¡Hola a todos! Después de un larguísimo fin de semana, os traigo otra actualización, y esta vez bastante larga, tal y como os prometí. No sé cómo de larga será la próxima pero, de cualquier manera, aviso de que creo que quedan tan solo dos capítulos para acabar la historia. ¡El final se acerca!
No sé cuándo podré actualizar de nuevo. El próximo fin de semana apenas voy a tener tiempo para dormir, y no suelo tener tiempo de escribir entre semana, por lo que no quiero dar una fecha exacta, pero intentaré por todos los medios tardar menos de una semana. Sabéis que me siento mal haciéndoos esperar mucho.
En fin, espero que disfrutéis este capítulo, y que dejéis muchas reviews diciendo lo mucho que me amáis/odiáis, y todas las pizzas a las que me vais a invitar :D Es broma. Con que me digáis qué os parece me basta. Ah, ¡y los favs y follows también vienen siempre bien!
Cualquier duda, sugerencia, petición de amistad, matrimonio, o amenazas de muerte, mi tumblr es Suerte De Infelicidad.
Capítulo 16
Hunson Abadeer intentó contener la risa. Lo juraría una y mil veces sobre su reino, la Nocheosfera, y la tumba de su mujer muerta: hizo lo que pudo por contener la risa. Sin embargo, lo dio por imposible cuando el Rey Vampiro del reino de Aaa, Marshall Lee (a quien nunca esperó ver por aquellos lares), le contó lo sucedido y el porqué de que su única y querida hija estuviese inconsciente y criogenizada. Aunque, más que eso, podría decirse que Marceline estaba dentro de un témpano de hielo.
Según le relató el muchacho (sí, lo llamaba muchacho a pesar de que tenía ya algo más de 1000 años, que, comparados con su increíble longevidad, le hacían parecer un infante), su hija había vuelto a perder la cabeza por esa Princesa Bubblegum de la que tanto había oído hablar. Y por si fuera poco, había tenido que rescatarla de las garras de una bruja, aún sin tener sus poderes demoníacos y vampíricos con ella.
El mero hecho de imaginarse a Marceline siendo humana, humana por completo, con las mejillas sonrojadas, bajo el sol, comiendo incluso un bocadillo, hizo que no pudiese evitar soltar otra carcajada.
Finalmente, después de tres largos días en los que Hunson Abadeer estuvo riendo, se serenó, respiró hondo para que sus pulmones se estirasen (es lo malo de llevarse días riendo, los pulmones se achican y la sensación de vacío interior es muy incómoda), y se decidió a hablar.
- ¿Y a qué viene todo este hielo? – preguntó la única cosa que todavía no le quedaba clara.
Marshall Lee, exasperado de tener que explicar tantas veces la misma historia mientras Jake se dedicaba a dormir y a absorber el color rojo de todas y cada una de las alfombras de la casa del padre de Marceline, en el caso de Finn, relató la parte de la historia que implicaba el hielo y que, afortunadamente, él conocía de primera mano.
Se veían superados por los ayudantes de Maja en número y fuerzas. Gumball apenas tenía experiencia luchando y Marshall se imponía la carga de protegerlo, además de mantener a los malos a raya. Durante unos minutos todo fue bien, su guitarra-hacha repartía mandobles a diestro y siniestro, con sus alas sobrevolaba la sala, como una aparición infernal, atemorizando a todos los presentes, incluso el propio príncipe. Sin embargo, los ayudantes fueron creciendo en número. Finn y Jake debían de estar haciendo un buen trabajo, ya que la bruja aún no había aparecido frente a ellos, sin embargo, no estaba lo suficientemente debilitada como para dejar de mandar ayudantes al resto de salas del castillo.
Un cuervo-conejo le propinó una patada que lo hizo caer de rodillas desde el cielo y apoyar la mejilla, herida, en el suelo. Levantó la cabeza y no le dio tiempo a su mejilla a curarse cuando recibió, de nuevo, otro puñetazo en la cara que lo estampó contra la pared esta vez. Sentía cómo las fuerzas se le iban, poco a poco, y, cuando vio salir disparada la espada de Gumball, que había quedado indefenso frente a un grupo de ayudantes, supo que había llegado el fin.
Estaba a punto de echar a volar, recoger a Gumball y salir de allí pitando, sin preocuparse de nada ni nadie más, cuando sintió una helada brisa rozar su herida, palpitante, y congelar las pequeñas gotas de sudor que caían de los dispersos mechones de su cabello. Al instante, las ventanas se abrieron de par en par y apareció el Rey Hielo, rodeado de una nube helada y con los ojos más fríos y azules que nunca antes había visto.
- ¡Rápido, Marshall, escóndete junto a Gumball! Yo me encargaré de esto.
No estaba muy seguro de si fue por el tono de sus palabras o porque, por primera vez, había usado los nombres de ambos en una misma frase, como si los reconociese, como si fuese consciente de todo su pasado, presente, y, probablemente, futuro. El caso es que Marshall Lee estaba prácticamente seguro de que aquel no era el Rey Hielo: aquel era Simon Petrikov.
Obedeció a sus órdenes y cogió al moribundo Gumball, lo arrastró con todas sus fuerzas y se colocaron detrás de una mesa que había caído de lado. Cerró los ojos abrazando a su compañero muy fuertemente, mientras sentía cómo el rostro del príncipe se hundía en su cuello, erizando cada uno de sus cabellos, y, cuando volvió a abrirlos, encontró la habitación completamente congelada. Se levantó lentamente y vio al Rey Hielo, jadeando por el esfuerzo, y al resto de ayudantes, sumergidos en un témpano de hielo.
- Y ahora, ¿dónde está Marceline? – logró preguntar cuando recobró el aliento.
Cargando con Gumball a su espalda, Marshall lo guió, corriendo por los pasillos, hasta el único sitio donde se le ocurrió que Bubblegum podría haber estado. Es cierto que apenas conocía el castillo, sin embargo, sabía que, aún hechizada, la princesa seguiría siendo la princesa. Por ello no se sorprendió cuando las encontró a ambas en su laboratorio científico.
Al contrario, sí que lo hizo, y bastante, cuando se dio cuenta de que Marceline estaba inconsciente en brazos de Chicle, perdiendo tanta sangre por su herida del abdomen que corría peligro de desangrarse en unos minutos si no se ponía fin a aquello.
A pesar de todo, el Rey Hielo actuó rápido. Apartó a Marceline de Chicle, la cual no opuso ninguna resistencia (más bien, daba la impresión de que la princesa estaba deseando que alguien llegara y se hiciese cargo de la joven herida que se hallaba en sus brazos), y, con un rostro de suma concentración, acumuló sus poderes en la palma de su mano, la acercó a su boca, y sopló lentamente, dejando que el frío destello azul cubriese el cuerpo de Marceline, creando un helado témpano a su alrededor.
- ¿Qué has hecho? ¿No se supone que así morirá? – preguntó Marshall, el único lo suficientemente consciente de entre los presentes como para realizar el peligro de congelar un cuerpo humano.
- Su cerebro sigue funcionando – contestó el Rey Hielo – Ahora mismo, es como si estuviese en un largo sueño. Nos dará el tiempo que necesitemos para llevarla con la única persona que pude curarla y volver a tornarla en su antiguo ser.
- ¿Y ese es… ? – intentó averiguar el joven.
- ¿Quién va a ser? – respondió el Rey Hielo, como si fuese la cosa más obvia de todo el Universo – su padre, Hunson Abadeer.
Cuando Marshall terminó de narrar la historia, Hunson quedó pensativo durante unos minutos, mientras daba pequeños paseos alrededor de la habitación, intentando poner los hechos en orden.
"¿Así que ese viejales de Simon aún se preocupa por su pequeña Marceline, eh?", se escuchó pensar con una leve sonrisa en sus mortecinos labios. Cuando los amigos de su hija llegaron, no había rastro de él. Suponía que era normal que las princesas, junto con Lady Arcoíris, no estuviesen allí, ya que, si era cierto que Finn y Jake habían derrotado a Maja después de que Marceline devolviese a Chicle a la normalidad, había mucho que poner en orden en Chuchelandia. Sin embargo… De alguna manera, hubiese deseado que Simon se quedase allí unos instantes, aunque fuese solo para saludar. Era extraño que él, el propio Hunson, desease algo como aquello, pero, en su defensa, debía decir que eran pocas y escasas las veces en las que tenían el honor de entrever al viejo Simon entre las canas y la voz agriada del que ahora se hacía llamar Rey Hielo.
Hunson suspiró y sacudió la cabeza levemente.
- ¿Qué me dice? – preguntó Marshall cuando vio que daba muestras de salir de su ensimismamiento - ¿Podrá curarla?
- Claro que sí, ¿quién te crees que soy? – respondió Hunson, muy seguro de sí mismo – Soy nada más y nada menos que el gobernante de la Nocheosfera y, por si fuera poco, el padre de Marceline. Claro que podré curar a mi propia hija.
- Pero, señor, exactamente, ¿por qué transfirió sus poderes a Finn? Si aquello no hubiese pasado, ahora no estaríamos en esta situación.
El señor Abadeer giró los ojos, con expresión hastiada, como si todo aquello tuviese una fácil explicación que estuviese harto de repetir.
- Mira que durante estos mil años se lo he repetido a Marceline una y otra vez, pero, al parecer, esta alocada joven que tengo por hija no aprende nunca. Marceline es alérgica a la sangre humana. De pequeña, cuando recién la habían convertido en vampiresa, pasaba años enteros siendo humana de nuevo porque se le escapaba de vez en cuando algún que otro mordisco a alguno de nuestros sirvientes humanos. Sin embargo, con la progresiva extinción de la especie, los casos fueron disminuyendo. Puede que no le haya ocurrido nada de esto en, al menos, unos quinientos años – explicó Hunson, como una mera anécdota familiar – En cualquier caso, terminaría por curarse solo. El joven iría perdiendo sus poderes, a la vez que el cuerpo de mi hija reclamaría lo que es suyo por naturaleza. Sin embargo, dado lo excepcional de esta situación, me veré obligado a dar un pequeño empujoncito.
El señor Abadeer se acercó al témpano que cubría el cuerpo de su hija y pasó una mano por encima. Al instante, el hielo comenzó a derretirse, exhalando unos últimos vapores. En cuanto el cuerpo de Marceline quedó desnudo de protección, su herida comenzó a sangrar de nuevo.
Hunson examinó el abdomen de su hija y decidió que no merecía la pena curarlo. Se regeneraría solo en cuanto volviese a la normalidad. Por ello, abrió la boca de Marceline, se hizo un pequeño corte con sus colmillos en el dedo pulgar, y dejó que una gota de algo que parecía ser sangre (aunque, indudablemente, no podía serlo) cayese en los labios de su hija, resbalando por su lengua hasta el final de su garganta.
En cuanto la gota se extendió por el cuerpo y llegó al corazón, escucharon el grito de Finn, de nuevo, El Humano, que volvía corriendo desde uno de los pasillos.
- ¡¿Qué está pasando?! – gritó asustado.
- Bienvenido a la humanidad de nuevo, colega – lo saludó Marshall.
Finn se palpó la piel, intentando percibir algo diferente, una suavidad distinta, quizás algo de calor, y se sintió aliviado cuando, por casualidad, colocó la mano en su pecho y sintió su corazón latir de nuevo.
- ¿Y en ella? – preguntó de nuevo, sin saber siquiera qué era lo que había hecho Hunson - ¿Ha funcionado?
Los dos seres demoníacos se apartaron para que Finn pudiese ver a Marceline, cuya herida, progresivamente, se fue curando hasta quedar sanada por completo.
- Ahora solo tiene que descansar – aclaró el señor Abadeer – Las reacciones alérgicas nunca le sentaron bien a su cuerpo.
El humano asintió, satisfecho, y se fue a dormir junto a Jake. En su mente, la idea de que todo iba bien de nuevo comenzó a tomar forma.
Estaba demasiado cansado como para poder sopesar cualquier otra posibilidad.
Por primera vez desde que despertó de su extraño letargo, Chicle había vuelto a pisar su laboratorio.
Los días hasta entonces habían sido muy extraños. Finn y Jake habían pasado con ella cada segundo de cada día, sin atreverse a dejarla sola. Y Chicle realmente se lo agradecía a ambos, pero a veces lo único que necesitaba era un poco de intimidad y espacio para poder pensar.
O tal vez para dejar de hacerlo.
Dio unos cuantos pasos temerosos y se acercó a la mancha rojiza que aún decoraba el suelo, junto a una pared. Mentita había intentado limpiarla, sin embargo, al parecer la sangre no era tan fácil de hacer desaparecer.
La princesa se agachó y, apoyada en sus rodillas, extendió la mano hasta tocarla.
Si tan solo pudiese recordar…
Pero no podía. Sentía un bloqueo constante en su cabeza cada vez que intentaba rememorar alguno de los momentos que había pasado con Marceline, sin embargo no era capaz. Era como si un muro se hubiese alzado en su cerebro, un muro que la separaba a ella y a la persona que, según le habían dicho, había amado más que a su propia vida.
A veces se preguntaba si sus amigos no se estarían inventando todo aquello.
Había visto a Marceline en un par de ocasiones después de que se desmayase en sus brazos. Finn y Jake se lo habían explicado todo lentamente y con mucho tacto, pero no fue hasta que la vio a ella, hasta que miró en aquellos ojos, a punto de romperse en mil pedazos, cuando realmente lo comprendió.
La mujer que tenía frente a ella realmente la amaba. Y sabía que sus sentimientos habían sido correspondidos por ella, en algún momento de su vida. Pero aun así, seguía sin poder recordarlo.
La primera vez que se encontraron, ambas se quedaron sin palabras durante varios minutos. No sabría decir cuántos exactamente, ya que nunca pudo llegar a contarlos, pero supo que fueron suficientes como para que ambas llorasen aquella noche antes de caer dormidas. Habían intercambiado unas cuantas palabras mientras daban un paseo por el jardín de su castillo, con un parasol siempre a mano para que la luz diurna no hiriese a su acompañante. Podría haber asegurado que sus miradas dijeron más que sus bocas en aquel tormentoso día. También que, cuando se despidieron, Marceline apenas podía separarse unos metros de ella sin mirar atrás, esperanzada por oírla de nuevo gritar su nombre, llamarla y pedirle que volviese, gritarle que todo estaba bien, que la tenía de nuevo, que ya no la perdería nunca más.
Pero aquello no ocurrió. Y fue Chicle la que tuvo que poner distancia entre ambas para intentar remediar aquel dolor sin sentido.
Si lo pensaba en profundidad, la princesa no sabía por qué le dolía a ella también. Se acostó con lágrimas en los ojos aquella noche, y no pudo adivinar la razón. Sabía que su corazón estaba vacío, estaba completamente segura de ello, y sin embargo allí estaban aquellas perlas cristalinas, resbalando, altaneras, por sus mejillas rosadas. Quizás su corazón noble temblaba demasiado al ver a alguien pasar por semejante dolor, sin poder hacer nada para remediarlo. Quizás realmente le gustaría poder amar a Marceline de nuevo.
Con un suspiro, se levantó de aquel lugar e intentó poner en orden los frascos que había desparramados por el suelo. Muchos de ellos se habían roto, perdiendo con ellos las investigaciones que estaba realizando, pero aquello parecía no importarle.
Como una autómata, recogió toda la habitación, hasta que incluso su mesa de preparaciones quedó limpia. Aburrida, cogió su cuaderno de notas y comenzó a hojearlo. Se dirigió a la última página para averiguar en qué había estado trabajando últimamente (con tantas cosas en la cabeza, hasta eso se le había olvidado) y comenzó a leer.
"Síntomas del paciente: aparente humanidad. Piel de un color saludable, sangre corriendo por sus venas. Calor desprendiéndose de su cuerpo y… su corazón late. (…) "
Las diferentes notas y apuntes continuaban hasta el final de la página, aunque, inexplicablemente, Chicle aún no sabía qué era lo que había estado investigando. Saltó unos cuantos párrafos y se dirigió a una nota tomada rápidamente, en la esquina inferior derecha.
"Marceline está actuando muy extraña. De alguna manera, pareciese como si sus sentimientos se hubiesen ablandado y llenado de calor, como si esta nueva humanidad, esta sangre que corre por sus venas y la hace más débil, más mortal, la hubiese cambiado por dentro, algo más que anatómicamente. No sé qué es lo que ha ocurrido con ella, pero no puedo evitar decir que me gusta esta nueva Marceline, me gusta incluso más que la anterior. Y eso es lo que me asusta. Me asusta enamorarme de ella. Me asusta estar enamorada de ella en estos momentos. Me asusta haber estado siempre enamorada de ella y no haberlo sabido, o querido saber. Pero, por encima de todas las cosas, me asusta amarla tanto que el dolor me convierta en su esclava. No quiero subordinar mi vida a un sentimiento. Y aun así, parece que no lo pueda evitar…"
Chicle se quedó en blanco. La había amado tanto. Hasta unos límites que ahora mismo ni siquiera era capaz de concebir.
Y no tenía el menor recuerdo de todo aquello.
Decidió que ya había sufrido suficiente por el día de hoy y, dado que estaba comenzando a anochecer, se encaminó hacia su cuarto a descansar. Quizás en sus sueños encontrase la paz adecuada.
Abrió su armario y se puso una camiseta ancha, algo desteñida, y de color rosa, por supuesto. Se quitó su corona y la guardó con cuidado. Y justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta, vio una foto de Marceline y ella, juntas, abrazándose. Sonrió tristemente y cerró definitivamente el armario.
La segunda vez que Marceline había ido a verla la había llevado a la Nocheosfera. A Chicle no le hacía gracia nada de aquello, pero sabía que si no la acompañaba, se sentiría aún peor consigo misma. La joven la guió por un bosque cercano a su casa y cuando se hubieron adentrado lo suficiente, Marceline se decidió a hablar.
"Aquí fue donde nos conocimos… " dijo suavemente. Estaba de espaldas, pero Chicle habría podido jurar que tenía los ojos cerrados. Parecía estar viviendo aquel momento, como si el simple hecho de rememorarlo pudiese hacer que la princesa volviese a recordarlo de nuevo.
Le contó toda su historia juntas, desde el momento en el que se conocieron hasta su reencuentro, y su posterior separación, por, según había dicho Marceline "Su estúpido miedo". También le narró cómo habían vuelto a encontrarse e, inevitablemente, a amarse, aunque Chicle tuviese ya a Marshall y Marceline estuviese tan rota. Le relató incluso el momento en el que le pidió que se casase con ella, y luego, con la voz entrecortada, el terrible recuerdo, más bien pesadilla, del día en el que Maja volvió para arrebatársela.
Chicle la escuchó atenta, bebiéndose sus palabras una a una. Como Marceline no la miraba mientras hablaba, ella se permitió el placer de cerrar los ojos también, recreándose en aquellas historias que escuchaba, como si realmente las pudiese recordar. No era un verdadero recuerdo, es cierto, pero su imaginación hacía un gran trabajo, y más de una vez se encontró sonriendo sin haberlo planeado.
Cuando la joven terminó de hablar sacó un bajo-hacha de detrás de un árbol y le preguntó a Chicle si podía cantarle una canción que había compuesto. La princesa asintió en silencio, y Marceline comenzó a tocar. Sus dedos se movían por las cuerdas del bajo como si estuviesen hechos para ello, y su voz... Su voz resonó en todo el bosque, grave, profunda, rasgada y dolida, agitando cada tronco, zarandeando cada hoja como viento que trae malas noticias. Chicle la escuchó en silencio, sin poder siquiera moverse. A veces pestañeaba muy fuerte para intentar recordarse que todo aquello era real, que se encontraba allí, frente a una chica de la que apenas sabía nada.
La canción terminó, y ellas apenas pareció enterarse. Su voz había tenido un extraño efecto sobre ella, como el de una droga, calmándola y relajando cada extremidad de su cuerpo, amansando sus nervios, haciendo que el único pensamiento que quedase presente en su mente fuese aquel: Marceline. Marceline cantando. Los dedos de Marceline que hacen magia sobre las cuerdas de un bajo. El pelo de Marceline, que se enreda por el cielo, como si formase parte de él. La sonrisa de Marceline, ladeada, algo triste, más bien amarga, que no podía dejar de mirar.
Marceline.
Marceline.
Marceline.
"Bonnie, ¿estás bien?" le preguntó cuando vio que la princesa no se movía.
Chicle reaccionó y, como pudo, la felicitó por la maravillosa canción que acababa de cantar.
La joven, algo temerosa, agarró su bajo fuertemente y alcanzó el valor suficiente para preguntarle si había podido recordar algo, algún detalle o momento, por pequeño que fuese.
Chicle lo intentó con todas sus fuerzas. Recorrió su palacio mental, intentando encontrar algo que no estuviese allí antes, pero no había nada.
Negó lentamente con la cabeza, apesadumbrada, y dejó que Marceline soportase su dolor. No consideraba justo volver a decir nada, atreviéndose molestarla de cualquier manera. Así que volvieron a su casa, por el camino donde habían venido, sin volver a mirarse a las caras. No estaban preparadas para afrontar el dolor de la otra.
Aquella había sido la última vez que había visto a Marceline, y constantemente se preguntaba si querría volver a verla.
Se metió en la cama boca abajo, en la postura de quien no quiere despertar en mucho tiempo, e intentó ahogar con la almohada los pensamientos de su mente. Ahora no recordaba nada, podía empezar de nuevo, junto a sus amigos, llevar una vida distinta, sí, pero feliz al fin y al cabo. ¿Qué más daba la persona con la que la compartiese, si lo importante era ser feliz? Y sin embargo, su estúpido honor de princesa la hacía sentirse mal por haberle hecho daño a Marceline.
"Estúpida, estúpida, más que estúpida. ¿Por qué tuviste que olvidar?", pensaba constantemente.
En su mente, formaba recuerdos imprecisos en los que todo volvía a ser como siempre había sido, donde todos eran felices. Podía ver a la claridad a Finn y a Jake, sin aquella constante preocupación que nublaba sus rostros desde que Chicle despertó, a Flama y Arcoíris, riendo y pasándoselo bien, sin mirarla con ese aire de condescendencia.
Click.
Un pequeño ruido en la ventana hizo que sus sueños se desvaneciesen como el humo. Pero aquello no la detuvo. Frunció el ceño levemente, apretó su rostro aún más contra la almohada, e intentó volver a concentrarse. A evadirse. Estaba tan sumergida en su propia realidad que casi le parecía ver a Marceline volver a sonreír, aunque en su memoria aquella imagen no existiese, ya que no recordaba nada anterior a aquella noche en el castillo. Pero Chicle estaba segura de que aquella era la sonrisa de Marceline. Lo intuía, como si algo en su interior supiese, y siempre hubiese sabido, que aquello era lo correcto, que su sonrisa ladeada, algo infantil, hacía aquel mundo mejor y las lágrimas menos saladas.
Click.
Otro sonido, apenas perceptible, la trajo de nuevo de vuelta al mundo real.
- ¿Quién anda ahí? – preguntó la princesa, visiblemente preocupada.
- Lo siento, Bonnibel, no quería asustarte – escuchó una voz conocida que venía de la ventana – Es que siempre solía venir a visitarte por las noches, ya sabes… Antes. Espero no haberte molestado.
- ¿Marceline? – la llamó Bubblegum, algo insegura de que realmente fuese ella y no lo estuviese soñando - ¿Eres tú?
- Sí… - respondió con un susurro - ¿Sabes qué? Creo que no ha sido una buena idea venir. Le he estado dando vueltas toda la noche, y realmente no sé por qué lo he hecho. Lo siento, de verdad, me voy ahora mismo.
- ¡No! – se escuchó gritar a sí misma Chicle – Quiero decir, no conseguía dormir de todas formas, así que te puedes quedar… Si quieres.
- ¿Puedo? – preguntó Marceline, algo incrédula – Es decir, claro, guay, está bien. No es como si tuviese que dormir o algo, de todas formas.
Chicle se rió ante la incomodidad de Marceline, que todavía se encontraba levitando a bastantes metros de ella.
- Ven, puedes sentarte en mi cama si quieres - la invitó Chicle, mientras veía el sonrojo de Marceline crecer notablemente – Y bueno, cuéntame, ¿para qué venías tantas noches a visitarme?
Aun con la tenue luz que entraba por la ventana, Chicle pudo jurar que el rojo cubrió por completo el rostro de la vampiresa.
- ¡Oh, no, no es lo que piensas! Es decir, si es que estabas pensando eso – intentó explicarse Marceline – Que no quiero decir que no sea correcto, que lo es, pero en esta ocasión no lo es, o sea, algunas veces, pero no por lo general. Espera, ¿qué?
La princesa no pudo aguantar más y soltó una carcajada. Era inevitable reírse ante la increíble incomodidad de Marceline. Es cierto que ella era una gobernante, y que estaba acostumbrada a mantener la compostura en las situaciones más difíciles, pero el extraño ambiente, mezcla de tensión, dolor, y un extraño sentimiento que aún no llegaba a discernir hacían que reírse fuese la mejor manera de sacar adelante todo aquello.
- Está bien, no pasa nada, no me tienes que dar explicaciones si no quieres – respondió, aun riéndose.
- Es que… No sabes lo difícil que es hablar con alguien con quien has compartido tanto y no saber qué decir. No saber siquiera cómo explicarle cosas que antes parecían tan obvias que ni siquiera te habías parado a pensar. O sentimientos que tenías más que asumidos. O aquellas pequeñas sonrisas a escondidas que ambas compartíais. Antes no hacían falta palabras, y ahora parece ser lo único que nos queda.
Chicle se quedó en blanco ante aquello. Quizás se había pasado con Marceline. Quizás no estuviese preparada para hablar de su pasado en una charla trivial, y no como en el bosque, donde más que contárselo a Chicle, Marceline parecía haberlo recordado en alto para que ella se pudiese enterar. Pero en ningún momento había sido capaz de mirarla. Y quizás eso era lo que ocurría. Quizás Marceline no estuviese preparada para afrontar su pasado de cara a él. Aunque se había dado cuenta de que quizás ella tampoco estuviese preparada para escucharlo de nuevo.
La vampiresa suspiró y bajó sus ojos hasta sus manos, observándolas como si fuesen lo más interesante de aquella sala, y comenzó a frotarse la palma con el pulgar mientras hablaba.
- Normalmente entraba para verte, aunque solo fuese dormida. A veces te dabas cuenta de que estaba aquí, pero no decías nada. Yo sabía que estabas despierta porque, aunque no lo hubieses hecho a propósito, una pequeña sonrisa se formaba en tus labios. Un día directamente me pediste que me quedase, como hoy, y te dormiste abrazándome. A partir de ese momento cada vez que entraba me tumbaba junto a ti, y, mientras te cantaba al oído, veía como te quedabas dormida, y como, uno a uno, se iban relajando los músculos de tu cara – explicó con una de sus sonrisas tristes – Puede parecer una tontería, pero en los mil años que llevo viva esas han sido las mejores noches a las que he tenido el placer de asistir.
La princesa se sentía estúpida. Por más que lo intentaba, cada vez que Marceline hablaba perdía la capacidad para contestar, e incluso puede que para hablar. Quería gritar, llorar, volver a gritar, arrancar ese profundo peso que sentía en el pecho y volver a vaciarlo de nuevo, pero no podía. Solo podía quedarse allí, parada, mirando, sin poder decir nada, con miedo de reaccionar.
"Vamos, maldita sea, ¡di algo! Lo que sea" escuchaba a su mente gritar.
- Marceline – consiguió decir por fin.
- ¿Qué pasa? – preguntó la vampiresa, alzando al fin la vista.
- ¿Por qué eres la única que me llama Bonnibel?
La joven la miró, extrañada. Realmente, pensaba que Chicle iba a decir otra cosa. Obviamente sus esperanzas de que de un momento a otro pusiese una mano en su mejilla, la mirase a los ojos y la besase como si nada hubiese ocurrido eran totalmente infundadas, y, más que útiles, dolorosas, pero la princesa siempre se había caracterizado por saber qué decir en cada momento.
- Bueno, es una larga historia. Digamos que es una especie de recuerdo de la primera vez que nos vimos – explicó pasando la mano por su nuca, intentando pensar – y además, cada vez que te llamaba así te enfadabas conmigo, así que era divertido – dijo mientras sonreía – Vale, acabo de recordar que realmente te enfadabas porque no te gustaba que te llamase así. Lo siento, no había caído en que realmente te molestaba, no lo volveré a hacer.
- No, no te preocupes – respondió Chicle – Está bien. Se siente nostálgico. Y… algo cálido. No puedo recordar todo aquello que me has explicado, pero creo que de alguna manera, al escucharte llamarme así, puedo sentir que es cierto. Es como si realmente estuviese en casa.
- Creo que… te entiendo. No de la misma forma, claro está, pero cuando te miro, aunque no me puedas recordar, aunque solo sea una extraña para ti… Me sigo diciendo a mí misma que estás bien, que no estás bajo el poder de Maja, que puedes volver a ser feliz. Y eso, de alguna manera, se siente correcto, hace sentir que las cosas están bien. No me hace sentir en mi hogar, pero me hace sentir todo lo feliz que podría llegar a ser.
Chicle sonrió levemente, asintiendo, feliz de que Marceline lo comprendiese. Quizás sí que hubiese un futuro feliz para todos, no solo en sus sueños, sino en el mundo real.
La joven volvió a rascarse la nuca, gesto que, según había descubierto Chicle recientemente, hacía cada vez que pensaba, o que se ponía nerviosa.
- Verás Bonnie… No sé si debería decirte esto, pero Finn y Jake han insistido mucho. Aunque sé que es muy precipitado, y que probablemente no estés preparada, y probablemente yo tampoco, pero ¡hey! Es por la noche. Y por la noche nunca se piensa bien. Y puede que mañana por la mañana me arrepienta, o puede que no. Pero, en este momento, siento que debo intentarlo.
- Marceline, dispara.
- Finn y Jake me han sugerido que intentemos besarnos – respondió directamente Marceline, ante los ojos, abiertos como platos, de Chicle – Sí, lo sé, yo también pensé lo mismo, pero, en cierto modo, tiene sentido, ¿no? Quizás con un beso puedas ser capaz de volver a recordarme. Quizás solo falte eso. Un pequeño paso. Un detalle que haga saltar una chispa en tu mente, que desencadene el resto de memorias. Es solo un quizás, pero ahora mismo estoy dispuesta a probar cualquier cosa con tal de recuperarte.
La mera idea de juntar sus labios hizo que un escalofrío recorriese el cuerpo de Chicle. ¿Ella, besando a la vampiresa? Sabía que lo había hecho miles de veces, probablemente, pero, el hecho de no poder recordar ninguna de ellas hacía que fuese una hazaña completamente nueva. Sin embargo, sentía que, de alguna manera, se lo debía. Al fin y al cabo, ¿qué tenía que perder?
- Está bien… Supongo – respondió la princesa, algo tímida.
Marceline tragó saliva audiblemente.
- Vale. Pues creo que, ya sabes. Deberíamos acercarnos y eso.
Ambas se movieron de sus respectivos sitios en la cama, Marceline intentando no parecer demasiado ansiosa, Chicle no demasiado atemorizada, hasta que quedaron a escasos centímetros una de la otra.
"Maldición, está tan cerca que puedo sentir su respiración. ¿Por qué ahora vuelve a ser tan jodidamente difícil volverla a besar?", se preguntó la vampiresa.
Sin embargo, todo lo que Chicle podía ver o pensar era Marceline.
La piel pálida de Marceline, que parecía brillar bajo la luna.
"No puedo", pensó la princesa.
Los ojos tristes de Marceline, que la atrapaban dentro de un huracán de sensaciones.
"No puedo"
Los colmillos de Marceline, que sobresalían levemente, dando un aspecto peligroso y cautivador, al tiempo que su dueña se inclinaba lentamente hacia ella.
"No puedo"
Su cabeza medio girada, dejando a Chicle ver su pálido cuello que, como una autopista, pedía a gritos ser recorrido.
"No puedo"
La sonrisa de Marceline, que apareció instintivamente cuando se encontraba a escasos centímetros de juntar sus labios.
"No puedo"
Marceline.
Marceline.
Marceline.
"¡No puedo!"
Y justo cuando ya podía sentir su aliento con sabor a peligro, el tacto de sus labios a punto de dejar de ser un recuerdo imaginado para pasar a ser real, Chicle se separó de ella, repentinamente, como por una inercia eléctrica, dejando a Marceline intentando besar el aire con los ojos cerrados.
- Lo siento, yo… - intentó disculparse cuando vio que la vampiresa abría los ojos, extrañada – No sé qué me ha pasado, es solo que…
- No, está bien, lo entiendo. No sé cómo se me ha podido ocurrir algo así, te pido perdón – se disculpó Marceline en su lugar, mientras se levantaba de la cama, en dirección a la ventana – Está claro que ninguna de las dos estamos preparadas para esto, de ninguna manera.
- No es eso, es solo que… - volvió a intentar hablar Chicle.
- No, de verdad, está bien. No tienes que inventar explicaciones, lo entiendo perfectamente. Pero creo que será mejor que me vaya. Te veré por ahí, tal vez un día de estos, ¿vale?
- Marceline… - intentó llamarla Bonnibel, pero la joven ya había salido por la ventana, en dirección a su casa, a su verdadero hogar.
Probablemente ya estaría llorando, sin haber siquiera podido aguantar las lágrimas hasta llegar a casa.
No entendía por qué, pero estaba segura de ello.
Tal vez porque ella misma se encontraba llorando en aquel momento.
No tenía derecho a hacerle eso a Marceline.
Se tumbó en la cama, de nuevo, esta vez boca arriba, y se llevó los dedos a los labios, intentando recordar el aliento de la vampiresa sobre ellos, cuando estaba a punto de besarla.
"¿Qué demonios me ha pasado?"
