Bravil no era una ciudad agradable.
Se alzaba al lado de la Bahía de Niben. Era húmeda, peligrosa, pobre y desagradable. Las construcciones predominantes eran feas y simples casas de dos pisos, hechas de tablones de madera que se pudrían prematuramente debido al clima que subía de la cuenca del Nibenay. Y por supuesto, su "floreciente economía" se basaba en el contrabando de Skooma.
Lal odiaba aquel lugar. Generalmente sólo pasaba por allí una vez cada dos semanas, después de todo era su obligación hacia la Hermandad. Sin embargo, aquella semana se encontraba por segunda vez allí por un motivo más personal.
Llovía a cántaros y la dunmer encapuchada se resguardaba bajo el saliente de una casa, frente a la estatua de la Anciana Afortunada. Llevaba allí dos malditas horas esperando y su paciencia estaba empezando a agotarse cuando una pequeña bosmer empapada de arriba a abajo se le acercó.
-Una te ha visto por aquí más veces.
-¿Ah, sí? -tanteó Lal mirándola. Era muy joven y escuálida. Con profundas ojeras alrededor de los ojos verde oscuro. Una yonki de skooma.
-Una te ha visto hablando con la dama de piedra -respondió con voz suave y rasposa.
-¿Una tiene nombre?
-Madre le dió a una el nombre de Alyel.
-Tenemos una amiga común, Alyel -sonrió la elfa oscura -Carwen, de Waterfront, me ha dicho que me puedes ayudar.
-Las palabras de una tienen precio -respondió la bosmer mirándola con suspicacia. Lal sacó una bolsita de oro y la hizo sonar frente al rostro de Alyel.
-Precio que será más que de sobra pagado... Ahora, háblame... ¿Dónde encontraré lo que busco?
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Habían pasado tres meses desde la llegada a Hibernalia de aquella pequeña familia de dunmer cuando, un tirdas al caer el sol, un guarda rojo apareció en la ciudad. Era alto y fuerte, vestía ropas comunes de viaje y portaba una extraña espada alargada.
El hombre entró derecho a El colmillo de Horker, la posada principal de la ciudad, y, tras pedir la cerveza de rigor, preguntó directamente por la casa de la dunmer para dirigirse allí de inmediato.
El guarda rojo llamó a la puerta enérgicamente y esperó bajo la suave nevada que comenzaba a caer. Lal abrió la puerta tras unos instantes y le miró con ligera sorpresa para lanzarse a abrazarle riendo... El hombre correspondió riendo de la misma manera.
-Pasa adentro, Baurus ¿Acabas de llegar? -comenzó ella entrando en la casa -Ha tenido que ser un viaje de mil demonios...
-¡Por los nueve, niña! ¡Dichosos los ojos que te ven!- exclamó él mientras la seguía hacia el cálido interior de la casa y se quitaba la pesada capa de viaje-Te hemos echado de menos en el templo...¿Cuántos años hace?
La elfa le observó con una sonrisa melancólica.
-Desde que la muerte de Martin -respondió -Hace ya más de cinco años.
Baurus se acercó a ella con una suave sonrisa y apoyó su mano en el hombro de la elfa.
-Martin Septim no murió, Lal... Se unió al divino Akatosh. -ella le dedicó una de sus miradas de escepticismo.
-¿Está gobernando Tamriel, como le correspondía? ¿Está en el Templo del Soberano en las nubes, esperando a que vaya a verle? -la dunmer se apartó del guarda rojo y tomó asiento en la mesa de madera -Pues a efectos prácticos está muerto.
El guarda rojo suspiró pasándose una mano por la cara, tomando asiento frente a ella.
-Te hemos echado de menos en el templo, de todas formas... -comentó cambiando de tema -Sin los Septim, los cuchillas se encuentran en medio de una crisis seria... A Ocato no le hace gracia que nos neguemos a hincar la rodilla ante él...
-Ocato... -bufó ella molesta -Hijoputa codicioso... Gobierna como un emperador sin corona y nadie se atreve a decir nada...
-La gente no ve alternativas. Ocato ofrece estabilidad, y tras el intento de invasión de Oblivion y lo que pasó en Morrowind hace unos meses, estabilidad es lo que el pueblo desea. -respondió Baurus en tono conciliador.
-¡Oh, sí! ¡Dejemos que los altmer ganen poder! ¡Buen plan!
-Guárdate ese maravilloso sarcasmo tuyo, niña... -la paró el Cuchilla con una media sonrisa -Así están las cosas en Cyrodiil, Lal... Eres una hermana Cuchilla y te necesitamos... Necesitamos que vuelvas.
-No puedo hacer eso, Baurus - respondió con una enigmática sonrisa.
-¿Qué puede haber más importante? -preguntó él con el ceño fruncido
-No te he pedido que vengas para una visita de cortesía... Tenemos que hablar.
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La lluvia caía, cada vez más pesada y abundante, descargando su furia sobre aquella ciudad dejada de la mano de los dioses.
Alyel caminaba despacio, seguida de cerca por Lal. Se paró frente a la entrada del barrio más pobre de la ciudad y señaló una casucha de mala muerte que se caía a pedazos.
-Ahí está lo que llevas tanto tiempo buscando -murmuró la bosmer -Una ha cumplido su parte. Ahora te toca a tí.
La dunmer sacó la bolsa de monedas del bolsillo de la capa y se la lanzó. La elfa del bosque la miró ansiosamente y se adentró corriendo en el barrio... Probablemente a comprar droga. Lal la miró con lástima mientras se alejaba.
Caminó hasta la casa que Alyel había señalado... La puerta ni siquiera estaba cerrada. La empujó suavemente y se adentró. La casa solo tenía una planta y una habitación. Apestaba a moho y humanidad. Las goteras repiqueteaban incesantemente y la luz mortecina se colaba por un agujero en el techo y varios ventanucos en las paredes.
Habría unas veinte personas amontonadas en aquel habitáculo. Yonkis, mendigos y putas intentando protegerse del frío y la lluvia. Envejecidos prematuramente, sucios, enfermos, hambrientos e infelices.
Y entre ellos, la encontró.
Estaba sola en un rincón, envuelta en una manta vieja hecha harapos. Miraba a través del agujero del techo con expresión ausente. Estaba extremadamente delgada y bajo la capa suciedad su piel tenía un color azul pálido, síntoma inequívoco de enfermedad.
Lal caminó hacia a ella y se acuclilló a su lado, apartándole el pelo enredado de la cara. La joven la observó... Tenía una mirada triste, dulce y bondadosa... Tenía su mirada. A la mayor se le encogió el corazón a verla.
-¿Mi señora desea algo? -preguntó con una voz tan frágil como su apariencia.
-He venido a ayudarte, Nuada -respondió con voz suave, sonriendo cálidamente -He venido a sacarte de aquí.
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Las dos niñas dormían apaciblemente, acurrucadas en el lecho de pieles mientras Lal y Baurus las observaban desde el umbral de la puerta, la primera con seriedad maternal, el segundo con incredulidad.
-¿Entonces ellas...?
-Sí, Baurus... -suspiró ella mirándole -Estas son Elanu y Nerys. Las nietas de Martin Septim.
-¿Cómo es posible?
-Martin fue mi mejor amigo en vida. Y yo la suya. Sabía cosas.
-Las buscaste.
-Eso es. -afirmó con tono cansado -Encontré a su madre muriéndose de tisis y de hambre en Bravil, aún embarazada de ellas. Cuidé de ella y en cuanto ví que estaba mínimamente mejor, lo dejé todo. Para volver a Morrowind.
-Ocato no es de fiar... Chica lista, Lal. -le sonrió el Cuchilla con aprobación. Ella le devolvió la sonrisa.
-Soy una Telvanni. En Vvarden tenía más medios para protegerlas aún a pesar de tener a los espías de los altmer pegados al culo...
Baurus miró a las pequeñas dormir apaciblemente.
-¿Qué pasó con su madre? -preguntó.
-Se puso de parto cuando llegamos a Vivec -respondió ella con expresión imperturbable pero la voz ligeramente enronquecida -Nuada... no estaba lo bastante fuerte... y... No lo aguantó...
-¿Y las has criado desde que nacieron?
Ella asintió, mirándole. Él apoyó la mano en su hombro, su típico gesto para confortarla.
-Has hecho un buen trabajo, niña.
Lal le sonrió.
-Te he pedido que vengas porque sé que el viejo Jauffre ha muerto y sólo confío en tí, Baurus. - murmuró la dunmer con aquel tono teñido de seriedad que rara vez le salía -La última misión de los cuchillas al servicio de los Septim.
-Te escucho -respondió irguiéndose con solemnidad.
-Los espías de Ocato nos perdieron la pista cuando estalló la Dagoth Ur... Yo he renunciado a todos mis títulos y nombres. Ya no soy una alta dama de la casa Telvanni, ni una Cuchilla, ni la Campeona de Cyrodiil.
-Sé lo que me estás pidiendo, pero... ¿Estás segura de ello?
-Hemos muerto en Sadrith Mora. Es lo que todo el mundo debe creer.
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Amanecía, y el guardia rojo salía de la casa de la joven dunmer, volviendo sobre sus pasos.
-¿Recuerdas cuando nos conocimos, niña? -preguntó Baurus con sorna.
-Recuerdo que fue el día que me escapé de la prisión de Ciudad Imperial -respondió en el mismo tono -Y recuerdo que me amenazaste de muerte un par de veces. Siempre has sido un tipo encantador.
El Cuchilla dejó escapar una sonora risotada.
-Echaré de menos ese piquito de oro tuyo, Lal.
Y sin volver la vista atrás, tomó el camino del sur para no volver.
Hola, hola!
Bueno, aquí va ya el segundo capítulo del fic! Me alegro de que esté gustando :) Os agradezco muchísimo las reviews.
Hija de la Tempestad, whoa, muchas gracias por tu review! Y por los ánimos que me das mientras escribo, la verdad es que me lo paso pipa y ayuda muchísimo!
Zyra Rose Weasley, el plan es seguir xDDDD. Espero no decepcionar y mantener el interés. Gracias por la review!
Juane, aww, little thing, ur so adorable! Muchas gracias 3
