HAI HAI GURLS! Al fin, tras muchos exámenes, horas de procrastinación y spam por parte de Hokuto, he vuelto con el capítulo 4!
Mis más sinceros agradecimientos a todos los que dejais review (que anima, querais que no) y en especial a Hija de la Tempestad, por betear y a Hoku por pesada 3
Y sin más dilación, el capítulo 4! Disfrutadlo.
Hacía calor.
Era casi mediodía y el sol de Última Semilla brillaba con fuerza y Nerys llevaba dos días siguiendo a la caravana imperial que transportaba a los prisioneros en carros desde el cruce de Aguas Oscuras.
El cansancio comenzaba a nublar su percepción. Iba a pie, y lo que al principio había sido una ventaja táctica necesaria para no llamar la atención de los soldados comenzaba a hacer mella en las capacidades de exploradora de la elfa.
La dunmer corrió por entre los árboles adelantando a la caravana para encaramarse a un árbol. Recuperó el resuello al llegar a la copa y vió como a lo lejos se alzaban las torres del pueblo Helgen. Frunció el ceño al ver que la caravana se acercaba y bajó apresuradamente para seguirlos en paralelo, trotando a buen ritmo. No podía permitir que ganasen terreno estando tan cerca de su destino.
Desde luego, si salían de aquella, su hermanita le debía una muy grande.
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Lo primero que notó fue la calidez del sol en su rostro.
Lo segundo fue el traqueteo del carro en el camino, el escozor de las cuerdas alrededor de sus muñecas y un agudo dolor de cabeza que le martilleaba las sienes. Apretó los párpados antes de abrir los ojos y encontrarse con la mirada socarrona del nórdico maniatado frente a ella.
-¿Qué tal la siestecita, dunmer? -preguntó con sorna.
-Ohh, Azura bendita... -murmuró ella con la boca pastosa -No tan alto... Creo que ese golpe me ha descolocado algo dentro de la cabeza.
-Me sorprende que sigas en Mundus después de la que armaste... - repuso el nórdico alegremente, con la voz cargada de simpatía.
-Venga ya... - contestó entornando los ojos en un vano intento de contener el dolor que le martilleaba la cabeza -¿Murió alguien?
-No...
-Ah. - farfulló ligeramente aliviada.
-Pero casi le arrancas media cara de un zarpazo a uno de los soldados y noqueaste a otro antes de que te dejasen fuera de combate... - continuó el nórdico con todo el desparpajo del mundo -Lo cierto es que los tienes bien puestos, dunmer.
-Los imperiales son unos histéricos... y tengo nombre, nórdico.
El hombre se echó a reír haciendo que la elfa esbozase una sonrisa con los ojos aún cerrados.
-Soy Ralof, de Cauce Boscoso.
-Elanu. Un placer conocerte, Ralof de Cauce Boscoso.
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Nerys llegó al asentamiento con media hora de ventaja. Había aprovechado una
parada en ruta de la caravana para apretar el paso hasta alcanzar Helgen. Necesitaba buscar una forma de resolver aquel entuerto y un lugar que le diese ventaja para ello.
- ¿Qué asuntos tienes en Helgen, dunmer? - la voz dura de uno de los guardias interrumpió sus cavilaciones. Ella le miró sonriente, ocultando su desdén bajo una candorosa máscara.
- Oh, tan sólo soy una barda ambulante, señor. -respondió señalando la flauta que colgaba de su cinturón - Me dirijo a Falkreath y se me han acabado las provisiones.
-¿De dónde dices que vienes, elfa? -rezongó el guardia, mirándola con suspicacia.
-Del Paraje de Ivar, señor.
-Pues compra lo que necesites y no te entretengas. Ya tenemos un bardo en este pueblo. - finalizó secamente.
-Sí, señor -respondió Nerys. Se disponía a caminar hacia el centro del pueblo cuando una vocecilla infantil la paró en seco.
-Rollo no es muy amable. Pero no todos aquí son así, discúlpalo - habló el niño con la curiosidad pintada en la carita.
-No te preocupes, los guardias no suelen ser majos en ningún sitio - respondió la elfa con simpatía, poniéndose a la altura del chiquillo - En cambio tú pareces ser un muchacho muy educado... ¿Cómo te llamas?
- Haming, hijo de Torolf - respondió con una sonrisa para preguntar atropelladamente- ¿De verdad eres bardo? ¿Y has visto las grandes ciudades? ¿Y te sabes la canción de Ragnar el Rojo? Si quieres te puedo llevar a la tienda de mi madre, allí encontrarás lo que necesites...
-¡Pues claro que sí a todo! - sonrió la elfa - Guíame hacia la tienda, entonces.
El pequeño nórdico tomó a la forastera de la mano para arrastrarla a paso vivo por el centro de Helgen. Nerys se dejó llevar con aire divertido hasta que paró en seco al escuchar un extraño ruído que parecía resonar desde el cielo. El pequeño la miró confundido, pero ella negó y continuó caminando hasta parar frente a un pequeño comercio.
-Aquí es, señorita barda... - y añadió con timidez -¿Crees que podrías cantarme luego la canción de Ragnar?
Ella sonrió con ternura y le acarició el pelo.
-Claro que sí, Haming. Te lo debo en agradecimiento por ayudarme.
-¡No ha sido nada! - respondió el niño con evidente ilusión antes de mirar hacia la entrada del poblado, atraído por el traqueteo de los carros imperiales -¡Mira! ¡Vienen los soldados!
La expresión de Nerys se endureció al presenciar la llegada de los imperiales, su mente buscó un lugar estratégico en el que colocarse en la plaza hasta que la dura voz de Torolf interrumpió sus cavilaciones.
-¡Haming! ¡Entra en casa!
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Ralof parecía cabizbajo durante el último tramo del camino a Helgen. Aún así, le dedicaba una sonrisa burlona a Elanu cada vez que sus miradas se cruzaban. Tras un bache especialmente fuerte, el hombre pelirrojo que les acompañaba se despertó súbitamente. Su estridente quejido hizo que la dunmer abriese los ojos y reparase por primera vez tanto en él como en el altivo rubio amordazado que los acompañaban a ella y a Ralof.
- ¡Malditos Capas de la Tormenta! - exclamó con un tono compungido cargado de miedo -¡Teníais que estropearlo todo! ¡Si no os buscaran ya estaría a medio camino de Páramo del Martillo!
Elanu le miró molesta.
-Baja la voz, ¿quieres? Aún me duele la cabeza.
-Pero tú y yo no tendríamos que estar aquí - farfulló quejumbroso - ¡Es a los Capas de la Tormenta a los que quiere el Imperio!
-Encadenados somos todos hermanos, granuja... - murmuró Ralof molesto, ganándose una amonestación por parte del conductor.
- ¿Y qué pasa con ese, eh? - preguntó el pelirrojo señalando al altivo nórdico amordazado.
- ¡Muestra más respeto! ¡Te estás dirigiendo a Ulfric Capa de la Tormenta! - exclamó el joven nórdico, con el pecho henchido de orgullo - El verdadero rey supremo.
Elanu abrió los ojos de par en par para observar al hombre... Aquella revelación acabó por despertarla del todo.
-¿Qué? ¿El jarl de Ventalia? - murmuró el ladrón de caballos tragando saliva - Pero si tú estás aquí... Oh, por todos los dioses... ¿A dónde nos llevan?
-Sovngarde nos aguarda... - añadió Ralof en tono sombrío.
- ¡Esto no puede estar sucediendo! - exclamó el pelirrojo lívido, con el pánico desencajándole las facciones.
Elanu resopló; en parte molesta por la actitud de cobardía de aquel hombre, en parte en un vano intento de disipar el nudo que se le comenzaba a formar en la boca del estómago.
- ¿De dónde eres, Elanu? - preguntó Ralof distraídamente cuando vió el portón de Helgen dibujarse en la lejanía - Las costumbres dicen que debemos dedicar nuestros últimos pensamientos al hogar - respondió ante la mirada interrogativa de la dunmer.
- Nací en Vivec, allá en Morrowind. Pero crecí en Hibernalia. - contestó ella con media sonrisa - Soy tan hija de Skyrim como tú. De hecho, apostaría a que llevo unos años más por aquí que tú - sonrió débilmente.
El nórdico le devolvió una sonrisa nerviosa antes de girarse hacia el pelirrojo. - ¿Qué hay de tí, ladrón de caballos?
-Yo... Yo soy de Paraje de Rorik... - murmuró finalmente el pelirrojo. Mientras, la voz de un soldado imperial rasgó el aire.
Habían llegado a su destino.
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El general Tulio encabezaba la caravana de prisioneros. A su lado, altiva y aristocrática con su magnífica túnica Thalmor, cabalgaba Elenwen, la embajadora del Dominio de Aldmer. Según se acercaban al asentamiento, su humor mejoraba por momentos, saboreando la victoria cada vez más próxima obsequiaba al viejo general con sus afilados comentarios cada vez más a menudo.
-¡General! ¡El verdugo espera, señor! - exclamó el vigía del asentamiento haciendo que una pequeña sonrisa asomase al rostro de la altmer.
- Acabemos pues con este asunto... - respondió el viejo imperial con tono cansado.
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Elanu suspiró exasperada cuando escuchó al ladrón encomendarse a los Divinos... Le miró con lástima... El hombre debía de estar realmente desesperado. La elfa oía a Ralof murmurar algo sobre el general y la perra thalmor que lo acompañaba, pero no estaba prestando atención.
Estaba en el carro de Ulfric Capa de la Tormenta y eso sólo podía significar una cosa. Su cerebro se había puesto en alerta nada más cruzar el portón del poblado. Su sangre bombeaba furiosamente y su respiración comenzaba a acelerarse.
Sabía que, obviamente, estaba en problemas; pero había algo en el ambiente de aquel lugar que hacía que su instinto gritara. Algo que no podía ver, ni oír, pero que se acumulaba en el aire como la electricidad estática antes de una tormenta.
Nerys también sentía ese algo. Apoyada contra la pared de una de las casas en la plaza, se había subido la capucha, observando los carros cargados de prisioneros pasar y esperando a distinguir a su melliza entre los nórdicos que eran transportados al patíbulo.
-¿P-por qué nos detenemos? - farfulló el pelirrojo, al borde del llanto.
-¿Tú qué crees? - preguntó Ralof con sarcasmo - Fin del trayecto. No hagamos esperar a los dioses.
La carreta se detuvo y el altivo jarl caído se puso en pie para descender en primer lugar, seguido del nórdico cobarde.
-¡E-esperad! -intentó rogar a los imperiales - ¡La elfa y yo! ¡No somos rebeldes!
-¡Enfréntate a la muerte con algo de valor, ladrón! - exclamó Ralof siguiendo a la dunmer al bajar del carro. Una mujer imperial ataviada con armadura de oficial y un soldado escriba les esperaban.
-¡Díselo! - le imploraba el pelirrojo al jarl Ulfric -¡Diles que no estábamos con vosotros!
-¡Silencio, escoria criminal! -bramó la imperial - Cuando diga vuestros nombres, dareis un paso al frente. Uno a uno. Y sin sorpresas.
- Os encantan vuestras listas ¿verdad? - comentó Ralof en tono agresivo.
-¡Silencio, he dicho!
-Ulfric Capa de la Tormenta, jarl de Ventalia - llamó el escriba, ligeramente intimidado.
El nórdico caminó altivamente, sin perder el porte a pesar de la mordaza y las ataduras alrededor de sus manos... Ralof gritó cuan honrado estaba de haber servido con él justo antes ser llamado él mismo.
-Lokir, de Paraje de Rorik.
-¡No! ¡Yo no estoy con los capas! ¡No puedes hacer esto! - farfulló el ladrón antes de salir corriendo torpemente - ¡No voy a morir!
-¡Alto! -chilló la imperial -¡Arqueros!
Los soldados no dudaron en tensar sus arcos apuntando al ladrón y matándolo limpiamente con presteza.
-¿Alguien más tiene ganas de discutir? -preguntó la oficial desafiante, mirando a la dunmer maniatada para luego hacerle un gesto al joven soldado para que continuara.
-Eh... Espera. -farfulló dubitativo, llamando a la elfa, que dió un paso al frente -Tú... ningún elfo figura en las listas... ¿Quién eres?
-Elanu.
-¿Elanu, qué más? -insistió el soldado.
-Sólo Elanu. Elanu, hija de Lal, si necesitas darle más pompa. -respondió ella cansinamente.
Los ojos del joven volvieron a repasar la lista concienzudamente.
-No hay ninguna Elanu en la lista... ¿Qué hacemos, señora? -preguntó a su superior.
-Olvida la lista... -respondió la imperial en tono hostil -Ella va al tajo. Órdenes de la thalmor.
La dunmer clavó su mirada desafiante en la oficial antes de caminar erguida hacia los otros condenados.
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Nerys observaba la plaza desde el tejado de una casa. En cuanto había localizado a su hermana, se había escabullido por entre la multitud para buscar un lugar desde el que actuar sin ser vista. Ahora esperaba acuclillada, con el arco de caza listo para disparar en cualquier momento.
Los prisioneros habían sido reunidos en torno al patíbulo a la espera de que la sentencia fuese ejecutada. La elfa escuchó desde arriba como el general increpaba al jarl Ulfric por el asesinato del Rey supremo... Desde luego, en buen embrollo se habían ido a meter.
-¡Tú comenzaste esta guerra! - exclamó el viejo -¡Y ahora el Imperio clama por tu cabeza para restaurar la paz!
El jarl caído intentó decir algo bajo la mordaza, pero paró en seco al escucharlo.
De nuevo, el bramido que venía del cielo. Nerys olisqueó el cálido aire. El ambiente estaba cargado, pero no era el olor a ozono propio de una tormenta de verano.
Algo iba mal.
La elfa sacudió aquellos pensamientos de su cabeza. Ahora su prioridad era el rescate de su melliza y la huída... Primero hacia las montañas, luego, Carrera Blanca.
La cabeza del primer prisionero había rodado en el patíbulo cuando escuchó a la oficial imperial llamar a Elanu.
Ella comenzó a caminar hacia el tajo, provocando que el nudo en su estómago se estrechase. Nerys tensó el arco y la flecha enana fue a clavarse en el cuello del verdugo justo cuando la dunmer de pelo blanco iba a arrodillarse.
Elanu sonrió y, antes de que los confusos soldados pudiesen reaccionar, tomó la enorme hacha del ejecutor.
Y fue entonces cuando escuchó las exclamaciones de terror de los allí presentes y sus rostros desencajados y lívidos la hicieron girarse.
Sus ojos escarlata se abrieron en una mezcla de confusión, incredulidad y miedo.
Ante ella se alzaba la oscura figura de Alduin, devorador de mundos.
