien, en esta ocasión, acortó la distancia apenas visible que quedaba entre ellas, perdonándolo todo, olvidando el tiempo que había pasado, borrando los malos recuerdos, las noches sin dormir, las pesadillas y los llantos. Recordando tan solo sus labios, antes fríos, ahora cálidos, pero siempre sus labios.
Un escalofrío recorrió su cuerpo desde la punta del pie hasta el fin de su columna vertebral y supo que había estado demasiado tiempo sin sentir aquella maravillosa sensación.
Al fin, separaron sus bocas, sin dejar de rodearse todavía, y juntaron sus frentes.
- Lo siento, lo siento, lo siento… Por todo – se disculpó Marceline de nuevo.
- Yo también lo siento
- ¿Por qué? – preguntó extrañada.
- Por quererte tanto que apenas me pueda importar – respondió Bonibelle con una sonrisa – Por haber besado a Marshall delante de ti...
Marceline simplemente la besó de nuevo para hacerla callar.
- Tonterías – dijo todavía sonriendo.
Bonibelle se mordió el labio, todavía sin poder creer todo aquello.
- Juntas. – afirmó, de alguna manera, esperando confirmar que todo era real.
- Juntas… - repitió Marceline, dándole a entender que nunca más iba a dejarla ir.
- ¿Para siempre? – preguntó de nuevo la princesa.
- Hasta el último latido de mi corazón.
El dulce olor de las fresas la despertó de su largo letargo. Estiró el brazo en busca del cuerpo de Marceline, pero ya no se encontraba junto a ella. Habían dormido juntas, abrazadas, y, por primera vez desde hacía algo más de un año, había podido dormir toda la noche del tirón. Sin pesadillas. Sin llantos. Con la suave voz de Marceline acariciando sus oídos.
- El desayuno está listo, princesa – escuchó que decía una voz junto a ella, mientras depositaban una bandeja en la cama.
Chicle se levantó lentamente, desperezándose, dejando que el sol que entraba por la ventana calentase sus sonrosadas mejillas. Realmente, era un alivio no tener que mantener la habitación en la más absoluta oscuridad para que la piel de Marceline no sufriese.
- Vaya… apenas recuerdo la última vez que me trajeron el desayuno a la cama – dijo mientras daba un pequeño sorbo a su café caliente.
- ¿Cómo es eso posible? Debería de haber una ley que obligase a desayunar en la cama al menos una vez al mes – propuso Marceline, convencida, mientras cogía una de las fresas que se encontraban junto al crepe con nata y chocolate que había preparado para la princesa - ¿Sabes? Siempre me había encantado absorber el color rojo de las fresas, pero ahora que puedo comerlas, creo que están todavía mejor de lo que nunca habría podido imaginar. ¿Cómo podéis vivir sin comer esto a todas horas? Es como una pequeña droga.
- Con mucha fuerza de voluntad y un espíritu inquebrantable – explicó la princesa – Es broma. Simplemente, te acabas acostumbrando. Creo que deberías probar más comida humana. Te encantará la sandía.
- Estoy impaciente.
La princesa continuó desayunando con Marceline a su lado, quien, de vez en cuando, le quitaba alguna que otra fresa mientras le explicaba cómo había tenido que pedir ayuda al mayordomo Menta para realizar todo aquello, ya que, en su primer intento, hizo arder la sartén en la que estaba cocinando las crepes.
Cuando terminó de comer, Bonnibel se dio cuenta de algo que no había realizado hasta aquel momento. En una esquina de la bandeja, junto a lo que quedaba de su café, había un pequeño jarrón azulado con una flor muy peculiar en él.
- ¿Y esta rosa? – preguntó acercando lentamente la mano hasta sus pétalos, para así poder acariciarlos. La textura le resultaba alarmantemente familiar.
- La encontré ayer en el jardín mientras venía hacia aquí y llamó mi atención al instante – explicó Marceline – En cierto modo… me recuerda a ti.
Chicle sonrió ampliamente y le dio un rápido beso en los labios, a la vez que se levantaba precipitadamente de la cama para buscar algo en su armario. Cuando lo encontró, volvió hacia la cama y colocó un extraño jarrón en la mesita de noche, para después alargar la mano con la intención de traspasar la rosa.
- ¡Cuidado! – la avisó – Te pincharás si coges la rosa con las manos desnudas.
- No será la primera vez que esta misma rosa me pinche – le contestó Bonnibel, que seguía sonriendo – Este jarrón debería poder conservarla fresca durante, al menos, unos meses. Verás, el caso es que también la vi en el jardín hace unos días y decidí cogerla. Sin embargo, al intentar hacerlo me pinché, así que prometí volver a por ella. De alguna manera, me recuerda a ti. Las dos pincháis cuando menos lo espero.
Marceline la cogió de la mano y la atrajo hacia sí, hasta quedar ambas tumbadas y abrazadas en la cama. Acarició su rosada cabellera con una mano, mientras con la otra rodeaba su cintura.
- Te prometo que nunca más volveré a hacerte sangrar – le juró mientras miraba fijamente sus ojos.
La princesa simplemente hundió su cara en el cuello de Marceline, aspirando su aroma.
- Bonnibel, ¿qué vamos a hacer ahora?
- No lo sé, Marcy…
- No quiero marcharme sin ti… - susurró a su oído.
- No tienes por qué hacerlo – intentó convencerla la princesa, aunque sabía que era un caso perdido.
- Sabes que sí. Al menos hasta que se calmen las cosas con Finn y Jake.
Volvieron a quedarse en silencio, pensamientos formándose en las mentes de ambas, ideas que no sabían si podrían llegar a hacerse realidad.
- Iré contigo – Aunció finalmente la princesa.
- ¿Qué? Vamos, Bonnie, no digas tonterías. ¿Qué será de tu reino?
- Marceline, he estado buscándote durante más de un año, añorándote a cada segundo que pasaba sin ti. Créeme cuando te digo, que no dejaré que te vuelvas a marchar – la convenció la princesa – Además, puedo dejar el reino en manos de otra persona durante un tiempo. Así me dedicaría a buscar una solución para tu… reciente problema, mientras vosotros dais conciertos. Tengo parientes lejanos que estarían encantados con la oportunidad de dirigir Chuchelandia hasta mi vuelta.
- Bueno, entonces… Supongo que está bien que te vengas. Podrías ser nuestra manager. Lo cierto es que en Marceline and The Scream Queens necesitamos un poco de orden.
- Pues ya está todo decidido. Ahora solo falta avisar a mi sustituto y anunciarlo ante el reino. Y a nuestros amigos. Aunque no les guste, Finn y Jake tendrán que saber de esto. Y Marshall. Y la Princesa Bultos y Lady Arcoíris, por supuesto.
Chicle se levantó de la cama, dispuesta a empezar con los preparativos, mientras Marceline se cubría con las sábanas, demasiado perezosa como para ayudarla, contentándose simplemente con contemplarla desde su cómodo colchón. Allí, de pie, aun despeinada y con los ojos cansados, le parecía el ser más maravilloso que había conocido jamás. No podía más que imaginar un futuro junto a ella: soñar con noches reversibles contemplando las estrellas, canciones susurradas a su oído al amanecer, tardes de paseos bajo el, ahora cálido, sol… Quería volver a conocerla de nuevo, y reencontrar cada pequeño detalle, imperfección y deseo que la hacía especial, única. Deseaba incluso conocer a su familia, aun habiendo sido reacia a ello toda su vida, si aquello significaba conocerla más a ella.
Al fin, se levantó de la cama, se dirigió hacia la Princesa Chicle, que se encontraba en aquel momento haciendo una lista con todas las cosas que debía de arreglar antes de irse con ella de gira, y la cogió de la mano.
- Bonnie, cásate conmigo – dijo, observando cómo los ojos de la princesa se abrían de par en par – No ahora, ni en unos meses. Simplemente, cuando todo esté en orden y en calma, cuando yo vuelva a ser yo y nuestros amigos vuelvan a ser los de siempre. Cuando no tengamos nada más por qué preocuparnos, quiero que te cases conmigo.
La princesa se quedó observándola durante unos segundos, con la boca abierta y los ojos fijos en ella, pensando si aquello acababa de pasar de verdad o simplemente había sido producto de su imaginación.
- ¿Y bien? ¿No vas a decir nada? ¿Es todo esto demasiado precipitado? – preguntó Marceline, preocupada.
Bonnibel simplemente se tiró a sus brazos, haciéndolas caer a ambas al suelo, y besó sus labios.
- Nada me haría más feliz que ser su esposa, señorita Abadeer – respondió mientras reía de pura felicidad y volvía a besarla nuevamente, una y otra vez, hasta que perdieron la cuenta y se dejaron llevar.
