Capítulo 10

Se llevó la cuchara a la boca por última vez y, cuando dejó que la sopa caliente cayese lentamente por su garganta, supo que estaba a punto de vomitar.

Con toda la fuerza de voluntad que poseía y más, apartó de sí aquel cuenco infernal e inspiró hondo, tratando de tranquilizar su estómago. Tras unos segundos, expiró todo el aire contenido y volvió a mirar al frente, intentando aparentar tranquilidad, hasta encontrarse con la cara expectante de la Princesa Flama.

- ¿Qué tal estaba la sopa, Finn?

- Estaba muy buena, gracias, Flama – respondió el muchacho intentando ser educado.

Había pasado los últimos días en cama, luchando contra sus interminables náuseas que no daban señales de cesar. Aquello no era vida. Al menos, no para él. Él era un aventurero, un chico activo. Debía estar al aire libre, corriendo y dando patadas y puñetazos por doquier, y no allí, en aquel cuartucho encerrado, sin poder apenas moverse por falta de energía.

La Princesa Chicle dijo que aquello se pasaría en unos días. Que lo había examinado y no había nada fuera de lo normal, que pronto estaría totalmente recuperado y podría volver a su vida cotidiana. Sin embargo, Finn no veía que aquello fuese a acabar. Apenas podía empujar la cuchara a su boca y la comida que conseguía mantener en su estómago no hacía más que darle aquellas horribles náuseas. Suerte que, al menos, la Princesa Flama estaba con él las veinticuatro horas del día, mientras su colega Jake mantenía a los malos a raya. Le debía más de lo que podía siquiera imaginar.

Sin duda alguna, era una tía guay. No era del tipo de guay de la Princesa Chicle, que sabía muchas cosas de ciencia. Bueno, en realidad, sabía muchas cosas de todo. No, Flama no era como ella. Flama era especial. Ella era guay sin ni siquiera saber cosas especiales. Era guay sin tener que esforzarse en ello. Finn siempre se preguntaba si alguna vez la Princesa Flama se había dado cuenta de que, con tan solo una simple sonrisa, podía hacer que su corazón diese un vuelco. Era surrealista el poder que ejercían sobre él aquellos labios ardientes, que adornaban su tez anaranjada, la cual, al sonrojarse, producía aquellos tonos rojizos tan curiosos que, de vez en cuando, se quedaba mirando, como embelesado. Si tan solo pudiese darle un pequeño mordisquito a uno de esos rojizos cachetes…

- Finn… ¿me estás escuchando? – preguntó la princesa algo enfadada, al ver que el chico no hacía más que mirarla, sin contestar a nada de lo que decía.

- Perdona, Flama, me he perdido. ¿Qué decías? – se excusó Finn, intentando aparentar normalidad. No quería siquiera pensar en aquello que rondaba su mente unos segundos antes.

- Estaba hablando del baile de la Princesa Chicle. Acaban de llegar unas cartas invitándonos a la fiesta, donde, según dice, anunciará una noticia importante para el reino, así como el nombre de su prometido – le explicó de nuevo - ¡No sabía que Chicle y Marshall fuesen ya tan rápido! ¡Me alegro mucho por ellos!

- Claro, y yo también. ¿Cuándo dice esa carta que será el baile?

- Según pone aquí, se celebrará mañana por la noche. ¿Crees que estarás en condiciones de asistir? Es un baile de disfraces, pero, si quieres, me puedo encargar de buscar el tuyo. Si es que decides asistir, claro – se ofreció amablemente Flama.

- Creo que sí, si lo intento, podré estar allí mañana. Tal vez no pueda estar bailando toda la noche, pero quiero desearle lo mejor a Peebles. Aunque te agradecería que me buscases un disfraz, si fueses tan amable.

- ¡Claro! ¿Quieres que vayamos conjuntados, como la última vez? – preguntó tímidamente.

- Por supuesto, cariño – respondió Finn dando un suave beso en el dorso de la mano de Flama.

Finn mentía, y era consciente de ello. De ninguna manera iba a ser capaz de recuperarse para poder asistir al baile de la Princesa Chicle. Sin embargo, debía ingeniar alguna manera de ir. Algo raro le estaba ocurriendo, y Chicle era la única en la que podía confiar para tratar un tema así.


Y de nuevo, Marceline se encontraba entre las rosadas paredes de aquel castillo, en la misma sala de baile, expectante. Llevaba también la capa aterciopelada de su madre, ya que se había negado a llevar cualquier otro tipo de disfraz, y su larga capucha le cubría parcialmente la cara, haciéndola casi irreconocible.

Desde detrás de una amplia cortina, que conectaba con un largo pasillo hasta la biblioteca privada de Bonnibel, observaba la sala en su totalidad. La orquesta, en el extremo opuesto del salón, tocaba suavemente el Minueto de Boccherini, obra que la Princesa Chicle había rescatado hacía años de unas excavaciones y que había enseñado a tocar a sus súbditos, convirtiéndola desde entonces en todo un hit de las fiestas de palacio. Los dulces, como no, se encontraban rodeando la gran mesa alargada, cubierta por completo con distintos y variados tipos de comidas, desde las más exóticas hasta las más simples y caseras. Había de todo en aquella fiesta, para el disfrute y confort de todo el reino.

Giró la cabeza y pudo ver, en la otra mitad de la sala, al pequeño grupo que formaban sus amigos. Jake, junto a Lady Arcoíris, había traído a todos sus pequeños, que revoloteaban por la pista de baile haciendo que las escasas parejas que se habían animado a bailar tan prontamente chocasen una y otra vez. Sentado en una silla de ruedas, y sujetando la mano de la Princesa Flama se encontraba un desmejorado Finn. Si bien era cierto que al menos no tenía aquel aspecto mortecino que tanto había asustado a Marceline cuando lo espió desde la ventana, tampoco el joven que veía en estos momentos era aquel humano vivaracho y lleno de energía que conoció tiempo atrás. La palidez aún cubría su rostro, aunque de una manera menos notoria.

Seguía contemplando la sala e intentando reconocer alguna que otra cara conocida cuando sintió cómo alguien agarraba su mano y la estrechaba fuertemente. A su lado, acababa de aparecer Bonnibel, ataviada con un largo vestido negro, a juego con su capa, y una máscara de mano. De alguna manera, Marceline sabía que la princesa se había puesto aquel vestido pensando expresamente en ella. ¿Es que acaso había alguien que pudiese apreciar más que ella un buen vestido negro escotado? Lo dudaba mucho.

- ¿Preparada? – le preguntó sin soltar aún su mano.

- Cuando quieras.

La princesa alzó su mano en dirección a la orquesta y el director, tras la señal, comenzó a dirigir a los músicos para que tocasen un suave vals.

Ambas avanzaron lentamente abriéndose paso entre la multitud, que, al verlas, se apartó, dejándoles la pista de baile completamente libre. Una vez estuvieron en el centro, Marceline colocó su mano en la cintura de la princesa y ésta en el hombro de su pareja, se pusieron en posición, y comenzaron a bailar, inaugurando aquella fiesta.

Danzaron por toda la sala captando las miradas de todos los presentes que se morían por saber quién se escondía bajo aquella capucha oscura. La mayoría apostaba que sería Marshall Lee el elegido de la princesa, sin embargo, cuando lo vieron aparecer, sorprendido, y dirigirse hasta la primera fila cambiaron de idea. ¿Quién podría ser el misterioso prometido de la princesa? ¿Quizás algún príncipe de un reino lejano? ¿Un dulce cualquiera que, por casualidad, había logrado dar con la clave para enamorar a la mismísima Chicle?

Todos tenían sus propias teorías, sin embargo, Finn albergaba un mal presentimiento. Sabía que la princesa era de las que no cambian fácilmente de ideas, y que, en cuestiones del corazón, olvidar le costaba más que cualquier otra cosa.

La pareja siguió recorriendo la sala, danzando grácilmente, sin tropiezos, sin pasos en falso, como si fuesen una misma persona, como si tan solo hubiesen nacido para bailar juntas, aquel baile, en aquel preciso momento.

Todos sabían que no estaban más que bailando, sin embargo, por la mirada chispeante de la princesa daba la impresión de que fuera mucho más, de que sus manos, en lugar de estáticas, fuesen las que danzasen por sus cuerpos, recubriéndolos, como en un beso de caricias. Y justo cuando la princesa se inclinó hacia atrás y Marceline sostuvo su cuerpo, como si apenas tuviese el peso de una pluma, y se fue acercando a ella lentamente, con la intención de besarla, la música decreció hasta convertirse en silencio y la multitud prorrumpió en un sonoro aplauso, sacándolas de su ensueño.

Chicle se sonrojó y volvió a colocarse en pie, llevando a Marceline, aún encapuchada, hasta los escalones desde donde iniciaron su salida a la pista de baile. Aquella era la parte más elevada de la sala, y la princesa sabía que era el mejor sitio para que todos la escuchasen al hablar.

- Querido pueblo de Chuchelandia, gracias por asistir a este baile – comenzó su discurso- Primeramente, quiero daros una importante notica. Por razones personales, he de ausentarme durante un tiempo del reino. No sé exactamente cuánto estaré fuera, pero no os preocupéis, pues mi primo, Gumball Bubblegum, ha venido de un lejano reino para hacerse cargo del país, y os prometo que será un gobernante justo y eficaz hasta que yo regrese – dijo mientras hacía señas para que su primo subiese hasta aquel lugar y saludase a todos los invitados, para, una vez que se hubo bajado, continuar – Además, prepara unos platos realmente deliciosos.

Aquello hizo que la multitud profiriese una risa suave, aligerando tensiones antes de la próxima noticia que Bonnibel debía de anunciar.

- En segundo lugar, os he congregado hoy aquí para anunciaros el nombre de mi prometido – dijo con decisión, a la vez que Marceline daba un paso hacia delante y se situaba a su altura, cogiéndola de la mano para intentar así apaciguar sus nervios – Sé que puede pareceros una idea descabellada, y que algunos de vosotros no os lo esperaréis, pero de ninguna forma puede decirse que haya sido una decisión difícil. En lo más hondo de mi corazón, siempre he sabido que esto, de una manera u otra, acabaría sucediendo, ya que es la única persona con la que realmente he aprendido la definición de aquello que llaman amor, y que ningún libro o estudio científico ha podido nunca explicar. Ella, mi prometida, y no prometido, no es otra que Marceline Ab…

La princesa interrumpió súbditamente su discurso, agarrándose muy fuertemente el pecho, como en un intento por quitarse de encima algo que le impedía respirar.

- Ab.. Abba… - intentó seguir pronunciando, hasta caer de rodillas al suelo, aún con la mano en el pecho.

- ¡Bonnie, qué te ocurre! – gritó una Marceline alterada a su lado, quitándose la capucha y dejando su cara al descubierto al tiempo que se arrodillaba junto a ella y le daba la mano a la princesa que, con fuerza, se encargaba de retorcer sus dedos en una ahogada expresión de angustia.

En la sala, entre los murmullos de sorpresa ocasionados por el reciente descubrimiento de la identidad del prometido, o más bien prometida, de la princesa, comenzó a escucharse una risa, no una risa amable y contagiosa, sino una de estas risas que te hielan la sangre y congelan el alma. Un escalofrío recorrió la espalda de Marceline, a quien aquella risa se le antojaba demasiado familiar, y, cuando miró al extremo opuesto de la sala, pudo averiguar el porqué. Allí, en aquella esquina lejana, flotando por encima de todos, sintiéndose superior, y sin poder parar de reír, se encontraba Maja, la bruja que había custodiado a su peluche, Hambo, hasta hacía apenas unos meses.

- Volvemos a vernos, querida Marceline – la saludó con fingida amabilidad.

- ¡¿Qué le has hecho a la princesa, maldita bruja?! – exclamó iracunda, intentando contener las lágrimas de sus ojos.

- La princesa y yo tan solo hicimos un pequeño trato cuando vino a verme para intentar recuperar tu querido peluche – explicó la bruja – ella quería llevarse tu viejo montón de trapos, pero, como yo lo había obtenido de un modo totalmente legal, tuvo que darme a cambio algo que tuviese una carga sentimental igual o superior, y, créeme cuando te digo, que la carga sentimental del objeto que me dio era infinitamente superior.

Aun sujetando a la princesa, Marceline se clavó las uñas tan fuertemente en las palmas de su mano que creyó que, de un momento a otro, comenzaría a sangrar. Cerró los ojos y, aunque ya intuía la respuesta, se atrevió a preguntar.

- ¿Qué fue lo que te dio a cambio?

- Tú camiseta – respondió Maja sonriendo, sintiendo como el remordimiento y la culpa empañaban el alma de la chica – Tan solo he tenido que esperar a que la carga emocional que representaba estuviese en su máximo esplendor en el portador de los sentimientos, es decir, que su amor por ti alcanzase el culmen. Y ese momento ha llegado. El hechizo que he conseguido realizar es el más fuerte que he visto en todos mis años de bruja, y, créeme, aunque lo intentes, unas simples palabras bonitas no conseguirán sacarla de su ensueño.

Marceline miró a la princesa. En sus brazos, desmayada, parecía la misma de siempre. Tan solo sus ojos, antes azules, ahora blancos por completo, mostraban algún cambio.

- ¿Qué quieres a cambio?

- ¡Já! – escuchó como Maja reía irónicamente – Nada que tú, pobre chiquilla, me puedas dar. Con la princesa bajo control podré gobernar el reino al completo, e ir conquistando poco a poco el resto de países. Su hechizo es tan fuerte, que no será más que una mera marioneta. Y yo, al fin, gobernaré el mundo… ¡El mundo entero! Y lo mejor de todo es que no podéis hacer nada por impedirlo, o me veré obligada a matar a la Princesa Chicle… Y creo que ninguno de vosotros queréis tal cosa.

Todos los presentes se horrorizaron ante la mera idea y el pánico comenzó a propagarse por la sala, contagiándose de unos a otros, haciendo que todos gritasen y corriesen de un lado a otro sin razón o propósito aparente.

- Y ahora, ¡llevadlos a todos a las mazmorras! – ordenó Maja a sus ayudantes, un pequeño ejército de conejos-cuervo negros que no hacían más que multiplicarse.

Marceline vio como Jake, desobedeciendo la orden de la bruja de no intentar desbaratar sus planes, se lanzó hacia los conejos-cuervo, propinando puñetazos y patadas a diestro y siniestro, con la ayuda de Marshall, que, con su guitarra-hacha, intentaba cortarlos, y el Príncipe Gumball que había cogido la espada de Finn y, a pesar de su escasa experiencia, intentaba ayudar a su reino.

Comenzó a notar cómo el cuerpo casi inerte de Bonnibel intentaba tirar de ella hacia arriba y la agarró con más fuerza todavía. No podía permitir que se la llevasen. No podía separarse de ella. Aquello, simplemente, no podía estar pasando. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, vio cómo su amada princesa se alzaba, cada vez más alto, y, finalmente, los débiles dedos que sujetaban su muñeca resbalaron, dejándola ir, y cayó repentinamente al suelo, donde se golpeó la cabeza, haciendo que todo se volviese negro.

Sí, sé que, después de esto, muchos querréis matarme. Lo entiendo a la perfección. Pero muchas reviews decían que les encantaba el drama, y a mí también, así que, lo siento, TENÍA QUE OCURRIR.

El capítulo está basado en el capítulo de Sky Witch, el cual os recomiendo ver (no he querido dejar esta nota antes del capítulo para no desvelar sorpresas y que fuese todo más impactante). También quiero anunciar que, probablemente, se exploren otras parejas en este fic, si bien no serán las principales, pero se mencionarán y se les darán una cierta importancia. Aunque, por encima de todo, esta historia es Bubbline.

Muchas gracias, de nuevo, a todos los que dejan review y siguen y apoyan la historia. Os dejo que me digáis todo lo que queráis en las reviews de este capítulo. Me lo merezco. Lo sé.

De nuevo, mi tumblr es Suerte de Infelicidad (el enlace está en mi perfil) y estaría encantada si os pasaseis por ahí y me dijeseis vuestra opinión sobre las pequeñas reflexiones y poemas que cuelgo.

En fin, espero que, a pesar de todo, hayáis disfrutado el capítulo. ¡Hasta la próxima actualización!