Hoy he terminado mi examen de historia, así que vengo a celebrarlo con vosotros, queridos habitantes de Fanfiction que adoráis el bubbline tanto como yo :DDDD
Igualmente, intentaré actualizar de nuevo este fin de semana, aunque no sé si podré seguro. A más tardar, el siguiente capítulo estará aquí en una semana.
PD: no estaría mal una review, por pequeñita que fuese .
PD2: tampoco estaría nada mal que visitaseis mi tumblr, Suerte De Infelicidad
PD3: que disfrutéis del capítulo (aunque me odiéis por el anterior)
Capítulo 11
Se despertó tumbada en el frío suelo de una oscura celda, iluminada tan solo por la tenue luz de un par de antorchas que colgaban de cada lado de la pared. Con dificultad, se levantó lentamente del suelo y llevó una mano a su cabeza. Le dolía tanto que apenas podía pensar y descubrió que tenía sangre seca. Durante unos segundos, con expresión aturdida, miró sus dedos rojizos manchados de aquella sustancia para ella desconocida, y entonces empezó a recordar. A su mente vino la imagen de la princesa, inerte, yaciendo en sus brazos, e, inevitablemente, comenzó a llorar.
Se sentía impotente.
Toda su vida había hecho acopio de su poder para así intentar ocultar su debilidad, su creciente cobardía. Se había forjado una barrera de magia y terror que la protegía de cualquier peligro aparente. Sin embargo, ahora no era más que una humana común y corriente. O, peor aún, una humana enamorada. Y aquello significaba dos cosas: era más débil que nunca, pero también más valiente de lo que nunca podría llegar a ser, por lo que se secó las lágrimas, levantó la cabeza y comenzó a pensar una forma de poder rescatar a Bonnibel.
Comenzó a dar vueltas a la habitación, intentando olvidar la herida de su cabeza y rezando por que se curase sola (realmente no sabía cómo iba el proceso de curación para los humanos). Después de un rato dando pasos en vano por la celda, Marceline se dejó caer junto a los barrotes, exasperada.
- Maldición, ¡¿por qué no se me ocurre nada!? – gritó con las lágrimas amenazando en su garganta – Supongo que eso de pensar siempre fue cosa de Bonnie…
La imagen de la princesa volvió a aparecer en su mente, recordándole cuán inútil era sin ella, y a punto estaba de volver a llorar cuando escuchó una voz a su espalda, desde la celda que se encontraba justo frente a la suya.
- Marceline, ¿eres tú? – preguntó Finn el Humano, con un débil hilo de voz, sentado frente a los barrotes.
- ¡Finn! – exclamó al ver que el joven chico seguía vivo - ¿Dónde están los demás?
- Flama, Jake y Lady Arcoíris están en esta misma celda, pero siguen inconscientes – explicó apuntando a la esquina opuesta, donde descansaban los cuerpos de sus dos amigos – Y creo que Marshall y Gumball deben de estar en alguna celda cercana.
- Estamos aquí – escucharon la voz de Gumball desde la celda contigua a la de Marceline – Y estamos los dos bien. Marshall sigue inconsciente, me temo.
- Chicos, necesitamos salir de aquí y rescatar a la Princesa. Finn, sé que no confías en mí, pero tendrás que hacerlo si queremos salvar a Bonnibel. Entiendo que tengas miedo, pero te juro que no voy a hacerte ningún daño. No soy capaz de ello.
- Tranquila, Marceline, confío en ti – dijo Finn desde su celda.
- Pero yo no – contestó Jake que acababa de levantarse y se acercaba lentamente hacia los barrotes para poder hablar cara a cara con la chica – Está claro que voy a rescatar a Peebles, ella es nuestra amiga, pero, querida, tú no estás en nuestro plan. No harás más que ponernos a todos en peligro.
- Vamos, Jake, somos todos amigos. Además, Marceline ama a la princesa, ella hará lo que haga falta por salvarla.
- Me da igual, Finn. Me da completamente igual cuánto la quiera o que creas que es tu amiga, porque, si no recuerdo mal, casi te mata. Créeme hermano, no voy a volver a pasar por eso.
- Pero Jake… - intentó convencerlo Finn.
- No, está bien – dijo Marceline – Hay una razón por la que confío plenamente en mí esta vez y por la que sé que de ninguna manera volveré a hacer daño a nadie.
- ¿Y bien? – preguntó Jake, expectante.
- En el momento en el que mordí a Finn perdí mis poderes, tanto mi parte vampírica como demoníaca. No sé si es temporal o tan siquiera reversible, pero, por el momento no soy más que una simple humana – explicó Marceline, viendo como sus amigos se quedaban con la boca abierta durante unos segundos.
- Vaya, eso no me lo esperaba – se atrevió a decir Gumball para romper el silencio sepulcral que se había creado después de aquella confesión.
- Entonces… tú no… Osea, puedes… Ya sabes…. – intentó preguntar Jake. Marceline, intuyendo lo que quería decir, se llevó la mano a la cabeza y les mostró los restos de sangre seca.
- Sangro. Como un humano.
Jake se sentó, mareado por la impresión, e intentó recomponer en su cabeza toda la información que acababa de recibir.
- Lo siento… Creo… - se disculpó a la ex vampiresa.
- No es tu culpa. En todo caso sería la mía. Y, ya que por el momento no tiene solución, no creo que debamos preocuparnos. Tan solo quería que supieseis que, aunque no os caiga bien, podéis confiar en mí.
- Claro. Marceline, siempre has sido y serás nuestra amiga. Aunque te equivoques una y otra vez. Porque eso es lo que los amigos hacen. Perdonarse – la reconfortó Finn.
- Gracias… - dijo simplemente la chica.
- Está bien, está bien, pero, ¿qué hacemos para salir de aquí, patearle el culo a Maja y salvar a la princesa? – preguntó Jake, un tanto nervioso.
- Está claro que no podemos romper estos barrotes ni salir de aquí por nuestros propios medios, así que solo hay una manera posible de escapar: tenemos que conseguir ayuda del exterior – explicó Marceline.
- Sí, pero ¿quién va a poder ayudarnos? Todos nuestros amigos están aquí encerrados.
- Quizás el padre de la Princesa Flama pueda enviar algunos soldados – sugirió Finn.
- Sí, sí, eso está muy bien, pero tardaría mucho tiempo. Además, tenemos que encontrar un hechizo o algún conjuro que devuelva a la princesa a la normalidad para poder llevárnosla con nosotros. Creo que solo hay una persona que pueda sernos de ayuda en este momento, y, vosotros sabéis tan bien como yo de quién estoy hablando.
- El Rey Hielo… - susurró Finn.
- Pero es una locura, Marceline, la cordura del Rey Hielo viene y va, no podemos confiar nuestras vidas a alguien en ese estado – protestó Jake.
- ¿Tienes alguna idea mejor?
- No, pero…
- Pues ya está. Le diremos a Marshall Lee que se convierta en un murciélago y vuele hasta la cueva del Rey Hielo, ya que yo carezco de poderes. Una vez allí, le dirá que le he enviado yo y le explicará la situación. Después de eso, solo cabe esperar que Simon esté en sus cabales y encuentre una solución posible para todo esto.
- Pero, ¿y si no la encuentra? – preguntó Finn temeroso.
- Entonces… - prosiguió Marceline – entonces probablemente estaremos perdidos.
"¿Cómo he acabado en una situación así?", se preguntaba Marshall Lee una y otra vez mientras sobrevolaba los cielos en busca de la guarida del Rey Hielo. Él tan solo había intentado conseguir una chica bonita, inteligente. Alguien a quien querer y que lo pudiese amar de la misma forma. Y, sin embargo, había acabado sin chica, herido, y con un montón de problemas.
- No volveré a intentar ligar con nadie NUNCA – se dijo a sí mismo antes de descender hasta el suelo helado de la entrada a la cueva.
Recorrió los fríos pasillos de la estancia y llegó hasta lo que parecía ser un salón, donde un señor mayor y con el pelo blanco como la misma nieve regañaba a un pequeño pingüino.
- ¿Rey Hielo? – preguntó Marshall, sin atrever a acercarse mucho más.
- Vaya, vaya, a quién tenemos aquí – dijo el hombre mientras se daba la vuelta – Parece que el pequeño Marshall Lee ha crecido bastante desde la última vez que nos vimos.
- Cállate – le espetó.
- ¡Pero si ahora el pequeñín tiene genio! – exclamó el Rey Hielo mientras reía – Recuerdo como viniste a mí, llorando, implorando mi ayuda para salvar a ese… ¿Cómo se llamaba?
- ¡He dicho que te calles! – gritó el vampiro, enfurecido – Vengo de parte de Marceline.
Un brillo sobrecogedor pareció inundar los ojos del mago quien, por unos momentos, pareció más humano que nunca.
- ¿Marceline? ¿Qué le pasa a Marceline? ¿Se encuentra bien? No estará en peligro, ¿verdad?
- Está encerrada en una celda, junto al resto de sus amigos. La bruja Maja ha hechizado a la Princesa Chicle con una especie de camiseta o algo así, no sé exactamente cómo. Creo que dijo algo de un objeto con alto contenido sentimental. El caso es que está bajo su control, y debemos salvarla. Pero para eso necesitamos tu ayuda.
- Claro, por supuesto. ¿Hechizo de contenido sentimental, dices? Creo que tengo algo que podrá solucionarlo, espérate un segundo.
El Rey Hielo, más cabal que nunca, voló hacia su biblioteca privada y, después de consultar unos cuantos libros, alcanzó un gran tomo, pesado y viejo, y arrancó un par de hojas de él.
- Aquí está la solución al problema – le dijo tendiéndole el papel – Pero no será fácil, y, debéis recordar, que toda magia viene con un precio.
- No te preocupes, estoy seguro de que todos estamos dispuestos a pagar.
- Claro, claro – asintió el Rey Hielo mientras movía la cabeza exageradamente, como intentando luchar contra sus propios pensamientos – Y necesitáis salir de la celda. Claro. Espera aquí un segundo… Claro, claro.
Volvió a volar hacia la estantería, pero en esta ocasión se dirigió hacia la que se encontraba justo enfrente, donde había almacenados botes y botes repletos de sustancias extrañas. Alzó uno, olió su contenido, y volvió a depositarlo en el lugar de donde lo había sacado. Repitió este procedimiento otras tres veces, hasta encontrar el que parecía, era lo que estaba buscando, y se lo tendió a Marshall.
- Un par de pelos de la Princesa Flama. Mezcladlo. Echadlo en los barrotes. ¡BOOOM! Claro, claro.
- Rey Hielo, ¿se encuentra bien? – preguntó Marshall Lee, viendo como el anciano se acurrucaba sobre sí mismo, rodando en el suelo.
- Claro, claro – volvió a repetir, como si nada – Rápido, ve. Salva a Marceline. Salvad a la Princesa. ¡Y entonces yo podré casarme con ella!
Marshall emprendió el camino de vuelta mientras escuchaba la risa agónica del Rey Hielo a sus espaldas, fantaseando con su inminente boda con la princesa.
- Ah, y, Marshall – volvió a dirigirle la palabra el anciano – Saluda a Gumball de mi parte – dijo con una sonrisa irónica en el rostro.
Sentado en el suelo frío y pedregoso de la celda oscura, Finn rememoraba todos los buenos momentos que su mente llegaba a alcanzar. A veces aquello le ayudaba cuando se encontraba en una situación difícil. Pensaba en todas aquellas ocasiones en las que había reído, se había sonrojado, o, incluso, en las que había llorado, pero sus amigos habían estado allí junto a él, y aquello le hacía sentirse un poquito mejor.
Pero en aquel momento nada de eso podía hacer desaparecer el profundo malestar que inundaba su cuerpo.
Se sentía morir por dentro. Como si cada pedazo, cada célula que lo componía, estuviese muriendo y gritando, agonizante. Y luego estaba aquel profundo dolor en su garganta, como si un cuchillo la atravesase permanentemente, que no le dejaba apenas hablar, o incluso tragar saliva.
Por suerte, Jake, Arcoíris y Flama dormían mientras esperaban a que Marshall llegase con la respuesta del Rey Hielo, por lo que no tenía que hacer un gran esfuerzo por aparentar estar bien.
En una de esas ocasiones en las que apretaba la cara contra el suelo fuertemente en un vano intento por ahogar su dolor e intentar conciliar el sueño, escuchó la voz de Marceline, que, desde la celda opuesta, le hablaba ensimismada.
- ¿Sabes? Las horas aquí parecen pasar más lento de lo normal. – comenzó a decir – Es como si la bruja Maja tuviese millones de agujas y comenzase a clavármelas, una a una, minuto a minuto, desde que separó a Bonnibel de mí.
Entonces la joven paró, como esperando una respuesta, sin esperar realmente nada, simplemente congratulándose en el hecho de que alguien la estuviese escuchando. En la ilusión de volver a tener un amigo. Un amigo de verdad.
- Aunque no creo que mi dolor sea comparable con el tuyo.
Aquello paralizó a Finn, si es que podía llegar a moverse menos de lo que ya lo hacía. ¿Cómo diablos sabía Marceline aquello?
- Vamos, Finn. Sé reconocer a un vampiro novato cuando lo veo, y, créeme, contigo no ha sido nada difícil. Llevas la muerte dibujada en la mirada.
De nuevo, ante la incapacidad de hablar del muchacho, la estancia se sumió en un profundo silencio interrumpido tan solo por el ruido sordo de los pasos de los guardias en la lejanía.
- ¿Cuánto tiempo llevas sin alimentarte? – preguntó Marceline, al ver el devastador estado del muchacho.
Tan solo obtuvo silencio como respuesta.
- Finn, dime que te has alimentado desde que te has convertido en vampiro…
El joven abrió la boca, intentando transmitir algún tipo de sonido, y, tras un profundo esfuerzo y palpitante dolor, consiguió que de sus cuerdas vocales saliese algún tipo de sonido.
- Nnn- nno…
- ¡Finn! – gritó Marceline en susurros, intentando no romper la calma del lugar - ¡¿Sabes lo peligroso que es eso?! ¡Podrías entrar en coma por falta de energía!
La joven miró a su amigo, tumbado en el suelo, casi incapaz de moverse, y suspiró. Entonces se quitó sus preciadas botas rojas y las lanzó, una por una, al alcance de Finn, que se encontraba tumbado junto a los barrotes.
- Vamos, cógelas. Tan solo piensa en hincar los colmillos ya aparecerán. Cuando tengas el rojo en los dientes, sabrás lo que hacer. No lo pienses más.
Con sumo esfuerzo, Finn alargó la mano y agarró las botas, atrayéndolas hacia sí lentamente.
- Gracias… - susurró tan solo.
Acercó su boca a la superficie rojiza, de cuero, y sintió que, por dentro, una fuerza oculta brotaba de él, instándole a devorarlas, a fundirse, en uno, con ellas. Un pequeño dolor punzante surgió en su boca y supo que sus colmillos habían aparecido. No esperó más. Salvó la distancia que todavía quedaba entre su boca y aquel delicioso color rojo y lo absorbió con una violencia inusitada. Apenas unos segundos más tardes, la bota, en sus manos, lucía completamente blanca. Sintiendo la energía correr por sus venas, agarró el par derecho y volvió a absorber, de nuevo, aquella fuente de vida. Se sentía renacer.
Cuando hubo acabado, pasó el par de zapatos a Marceline para que volviese a calzarse de nuevo.
- ¿Qué les dirás a los demás cuando vean que ahora son blancas? – preguntó, preocupado.
- Ya se me ocurrirá algo… - contestó la joven - ¿Cuándo piensas decírselo?
- Marceline, yo… No lo sé… - comenzó a explicar Finn, que, ahora con más energía y algo de color en el rostro, se había sentado para poder hablar cara a cara con su amiga – Tengo miedo de la reacción de Jake. Y de Flama. ¿Qué pasa si ya no me quiere porque he dejado de ser humano?
- Finn, ella es de fuego. Créeme, tu humanidad no era lo que más le atraía de ti – respondió Marceline – En cualquier caso, es tu decisión, así que no me entrometeré en ella. Tan solo quiero que sepas que, por propia experiencia, todo es más fácil cuando no ocultas quién eres realmente.
El joven se quedó muy callado, reflexionando. Parecía como si las palabras hubiesen atravesado su pecho y estuviesen ahora grabadas a fuego en su inerte corazón.
- Marceline… - comenzó a decir de nuevo.
- ¿Qué?
- Gracias…
La joven sonrió y se giró rápidamente, pretendiendo hacerse la dormida, o la que va a dormir, cuando su verdadera intención era ocultar el reciente rubor que se había instalado en sus mejillas. A veces se preguntaba cuándo aprendería a controlar ese estúpido reflejo humano.
