Lo siento, quería actualizar ayer, pero… ¡al fin he terminado los exámenes finales de biología! Y entre eso y que recientemente ha sido mi cumpleaños, me fui de celebración y se me fue la hora. Pero hoy, sin falta, os traigo la actualización del fic y… preparaos porque aquí viene el drama.
PD: Todos los reviews serán bien recibidos, al igual que los follows y los favs, con mucho amor y cariño por parte de la autora 3
PD2: Para amenazas de muerte, ruegos de que Marceline y PB acaben juntas, o invitaciones a pizza, mi tumblr es Suerte De Infelicidad (el link está en mi perfil) y estaré feliz de contestar a cualquier mensaje o de recibir cualquier me gusta o reblog :D
Capítulo 15
- ¡Corre, Bonnibel, corre! – gritó Marceline a la vez que cogía de la mano a la princesa para guiarla por el largo pasillo.
Sabía que tenía a Chicle, sabía que tenía que ponerla a salvo. No sabía dónde, ni de qué manera, pero estaba segura de que tenía que correr o Maja la encontraría, por lo que, en cuanto se hubo reencontrado con sus ojos, de nuevo nítidos y asustados por la tensión del momento, cogió su mano y echó a correr.
Seguía recorriendo los rosados pasillos, sin un destino claro, avanzando por aquellos corredores, tan familiares. No miraba a Bonnibel, quizás para no perder tiempo, tal vez por miedo. Y así continuó durante unos escasos minutos, ocultando su temor, fingiendo ser valiente, intentando creerse aquella mentira que estaba tratando de transmitir a Chicle.
Hasta que se topó con una pared, y supo que todo había terminado.
- Bonnie, ponte detrás de mí. ¡Yo te protegeré! – gritó al escuchar la malévola risa de Maja acercarse a ellas.
La princesa, a su espalda, se acercó a ella y, suavemente, colocó una fría hoja metálica y puntiaguda en su garganta.
- ¿Estás segura de que soy yo a quién debes proteger… - comenzó a susurrar, a su oído, con aquella voz sin eco, que se perdía en el vacío como la electricidad de un trueno - … o quizás sea a ti misma?
Un espeluznante escalofrío recorrió su espalda, después de que aquellas palabras acariciasen su oído, seguido de un pinchazo agudo en su cuello y la sensación de que la fuerza, y probablemente la vida, se le escapaba a cada minuto y la sangre encharcaba el suelo formando un mar de lamentos.
Pero justo antes de sucumbir, fue capaz de dirigir su vista hacia el frente, una vez más, y ver a Maja, triunfante, burlarse de su moribundo aspecto. Sintió como su mejilla tocaba el suelo y sus ojos se cerraron, para siempre.
Despertó tumbada en la fría mesa de la cocina de Gumball, junto al caldero que contenía la rosada poción. Junto a ella, un reloj de mesa marcaba las siete y veinte de la tarde.
- Debo de haberme quedado dormida mientras esperaba a que anocheciese…
Con suavidad, masajeó sus párpados, intentando aliviar el picor de sus ojos. Llevaba varios días sin dormir apenas, y aquello, en su actual condición de humana, se hacía notar. Aún somnolienta, alcanzó una botella de agua de la encimera y dio largos tragos para intentar despejarse.
- Marceline, el sol está a punto de ponerse. Deberías venir al salón, estamos acordando los últimos detalles del plan – escuchó que la llamaba la Princesa Flama desde el marco de la puerta.
Dejó la botella en su sitio y se dirigió hacia el salón con pasos pesados. Allí, Finn y Marshall habían comenzado a discutir.
- ¡He dicho que no! ¡No le podemos confiar el objetivo principal de nuevo! ¿Qué pasa si falla otra vez? ¡Esto hace tiempo que dejó de ser un juego! – gritaba Marshall, exasperado.
- ¿Eres consciente de lo que estás diciendo? ¡¿Pero quién mejor que ella para salvar a la propia Chicle?! – contestaba Finn como si fuese lo más obvio del mundo – Es más, ¿acaso crees que ella atenderá a razones? Obviamente, irá a su encuentro, de cualquier manera. Ama a la princesa más que a su propia vida. Creo que es justo que sea la encargada de hacerlo.
- ¿Qué está ocurriendo aquí? – preguntó Marceline desconcertada.
- Marshall Lee cree que debería ser él quien le inyectase la poción a Chicle – respondió Finn rápidamente.
- ¿Qué? – reaccionó Marceline - ¿QUIÉN TE CREES QUE ERES, PALIDUCHO DE MIERDA?
- Marceline, pongámonos serios – intentó defenderse Marshall – La anterior ocasión tenías que sacarle sangre, simplemente, y no pudiste hacerlo. Aquí no habrá rosas que valgan. Esto es serio. Tienes que clavarle una inyección con esa maldita poción rosa, y no habrá segundas oportunidades. Realmente, no sé si estás preparada para esto, por eso creo que yo lo haría mejor. Es simplemente pensando en el bienestar de Chicle, en su salvación. No te lo tomes mal.
- ¿QUE NO ME LO TOME MAL? ¿ESTÁS INSINUANDO QUE NO SOY CAPAZ DE SALVAR A MI PROMETIDA Y NO QUIERES QUE ME LO TOME MAL? – siguió gritando Marceline, a quien tuvieron que sujetar, ya que iba a propinarle un puñetazo a Marshall – Vale, está bien, ya me calmo. Solo quiero que sepas que más te vale no interponerte, porque seré yo quien me ocupe de esto. Fue mi error llevar a Chicle junto a Maja, y solo yo debo solucionarlo. Pero no os preocupéis, habrá suficientes ayudantes cuervo-conejo para manteneros entretenidos.
- Pero Marceline, por favor… - intentó de nuevo convencerla Marshall.
- Ni una palabra más – cortó tajante la joven – Está a punto de amanecer. Repasemos el plan y salgamos cuanto antes. Quiero abrazar a Bonnie de nuevo antes de que amanezca.
Sacaron los planos del castillo y volvieron a repetir, paso a paso, el papel de cada uno. Con las garras de Maja y sus ayudantes, además del ejército de chuches controlado por Chicle, a punto de atacar el Reino de Fuego, el mejor plan del Rey Flama era un ataque sorpresa. Por ello, el principal papel de la Princesa Flama y Lady Arcoíris sería deslizarse desde el interior del castillo hasta la puerta principal y abrirla, para así dejar entrar a los guerreros flama de su padre y liderarlos contra los ayudantes cuervo-conejo. En cambio, Finn y Jake se ocuparían de Maja. Debían de mantenerla distraída el tiempo suficiente para que no se acercase a la Princesa ni pudiese realizar algún otro hechizo que le causase daño alguno. Incluso el iniciado vampiro se había alimentado de nuevo de fruta roja para así tener renovadas energías y poder luchar contra la bruja al máximo de su poder. Marshall, sin embargo, se había empeñado en ayudar a Marceline, por lo que él y Gumball la escoltarían hasta llegar a la princesa, quien, presumiblemente, se encontraría en su habitación. De no ser así, su tarea sería más ardua todavía, ya que deberían vagar por el castillo hasta dar con ella.
- Está bien, no es un gran plan, pero es lo que tenemos – se resignó Marceline.
- ¡Vayamos a patear algunos malos! – gritó Finn, dando ánimos al grupo.
En cuanto descendieron volando al tejado del castillo de la princesa, Finn y Jake se hicieron cargo de dos ayudantes cuervo-conejo antes de que pudiesen dar la voz de alarma. Trabajo fácil, para los dos héroes. Casi inmediatamente después, Marceline perdió de vista a la mayor parte del grupo. Cada uno corrió a realizar el trabajo que se le había encomendado y, con gran seriedad, se separaron del resto. Tan solo quedaron ella, Gumball y Marshall, quienes se encargarían de encontrar a Chicle.
- ¿Preparada? – preguntó el príncipe a su espalda.
- Vamos allá – confirmó Marceline echando a correr.
Su primer destino fue la habitación de Chicle. Era obvio pensar que el lugar ideal para que la princesa descansase mientras que Maja estuviese controlándola sería su propia habitación. De este modo, no daría demasiado la lata por el castillo y la bruja podría utilizarla siempre que quisiera para intimidar a gobernantes o amenazar al pueblo.
Extrañamente, no tuvieron grandes complicaciones para llegar hasta la habitación. Sortearon a un par de ayudantes por el camino, sin llegar siquiera a pelear, hasta que llegaron a la rosada puerta y la empujaron hacia dentro. No fue hasta que estuvieron en el centro de la habitación, después de haber entrado atropelladamente, cuando se dieron cuenta.
- Maldición – suspiró Marceline al encontrar la habitación llena de ayudantes – Era una trampa.
Inmediatamente, los tres se agacharon ante el repentino ataque de los cuervos-conejo, que se lanzaron encima de ellos. A pesar de ello, uno consiguió situarse encima de Gumball y herirlo en la pierna y el brazo derecho.
- ¡¿Estás bien?! – gritó Marceline mientras intentaba alejar a un par de ayudantes con un florero roto que parecía puntiagudo.
- ¡No pasa nada, no es grave! – contestó Gumball desde el suelo - ¡Vamos, continuad! ¡Debéis encontrar a Chicle y yo no haré más que retrasaros!
- ¡Estás loco si piensas que te voy a dejar aquí solo! – refutó Marshall que acababa de atravesar a un ayudante con su guitarra hacha - ¿O es que de verdad no recuerdas nada?
Por un momento el vampiro se arrepintió de haber dicho aquello en voz alta y, aún más pálido de lo normal, dirigió su mirada a Gumball. Sin embargo, en los ojos del príncipe brillaba una especie de destello nostálgico, confirmando que, de alguna manera, sabía a qué se refería. De algún modo sabía que había conocido a Marshall tiempo atrás, y que, gracias a él, se encontraba en aquella habitación peleando en ese preciso instante. Puede que, realmente, hubiese estado consciente en aquel par de segundos justo antes de dejarlo junto a su nueva familia. ¿Hasta qué punto conocería el príncipe la verdadera historia?
- Marceline, ¡vete! Debes salvar a Chicle – ordenó Marshall quien, ahora junto a Gumball, lo protegía mientras intentaba acabar con los enemigos.
Marceline no lo pensó dos veces. En cuanto se quitó de encima al ayudante cuervo-conejo con el que había estado peleando, giró en redondo y comenzó a correr por el pasillo. Debía de reestructurar sus pensamientos y ponerlos en orden para pensar en dónde podría estar Chicle. Había fallado una vez, pero no podía permitirse ese lujo de nuevo. Esta vez estaba sola.
Comenzó a correr, sin saber muy bien a dónde. En la lejanía, se escuchaban los gritos enfurecidos de los soldados del ejército del Rey Llama, señal de que la Princesa y Lady Arcoíris habían completado su misión con éxito. Intentó ponerse en la piel de Maja, la cruel y despiadada bruja que había estado jugando con los sentimientos de Bonnibel hasta que alcanzaron su culmen. Y justo entonces supo a la perfección dónde estaría la princesa.
Recorrió los pasillos tomando atajos y caminos secundarios para no encontrarse con más enemigos hasta llegar al laboratorio de Chicle. ¿Qué mejor lugar escogería Maja, una bruja obsesionada en conservar los sentimientos amorosos más profundos de Chicle, que el sitio donde ella y Marceline juntaron sus caminos de nuevo? Una vez allí, abrió la puerta lentamente, y justo antes de posar un pie en la habitación, supo que había acertado.
- Te estaba esperando, Marceline – escuchó la fría voz de la princesa - ¿Por qué has tardado tanto?
- Me temo que cierta bruja ha procurado darnos un recibimiento… Adecuado.
- Mentiras, mentiras, y más mentiras – respondió repentinamente Chicle – Si os han atacado sus ayudantes es porque os lo merecíais. No fuisteis capaces de encontrarme a la primera. ¿De verdad alguien que necesita una segunda oportunidad es digno de merecerme?
En aquella habitación, iluminada tan solo por la diáfana luz de la luna, sus sombras danzaban como el humo que se escapa. Cuando la luz alcanzó el rostro de Chicle, sus ojos azules, ahora lechosos, transmitieron un brillo helado que caló a Marceline hasta el fondo, impidiéndole siquiera contestar.
- Marceline, Marceline, Marceline… Siempre fuiste una decepción. ¿Qué clase de Reina Vampira se convierte en humano por morder a su mejor amigo? – continuó diciendo la princesa, mientras daba vueltas alrededor de ella. El sonido del impacto metálico contra el suelo y el tenue reflejo le hicieron saber que llevaba consigo una espada – No eras más que un molesto problema que no conseguía solucionar.
- Sé que es mentira. Dices eso porque estás bajo el control de Maja. La verdadera Bonnie nunca pensaría nada similar – se defendió la joven.
- Oh, ¿de verdad? ¿O será que digo solo la verdad que llevo reteniendo en mi misma durante mucho tiempo y que solo el hechizo me ha permitido liberar? Fuiste tú quien se reconoció a sí misma como mi problema, por lo que algo de razón debo de llevar.
- Está bien, se acabó – anunció Marceline – Te voy a traer de vuelta de una vez por todas.
- Eso ya lo veremos – respondió Chicle esbozando una escalofriante sonrisa.
Tras estas breves palabras, la princesa saltó encima de la joven con la espada en alto. Marceline, indefensa, no pudo más que arrojarse hacia otro lado, golpeándose el brazo contra el frío suelo.
- Esta vez has sido rápida, pero ¿cuántas veces más podrás serlo? – dijo la princesa mientras se levantaba, dispuesta a volver a la carga de nuevo.
Continuaron ejecutando un extraño baile por toda la sala, con Chicle lanzando estocadas a diestro y siniestro y Marceline esquivándolas como buenamente podía. A veces la princesa hacía una pequeña parada para escoger un comentario cruel e hiriente que poder hacer. Entonces Marceline se tragaba sus lágrimas y volvía a esquivar la espada de Chicle, antes de que fuese demasiado tarde. Hasta que intentó esquivarla de nuevo y chocó contra una pared situada a su espalda. Con la escasa luz que entraba por la ventana y sin su visión vampírica, no había sido consciente de las reducidas dimensiones de la sala.
- Vaya, parece que al fin te tengo donde quería – dijo Chicle acercándose peligrosamente a ella hasta quedar a escasos centímetros de su rostro.
Marceline se quedó unos segundos contemplando la perfecta curvatura de los labios de la princesa, amenazada ante la posibilidad de no poder resistir la oportunidad de besarlos, mientras que, con su mano derecha, buscaba entre los bolsillos de su cinturón la jeringuilla que llevaba a la espalda.
Sentía la inminente punzada de la fría espada de Bonnie cuando, alargó su mano, y acarició su rostro.
- No, Bonnie querida, soy yo quien te tiene justo donde quería – contestó Marceline clavándole la jeringuilla en el brazo e inyectando toda la poción en ella, al tiempo que besaba sus rosados labios de nuevo.
En ese preciso instante sintió un escalofrío recorrer toda su espalda y la horrible sensación de que algo en ella se desgarraba por dentro la invadió. Cuando se separó de Bonnie y acercó su mano hasta el punto donde se había originado el escalofrío la sintió húmeda. Era sangre.
Lentamente, sacó la espada de Bonnie, ahora totalmente petrificada, del lugar donde se había clavado y, apenas sin fuerzas, se sujetó en los brazos de su amada princesa, quien parecía volver en sí misma.
Al fin, el azul de sus ojos había vuelto a ser el de siempre, tan cálido y nostálgico a la vez. "Al menos, si ahora muero, moriré entre sus brazos", se dijo a sí misma tristemente. Se había deslizado hasta llegar al suelo y se encontraba tumbada en el regazo de Bonnie, sujetando su propia herida que no dejaba de manar sangre.
- Bonnie, yo… Lo siento… E intentado salvarte, salvarnos a las dos, pero… Como puedes ver, no todo sale siempre como lo planeas – se intentó disculpar esbozando una pequeña sonrisa dolida – Espero que comprendas que prefiera dar mi vida antes que perderte a manos de esa bruja. No podría imaginar un mundo sin ti, pero de ninguna de las formas podría seguir viviendo en un mundo en el que sé que estás siendo controlada por un ser de tamaña crueldad. Solo quiero que… Seas feliz y… Que siempre recuerdes a esta decepcionante vampiresa, que rompió todos los moldes y todos los esquemas para demostrar que, incluso el amor entre un ser de la Nocheosfera y una dulce princesa es amor al fin y al cabo – dijo ya apenas sin fuerza, sintiendo como se iba mareando, poco a poco, precipitándose a ese vacío sin fin que llaman muerte – Te quiero y siempre te querré.
Durante un instante Marceline miró a Bonnibel a los ojos, expectante. Esperaba que llorase o que fuese presa de cualquier otra reacción desesperada y tuviese que consolarla como buenamente pudiese. Sin embargo, lo que encontró en ellos no tenía nada que ver. En aquel azul que tan bien conocía, la joven no pudo discernir otra cosa más que la duda.
- Perdona, pero – dijo Bonnibel al fin – ¿quién eres tú?
En ese preciso momento, habría podido asegurar que sintió a la perfección cómo su corazón se resquebrajaba. Recordó entonces la advertencia medio rasgada que nunca pudo llegar a leer e, inevitablemente, una lágrima de impotencia recorrió su rostro. Y a pesar de todo, le pareció escuchar, en la lejanía, como el rastro de un recuerdo ya olvidado, la voz del Rey Hielo, aguda cual frío témpano, rememorando algo que ella ya sabía muy bien:
"La única forma de acabar con un hechizo ligado a los sentimientos, es hacer desaparecer los mismos".
Justo entonces la puerta se abrió de par en par y Marceline perdió el conocimiento.
