Epílogo
- ¡Mami, mami, el tío Gumball y el tío Marshall acaban de llegar!
Habían pasado ya 10 años desde que Marceline y Chicle fueron lo suficientemente valientes como para no dejarse olvidar de nuevo y la pequeña Monique celebraba su sexto cumpleaños.
Marceline todavía recordaba la primera vez que la había sostenido en brazos, tan pequeña y frágil, como una rosa recién nacida. La había mirado a aquellos pequeños ojitos azules, como los de su madre, y su diminuta manita, entre rosada y grisácea, había agarrado uno de sus dedos. En aquel momento no pudo evitar llorar. Se preguntaba cómo Bonnibel había sido capaz de darle vida a un pequeño ser vivo, tan perfecto, entremezclando el ADN de ambas.
Decidieron llamarla Monique en honor a la fallecida madre de Marceline. Según la vampiresa, la pequeña tenía su mirada, aunque no pudiese recordarla con claridad, pero identificaba en ella la misma pureza, la misma inocente ingenuidad que había visto de niña en los ojos de su madre.
Desde entonces la pequeña Monique no había hecho más que crecer. A cada año que pasaba, la pequeña se volvía algo más adulta, y, poco a poco, a todos iba recordando a Bonnibel en sus primeros pasos como princesa de Chuchelandia. Sin embargo, había algo de Marceline en ella. Había algo rebelde, indómito, en su manera de ser. Su madre, incluso, había empezado a enseñarle a tocar el bajo unos meses atrás, por lo que podía decirse que era una digna heredera del talento familiar.
- ¿Ya? Vaya, ¿no es un poco pronto? – se dijo a sí misma Marceline mientras terminaba de colocar unas guirnaldas decorativas por el techo del castillo.
- Mamá B ha dicho que así nos ayudarían con los preparativos – respondió Monique, entusiasmada ante la idea - ¿Puedo subir ahí arriba y ayudarte con las guirnaldas?
- ¿De verdad, quieres subir aquí? Vaya, vaya, mi pequeñina cumple 6 años y ya es toda una mujer preparada para todo lo que le echen encima – contestó Marceline algo sorprendida - ¿Cómo llevas tu levitación?
- ¡He mejorado un montón! – exclamó Monique – ¡Mira, mami, mira!
Comenzó a levantarse del suelo con un rostro de profunda concentración. Primero unos centímetros, un metro, luego dos, y así sucesivamente hasta estar al menos a tres metros sobre el suelo. Sin embargo, cuando parecía tenerlo todo controlado, perdió la concentración durante un segundo y se tambaleó en el aire.
- Te tengo – la tranquilizó Marceline, quien la había cogido de manera que la pequeña pudiese sentarse sobre sus hombros antes de que comenzase a dar vueltas sobre sí misma – Poco a poco, ¿vale? No hay que tener prisa. Cada cosa llegará a su tiempo.
- Lo sé… Es que el otro día estuve practicando sobre mi cama, como me dijiste, y parecía tenerlo todo controlado, así que te lo quería enseñar – se excusó Monique – Aunque, al parecer, no ha ido tan bien como esperaba.
- ¿Estás de broma? ¡Te has levantado más de tres metros tú solita! Y teniendo tan solo 6 años. ¿Sabes que el tío Marshall tardó al menos un siglo en hacer lo que tu acabas de hacer ahora mismo? – dijo Marceline intentando animarla, lo cual surtió efecto cuando la pequeña se rio ante la pequeña anécdota – Y ahora, ¿qué tal si terminamos de colocar esto y vamos a ayudar a Mam los titos a preparar las cosas en el jardín?
La pequeña asintió rápidamente y, juntas, colocaron las guirnaldas que quedaban por poner.
Cuando llegaron al patio Bonnibel se encontraba dando órdenes a un grupo de dulces, a los cuales se habían unido Marshall y Gumball. Todos se movían frenéticamente, de un lado a otro, colocando platos, servilletas, cubiertos, llevando bebidas y aperitivos.
- ¡Vamos, vamos! Todo debe estar listo en menos de una hora – gritaba Bonnibel histérica.
Al instante, Monique corrió a los brazos de sus tíos, que, al verla, dejaron de lado su trabajo y la abrazaron, levantándola por los aires y diciéndole cuánto había crecido.
- ¡Marceline, llegas tarde! – gritó Bonnibel al ver que Monique llegaba acompañada de su otra madre - ¡No nos va a dar tiempo!
- Relájate, cascarrabias – contestó Marceline sonriendo pícaramente y colocando una mano en la cintura de Bonnibel para atraerla hacia ella y darle un pequeño beso – No son más que unos cuantos críos y el resto de princesas. No pasará nada si quedan algunos vasos por poner cuando estén aquí.
- Sabes que no me gusta que las cosas se hagan mal – se quejó Chicle separándose de los labios de Marceline.
- Oh, ¿de verdad? – preguntó Marceline sugerentemente y volviéndola a besar - ¿Y no podemos hacer una pequeñísima excepción, aunque sea por una vez?
- Mmmm… - pensó Chicle, aún con los labios de Marceline sobre los suyos – Puede que solo por esta vez lo deje pasar.
- ¡Mamá B, Mamá B, mira lo que me ha traído el tito Marshall! – exclamó Monique mientras corría hacia ellas, interrumpiendo su beso.
- A ver… ¡Oh, es un ukelele! – dijo Chicle que se había agachado para estar a la misma altura que la pequeña y poder contemplar el regalo de cerca - ¿Sabrás tocarlo?
- ¡El tito Marshall me ha dicho que me enseñará a tocarlo! – exclamó de nuevo la pequeña, ante la imposibilidad de contener la emoción por su cumpleaños - ¿No es genial?
- ¡Desde luego! Es el ukelele más bonito que he visto nunca.
- Pensé que sería perfecto para ella – explicó Marshall, que se había acercado junto con Gumball para saludar a Marceline – Ya sabes, cuatro cuerdas, y pequeño para que lo pueda coger cómodamente.
- Ha sido todo un acierto – confirmó Marceline.
- Mamá, cuando aprenda a tocarlo, ¿podré ir yo también de gira con Marceline And The Scream Queens? – preguntó Monique impaciente.
- Todo a su tiempo – contestó su madre riendo – Aunque no creo que Mamá B te deje venir. Tiene pánico desde aquella última vez que hizo de manager en el concierto del Reino de Fuego.
- ¡Yo no tengo pánico! – gritó Bonnibel, demostrando justamente lo contrario – Quizás dentro de unos años.
Y justo cuando parecía que Monique estaba a punto de volver a protestar, se escucharon, a lo lejos, los pasos agitados del grupo de pequeñas princesas y dulces que habían sido invitados a la fiesta, lo que hizo que en su rostro se formase una amplia sonrisa y se dirigiese hacia ellos corriendo para saludar a sus amigas.
- ¿Veis lo que habéis conseguido? ¡No hay nada preparado todavía! – seguía quejándose Bonnibel mientras se dirigía junto a su hija para dar la bienvenida a los invitados.
Marceline rio ante la incapacidad de Bonnibel de dejar de lado sus obligaciones, incluso en un día como este, y sacudió la cabeza levemente.
A lo lejos, Monique saludaba con gran entusiasmo a sus tíos Finn y Jake y a Lady Arcoíris y Flama, haciendo que sus despeinados cabellos rosados se agitasen en el aire.
El resto de la tarde transcurrió con normalidad y, cuando quisieron darse cuenta, la mitad de los invitados ya se habían marchado. Disfrutaron de los últimos rayos de sol y, cuando se puso, los pocos que quedaban (la mayoría amigos cercanos o familiares) decidieron marcharse, por lo que Bonnibel, Marceline y Monique se retiraron al castillo.
Marceline se dirigió a la cocina a buscar una o dos manzanas a las que hincarles el diente. Había estado tan ocupada durante el día, preparando y organizando los juegos de la tarde, que apenas había tenido tiempo de absorber algo de rojo. Se sentía exhausta.
Cuando hubo terminado se dirigió a su dormitorio, preparada para descansar junto a Bonnibel, sin embargo, en el camino se encontró con la puerta de la habitación de Monique abierta. Dentro, la pequeña se disponía a dormir, mientras su madre, que se encontraba sentada en un borde de la cama, le acariciaba el pelo con suavidad.
La vampiresa no pudo evitar quedarse mirando, desde el marco, mientras levitaba. Allí se encontraban las dos personas a las que más quería en aquel mundo, y, habría podido jurar, que haría cualquier cosa por verlas felices.
A veces se preguntaba cómo podría tener tanta suerte.
Siempre pensó que por ser un vampiro, una criatura maligna, perteneciente a la Nocheosfera, no llegaría nunca a ser verdaderamente feliz. Sin embargo, allí estaba Bonnibel, la única a la que siempre había amado, junto a ella, mirando a la hija de ambas con aquellos ojos brillantes y llenos de ternura. Y Monique, el pequeño regalo que la ciencia les había concedido. Era imposible no quererla. Cuando la miraba, y veía en ella los mismos ojos de Bonnibel, la mirada inocente de su propia madre, y la sonrisa traviesa que, al parecer, los Abadeer llevan en la sangre.
Badum.
Un pequeño latido de su ya dormido corazón la sacó de su ensimismamiento. A veces le ocurría, en situaciones cotidianas, que a su corazón le daba por volver a latir. No duraba mucho, no más de un par de segundos, pero le servía como pequeño recordatorio de su desliz humano.
A Marceline le gustaba pensar que era en los momentos más tiernos, en los que más amor sentía en su interior, cuando su corazón decidía volver a latir. Que era tan afortunada que hasta su desgastada anatomía se preocupaba por recordárselo.
Sin embargo, tenía miedo. Sabía que, al igual que había sido capaz de alcanzar toda aquella felicidad, a base de esfuerzo, de lágrimas, de confianza y de superación de problemas, también era fácil perderlo todo. Tan fácil como derribar un castillo de naipes en un día de ventisca.
Se apartó del marco de la puerta, intentando dejar atrás esos pensamientos, intentando concentrarse en otra cosa, apartarlos de ella, expulsarlos muy lejos, como si así hubiese menos posibilidades de que se fuesen a cumplir, cuando sintió unas manos rodear su cintura.
- Te he visto fruncir el ceño desde la cama de Monique – escuchó que Bonnibel susurraba en su oído - ¿Qué te ocurre?
- Nada, estoy bien – la tranquilizó Marceline, poniendo sus manos sobre las de Chicle – Tan solo cansada.
- ¿Estás segura? – preguntó Bonnibel, quien todavía no sabía si dejarlo pasar.
Marceline se dio la vuelta para estar cara a cara con Chicle y apoyó su frente en la de ella. Alzó su mano y cubrió su mejilla durante unos segundos, en los que se limitó a mirarla fijamente a los ojos, y, al fin, se decidió a hablar.
- ¿Te he dicho alguna vez cuánto te quiero?
Chicle rio ante la seriedad con la que Marceline decía aquellas palabras, que a ella ya le resultaban obvias, mera rutina, como el respirar o el levantarse cada mañana.
- Creo que ya es muy tarde, deberíamos irnos a dormir – respondió Chicle, aún riendo.
- No, lo digo en serio – volvió a insistir Marceline – Tú y Monique sois lo más importante de mi vida, y quiero que siempre lo tengas presente. No sé qué habría sido de mí si… Sí aquella noche no hubieses corrido detrás de mí en aquella estúpida fiesta, por ejemplo. Si yo hubiese volado y nunca me hubieses alcanzado. No sé qué habría sido de mí sin teneros junto a mí ahora. Cuán perdida habría estado.
- Marceline, no pasa nada. Estoy aquí, estamos juntas, siempre lo estaremos, ¿recuerdas? Lo que podría haber pasado ya no importa, lo único importante es que te quiero. A ti y a Monique. Sobre todas las cosas.
- Lo siento… Es que, ya sabes, a veces me da por pensar demasiado, y me doy cuenta de cuánto miedo tengo de perderos y… - intentó disculparse Marceline antes de que Chicle la callase con un tierno beso en los labios.
- Está bien, no importa. De hecho, a mí también me gustaría confesar otra cosa – anunció Chicle, sonriendo ilusionada.
- Y bien, ¿qué es lo que tienes que decirme?
- Marceline – dijo, tomando impulso – Quiero que tengamos un pequeño Robert.
- Ni hablar – contestó Marceline rotundamente.
- Pero…– preguntó Chicle, con el rostro demudado, sintiendo como sus ilusiones se desvanecían.
- No le vamos a poner a nuestro próximo hijo el nombre de tu padre – contestó Marceline con su sonrisa traviesa de medio lado, dándose prisa en besar de nuevo a Bonnibel para que no tuviese oportunidad de quejarse.
- ¿Por qué no? – protestó Chicle, intentando separarse de Marceline, sin quererlo realmente.
- Porque la primera vez que me vio contigo intentó llamar a la Guardia Dulce Real para que me echase de su castillo – respondió Marceline, como si fuese lo más obvio de este mundo.
- Vamos, es un poco especial, pero te quiere un montón – intentó convencerla Chicle.
- Ni hablar – sentenció tajantemente - ¿Por qué no le ponemos Hunson y ya está?
- Marceline, ¿no crees que sería un poco extraño que nuestros dos hijos tuviesen los nombres de tus dos padres?
- Puede ser… - reflexionó Marceline.
Siguieron discutiendo, como siempre hacían, hasta que llegaron al dormitorio, e, incluso metidas ya en la cama, no pararon de discutir. Cuando ya parecía reinar el silencio y Chicle se disponía a dormir, apoyada sobre el pecho de Marceline, y con la mano de esta acariciando su cabeza, a la vampiresa se le ocurrió una última idea.
- ¿Y por qué no le ponemos Simon? – sugirió con los ojos ya medio cerrados y la voz somnolienta.
Chicle se quedó pensativa durante unos minutos. Era el nombre del Rey Hielo, quien la había atormentado durante tantos años, insistiendo para que se casase con ella. Al poco de procesar aquella idea sacudió la cabeza. No. Simon no era el nombre del Rey Hielo. Simon era el nombre del hombre que había criado a Marceline, quien había conseguido juntarlas en más de una ocasión, tramando un astuto plan para que se diesen cuenta de sus mutuos sentimientos o dándoles la información necesaria para que ella pudiese salir del hechizo de la malvada bruja Maja. Simon no era el nombre de un mago. Simon, Simon Petrikov, era el nombre de un héroe.
- Sí – respondió Chicle, abrazando aún más fuerte a Marceline – Simon es un buen nombre.
¡Espero que os haya gustado esta historia! Siento mucho haber tardado tanto en subir el epílogo, pero justo cuando estaba a punto de acabar los exámenes y dedicarme a escribir lo que faltaba me puse enferma y me he pasado más de una semana en cama (de hecho, ni siquiera he podido terminar los exámenes). En ese estado, como comprenderéis, no estaba por la labor de seguir escribiendo xD Lo único que llegué a escribir fue una entrada de mi Tumblr, Suerte de Infelicidad, desde la sala de urgencias del hospital, así que imaginad mi situación.
Quería agradeceros, también, el haber seguido esta historia. Yo escribo porque me gusta, es mi pasión, y lo haría de cualquier forma, pero es muy gratificante saber que hay gente que te lee y que te apoya para seguir con aquello que te encanta hacer. Por ello, muchas gracias a todos vosotros, a los que dejáis review y seguís y le dais a favoritos a esta historia, e incluso a los que la leéis sin más.
Por último, también diré que probablemente esta sea una de mis últimas contribuciones a Bubbline. Planeo subir un one-shot lo más pronto posible, ahora que ya me he recuperado más o menos, y quizás escriba algún que otro one-shot más, pero no creo que escriba más historias largas de esta pareja. La mayoría de mis fics están inspirados en capítulos, y, a menos que Cartoon Network decida de repente darle más importancia a Marceline y Chicle, no creo que vuelva a escribir ningún fanfic largo. Además, me gustaría escribir sobre otras series, parejas… En fin, ya sabéis, explorar el mundillo de fanfiction xD En cualquier caso, mis fanfics serán yuri en el 95% de los casos, así que no dudéis en echar un ojo ;D
En fin, ha sido un placer leernos, y ¡hasta la próxima!
