¡Gracias a todos los que habéis dejado review y habéis seguido la historia! Soy consciente de que, ya que ahora actualizo más a menudo, no hay demasiado tiempo de que comentéis entre un capítulo y otro, así que muchas gracias a los que os tomáis la molestia :)
En fin, hoy no tengo gran cosa que deciros. Solo, que espero que disfrutéis el capítulo, y que el sábado (probablemente) me tendréis aquí con otra actualización.
Capítulo 13
Aunque le parecía imposible, al fin, llegó el momento. Los segundos pasaron y el sol acabó poniéndose por el horizonte. Sin peligro para la piel de Marshall o la de Finn, era el momento de actuar.
La Princesa Flama arrancó con cuidado un par de pelos de su cabeza, los cuales mezclaron con los extraños polvos que el rey Hielo había dado a Marshall. Al entrar en contacto con los barrotes, comenzaron a salir unas pequeñas chispas y explosiones de estos, que apenas emitían ruido o humo, pero que derritieron el hierro haciendo que así todos pudiesen quedar libres.
- Está bien, chicos, tal y como lo hemos planeado, el objetivo es llegar a la habitación de la princesa y conseguir un poco de su sangre – recordó rápidamente Marceline – Marshall y Gumball, vosotros retendréis a los ayudantes de Maja. Flama, ¿puedes acompañarlos y usar tu fuego para ayudarles?
- De ninguna manera, no dejaré que Flama se ponga en peligro – sentenció Finn.
- Finn, estaré bien – lo convenció Flama mientras le ponía cariñosamente la mano en el hombro. El joven muchacho bajó la vista, temeroso, y dejó que Marceline continuara hablando.
- Jake y Finn, vosotros venís conmigo hasta la habitación de Chicle. Ya que no tengo poderes vampíricos ni tampoco mi bajo hacha, tendréis que cubrirme como buenamente podáis – les rogó Marceline.
- Eso está hecho – se comprometió Jake.
- Y, Lady Arcoíris, sería toda una ayuda si pudieses sacarnos a todos de aquí cuando consigamos la sangre.
- ¡물론, 내가 도와 줄게! – dijo Lady Arcoíris.
- Dice que por supuesto, nos ayudará – tradujo Jake.
- Está bien, si nadie tiene nada más que decir, ¡todos en marcha! – finalizó Marceline, quien, tras una última mirada a sus amigos, echó a correr por el pasillo seguida del resto.
Doblaron esquina tras esquina en los intrincados pasillos de las mazmorras del castillo, y más de una vez se encontraron con algún guardia perezoso que, bajo el control de Maja, vigilaba las mazmorras aun estando a punto de caer rendido de sueño. Sin embargo, no querían dañar a ningún dulce inocente, así que tan solo lo dejaron inconsciente y pasaron de largo.
El verdadero problema llegó cuando entraron en el salón principal del castillo. Era inevitable pasar por allí, ya que las escaleras se encontraban en el recibidor, por lo que, obligatoriamente, tuvieron que encontrarse de frente con un grupo de tres ayudantes Cuervo Conejo.
- ¡Marchaos, nosotros nos ocuparemos! – gritó Gumball, mientras sacaba torpemente la espada de su cinto e intentaba pelear con el guardia.
Marceline contempló la escena desde el otro lado de la sala. No hacía más de un par de días que había estado allí mismo, de pie, a punto de anunciar su compromiso con Bonnibel. Y ahora los únicos que se encontraban en el recinto eran sus amigos, que peleaban fieramente contra los ayudantes de la odiosa bruja que le había arrebatado su felicidad.
Volvió el rostro y continuó su camino. "Estarán bien", se obligó a pensar. Sin embargo, al ver la demudada expresión que se le había quedado a Finn tras ver a Flama lanzar bolas de fuego a un lado y a otro, no estuvo del todo segura.
Continuaron corriendo, siempre hacia adelante, sin mirar atrás, en busca de su objetivo. El plan era que, cuando acabasen con ellos, sus amigos los alcanzarían en la habitación de Chicle.
Debían confiar en su plan.
- ¡Marceline, cuidado! – escuchó que Finn gritaba a su espalda.
La joven se tiró al suelo inmediatamente y esquivó la brutal embestida de un ayudante Cuervo Conejo, al que, instantes después, Finn propinó una patada de lleno en la barriga.
- ¡Nosotros te cubrimos, tú ve a por Chicle! – le gritó Jake ocupado en retener a los guardias.
Marceline entró rápidamente en la habitación de Bonnibel y se detuvo un momento a mirar el panorama. La estancia, iluminada tan solo con la tenue luz de un par de candelabros, se encontraba vacía a primera vista. Había que volver a mirar para encontrar a la princesa, sentada en una silla, inmóvil como una estatua de marfil.
- Bonnie… - susurró, sin atreverse a hablar siquiera – Oh, Bonnie, pero qué te han hecho.
La princesa volvió lentamente la cabeza, de una manera casi fantasmal, y clavó en ella sus ojos azul hielo, infinitos, vacíos, sin fondo. Un escalofrío recorrió la espalda de Marceline, haciéndole olvidar todo lo referente a cualquier tipo de plan, o al inminente peligro en el que estaban ella y sus amigos. Solo sabía que Chicle no era ella misma, y que no podía hacer nada por evitarlo.
Se acercó a ella y se arrojó a sus piernas, abrazando fuertemente sus rodillas.
- Bonnibel, ¡vuelve conmigo, por favor! – lloró desconsolada – Sé que sigues ahí, puedo sentirlo. Por favor, Bonnie, vuelve junto a mí…
Entonces una mano fría como un témpano de hielo la agarró por el cuello y la elevó unos metros del suelo. No supo qué fue lo que le quitó la respiración, si la constante presión en su garganta o la expresión demudada de Chicle, que se tornó en una espeluznante sonrisa justo antes de contestar.
- No – dijo tan fríamente, tan secamente, y, a pesar de todo, con tanta maldad en el fondo. Maldad pura, odio intenso. Ni siquiera cuando se peleaban, o durante aquellos años en los que estuvieron separas, Marceline había percibido un odio tal de parte de Bonnibel. Era intrínseco, visceral. No dudaba de que, si tenía la oportunidad, no tendría reparos en matarla.
La arrojó bruscamente contra la pared y la joven sintió que, al menos, una de sus nuevas y sensibles costillas se rompía. Tosió bruscamente e intentó levantarse, pero allí estaba de nuevo, la princesa, con su delicado zapato de tacón sobre la espalda de Marceline para aplastarla de nuevo contra el suelo.
- Vas a morir, lo sabes, ¿no? – preguntó Chicle, como si fuese la cosa más obvia de este universo.
- Bonnie, yo… - intentó decir Marceline, pero la princesa había apretado su mejilla con el tacón está vez, impidiéndole hablar – Te… Te quie… Te quiero…
Y sin embargo, aquello pareció no tener afecto alguno sobre ella. Incluso puede que la incitase aún más a destrozar el cuerpo de la joven, porque, tras escuchar aquellas dos palabras, le propinó una violenta patada en la barriga.
Estaba a punto de agarrar su cuello para volver a lanzarla por los aires cuando alguien la empujó y la hizo caer al suelo.
- ¡Marceline, levanta! – gritó Finn, encima de la princesa - ¡Tienes que cumplir lo prometido! ¡Tienes que hacerla sangrar!
La joven se levantó, aún aturdida, y con una mano sujetando su tórax, como si así fuese a calmar el incesante dolor.
Asió un abrecartas de la mesita de noche, lo bastante afilado como para sacar un par de gotas de sangre, y se dirigió hacia Finn, que, a duras penas, todavía sujetaba a la princesa. Se arrodilló junto a ellos, acercó la reluciente punta a la mano de la princesa y…
Se dio cuenta de que no podía hacerlo.
De que, aun habiéndole dado la paliza de su vida, aun sin ser ella misma, aun vistiendo aquellos ojos vacíos, huecos, carentes de alma y de significado, a pesar de todo aquello, la seguía queriendo.
Chicle vio la debilidad en sus ojos, en su mirada, y aprovechó el momento para arrojar lejos a Finn, quitarle el abrecartas a Marceline y situarse encima de ella. Ahora era Chicle quien tenía el control de la situación, y la punta del abrecartas, el cual nunca le había parecido tan afilado, rozaba la garganta de la joven de una manera un tanto peligrosa.
- ¿Últimas palabras? – sonó Chicle, sarcástica.
Sin embargo, a Marceline no le dio tiempo de decir nada, ya que Finn, dejando libre por completo su nuevo poder vampírico, había empujado de nuevo a la princesa y, con los colmillos a plena vista y las alas de murciélago sobresaliéndole de la espalda, gruñía y pateaba sonoramente.
- ¡Finn! – gritó Jake asombrado ya que, desde la puerta, lo había visto todo.
Marshall Lee junto con Gumball y la Princesa Flama llegaron a la escena y se quedaron atónitos de igual manera. Pero Marceline no perdió el tiempo. Mientras estaba en el suelo, en los que creía sus últimos segundos en este mundo, viendo pasar toda su vida por delante, una idea había surgido en su cabeza.
- ¡Lady Arcoíris, prepárate para sacarnos a todos de aquí!
Lady se dirigió a la ventana, recogiendo sobre su lomo a todos sus amigos, y salió de la habitación. Finn los siguió, sin dejar de mirar amenazadoramente a la princesa, que, ahora, yacía tumbada en el suelo, recuperándose de los golpes de su amigo.
Marceline se había dirigido rápidamente a la mesita de noche de Chicle, hacia la rosa que todavía allí reposaba, oculta en aquel enigmático jarrón. La cogió y se dispuso a salir por la ventana. Justo cuando estaba a punto de saltar para caer en el lomo de Arcoíris, sintió que una mano asía su muñeca.
- Marceline… - dijo Chicle a sus espaldas – No te vayas. No me dejes sola de nuevo
La joven la miró, con lágrimas en los ojos, y se subió al marco de la ventana. Sabía que no era ella, sabía que era un sucio truco de Maja, que la estaba controlando, que no sentía aquellas palabras que de su boca salían. Lo sabía y, sin embargo, seguía siendo tan difícil…
Se dio la vuelta y la miró por última vez.
- Lo siento… - dijo simplemente, dejándose caer, de espaldas, al vacío, confiando en que Finn la cogería.
Instantes después Maja entró en la habitación y, al ver que sus prisioneros habían escapado, profirió un gutural grito que profanó el sagrado silencio de la noche, dejando aire enrarecido allá donde el eco aún resonaba.
Sin embargos, para aquel entonces, ellos ya sobrevolaban el cielo, dirigiéndose a un lugar muy lejano, un sitio donde poder llevar a cabo la poción que les devolvería a la princesa: el reino de Aaa.
