¡Hola a todos! He conseguido sacar un ratito para actualizar el fic, y esta vez traigo un capítulo bastante más largo de lo normal. Probablemente este miércoles no pueda actualizar, y quizás el sábado que viene tampoco (como muy tarde actualizaré el lunes 12), así que quería dejaros con un buen sabor de boca :) En cualquier caso, espero que lo disfrutéis

PD: Muchísimas gracias a los reviews y los followers de esta historia. Hacéis que merezca la pena escribir

PD2: Mi tumblr es Suerte De Infelicidad, y si os gusta la poesía o las pequeñas reflexiones os agradecería que os pasaseis por allí y me dijeseis qué os parece

PD3: La canción que aparece en este capítulo es First Love Never Die, de Soko, y es tan preciosa que le recomiendo a todo aquel que alguna vez se haya enamorado escucharla. No os arrepentiréis.

Capítulo 14

Despertó en una mullida cama y se levantó rápidamente, desconcertada. Le daba la sensación de que seguía en el castillo de Bonnibel, pero sabía que no podía ser posible. Se encontraba en una habitación que no había visto en su vida pero que estaba empapelada, cómo no, de rosa.

- Por fin despiertas – escuchó que decía Finn.

- ¿Dónde estamos? – preguntó Marceline, todavía desorientada.

- Gumball nos llevó a su castillo cuando escapamos de Chicle. Te desmayaste por el camino y te trajimos aquí – explicó.

- Ya decía yo que todo esto me resultaba demasiado similar…

- Hablando de Chicle… - comenzó a decir Finn – Marceline, ¿en qué demonios estabas pensando? ¿por qué no le sacaste sangre? ¿Cómo demonios vamos a hacer ahora el antídoto para liberarla del control de Maja?

- Yo… - intentó explicarse la joven, mientras imágenes de los escalofriantes ojos de Chicle y sus violentos ataques invadían su mente – No pude, Finn, no pude. Pero se me ocurrió una idea en su lugar. Aunque, espera un momento, ¿dónde está el jarrón que llevaba conmigo?

-¿Ese cacharro extraño? Lo pusimos abajo. ¿Qué es, Marceline?

- Menos mal… - suspiró aliviada – Es un jarrón que inventó Chicle. En su interior conserva una rosa, con la que, según me dijo, se había pinchado. Es decir, debe tener algo de su sangre todavía. No sé si funcionará, pero es lo único que tenemos.

- Más nos vale confiar en ello pues – contestó Finn.

Marceline se comió el pequeño desayuno que le habían llevado a la cama, algo de leche caliente y un par de manzanas y fresas (sí, aunque había dejado de ser un vampiro, no podía evitar sentir predilección por los alimentos de color rojo) y bajaron a la cocina del príncipe Gumball, donde se encontraban el resto de sus amigos y el propio príncipe, cómo no, cocinando.

- No puedo creer que te pongas a cocinar en un momento así – se quejó Marshall – Cuando tu propia prima está en un peligro semejante.

- Ya te lo he dicho, me ayuda a pensar – respondió Gumball – Así que, ¿podrías dejar de ser tan molesto y ayudar un poco? Deberías llamar a Fionna, por ejemplo. Ella sabría qué hacer.

- ¡Fionna, siempre Fionna! ¿Es qué no puedes dejar de hablar de ella ni siquiera por un momento? – se quejó Marshall.

- ¡Al menos ella es de utilidad, no como otros!

- ¿Olvidas que acaso fui yo el que te sacó ayer de aquel castillo, a hombros, cuando el ayudante conejo te lanzó contra la pared?

- ¡Ya basta, chicos! – intentó calmarlos Jake – Discutiendo no vamos a solucionar nada.

- Es cierto – dijo la princesa Flama – debemos esperar a que Marceline se despierte y…

- Marceline ya está despierta – anunció la propia joven mientras entraba por la puerta de la cocina – Y dispuesta a llevar a cabo esa maldita poción.

- ¡Marceline! – dijo Gumball, entusiadmado - ¿Qué tal te encuentras?

- Los suficientemente bien como para seguir con el plan - respondió simplemente, aunque sus costillas todavía dolían cuando flexionaba el tórax – Marshall, ¿tienes el trozo de papel con los ingredientes?

- Claro, toma – respondió mientras le tendía la hoja.

Marceline la leyó de nuevo, esta vez detenidamente, analizando mentalmente cada ingrediente y donde solía encontrarse. Tener 1000 años le proporcionaba alguna que otra ventaja, como, por ejemplo, saber dónde encontrar algo cuando lo necesitas.

-Está bien, Gumball, creo que todo es relativamente fácil de encontrar. Solo tienes que darme un mapa de Aaa y marcaré donde es más probable encontrar cada ingrediente.

El príncipe le tendió un amplio mapa del reino y Marceline fue marcando, uno a uno, los lugares donde seguramente encontrarían cada objeto. Raspaduras de cuerno de duende, en las montañas del norte, raíz de mandrágora en los pantanos del sur, saliva de troll en los acantilados del este, semillas de soja en una pradera cualquiera y polvo de nubes, valga la redundancia, en las nubes.

- Yo iré con Finn hacia los pantanos del sur – anunció la joven – Arcoíris, tú recolecta el polvo de nubes y reúnete con Jake para buscar la saliva de troll. Esos tontos pueden ser muy pesados si se lo proponen y no os vendría mal un poco de ayuda el uno del otro. Flama, tú podrías ir a la pradera a por las semillas de soja. Es una planta resistente, así que no pasará nada si las quemas un poco. Gumball y Marshall, vosotros id a norte, a las montañas, en busca de las raspaduras de cuerno de duende.

- ¿Yo otra vez con este repipi? – se quejó el vampiro.

- Marshall Lee, no sé qué es lo que sentirás por Chicle y probablemente no sea de mi incumbencia, ¿pero quieres salvarla o no?

- Sí, pero…

- Pues entonces cállate y busca el maldito cuerno de duende – respondió simplemente Marceline – Está bien, tenemos tres días como máximo para recolectar los ingredientes. Si alguno se demora más de eso, saldremos en su búsqueda.

La joven se apartó de la mesa, dispuesta a salir cuanto antes, mientras Gumball repartía a los presentes mapas de la región de Aaa. Por última vez, se volvió y contempló los rostros que, decididos, la apoyaban en esta, la aventura de su vida.

- Ah, y una última cosa – dijo antes de salir por la puerta, captando la atención de todos los presentes – Buena suerte.


Sí tenía que ser sincero, a Gumball tampoco le hacía ninguna gracia tener que ir con Marshall en busca de las raspaduras de cuerno de duende. Es más, preferiría haber ido completamente solo en lugar de tener que acompañarle a él. Con su desagradable forma de hablar, su horrorosa ropa, poco conjuntada, y su voz grave que resonaba en sus oídos cada vez que hablaba y lo miraba, de aquella manera suya, tan intensa.

No, definitivamente, no le gustaba la idea de pasar dos días junto a Marshall, completamente solos.

Sin embargo, no podía quejarse. Era la vida de su prima, Bubblegum, la que estaba en peligro, y por nada del mundo dejaría que le pasase algo a una de las personas que más apreciaba en este planeta.

Desde pequeños, siempre habían estado juntos. La familia de Chicle le había adoptado cuando él era pequeño, y apenas conservaba recuerdos antes de aquello. Una ciudad derruida, su piel blanquecina en lugar de rosada, una cara difusa… Pero nada más. Simplemente, un día, apareció en la puerta de su nueva familia. Y nada más.

Quizás fuese cosa del destino, se decía a sí mismo.

En cualquier caso, pensar en ello le hacía recobrar fuerzas para continuar la travesía. Aunque, a decir verdad, no tuvo mucho de lo que quejarse en el camino. Apenas intercambiaron palabra, ya que Marshall iba sobrevolando el terreno, muy alto, para ver cuánto faltaba para llegar a la montaña y comprobar si había enemigos a la vista, y él iba a pie, espada en mano, muy atento a cualquier movimiento extraño que percibiese en el terreno.

No sabían hasta donde se había extendido ya el dominio de Maja (con seguridad, podían decir que, al menos, la mitad de Ooo estaba ya bajo sus manos), pero había que ser precavido.

El sol comenzó a ponerse en el horizonte, y, con los últimos rayos, Marshall Lee bajó su capucha y se situó junto a él, para que ambos fuesen a pie.

Continuaron caminando en la oscuridad durante un rato, hasta que Gumball cayó rendido y decidieron montar un pequeño campamento y descansar. Realmente, al príncipe le hubiese gustado no tener que ralentizar al vampiro, poder seguir andando y llegar cuanto antes de vuelta al castillo, sin embargo, para él, un simple dulce, era inevitable sucumbir ante el cansancio. Y, al menos, Marshall era capaz de entenderlo, ya que no puso ninguna queja cuando Gumball le pidió descansar por hoy, e incluso se ofreció a encender el fuego.

- Toma, las cogí antes, mientras volaba por ahí – dijo Marshall al tiempo que le lanzaba una pequeña bolsa con algunas manzanas.

- Gracias – respondió Gumball, a quien el estómago le estaba empezando a rugir – Pero, ¿no pasarás hambre?

- No te preocupes, me alimenté antes de salir. Y si no, siempre puedo darte un pequeño mordisquito – sugirió con una sonrisa seductora.

Gumball, quien había creído por un momento que podría llevarse bien con el vampiro, o, al menos, intentarlo, volvió a ponerse muy serio, sintiendo que todas sus esperanzas se esfumaban, y suspiró.

- Marshall, ¿por qué tienes que ser siempre así?

- ¿Así cómo?

- Vamos, ya lo sabes… No podemos siquiera mantener una conversación normal.

- No es mi culpa, principito – dijo Marshall – Soy un vampiro. Soy malvado. Es lo que hacemos los de mi clase.

- Dirás lo que quieras, pero no me lo creo. Te he visto hablar y salir por ahí con Fionna y los dos os lleváis muy bien. Soy yo el único que parece ser tu problema.

- Yo… - intentó decir Marshall, pero, acaso, ¿qué iba a decir? ¿Que desde que eran unos críos había estado observándolo y cuidando de él, en la lejanía? ¿Que lo conocía desde mucho antes de que Fionna apareciese en las vidas de ambos y los uniese de nuevo? ¿Que, probablemente, la razón por la que él todavía seguía vivo era porque, hacía mucho tiempo, lo había encontrado moribundo y no había dudado ni un momento en ayudarle? No, definitivamente, no podía decir nada de eso. Así que hizo lo que mejor se le daba hacer: quedarse en silencio.

- Déjalo, da igual. Creo que me voy a dormir – dijo Gumball ante su silencio – Buenas noches, Marshall Lee.

El vampiro no contestó a nada de lo que Gumball dijo. Simplemente se quedó mirándolo, muy callado. Lo miraba e, inevitablemente, letras de canciones le venían a la mente. Canciones que no podía dejar atrás, que no podía olvidar.

I feel like walking
do you feel like coming?
I feel like talking coz
it's been a long time
.

Me apetece caminar

¿Te apetece venir?

Me apetece hablar, porque

Ha pasado mucho tiempo

Comenzó a susurrar, con su voz grave y profunda, esperando que Gumball estuviese lo suficientemente dormido como para no enterarse.

Now your hair is long
and you look so thin.
You're always so pale,
but something has changed.
You're almost a man.

Ahora tu pelo es largo

Y estás tan delgado

Estás siempre muy pálido

Pero algo ha cambiado

Eres casi un hombre

Many years and I still cry sometimes
first love never die.
Many years and I still cry sometimes
first love never die…

Tantos años y aún sigo llorando algunas veces
el primer amor nunca muere.
Tantos años y aún sigo llorando algunas veces
el primer amor nunca muere.

Concluyó con los ojos cerrados y levitando levemente sobre el cielo. Echaba de menos su guitarra hacha, pero se tenía que conformar con su propia voz. Al menos, esperaba que las letras que se le iban ocurriendo no se le olvidasen antes de llegar al castillo.

Miró a Gumball. Juraría que no se había enterado de nada, pero tampoco podría asegurarlo. Lo encontró con los ojos cerrados y tiritando fuertemente. Sabía que no debía tener ningún acto de debilidad o compasión hacia él, pero le era inevitable.

- ¡Auch! – se quejó Gumball cuando sintió que algo le golpeaba la cara. Al abrir los ojos, vio que era una capa, la capa de Marshall, la que le había dado de lleno - ¿Pero qué demonios te pasa?

- Estabas tiritando – dijo simplemente el vampiro.

Gumball lo miró de nuevo, sin saber bien qué decir, y se echó la capa por encima. Pero, a pesar de todo, no fue capaz de dormir de nuevo. No sabía si sería porque ya había perdido el sueño, porque su mente tenía cosas en las que pensar, o quizás porque echaba en falta la voz de Marshall, profunda y desgarradora, cantando suavemente mientras pretendía que nadie lo escuchaba.


Llegaron al castillo de Gumball antes de lo planeado. Marceline, quien, a pesar de no ser de por aquí, tenía un amplio sentido de la orientación, le había instado a ir a paso rápido, por lo que, antes incluso de que llegase la medianoche, ya habían vuelto al castillo. Según ella, no quería que Finn pasase la noche fuera. El amanecer puede pillarte por sorpresa si no estás acostumbrado y las primeras quemaduras solares son duras para los recién iniciados.

Aunque, en el fondo, Finn sabía que la verdadera razón era que Marceline no quería que la escuchase llorar, como siempre hacía, noche tras noche, desde que Maja atrapó a Chicle. Era un llanto ahogado, casi imperceptible. Probablemente ninguno de sus otros amigos, a excepción de Marshall, pudiese escucharla, ya que no contaban con oído vampírico. Sin embargo, Finn sí que podía. Podía escuchar cómo sus gruesas lágrimas caían y rodaban por sus mejillas, empapándole el cuello, en un vano intento de ser contenidas. Podía escuchar cómo su respiración se hacía pesada, cansada, hastiada de vivir, e incluso podría haber asegurado que escuchaba como su ceño se fruncía. También podía sentir cómo, a veces, mordía su mano furiosamente, para así reprimir aquel grito de pánico que le nacía en el pecho. Pánico por no tenerla junto a ella, por haberla perdido. Pánico por no saber si sería capaz de recuperarla. Luego, a la mañana siguiente, Marceline amanecía con la mano roja y pequeñas marcas, como de dientes, alrededor de ella. Finn se quedaba mirando, anonadado, y Marceline la ocultaba rápidamente, metiéndosela en un bolsillo o haciendo un torpe intento de rascarse la cabeza.

Finn sabía que, cada mañana, Marceline volvía a vestirse con aquella coraza tan dura, tan inquebrantable, que se rompía por las noches con el simple recuerdo de Bonnibel.

Por ello, no puso ninguna excusa cuando, llegados al castillo, Marceline se escondió en su habitación, alegando que estaba cansada, y no volvió a salir en toda la noche. Podría haber intentado hablar con ella, animarla, pero pensaba que aquello era un pequeño acto de justicia, de solidaridad. Todos tenemos derecho a sentirnos tristes sin que nadie nos moleste.

Así que, pasada la medianoche, Finn se encontraba en el salón del castillo, solo, con una brillante manzana de suculento color rojizo como única compañera.

-Así que solo quedamos tú y yo, ¿eh? – preguntó tristemente.

Quizás fuese por la soledad de la noche, por la tensa situación, o por la actual lejanía de sus amigos, pero, en aquel momento, Finn se sentía abandonado.

No podía decir que las cosas hubiesen cambiado demasiado desde que sus amigos habían descubierto que ahora era un vampiro. No es que hubiese dado tiempo, precisamente, a que cambiasen. Sin embargo, notaba que las miradas entre ellos eran diferentes.

Eran inseguras.

Y no había nada que hiciese más daño a un corazón desprotegido que una amistad sin seguridad, sin confianza.

Se quitó el gorro y pasó una mano por sus rubios cabellos. Miró a la manzana de nuevo y, con expresión cansada, intentó clavar sus colmillos en ella y absorber el rojo de su piel. Comenzó a absorber una parte, sin embargo, a mitad de la decoloración se quedó parado, sin saber cómo continuar.

- Ni siquiera sirvo para ser un vampiro… - expresó el joven, desanimado, tirando la manzana a un lado.

Colocó su cabeza entre las rodillas, dispuesto, a llorar, y justo cuando creía que las lágrimas comenzarían a caer de un momento a otro, escuchó cómo alguien recogía la manzana y volvía a tendérsela.

- Toma – escuchó la tímida voz de la Princesa Flama – Debes tener hambre.

Finn la miró sorprendido y, por un momento, una pequeña sonrisa asomó en su rostro. Sin embargo, al instante volvió a sentir aquella profunda soledad, aun teniendo junto a él a la Princesa Flama, y su semblante se tornó serio.

- Gracias… - dijo simplemente.

Flama se sentó junto a él e intentó entablar conversación.

- ¿Habéis tenido suerte buscando las raíces de mandrágora?

- Sí…

Y de nuevo, otro silencio. La princesa sentía que el joven la rehuía. No sabía el porqué, pero simplemente lo sabía. Y odiaba aquella sensación.

- Finn…

- ¿Qué? – preguntó el chico, algo molesto.

- Quiero que me cuentes qué te pasa – insistió Flama.

- No me pasa nada, Flama. No te preocupes – intentó convencerla.

- Finn – dijo la joven mirándolo fijamente – Puedes confiar en mí.

El chico suspiró sonoramente y sonrió de nuevo. Podría construir mil barreras a su alrededor, pero Flama, con tan solo unas pocas palabras, las derribaría todas al instante.

- Es que… Ya sabes… Todo eso de haberme vuelto un vampiro… - comenzó a explicar – Siento que, de alguna manera, no encajo.

- Pero Finn…

- Ya sé, ya sé, me dirás que no importa realmente y que estáis bien con esto, pero yo sé que no. Sé que estáis asustados. Y lo comprendo. Pero… Simplemente tengo miedo de que algún día me dejéis solo.

- Escúchame, Finn – dijo inmediatamente Flama, muy seria – Quiero que sepas que, pase lo que pase, nunca te voy a dejar solo, ¿entiendes? Puede que llegue un día en el que ya no seamos una pareja nunca más, pero siempre serás mi amigo, y la amistad es una de las cosas más importantes para cualquier princesa, y en especial para mí. Así que no, no te tengo miedo. Sé que, aunque ahora tengas colmillos y bebas el rojo de las cosas, en el fondo sigues siendo el mismo Finn de siempre. Ese chico un tanto aniñado e infantil que haría lo que fuese por rescatar a sus amigos y vivir aventuras. Los vampiros son peligrosos, es cierto, pero Chicle nunca temió a Marceline, ni a Marshall. Ambos vivieron sus vidas sin causar ningún incidente hasta ahora y sé que, si ellos pudieron, tú también.

- ¿Cómo estás tan segura? – preguntó el joven.

Flama rio levemente y lo miró a los ojos. Analizó cada facción en su rostro, cada tonalidad cambiada en aquellos ojos azules que tan bien conocía y que ahora se tornaban rojos. Se detuvo en ellos unos segundos y, con la mirada llena de ensoñación, le volvió a contestar.

- Porque confío en ti, tonto.

Y besó sus fríos labios, aquellos que antes temía poder quemar, sin ningún miedo esta vez, con plena confianza, arrojando algo de su fuego y su luz interna al corazón de Finn, donde, poco a poco, las sombras de la soledad fueron desapareciendo.


Despertó tiritando cuando el sol apenas comenzaba a asomar por el horizonte y un inevitable estornudo rompió la calma de la mañana. Yacía el en suelo, destapado. Al parecer, Marshall Lee se había llevado su capa y, junto a ella, había desaparecido.

- ¿Dónde se habrá metido este maldito vampiro? – se preguntó Gumball, todavía somnoliento.

Mordisqueó una de las manzanas que le sobraron de la cena a modo de desayuno y, al ver que su compañero no aparecía, volvió a emprender el camino hacia el pico de la montaña. Si él decidía dejar de ayudar, Gumball respetaría su decisión, pero Chicle era su prima, y él haría cualquier cosa por ayudar a su familia.

Mientras subía la montaña pensó en la infinidad de veces que había recorrido aquel camino, amparado en su soledad, en sus primeros años en Aaa. Recordaba su injustificado miedo cuando llegó a aquel lugar, junto a una rama de la familia Bubblegum que aún no conocía demasiado bien. A pesar de haber pasado los primeros años de su estancia junto a Bonnibel y sus padres, estos decidieron mandarlo al reino de Aaa, junto al hermano del, por aquel entonces, Rey de Chuchelandia, Robert Bubblegum.

Gustave Bubblegum, a pesar de todo, era muy diferente a su hermano Robert. No podía decirse que fuese un mal hombre, de ninguna manera. Sin embargo, toda la afabilidad y simpatía que derrochaba el rey de Chuchelandia hacían fuerte contraste con la introversión y la actitud huraña de su hermano Gustave. Sin embargo, con el paso del tiempo, Gumball aprendió a quererlo, casi como a un padre, ya que, al no tener recuerdos de su vida pasada, no sabía con qué comparar el amor paternal. Junto a él maduró como persona, aprendió a disfrutar de los pequeños placeres que la soledad puede ofrecer y, a su vez, a amar la compañía del resto de ciudadanos de Aaa.

Muchos años habían pasado desde todo aquello, y, sin embargo, todavía había noches en las que Gumball se seguía preguntando el porqué. Y es que, no podía negar que el hecho de no recordar su pasado le corroía por dentro. Quizás fuesen unos pocos años comparados con la longeva vida que, hasta entonces había vivido, era cierto. Sin embargo, puede que en aquellos años estuviese la clave de todo aquello, que, conociendo al fin lo qué ocurrió, pudiese saber cómo llego a ser cómo es, a estar hecho de dulce y chicle.

Sacudió la cabeza y continuó andando. Era una pérdida de tiempo pensar en algo que nunca podría averiguar. Tan solo recordaba fragmentos, un rostro borroso, algo de espeso pelo negro, pero nada más. Nada que lo pudiese llevar hasta la resolución del asunto.

Sin darse apenas cuenta, terminó de recorrer el camino que restaba hasta la cima y, desde lo alto, miró hacia abajo, complacido. Le encantaba la reconfortante sensación de bienestar que inundaba su cuerpo en sitios altos, cómo aquel. No le gustaba reconocerlo, pero a veces incluso envidiaba a Marshall Lee por poder volar y alcanzar el cielo cada vez que le placiese. Seguro que la sensación allá arriba debía ser incluso mejor que en lo alto de una montaña…

Cuando comenzó a atardecer los duendes salieron de sus escondites en un extraño e inexplicable orden, resplandeciendo bajo las luces acarameladas de la puesta de sol. Gumball, agazapado bajo la protección de un amplio árbol, observó la escena, complacido. Cuando hubieron terminado aquel singular ritual, se acercó cautelosamente a uno de ellos y lo atrapó por la espalda. Era tan pequeño que podría haberse derramado entre sus dedos. Sin embargo, el príncipe lo atrapó con fuerza y, con suma delicadeza, sacó una pequeña daga que llevaba en el cinturón y raspó un poco del cuerno de aquel duendecillo. Las raspaduras fueron cayendo lentamente en un pequeño saquito y, cuando hubo suficientes, dejó libre de nuevo al duendecillo y decidió reemprender el camino de vuelta. Era de noche, es cierto, sin embargo, se moría de ganas por llegar al palacio y descansar en su mullida cama de color rosa, por lo que decidió que, a pesar de todo, sería capaz de caminar en la oscuridad.

Llevaba ya una parte del camino recorrida cuando lo notó. Al principio no le pareció más que un ruido de fondo, casi imperceptible y, desde luego, nada preocupante. Quizás el susurro del viento en los árboles o sus propias pisadas. Sin embargo, después de prestar atención, distinguió algo nuevo en él. Algo que antes había pasado por alto. Algo animal.

Siguió caminando lentamente, intentando hacer el mínimo ruido posible, con la esperanza de identificar la procedencia de aquel sonido que cada vez sonaba más cercano, más gutural, más inevitable.

Después de caminar unos pasos se detuvo en seco. Era ahora o nunca. Giró la cabeza lentamente y abrió los ojos, fuertemente cerrados hasta aquel momento.

Y cómo desearía no haberlo hecho.

Justo detrás de él, apenas a unos metros de distancia, una manada de lobos enseñaba sus afilados dientes comenzando a relamerse.

Gumball no lo dudó ni un instante.

Comenzó a correr a toda velocidad por aquella montaña, sin saber exactamente en qué dirección estaba yendo. Solo sabía que debía correr, correr y no parar, no mirar atrás. Correr por su vida.

Era algo extraño encontrarse lobos en aquella época del año, aunque quizás no fuesen más que criaturas creadas por Maja. Quizás su magia se hubiese extendido hasta el reino de Aaa y ya no estuviesen seguros en ningún lugar. Lo único que sabía con seguridad era que a las criaturas de la noche les encantaba el sabor a chicle.

Siguió corriendo, sintiendo cómo su respiración agitada se entrecortaba por segundos. Cómo hubiese deseado tener su caballo en aquel momento.

Cuando parecía que el ruido de los lobos hambrientos empezaba a perderse en la oscuridad de la noche, Gumball tuvo que parar de seco. Había dado con un precipicio. Rápidamente, se dio la vuelta para reemprender la huida en la dirección contraria, pero justo delante de él aparecieron de nuevo los amenazantes lobos.

El joven príncipe comenzó a retroceder lentamente, casi paralizado. Puede que aquellos fuesen los últimos momentos de su vida, y ni siquiera sabía en qué iba a pensar antes de ser devorado.

Siguió retrocediendo hasta que su pie no tuvo dónde posarse y, por un momento, perdió el equilibrio. Miró hacia abajo, hacia la profunda distancia que lo separaba del suelo, y, acto seguido, miró a los lobos. Tragó saliva. Y se lanzó al vacío.

Quizás puedan devolverme la vida con algo de magia, pensó justo antes de dejarse llevar por la fuerza de la gravedad.

Sintió el frío viento nocturno golpear su espalda y, apenas unos segundos después, unas manos fuertes lo sujetaron por los hombros.

- ¿¡Pero qué demonios estás haciendo, pedazo de descerebrado?! – escuchó que Marshall Lee gritaba.

- ¡Marshall! – respondió simplemente Gumball, a punto de llorar de felicidad - ¡Eres tú!

- Maldita sea, claro que soy yo, ¿es que no te puedo dejar ni un segundo solo? – preguntó irónicamente mientras lo cargaba a su espalda.

- Había una manada de lobos… Eran muchos… Y el precipicio… - intentó explicar Gumball - ¡Marshall, no sabes cuánto me alegro de verte!

El príncipe Gumball abrazó efusivamente a Marshall por la espalda, lo que hizo que el vampiro se desconcentrase y estuviese a punto de caer.

- ¿¡Pero es que quieres que nos matemos los dos?! – inquirió de nuevo.

- Lo siento, de verdad, lo siento… - Se disculpó Gumball.

- Está bien, está bien. ¿Tienes las raspaduras?

- Sí, las conseguí justo antes de que la manada comenzase a perseguirme.

- Perfecto – dijo Marshall sonriendo – Supongo que intentaré llevarte al castillo.

- ¿Pero… no te cansarás demasiado si voy todo el tiempo a tu espalda?

- ¿Es que no confías en mí? – preguntó sarcásticamente el vampiro, cuando lo que realmente le gustaría haberle dicho era que aquella no era la primera vez que realizaba aquella tarea – Además, así llegaremos antes. Eres demasiado lento caminando.

Gumball dejó que Marshall tomara su silencio como respuesta y ambos emprendieron el camino de vuelta al palacio, bajo la luz de la luna y la calmada respiración del príncipe, que, poco a poco, se fue quedando dormido.


- Es el momento – dijo Marceline cuando todos hubieron aparecido al fin, con los respectivos ingredientes que a cada uno había sido asignado conseguir.

Se colocaron alrededor de una amplia mesa de cocina donde fueron dejando su aportación. La raíz de mandrágora, la pequeña bolsita con las raspaduras, las semillas de soja, el curioso bote con el polvo de nubes y, por último aunque no menos importante, el pequeño botecito con saliva de troll que Jake se apresuró por soltar con una desagradable mueca en la cara.

Gumball sacó una enorme cazuela donde, según él, estaba acostumbrado a cocinar los espaguetis con tomate cada vez que tocaba reunión familiar, y Marceline comenzó a leer en voz alta el pequeño trozo de papel con las instrucciones:

Para romper un hechizo ligado a las emociones

En primer lugar, rellenar un caldero o similar con agua mezclada con tres cucharaditas de azúcar y una pizca de sal. Calentar a fuego lento y añadir un vaso de zumo de limón.

Los chicos siguieron las instrucciones al pie de la letra y el agua comenzó a calentarse, dejando un profundo olor a limón en toda la estancia.

- Oye, si eso del contrahechizo no funciona, creo que podrías hacer una limonada espectacular con esa cosa – dijo Marshall Lee, sarcástico.

- Oh, vamos, cállate, Marshall – contestaron todos casi a la vez.

A continuación, machacar las semillas de soja y mezclar con la saliva de troll, hasta que se cree un mejunje. Untar la raíz de mandrágora con él y esperar.

Gumball comenzó a machacar la soja, cual cocinero experto, y justo cuando llegó el momento de mezclarla con la saliva de troll le tendió los ingredientes a Marceline.

- No pensarás que voy a tocar semejante asquerosidad – respondió simplemente ante la mirada de incomprensión de la joven.

A regañadientes, Marceline dejó caer la pegajosa saliva en el cuenco donde estaba la soja machacada y, con un dedo tembloroso, las mezcló y extendió el resultado por la raíz de mandrágora.

Añadir las raspaduras del cuerno de duende al cazo y remover bien, hasta que no queden grumos. Después de esto, pero solo cuando la mezcla sea totalmente homogénea, añadir también el polvo de nubes.

Los chicos siguieron las instrucciones al pie de la letra, viendo cómo la extraña poción comenzaba a adquirir un color negruzco.

A continuación, sujetar la raíz de mandrágora por la cabeza e introducir en el caldero hasta que el agua hierva. Cuando llegue ese momento, retirar, y pasar al último paso.

Durante 10 largos minutos sujetaron la desagradable raíz por la cabeza, viendo cómo la poción comenzaba a volverse más clara, del color de un ojo morado, y un desagradable hedor llenaba la habitación.

Por último, pero esencial para la completa elaboración de este contrahechizo, debe añadirse una gota de sangre de la persona con la que comparte el vínculo afectivo aquella a la que queremos librar del hechizo y una gota de sangre de la propia persona para la que va destinada el antídoto. En caso de ser una criatura sin sangre, también serán válidos trozos de piel, cabello, o uñas de los pies.

Rápidamente, Marceline se mordió el pulgar hasta notar un pequeño pinchazo y pequeñas gotas de roja sangre, extrañas para ella, comenzaron a brotar de él. Acercó la mano a la cacerola y presionó su dedo unos segundos, hasta que una gota de sangre cayó en ella. Inmediatamente, sacó la rosa del jarrón que le había tendido Finn y la miró por última vez. Incluso habiendo sido cortada, seguía siendo la rosa más bella que jamás había visto. Sin embargo, le faltaba algo. Le faltaba vida. Al igual que a Bonnibel. Por ello, besó sus pétalos, suaves como los labios de Chicle, y la lanzó al caldero.

La poción comenzó a burbujear y a tornarse de diferentes colores, hasta estabilizarse en un tono rosa, rosa chicle.

- Pues bien – dijo simplemente Marceline – Ahora solo queda esperar a que funcione.