¡Hola de nuevo! Vengo con otra actualización para compensar el hecho de que en estos capítulos haya poco Bubbline. Pronto habrá más. Lo prometo.
¡Muchas gracias a todos los que seguís la historia! Y a los que dejáis review también, aunque seáis pocos, os lo agradezco mucho :)
Espero que disfrutéis del capítulo
Capítulo 12
Marshall Lee se quedó unos segundos mirando a través de los gruesos barrotes que separaban aquella oscura celda del mundo exterior, con aire indeciso. La luna entraba, como a escondidas, a través de ellos, iluminando una pequeña parte de la estancia. Suficiente para contemplar a Gumball, que dormía profundamente.
Se preguntaba cómo el Rey Hielo había podido recordar todavía aquello, aun habiendo ocurrido hace tanto tiempo. En su mente, la agonía y la angustia todavía eran palpables.
*FLASHBACK*
- Tienes que salvarlo… ¡Por favor! – imploró un pequeño Marshall de apenas doce años de edad.
Había cruzado la ciudad derruida, haciendo caso omiso de los muchos peligros que en ella acechaban, con aquel joven a cuestas. No sabía su edad. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Tan solo era consciente de que, moribundo, había acabado tumbado en el suelo de su pequeño refugio, al que, a veces, con cariño, llamaba "La Cueva", y con los ojos llorosos le había pedido ayuda. "Por favor…" había susurrado con los labios secos. Marshall había visto su camisa rosada, manchada de sangre, y el contraste visual había alterado cada centímetro de su piel, sumiéndolo en una mezcla de miedo e impotencia. Sin embargo, había algo, algo en aquel rostro infantil, de niño adulto, algo en sus ojos, en su manera de mirar. No sabía bien qué era, pero había algo que lo había hecho ayudarlo, sin pensárselo tan siquiera.
Y eso hizo. Salió al exterior de su oscura morada, con aquel joven desconocido a cuestas, y fue a buscar al único hombre que sabía que podría ayudarlo en una situación así.
Realmente, Marshall Lee no conocía en persona a Simon Petrikov, o, el Rey Hielo, como algunos lo llamaban recientemente debido al azulado tono de su piel y a su habilidad para congelarte sin ni siquiera parpadear. Había escuchado mucho hablar sobre él, innumerables historias que no sabía si creer, pero en un caso de tal urgencia era su única esperanza.
Caminó sin descanso noche tras noche, al ternando el tiempo que caminaba con el que se encontraba volando y ocultándose durante los rallos del sol, hasta que llegó a la colina donde vivía el solitario anciano, en una noche sin luna, donde apenas se veían las estrellas.
Subió a trompicones las partes más empinadas de la montaña y, al fin, llegó a lo que parecía ser una casa. Llamó un par de veces a lo que suponía que debía de ser la puerta, pero en cuanto golpeó con el puño, esta se derrumbó. Marshall cogió un trozo de lo que quedaba de ella en el suelo.
Estaba fría como el hielo.
Entro dentro de la quejumbrosa estancia y una voz susurró a su espalda.
- Este no es lugar para chicos como tú, muchacho – escuchó que alguien le advertía.
Pero Marshall no se atemorizó. Miró a los ojos a aquel hombre desconocido, hasta descubrir que no tenía, que en sus cuencas no había más que hielo, hielo cristalino que se asemejaba a un iris azulado.
Le relató la historia del joven que llevaba a cuestas, detalle por detalle le contó su duro viaje, y el rostro de aquel anciano no se inmutó lo más mínimo.
- Tienes que salvarlo… ¡Por favor! – volvió a rogar, esta vez con más firmeza.
Simon miró al joven que yacía acostado en un pequeño sofá situado en un rincón de la sala. De pronto, algo ilumino su vacía mirada, y pareció verlo claro.
- Por supuesto… Es él… Y tú… Eres tú… - comenzó a murmurar – Ahora lo entiendo todo…
- ¿Qué entiende? ´- preguntó Marshall, intrigado ante aquellas palabras a las que no encontraba sentido.
- Nada. Olvídalo. Lo curaré. Tan solo, vuelve dentro de 3 días. Estará como nuevo – sentenció con una extraña sonrisa en el rostro.
Marshall Lee le hizo caso y salió por donde había entrado, esperando que el hombre no cambiase de opinión al ver su puerta destrozada.
Esperó y esperó durante tres días que se le hicieron eternos, alimentándose de color rojo sin apenas tener hambre, recordando la apetitosa sangre que había visto empapar la camisa de aquel muchacho y sintiéndose mal por ello. Por él, moribundo. Por sí mismo y su ansia destructora.
Al cabo de tres días volvió impaciente a lo alto de la colina. No sabía si serían imaginaciones suyas o no, pero le parecía que el ambiente estaba más frío que la primera vez que vino.
Entró en la casa sin llamar a la puerta esta vez y encontró a su pequeño amigo tumbado en el sofá. Veía su pecho subir y bajar, lo veía respirar como a cualquier humano, sin embargo, había algo que no estaba bien en él: era de color rosa.
- ¿Qué le has hecho? – preguntó Marshall Lee iracundo.
- Lo he revivido. Cuando lo trajiste aquí llevaba muerto un par de días. Es lo único que he podido hacer. Y dame las gracias, sin mí, tu amigo estaría criando malvas – se limitó a decir Simon desde las sombras – Ahora llévatelo y marchaos de aquí. Necesito estar solo.
Marshall Lee obedeció y volvió a llevarse a aquel joven, que seguía inconsciente, a cuestas.
Caminó de vuelta a su hogar, sin embargo, sabía que no podía quedarse con él. No sabía cómo comportarse con las personas, y, sin duda, no era el más indicado para cuidar de alguien. Por lo que cambió el rumbo de sus pasos y vagó durante días, sin dirección. A veces su joven amigo se despertaba, y, todavía semi-inconsciente, le pedía agua en susurros apenas audibles. Entonces Marshall corría hasta el arroyo más cercano y le traía, como buenamente podía, pequeñas cantidades de líquido que el joven bebía rápidamente. Después, volvía a quedarse dormido. Quizás durante días. Quizás durante horas. Nunca lo sabía con certeza.
Prosiguió su interminable viaje hasta que llegó a un extraño reino. Lo recorrió desde el cielo, con su huésped a cuestas, y descubrió que estaba habitado por dulces. ¿Qué mejor sitio donde dejar a un moribundo que un pueblo lleno de chucherías? Sin embargo, Marshall todavía no sabía en quién podría confiar para cuidar al joven.
Siguió merodeando por la aldea un rato más, pero parecía no llegar a convencerse. Hasta que llegó a un enorme castillo rosado. Decidió asomarse a la ventana, y, justo entonces, vio algo que lo convenció por completo. En el interior del castillo, gente de color rosa, el mismo rosa chicle del que estaba ahora hecho su amigo, reía y hablaba con júbilo. Un hombre de mediana edad, con el cabello mitad rosado, mitad castaño, una joven mujer, toda rosa, y una pequeña niña, de nueve o diez años quizás, que desprendía alegría en cada sonrisa.
Marshall Lee no lo dudó ni un instante. Supo con certeza que aquella gente cuidaría de su amigo mejor de lo que él podría cuidarlo nunca, así que descendió hasta la puerta principal del castillo con él todavía a hombros y lo colocó recostado en ella. Llamó con la pesaba aldaba y se agachó hasta quedar a su altura, agarró su mano y sonrió.
- Espero que te vaya bien, amigo – dijo simplemente, mientras miraba a sus ojos, todavía cerrados.
Y, entonces, pasó algo que nunca llegó a pensar que ocurriría. El joven, recostado, apretó la mano del vampiro y susurro, con palabras apenas inteligibles:
- Gracias…
Marshall se quedó allí plantado, sin saber qué hacer. Cuando escuchó que unos pasos se dirigían hacia allí, corrió hasta los jardines que rodeaban el castillo y se perdió entre los espesos matorrales, sin mirar atrás, sin dejar de correr.
Nunca supo si aquello ocurrió de verdad o fue su subconsciente el que le jugó una mala pasada.
Finalmente, Marshall Lee se coló por los barrotes y volvió a entrar en la celda.
Se acercó cautelosamente hasta Gumball y lo zarandeó hasta que el joven príncipe despertó.
- ¿Qué? ¿Qué ocurre? – preguntó desorientado
- Vamos, Gumball, despierta. He encontrado al Rey Hielo. Tenemos que hablar con el resto.
- Marshall, ¿eres tú? Por favor, dime que tienes una solución – rogó Marceline pegada a los barrotes de su propia celda.
El vampiro les relató todo lo acontecido y lo que el Rey Hielo le había explicado, omitiendo los detalles que concernían a Gumball y a su pasado.
- Tenemos que actuar cuanto antes. No podemos perder un minuto más, debemos salir de aquí – Sentenció Finn desde su celda, junto a Jake, Flama y Arcoíris.
- Pero está a punto de amanecer… - se quejó Marshall – Será mejor que esperemos hasta esta noche.
Todos quedaron expectantes ante la decisión de Marceline, quien, al parecer, se había convertido el líder de la operación. Suspiró profundamente.
- Aunque me duela estar encerrada aquí aunque sea un solo minuto más, Marshall tiene razón – contestó la joven, guardándose para sí el hecho de que Finn también sufriría al exponerse al sol – Está a punto de amanecer, y la fuerza de un vampiro es esencial en esta operación. Además, debemos trazar el plan detalladamente. ¿Cómo se supone que libraremos a la princesa de su hechizo?
- El Rey Hielo me dio esto – dijo Marshall mientras tendía el viejo trozo de papel a través de los barrotes.
La joven leyó atentamente, bebiendo cada palabra que había allí escrita. Al final de la hoja había un pequeño apartado que empezaba con "Precaución…", sin embargo, al arrancarla del libro en el que estuviese contenida se había roto esa pequeña parte. No le dio mucha importancia, al fin y al cabo, ¿qué podría ser peor que lo que ya les deparaba el futuro?
- Pero… Todos estos ingredientes… No tenemos nada de esto aquí… - se quejó Marceline.
- Habrá que recolectarlos y volver, de nuevo, a por Bubblegum – sugirió Gumball
- Maldita sea… - susurró Marceline haciendo caso omiso de las sugerencias de sus compañeros – Hace falta sangre de Bonnibel. ¿Cómo diablos vamos a conseguir algo así?
- Tranquila, Marceline, no desesperes. Seguro que se nos ocurrirá algo – la animó Finn, visiblemente recuperado después de su pequeña ingesta de rojo.
- Si, tía, alguna manera habrá de hacer sangrar a Peebles un poco, ¿no? – dijo Jake.
- Agggh, ¡esto es más difícil de lo que creía! – se quejó Marceline, mientras se apoyaba en la pared y se deslizaba hasta el suelo, con las manos en la cabeza, a punto de llorar.
Por alguna extraña razón, creía que el rescate sería más fácil. Que, con la ayuda de sus amigos, todo era posible, todo era factible. No sabía cuán equivocada estaba.
- Marceline – comenzó a hablar Marshall desde su celda, intentando mirarla a los ojos, a pesar de estar en la estancia contigua – Lo conseguiremos. Te lo prometo.
El vampiro sintió como Gumball ponía la mano en su hombro, en señal de agradecimiento, y todos se sumían en un profundo silencio. Ninguno de los dos sentía especial simpatía por el otro, sin embargo, era el aprecio por Bubblegum el que los unía en esta ocasión.
- Está bien… - dijo Marceline - ¿Cuento con todos vosotros? ¿Arcoíris? ¿Princesa Flama, nos dejarás tu cabello?
- 물론! – exlamó Lady Arcoíris.
- Por supuesto, Marceline. Estamos contigo al cien por cien – confirmó Flama.
- De acuerdo – dijo la joven levantándose del suelo, con renovadas fuerzas – Lo conseguiremos.
