¡Siento mucho haber tardado tanto en actualizar! He estado toda la semana liada con exámenes, y el fin de semana, que es cuando normalmente tengo tiempo de escribir, estuve en un festival que me ocupó todo el tiempo disponible que tenía, así que no he podido ponerme de nuevo a escribir hasta ahora.

Muchas gracias a todos los que seguís la historia y dejáis fav/review, etc :D

Como dije en la anterior actualización, a este fic le queda poco para acabar, y la próxima actualización consistirá en un epílogo. Pero prometo que habrá mucho Bubbline para compensar todo el drama.

Mi tumblr es Suerte De Infelicidad, cualquier petición, brownie, pizza a la que queráis invitarme, o amenaza de asesinato, ya sabéis dónde mandarlo. Igualmente, ahí cuelgo las pequeñas poesías o reflexiones que no sabría cómo enmarcar en uno de estos fics, así que os agradecería que os pasaseis y me dejaseis algún me gusta.

En fin, ¡espero que disfrutéis el capítulo!

Capítulo 17

Aunque de vez en cuando frecuentaba alguna que otra, Bonnibel nunca se había considerado una gran fan de las fiestas. A vece se lo pasaba bien, era cierto, pero realmente la que las disfrutaba era la Princesa Bultos: ella se limitaba a acompañarla para que no la acusase de encerrarse en su castillo a trabajar en sus experimentos. Sin embargo, en aquel momento, la alegría que experimentaban todos a su alrededor, sus ganas de bailar, de reír, de beber: todo aquello no hacía más que indicarle que estaba fuera de lugar. A pesar de que la fiesta había sido precisamente planeada en su honor, para celebrar su recuperación, Bonnibel sentía que no pertenecía a aquel ambiente. Por ello, su principal objetivo en toda la noche era camuflarse entre toda esa gente entre la que, si bien no podía compartir su alegría, podría pasar desapercibida, mientras, en su mente, deseaba con fuerza que las siguientes horas pasasen rápido y pudiese estar de nuevo metida en su reconfortante cama de palacio.

Cuánto deseaba desaparecer en aquel momento.

No sabía qué había sido de Marceline desde la última vez que la vio. No sabía siquiera si había sido invitada a la fiesta. Quizás se hubiese dado por vencida, dándose, finalmente, cuenta de que Bonnibel, al fin y al cabo, no valía la pena. Quizás nadie la hubiese avisado y estaría sola, en su casa, lamentándose de todo lo ocurrido. Sufriendo por su culpa. De alguna manera, se animaba a pensar que aquello era lo que realmente había ocurrido.

Miró los cubitos de hielo de su vaso, ya casi vacío, y dio un sorbo, sintiendo como el frío congelaba su labio superior en un dolor punzante.

- ¡PB, querida, aquí estás! – escuchó gritar a la Princesa Bultos que revoloteaba por toda la sala como una verdadera reina de la fiesta - ¡Mira quién ha venido a verte! ¡Es tu primo, Gumball!

Chicle vio aparecer a Gumball, intentando abrirse paso entre la multitud que bailaba, e, instintivamente, se echó a sus brazos. No le había dado aquel tipo de abrazos, tan efusivos, desde que eran niños, pero ahora mismo sentir la reconfortante presencia de la familia a su lado la hacía más fuerte.

- ¡Chicle! Me alegra ver que estás bien – dijo Gumball mientras la abrazaba de vuelta – No sabes lo preocupado que estaba.

- No pasa nada, Gumball, estoy bien – respondió la princesa separándose al fin del abrazo protector de su primo – Un poco desorientada después de lo ocurrido, eso es todo.

Una sombra de preocupación cubrió el rostro de su primo, que miró hacia abajo antes de hablar, gesto típico en él cuando quería tratar un tema delicado y que Chicle había identificado a lo largo de los años.

- Entiendo… Finn y Jake me lo contaron. Ya sabes. Lo de…

- Marceline, Gumball, Marceline – acabó la frase Chicle – Ninguna bruja va a aparecer de nuevo porque pronuncies su nombre, ni voy a romper a llorar aquí en medio.

- Lo siento, es solo que no sé cuánto te ha afectado todo esto – intentó disculparse Gumball – Pero quiero que sepas que puedes contar conmigo para todo lo que necesites, Chicle. Te lo digo completamente en serio. Soy tu primo, y estaré ahí para ti siempre.

- Gracias, Gumball – respondió Chicle abrazándolo de nuevo. Era reconfortante estrechar un cuerpo con aquel olor dulzón tan familiar.

- ¡Gumball! – escuchó que alguien llamaba a lo lejos.

- Lo siento, Chicle, tengo que irme – dijo su primo al escuchar aquella llamada – He traído a Marshall Lee, y ya sabes, no conoce a mucha gente por aquí, así que no me parece bien dejarlo solo.

Chicle miró como Marshall los alcanzaba a ambos, levitando sobre la multitud, le dedicaba un breve saludo, alegrándose por su recuperación. Había algo que no le cuadraba en todo aquello. ¿Desde cuándo su primo y Marshall se llevaban bien? ¿De verdad no se encontraba Marshall cómodo quedándose solo, a pesar de su carismática personalidad y su facilidad para hacer amigos? Sin embargo, cuando vio que el vampiro cogía la mano de su primo para dirigirse ambos a la barra a pedir algo, una chispa se encendió en su mente.

- Un momento… - murmuró la princesa pensando en alto - ¿Vosotros dos no estaréis…?

- ¡Bueno, adiós, PB, te veré luego! – gritó su primo escabulléndose rápidamente, antes de que le diese tiempo a terminar la frase.

Chicle se rio de la timidez de su primo y de la curiosa pareja que formaban él y Marshall Lee. Sin embargo, la manera en la que se miraban, sonrojándose, lo decía todo. Y ella estaba realmente contenta de que al fin se hubiesen decidido a dar el paso.

Pronto, se dio cuenta de que se había vuelto a quedar sola. La Princesa Bultos bailaba en la pista, dándolo todo (a veces Chicle se planteaba si la fiesta en su honor no era más que una excusa de LSP para dar otra fiesta más), su primo y Marshall habían desaparecido completamente de su vista, la Princesa Flama no había podido asistir y, en toda la noche, todavía no había visto a Jake, Arcoíris y Finn. Se preguntaba dónde se habrían metido cuando vio que alguien cogía el micrófono.

- A veeeer, chicos – escuchó la voz de la Princesa Bultos, quien, al parecer, había bebido ya más de la cuenta – Espero que sepáis que toda esta fiesta es para celebrar que nuestra queridisísísísíma Chicle está sana y salva. Con un pésimo gusto en cuanto a moda, es cierto, pero desgraciadamente eso no tiene nada que ver con que una bruja la hechizase. EL CASO, es que debemos obligarla a aprovechar sus quince minutos de gloria y que venga a dar un discurso. ¡Adelante, Chicle, sube aquí arriba!

La princesa se puso blanca de pensar en tener que subir a aquel escenario a decir cualquier cosa que se le pasase por la cabeza, ya que nadie le había dicho que tendría que decir nada, por lo que decidió que aquel era el momento perfecto para escabullirse y se deslizó sigilosamente entre la multitud hasta llegar al servicio. Sin embargo, algo la paró justo cuando estaba a punto de entrar.

- Vamos, ¿qué te impide hacerlo? – escuchó la voz de Finn que provenía directamente de dentro de los servicios. Sabía que estaba mal, pero un presentimiento hizo que desistiese en sus ganas de entrar y se quedase en la puerta, escuchando.

- Es verdad, Marceline. La única manera de fallar es dejar de seguir intentándolo – escuchó esta vez a Jake.

"Marceline… " pensó la princesa "Así que aquí era donde te habías escondido durante toda la noche".

- No lo entendéis, chicos, no entendéis nada… - dijo Marceline, con la voz rota - ¿Sabéis qué es que esa persona te mire, y no ver nada en ella, ningún brillo, ni siquiera una leve sonrisa, cuando antes el simple hecho de mirarla hacía que me sonrojase? Bonnibel se ha ido. Se ha ido para siempre. Y ya no volverá. No puede volver. Me la han robado, y no puede volver. Maja ha ganado.

- Estás siendo una catastrofista, Marceline. No te digo que vaya a recuperar la memoria al instante, pero no sé, quizás si pasas más tiempo con ella… Ya has visto cómo estaba en la fiesta, se notaba que no era su ambiente, así que, simplemente, ¿por qué no te acercas a hablar con ella?

- ¡No puedo! – gritó Marceline a Finn – Está claro que ella no quiere verme. ¿Acaso no os dije que no fue capaz de besarme? Y pensar que casi la obligo a ello… ¿Es que no os dais cuenta de que me odio a mí misma por todo esto? No puedo seguir pensando que es culpa mía, una y otra vez. Que por mi estúpido egoísmo ya no tendremos nuestro final feliz. No. Ya ni siquiera tendremos nuestro final.

Chicle intentó contener las lágrimas y sus ganas de entrar en aquella habitación y abrazar a Marceline muy fuertemente. Acariciar su pelo y susurrarle que todo estaba bien, que no era su culpa. Que no podía serlo. No era capaz de recordarlo, pero no podía serlo. De ninguna manera.

- Marceline, no vuelvas a decir eso – la reprendió Finn – Te prohíbo decir que fue tu culpa. Te lo prohíbo terminantemente. Sabes que no es cierto, y solo te servirá para castigarte a ti misma.

Marceline rio levemente, como si las palabras de su amigo encerrasen algún chiste, y cambió de tema, sabiendo que si continuaba por ese camino ninguno de los dos acabaría aceptando las ideas del otro y no harían más que pelearse.

- ¿Y de qué podría hablarle, de todas maneras? Ya ni siquiera sé cómo seguir fingiendo.

- No finjas. Simplemente, sé tú misma – sugirió Jake.

- ¿Yo misma? – repitió Marceline, sarcástica – La verdadera Marceline está tan rota que podría pinchar a Bonnibel si se acercase a ella.

- Marceline… - dijo Finn, intentando acercarse a ella para consolarla.

- No, está bien, ¿sabéis qué? No deberíais estar perdiéndoos esta fiesta por mí. Además, Arcoíris estará preocupada. Será mejor que os vayáis.

- No vamos a dejarte aquí sola – respondió Jake, como si fuese la cosa más obvia del mundo.

- ¡Marchaos os digo! – les gritó Marceline, iracunda.

Los dos amigos dudaron unos instantes, pero cuando Chicle escuchó sus pasos acercarse a la puerta se escondió rápidamente para que ambos no la viesen al salir. Inmediatamente, cuando los vio desaparecer entre la multitud, entró ella misma en el baño.

- Finn, he dicho que os vayáis – dijo Marceline mientras se intentaba lavar la cara para ocultar el rastro de lágrimas.

- No soy Finn – respondió Chicle – y no me voy a ir, por mucho que me grites.

- Bonnie… - susurró sorprendida Marceline, aún con la cara mojada. Alzó el borde de su camiseta rockera y se limpió los restos de agua con ella antes de continuar, dejando a la vista su pálido abdomen - ¿Qué quieres?

- Yo solo… quería hablar contigo.

- ¿Lo has escuchado todo, verdad? – preguntó, un tanto enfadada.

- ¡Por supuesto que no! – intentó defenderse Bonnibel, quién, al ver la mirada hastiada de Marceline, se vio obligada a confesar la verdad – Vale, está bien. He escuchado una parte.

- Pues bien, espero que eso responda a lo que sea que tengas que hablar conmigo, porque hoy no estoy de humor para charlas – respondió la vampiresa, intentando salir por la puerta.

Chicle se volvió, echó el cerrojo y encaró a Marceline, de pie, junto a la puerta.

- Déjame pasar – pidió la vampiresa.

- No hasta que me escuches – respondió Chicle.

La vampiresa suspiró y pasó una mano por su pelo, intentando calmarse.

- Está bien – dijo finalmente.

- Gracias – respondió Chicle, quien dudaba seriamente sobre si la vampiresa le haría caso o no – Marceline, he estado pensando mucho desde aquella noche. Para serte sincera, no he dejado de pensar en aquella noche. Y, realmente, no sé qué me ocurrió. Me quedé paralizada. No sabría cómo explicarlo. Quizás fuese miedo. Miedo de decepcionarte. De no poder recordar nada. Y aún sigo teniendo miedo, es cierto, pero la mejor manera de superar el miedo es combatiéndolo. No pierdo nada por intentarlo.

- Lo que me estás queriendo decir con todo este discurso es que…

- Sí. Quiero que nos demos ese beso. Tú y yo. Quiero intentar recuperar mis recuerdos – dijo finalmente Chicle.

Marceline se quedó callada durante unos segundos, sin saber bien qué decir. En alguna parte de sí misma, ella también tenía miedo. Tenía un miedo desmesurado, monumental, exorbitante. Pero el dolor cada vez que miraba a Bonnibel le impedía ser consciente de cualquier otra emoción.

- Está bien, supongo – respondió conforme se acercaba a Chicle.

- Espera, ¿aquí? ¿ahora? – preguntó consternada, al ver a Marceline a tan escasa distancia tan repentinamente.

- ¿Prefiere su majestad que la traslade a un valle de rosas donde los pajarillos cantan mientras contemplamos la puesta de sol? – dijo Marceline, sarcástica de nuevo.

- No, pero… No esperaba que mi primer beso contigo fuese a ser en el cuarto de baño de una fiesta – confesó Chicle.

- Oh, ¡vamos Bonnie! Nos hemos besado cientos de veces. El propósito de todo esto es recordarlo, ¿no? No te tienes que preocupar por eso ahora. Si todo sale bien, tendrás un recuerdo mucho más bonito de nuestro primer beso y este no será más que otro cualquiera.

Los argumentos de Marceline convencieron a Bonnibel, quien se había apoyado en la puerta al mismo tiempo que Marceline apoyaba un brazo justo al lado de su cabeza y comenzaba a inclinarse lentamente. Ya apenas estaban a escasos centímetros de distancia y Bonnibel exploraba la puerta con sus manos, buscando algo a lo que agarrarse para intentar ocultar el incesante temblor de sus rodillas.

- ¿Estás segura de todo esto? – le preguntó Marceline cuando sus bocas ya casi compartían aliento.

La princesa no contestó. Se dio por vencida en su búsqueda de algún saliente al que asirse y desplazó sus manos hasta la camiseta de Marceline. En cuanto la agarró sintió como sus rodillas recobraban estabilidad e, impulsivamente, tiró de la prenda hacia ella, uniendo finalmente sus labios con los de Marceline.

Lo primero que pensó cuando tuvo aquellos labios sobre los suyos fue que estaban fríos. Estaban confortantemente fríos. Y a ella le encantaba el frío.

Había estado preocupada porque su primer beso iba a ser en un cuarto de baño, y, tras un par de segundos, apenas era capaz de recordar donde se encontraba. Solo sabía que estaba besando unos labios, los labios de Marceline.

Los brazos de Marceline estaban en su pelo, en su cabeza, en sus hombros, en su cintura: estaban por todas partes. Y ella quería ser devorada. Ella quería perderse en los confines de Marceline, porque su segundo pensamiento fue "Más". Quería que el frío de Marceline cubriese su cuerpo, y que, tal vez así, consiguiese hacer desaparecer el calor de las presiones que se habían acumulado en su pecho. Quería más Marceline, la quería infinita, imperecedera, la quería siempre, junto a ella, que no se apartase, que no se acabase nunca.

La vampiresa, quien en un primer momento se había sorprendido de que fuese Chicle quien la besase, y no al revés, tardó antes de corresponder el beso. Sin embargo, cuando lo hizo, mordió levemente el labio de Chicle, como en los viejos tiempos, dando un sorbito de aquel rosa dulzón que la volvía loca, y aquello pareció accionar una tecla en la princesa, que, instintivamente, llevó sus brazos hasta el cuello de Marceline, acercándola más a ella, profundizando más en el beso.

Marceline la agarró por la cintura tan fuerte que, por un momento, pensó que sus cuerpos podrían llegar a fundirse.

Sin embargo, su mente, de alguna manera, fue capaz de intercalar algún otro pensamiento que no fuese Bonnibel, por lo que, haciendo gala de una voluntad de la que no se sabía poseedora, consiguió apartar a la princesa, quien durante unos segundos siguió sus labios ciegamente, hasta recuperar el espacio, la cordura, y poder mirarla a la cara.

- ¿Y bien? – preguntó intentando ocultar los jadeos - ¿Has recordado algo?

Bonnibel en un principio no supo si quiera qué era lo que le estaba preguntando. Solo sabía que ya no estaba besando a Marceline, por lo que algo malo debía de ocurrir. Sin embargo, no sabía qué podría ser tan importante.

Cuando recordó el porqué de aquella pregunta, la razón de todo aquello, su rostro se ensombreció antes de dar una respuesta.

- No… - respondió intentando no mirarla a la cara, intentando no ser testigo de su dolor, pero sin poder evitarlo. Sin poder evitar estar presente cuando Marceline se rompió en mil pedazos, cuando usó toda su fuerza disponible para no caer al suelo, y aun así se tambaleó hasta el lavabo.

- Ya sabía que no debería haberlo intentado – dijo mientras cerraba su puño fuertemente y se dirigía hacia la puerta – Déjame salir.

- Pero, Marceline…

La vampiresa no esperó a escuchar las excusas de Bonnibel, sino que la apartó a un lado y abrió ella misma el cerrojo, saliendo y cerrando la puerta de un portazo.

Por un momento, Chicle se quedó mirando la puerta, esperando que volviese, que le dijese que no pasaba nada, que no la había decepcionado, que todo estada bien.

Pero nada estaba bien.

Marceline se había ido.

"Ya no está" se dijo a sí misma.

"Se ha ido"

"Se ha ido"

- ¡Marceline! – gritó desde lo más hondo de su pecho cuando descubrió que, al irse, la vampiresa se había llevado una parte de ella.

Abrió la puerta repentinamente y la persiguió por la sala, pisándole los talones.

"No puedo perderla" se decía a sí misma, incesantemente.

"No puedo dejar que se vaya"

"La NECESITO"

Cuando llegaron a una parte de la pista de baile donde la gente se había disipado para dejar un gran círculo de espacio, Bonnibel fue capaz de agarrar su muñeca.

- ¡Marceline! – gritó tan fuerte que todos se volvieron para mirarla, curiosos.

- ¿¡Qué quieres, Bonnibel, qué quieres?! – se volvió Marceline, con lágrimas en los ojos - ¿Es que no te das cuenta de que te quiero tanto que me está matando? ¿Que no puedo seguir jugando a este estúpido juego? No me uses para intentar sentirte mejor contigo misma, porque esto no funciona de esa manera.

Toda la sala se había quedado con la boca abierta ante la dramática discusión de las dos jóvenes, e incluso la música había dejado de sonar para dar paso al silencio absoluto. Bonnibel los miró, uno a uno, sintiendo como los ojos de todos ellos se clavaban en ella, expectantes ante su contestación, de alguna manera, deleitándose ante la situación, ante el dolor palpable en el rostro de Marceline y la súplica constante en el de Bonnibel, que ya ni siquiera sabía qué hacer.

- Marceline, por favor, escúchame – intentó decir, pero Marceline ya había comenzado a correr de nuevo, alejándose de ella.

La siguió hasta el fondo de la sala y salió por la puerta cuando ella lo hizo, adentrándose en la noche oscura.

La iba a perder.

De un momento a otro, Marceline se iría volando y la dejaría sola.

La dejaría sola, y ella no habría sabido siquiera qué decirle. No habría sabido siquiera cómo expresar sus sentimientos. Aquella maraña de sensaciones entre las que se mezclaba la extrema necesidad y el deseo.

- ¡Marceline, te quiero! – gritó a las estrellas cuando estuvo segura de querer que Marceline la escuchase - ¡Te quiero y no puedo soportar la idea de verte marchar! ¡Te quiero y sé que te he querido y que te querré, no importa cuántas veces te olvide!

La vampiresa levitó de vuelta al lado de Bonnibel, todavía dudando de haber escuchado lo que acababa de escuchar.

- Pero… Pero si no has sido capaz de recordar, ¿verdad?

- No, pero tú al parecer sigues siendo la misma, con tu sonrisa ladeada e infantil, con tu timidez oculta, con tus monstruos y tus paisajes por explorar, con tus enfados y tus heridas, tus cuchillos sarcásticos y tus besos fríos; y te quiero por eso, o por culpa de eso. Te quiero y no puedo entender la insoportable idea de separarme de ti. No estoy dispuesta a dejarte ir – confesó Bonnibel mientras agarraba las manos de Marceline – Es cierto que no puedo recordarte, y eso me mata por dentro. Pero, ¿sabes? Nadie ha dicho nada de que no podamos crear nuevos recuerdos.

Y Marceline se rompió, esta vez de verdad. Se rompió y cayó en los brazos de Bonnibel, llorando. Pero, sin embargo, ninguno de sus fragmentos consiguió cortarlas, sino que la princesa, con sumo cuidado, los cogió, uno a uno, y los recompuso abrazándola tan fuerte que no pudieron volverse a desprender.

- Siempre pensé que ya fue demasiado bueno que te enamorases de mí una vez, pero nunca sospeché que pudiese volver a ocurrir de nuevo. Esto parece demasiado bonito. Probablemente será un sueño y me despertaré volviendo a echarte de menos.

Bonnibel rio, limpiando con besos las lágrimas de Marceline, que en aquel momento, parecía más pequeña e indefensa que nunca. Colocó las manos sobre su mejilla e hizo que la mirase a los ojos, hasta que ambas sonrieron, y se volvieron a besar, recordándose que estaban allí, que estarían allí siempre, que no volverían a echar de más sus ausencias y que, aunque el olvido las acechase, siempre había una siguiente primera vez.

- No me importa que sea un sueño con tal de que no despertemos nunca.