Bueno, pues ya tenemos aquí el capítulo 3! Yay! Estoy siendo constante y todo!

Muchas gracias por dejarme reviews, Kohaku y Hokuto. Y gracias a Hija de la Tempestad por hacerme compañía en las largas noches de escritura.

Yay! Al turrón con esto!

Dos caballos a galope corto tomaron el camino hacia el norte en el cruce de caminos a Carrera Blanca, Ventalia e Hibernalia.

Llevaban cinco días de viaje desde Solstheim... Tres en barco y dos a caballo. Las dos amazonas no se habían detenido en ningún momento, avanzando lo más rápido que les era posible.

Habían pasado dos años desde su partida de Hibernalia. Al cumplir los 118 años, las dos dunmer habían decidido que era hora de ver el mundo por su cuenta,de vivir grandes aventuras como las que habían escuchado de boca de su madre, de conocer Morrowind, la tierra que las había visto nacer...

Durante aquellos dos años habían viajado por los frondosos bosques de la zona más meridional, la costa del Mar de los Fantasmas y todas las ciudades que aún se mantenían en pie, desde la nueva capital de Luzoscura hasta las ruinas de Bastión del Lamento. Tras varios meses viviendo como nómadas habían terminado por instalarse en Tel Mithryn, atraídas por la belleza de las estructuras micológicas del asentamiento y por la posibilidad de aprender algo del viejo Neloth, un alto mago de la casa Telvanni.

Pero el barco que había llegado a principios de Fuego de Hogar había traído malas noticias desde Skyrim. Malas noticias que habían provocado la súbita partida de las dos elfas, de vuelta a Hibernalia.

Y tras cinco días y medio de viaje, al fin veían las torres de la escuela alzarse a lo lejos.

Las amazonas apretaron la marcha... Comenzaba a caer la tarde cuando llegaron a la ciudad y pudieron contemplar con sus propios ojos el desastre.

Tres cuartas partes de Hibernalia se habían desmoronado para terminar siendo tragadas por el mar, llevándose consigo a una buena parte de la población nórdica de la hasta entonces próspera ciudad.

Habían pasado casi dos semanas desde el llamado Gran Hundimiento y el pánico aún dominaba la ciudad. La mayor parte de los supervivientes habían perdido sus casas y habían tenido que instalarse en el barrio exterior, en improvisadas tiendas que habían empezado a ser inútiles debido a la fuerte ventisca que se avecinaba.

Tanto los magos como los elfos oscuros habían ofrecido su hospitalidad a aquellos que habían quedado sin hogar y se afanaban en buscar entre los escombros a los supervivientes que habían quedado atrapados tras el desprendimiento, empleando sus conocimientos mágicos para levantar los cascotes y hacer curaciones rápidas a los heridos...

Tras dejar a los caballos a buen recaudo, Elanu y Nerys se dirigieron hacia la zona devastada, con la esperanza de encontrar a su madre entre los magos que realizaban las tareas de rescate.

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-¡Damara! ¡Aquí hay otro! -gritó Lal, tratando de contener en el aire lo que antes había sido una viga de madera con un hechizo de telekinesis -¡Rápido!

La joven aprendiz bretona corrió para sacar como buenamente pudo a una anciana nórdica que aún respiraba dificultosamente de la pila de escombros antes de que el hechizo de la elfa colapsara, dejando caer los trozos de piedra y madera sobre los otros restos. En cuanto tuvo a la mujer en lugar seguro, la maga comenzó a aplicarle hechizos de curación lo más rápido que pudo.

-¿Está estable? -preguntó la dunmer acercándose.

-Está desnutrida y deshidratada... -respondió Damara sin desviar la atención de lo que estaba haciendo, dejando que la luz dorada del hechizo envolviera a la anciana -Pero no presenta signos de hipotermia y las heridas que tiene son muy superficiales. Se la llevaré a Horuss para que cuide de ella y estoy segura de que se pondrá bien.

-Está bien... -asintió Lal -Cuando vuelvas, traete a Meenah, la chica argoniana... La magia de alteración nunca ha sido mi fuerte.

La aprendiz bretona asintió con el ceño fruncido antes de hacer levitar el cuerpo de la nórdica para llevarlo a donde el maestro imperial había establecido una improvisada enfermería a la que llevaban a los pocos que permanecían vivos bajo las ruinas de Hibernalia.

La elfa se apartó los cabellos que se pegaban a su frente sudorosa mientras tomaba aire... A lo lejos, su atronach de hielo arrojaba por el acantilado montones de restos que hacían dificultosas las tareas de rescate... Volvió la vista y se encontró con un rostro amigable que le tendía una poción... Ella la tomó dedicándole una sonrisa cansada.

-Gracias, Savos... - dijo mientras se llevaba la botella a los labios.

-No hay de qué. Llevas cuatro horas con un atronach invocado y sin dejar de usar magia. Lo necesitas.

-¿Cómo va avanzando la cosa?

-Lenta... -respondió el profesor -Demasiado lenta teniendo en cuenta que se avecina tormenta.

-¿Nieve? -preguntó Lal, tras morderse el labio preocupada -¿Cuánto tiempo tenemos hasta que llegue?

-Calculo que empezará en un par de horas... -respondió Savos, compartiendo la preocupación de su compatriota -En cuanto empiece tendremos que abandonar los trabajos de rescate.

La elfa dirigió la mirada hacia los montones de escombros.

-No sobrevivirán a la tormenta ahí atrapados.

-Lo sé.

-¿Y qué vamos a hacer?

-No podemos hacer nada, Lal. Trabajaremos mientras podamos. Luego... -el dunmer suspiró, apesadumbrado.

-Luego les dejaremos a su suerte. -murmuró ella con amargura- Estupendo.

-Lal...

-Me quedaré. Seguiré intentando sacarles.

-Lal, no. -soltó el mago, tajantemente -De ninguna manera voy a dejarte aquí, expuesta a una muerte más que segura.

Ella le dedicó una mirada fúnebre. Concentró la magia en su mano para invocar a un atronach gemelo del que seguía trabajando incesantemente.

-Entonces tendremos que terminar antes de que llegue la ventisca.

-

Cuando las dos hermanas llegaron a la zona de rescate, la nieve ya había comenzado a caer y el viento arreciaba. Preguntaron por su madre y una aprendiz de la escuela señaló en una dirección hacia la que salieron disparadas hasta encontrársela tratando de levantar el tejado caído de la casa del jarl con ayuda de una argoniana y un altmer que apenas se mantenían en pie. A pesar del esfuerzo conjunto de los tres, la estructura se mantenía en el suelo inmóvil mientras el temporal comenzaba a azotar severamente.

-¡Madre! -la voz de Elanu cortó el aire. Lal se giró sorprendida. Hizo un gesto con la mano para que los dos aprendices descansaran antes de dirigirse hacia las recién llegadas y rodear maternalmente a cada una con un brazo.
Las tres elfas oscuras permanecieron abrazadas bajo la nieve durante unos instantes, hasta que la mayor se separó para dedicarles una mirada tierna.

-No esperaba veros aquí y ahora, niñas... No es que no me alegre.

-¿Cómo ha pasado esto, ma? -preguntó Nerys nerviosamente -¿Podemos ayudar?

Lal miró hacia arriba.

-Me temo que no, Nerys... -murmuró la elfa apesadumbrada -Debemos volver a refugiarnos... Es peligroso seguir aquí bajo la tormenta, durante más tiempo... -se giró para dirigirse a los aprendices -Eridan, ve a buscar a Savos... Hay que volver ya. Meenah, tú vienes con nosotras, cruzar el puente de la escuela con este viento es peligroso... Ya no hay más que podamos hacer por ahora...

El altmer asintió levantándose la capucha para encaminarse hacia el último grupo de magos que quedaba a parte de ellos. Las cuatro mujeres tomaron el camino opuesto, hacia la casa de Lal, en el barrio exterior.

-¡Por el amor de Mara! -exclamó la argoniana rompiendo el incómodo silencio mientras se arrebujaba en la pesada capa de piel con la que se cubría -Si el frío de este lugar ya amenaza con matarme normalmente, temo que esta absurda tormenta acabe conmigo definitivamente...

-Oh, vamos, no exageres, Meenah... -rió Lal cansada.

-¿Te parece que estoy exagerando, doña elfa multiusos? ¡Soy de clima tropical! -bufó la aprendiz - Y que yo sepa, en Vvarden tampoco es que haga fresquete... ¿Cómo es posible que no os esteis congelando el culo?

-Bueno, pasados los cien años, te empiezas a acostumbrar... - respondió Nerys con media sonrisa. Meenah soltó una risotada breve.

Los rostros de las cuatro mujeres se ensombrecieron al entrar en la zona de refugiados. Los nórdicos que aún permanecían afuera se afanaban en terminar de recoger de las tiendas de campaña las pocas pertenencias que habían salvado del desastre para dirigirse a la posada que aún permanecía en pie y a un par de casas más cuyos salones se habían habilitado para acoger a los refugiados durante la tormenta. Las dos recién llegadas notaron como las miradas se clavaron en ellas con suspicacia e incluso rabia... Apretaron el paso, incómodas, hasta que llegaron a la casa.

Las brasas aún se mantenían en el hogar por lo que el ambiente era tibio y agradable. Meenah y Nerys se acomodaron al lado de la lumbre, comenzando a charlar animadamente mientras que Elanu y Lal se dirigieron a la despensa a buscar algo de comer.

-Por Azura... ¿Qué le pasa a esa gente? -preguntó la dunmer más joven mientras su madre tomaba una hogaza y medio pan de horker para la cena.

-Pasa lo que cabía esperar, Elanu... -respondió Lal con tono cansado -Han perdido todo lo que tenían. Sufren... y quieren culpables.

-¿Culpables? ¡Ha sido un accidente natural! ¡No hay culpables! -replicó enfadada -¡Estas cosas pasan!

-Lo que ha pasado ha sido inusual... Es más fácil echarle la culpa a los magos y a los dunmer... Y más después del incidente de la Montaña Roja... -respondió la mayor con amargura. Elanu se mordió el labio.

-Han pasado la vida conviviendo con nosotros. Les habeis ayudado todo este tiempo... Es... Injusto. -murmuró -Volvimos de Solstheim para ayudar...

-Sé que es injusto, niña mía... Pero así son las cosas... Y los nórdicos nunca han llegado a confiar en nosotros.

-¿Qué crees que va a pasar, madre?

Lal soltó una risotada que sonó tremendamente triste.

-Lo mismo que pasa siempre, Elanu... Lo mismo que pasa siempre.

-

La fuerte ventisca duró dos días en los que ninguna de las cuatro mujeres abandonó la casa. Nerys y Meenah parecían llevarse muy bien y el tiempo pasó entre charlas, demostraciones de magia y largos períodos durmiendo para recuperarse de los días de trabajo y viaje. En la mañana del tercer día, la tormenta amainó y las ocupantes de la casa despertaron cuando llamaron a la puerta. Lal abrió para encontrarse con un palidísimo Savos Aren.

-Buenos días, Lal.

-Buenos días... -respondió Lal -Savos... Parece que hubieras visto al mismísimo Dagon... ¿Qué ha pasado?

-El Jarl ha llamado a todos los magos del colegio y a nuestra gente a la posada. -respondió el dunmer apesadumbrado. Ella asintió, y apoyó una mano en el hombro de Savos, intentando reconfortarle.

-Iremos para allá enseguida. -murmuró seria. El mago asintió y volvió sobre sus pasos mientras Lal cerró la puerta y se apoyó en ella, contemplando el interior de la casita con nostalgia prematura.

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En la entrada del puente del colegio, Meenah y Nerys se abrazaban con tristeza. Había llegado la hora de despedirse para no volverse a ver nunca más.

El jarl había sido claro y contundente: los integrantes del gremio de magos podían continuar allí pero su acceso a lo que quedaba de la ciudad había quedado terminantemente prohibido... Los elfos oscuros no habían tenido tanta suerte...

Savos Aren había aparecido para desearle buena suerte a Lal y a sus hijas.

-Lo siento... -murmuró como despedida.

-Yo también, Savos. -respondió la dunmer -Cuidate. Cuidaos todos.

Las tres elfas comenzaron a caminar hacia la salida de la ciudad, uniéndose a la larga caravana de exiliados que se veían obligados a abandonar el que había sido su hogar desde hacía más de cien años. Los carros que cargaban sus posesiones avanzaban lentos por el suelo cubierto de nieve ante las miradas hostiles de los nórdicos de Hibernalia.

Y la maldición de Azura parecía caer una vez más sobre sus cabezas.

Nota: Los nombres "Luzoscura" y "Bastión del Lamento" corresponden a la traducción que he hecho de Blacklight y Mournhold, dos ciudades de Morrowind. Trust me, I'm a translator.