La enorme bestia negra encaramada a la torre bramó furiosamente para escupir, acto seguido, un chorro de llamas sobre el patíbulo que la elfa apenas tuvo tiempo de esquivar. Dejó caer el hacha y corrió maniatada, rezando a todos los dioses para que el dragón se centrara en el contingente de soldados que intentaba hacerle frente en vano.
Elanu corrió hacia la entrada al pueblo, jadeante y aterrorizada, cuando el derrumbamiento de una casa bloqueó su huída. Intentó buscar una ruta alternativa, pero sentía como el pánico y la ansiedad le atenazaban el cuerpo y le nublaban los sentidos. Echó a correr torpemente por un callejón para ir a dar de frente con el pequeño grupo compuesto por un niño lloroso, un soldado imperial y su hermana.
-Hey ¿qué hay? - saludó con voz temblorosa, tratando de mantener el tono calmado. Nerys se giró al oír su voz. En su rostro se dibujaba el mismo miedo que suponía que debía de mostrar el suyo propio.
-Eres idiota, Elanu. Eres i-di-o-ta - respondió ésta, marcando cada golpe de voz de la palabra -Tenías que montarla… ¡Oh, claro que sí! Ahora no sólo he tenido que rescatarte de una ejecución sino que nos enfrentamos a una bestia recién salida de los putos albores del tiempo. - se detuvo para tomar aire de golpe y continuó -Puedes estar orgullosa.
-¡Lo dices como si yo hubiese llamado al engendro gigante escupefuego! -replicó la otra dunmer -Pues perdona por interrumpir tu pequeña reunión social, pero necesitamos un plan y salir cagando leches ya, así que si no te importa… - Elanu alzó las muñecas atadas y las agitó delante de la cara de Nerys, que rodó los ojos para tomar su daga y cortar las ligaduras con presteza.
-¿Tienes al menos un arma? -preguntó la menor.
-No. Cogí el hacha del verdugo, pero tuve que dejarla para huír del bicho -respondió la otra -Seguir viva. Prioridades, y eso.
Nerys bufó, negó con la cabeza y le entregó a su hermana una espada de hierro de aspecto destartalado. Elanu la tomó alzando una ceja.
-Ahórrate el comentario. No es momento de ponerse tiquismiquis con las armas.
-¡No he dicho nada! -repuso la otra volviéndose hacia el soldado que las observaba curioso con el niño en brazos -Tú eres el que intentó evitar que me ejecutaran ¿no?
El nórdico la observó dubitativo.
-Bueno… Yo… No estabas en las listas. Soy Hadvar.
Elanu le dedicó una amplia sonrisa.
-Supongo que tengo que agradecerte el intento. - contestó -En fin… ¿Quién es el cachorrito y cuál es el plan para salir de aquí sin ser comida de dragón?
-Eso estábamos discutiendo cuando has llegado. - farfulló su hermana -Hadvar quiere que sigamos juntos. Yo opino que somos un grupo muy grande y que deberíamos de darle ventaja para que saque a Haming ileso - dijo señalando al niño.
-¡Y yo opino que estás loca! - exclamó el joven nórdico -Ahora que has encontrado a tu hermana, podemos salir de aquí juntos… El portón no está lejos.
-Cielo… Sin ánimo de ofender, pero ¿cuanto crees que tardaría ese monstruo en vernos? ¿Cuatro personas corriendo juntas hacia la salida y luego campo a través?
-Estoy de acuerdo con Nerys -interrumpió Elanu -Si quieres sacar al mocoso vivo de este infierno, todos juntos llamamos demasiado la atención.
Nerys le dedicó una media sonrisa de suficiencia al nórdico.
-Una vez fuera de Helgen el plan de Hadvar es meterse en la espesura y dirigirse al norte. a Cauce Boscoso. Hay que avisarlos de este… incidente. - añadió.
El joven soldado suspiró, viendo que no habría forma de llevarles la contraria a las dos mujeres. Estaban asustadas, por supuesto, pero había una aura de valor que las rodeaba incluso entre el caos y el terror que el terrible dragón negro había sembrado a lo largo y ancho de Helgen. Su prioridad ahora era sacar al pequeño huérfano de aquel pasto de llamas y llevarlo a algún sitio seguro, y, a pesar de tener todas las posibilidades en su contra, algo le decía que si alguien podía salir de aquella por las malas, esas eran aquellas extrañas elfas.
-Me doy por vencido con vosotras. - murmuró - Cuando llegueis al centro del pueblo, intentad entrar en el bastión y bajad a las mazmorras… Si seguís el camino, llegareis a una caverna natural que da a las montañas - explicó ceñudo - Si es que el dragón no os achicharra antes.
-Nuestra gente no arde con facilidad. - respondió Elanu, mostrando su piel grisácea - Buena suerte, chaval.
-Que los dioses os guarden… y buena suerte.
Las dos hermanas asintieron, viendo como los dos nórdicos se internaban por los callejones entre las casas semiderruídas hacia la salida de la ciudad. Las dos muchachas se miraron.
-Mamá va a alucinar cuando le contemos esto - comentó Nerys.
-Ya te digo… Seguro que se muere de envidia - las dos rieron al imaginar el puchero de decepción de Lal.
-Pues habrá que llegar a casa para contárselo… ¿no? -farfulló Nerys tomando la mano de su hermana. Ambas se dieron un cariñoso y breve apretón para soltarse y emprender una carrera desesperada hacia el bastión de Helgen.
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Nerys gimió dolorida. Yacía tendida de lado sobre un montón de paja en el interior del bastión mientras su hermana examinaba la prominente quemadura de su costado. Su suave piel grisácea tenía ahora un aspecto desagradable y sanguinolento. Algunas ampollas habían estallado durante la carrera y el roce con el cuero quemado había desgarrado su carne en varios puntos. Elanu comenzó a retirarle la parte superior de la armadura mientras Ralof esperaba detrás de ellas, cargado con un rollo de vendas de lino y las escasas pociones y ungüentos que había encontrado desperdigadas por la habitación.
Mientras atravesaban el pueblo, una bola de fuego perdida (no sabían si de un mago o del dragón, aunque por el tamaño, lo más posible era que correspondiese a lo primero) había impactado en el cuerpo de la mayor, Elanu tuvo que llevarla a cuestas hasta la fortaleza, donde se encontraron con un pequeño contingente de Capas de la Tormenta liderados por el mismísimo Ulfric. Ralof respondió por ella y finalmente las dejaron pasar.
-Elanu, tenemos que salir de aquí - farfulló Ralof -Esto no va a aguantar.
La dunmer ni se dignó a levantar la cabeza de lo que estaba haciendo. Intentó canalizar sus energías místicas en un hechizo de curación que dejaba mucho que desear pero que hizo que su hermana dejara escapar un suspiro de ligero alivio. No fue capaz de mantenerlo durante mucho, pero al menos la quemadura había dejado de supurar.
-Dame lo que sea que hayas encontrado -le soltó a Ralof.
El nórdico se arrodilló a su lado, depositando lo que llevaba en brazos. La elfa tomó una poción de curación básica, hizo que su hermana la bebiese y comenzó a aplicarle un ungüento de aloe para las rozaduras que, si bien no serviría para curarla, al menos aliviaría un poco y retrasaría la infección. Ralof apoyó su mano en el hombro de Elanu.
-Tenemos que irnos. Ulfric ha dado orden de largarnos. -la dunmer sacudió el hombro, apartando la mano del nórdico.
-Me da igual. Vete tú. - respondió fríamente - No voy a dejar a mi hermana aquí, y si no la vendo, no aguantará hasta la salida.
-El bastión está a punto de derrumbarse, Elanu - insistió.
La dunmer, exausta, conjuró otro débil hechizo de curación y se dispuso a vendar el maltrecho costado de su melliza. Nerys abrió los ojos, para alivio de su hermana, incorporándose lentamente hasta quedar sentada.
-Vete con tus compañeros, nórdico -le dijo a Ralof con voz pastosa - Os seguiremos en un momento.
El nórdico las miró dubitativo, recogió las armas del suelo y salió en dirección a los suyos.
-Eh, Ralof - llamó Elanu. Él se giró -No me hagas tener que ir a rescatarte. Y deja el camino despejado.
Él reprimió una carcajada y asintió.
-Cuando salgais, dirigíos Cauce Boscoso, preguntad por Gerdur. Os ayudará si vais de mi parte.
Las dos muchachas asintieron y el capa de la tormenta salió de allí con una media sonrisa suavizando el semblante lleno de preocupación.
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-Has hecho magia y todo, estoy impresionada -murmuró Nerys burlona.
Se arrastraban todo lo silenciosamente que podían por una de las galerías de la caverna, Nerys apoyada sobre Elanu para caminar. Al pasar por las mazmorras habían encontrado los restos de una batalla entre los Capas de la Tormenta y los pocos guardias Imperiales que había allí. Obviamente, los Capas habían ganado, dejando los cuerpos de los soldados y de los pocos caídos de los suyos abandonados. Las dos hermanas habían aprovechado para rapiñar lo poco que pudieron de aquellos cuerpos: algunos ingredientes, una espada y un hacha de acero para Elanu y un par de armaduras de los capas, que las mantendrían más calientes que los harapos de prisionera y la armadura de cuero quemada cuando estuviesen a la merced del duro clima de Skyrim.
-Anda y que te jodan - respondió Elanu con relativo buen humor -Da gracias a que te debía una por eso de no dejar que me decapitaran.
-Oh ¿si no, me habrías dejado como merienda de dragón? -rió la mayor, bufó de dolor - Sigue el camino del arroyo, el aire huele menos a humedad, la salida estará cerca.
-Claro que te habría dejado - siguió bromeando la otra -Te he sacado por eso y por respeto a los atronachs de madre.
-Odia que la llames madre.
-¿Por qué crees que lo hago? -repuso orgullosa - La salida est… Oh, mierda.
Ante la exclamación de su hermana, Nerys miró hacia adelante. Un enorme oso pardo se interponía entre ellas y la salida de la cueva. El animal parecía estar distraído. En circunstancias normales, se habrían valido del sigilo para escabullirse, pero la dificultad de la mayor para moverse complicaba la situación.
Elanu se mordió el labio inferior, devanándose los sesos, pensando en una forma de salir de aquella cuando sintió la mano de su hermana en su espalda.
-Dame el arco. - susurró decidida.
-¿Estás loca o quieres cometer suicidio? -respondió Elanu intentando no alzar la voz.
-A esta distancia, nunca fallo, ya lo sabes.
-Nerys, estás herida, muerta de cansancio y esa bestia no morirá de un flechazo a menos que le aciertes a través del ojo… Y nos está dando la espalda.
La mayor se mordió el labio.
-Lanza una piedra cuando yo te diga. Cuando venga hacia nosotros, le daré. - la otra elfa la miró con cara de "ohdiosmíoestásdeatar" -Nuestra alternativa es pasar por su lado y rezar porque no nos huela. Aquí al menos tenemos la ventaja de la altura.
Elanu suspiró, soltó un bufido y asintió. Nerys colocó una flecha en su arco de caza e hizó un gesto a su melliza. Ella tomó un canto del suelo de la cueva y lo lanzó contra los cuartos traseros del animal. El oso se giró hacia las hermanas y se dispuso a cargar hacia ellas cuando la flecha de la mayor impactó contra su ojo. Moribundo y furioso, aumentó la velocidad hacia ellas, dispuesto a llevárselas por delante cuando Elanu saltó sobre él, hundiendo el hacha de acero en el cráneo del animal. El oso se sacudió haciéndola caer y propiándole un zarpazo en el muslo antes de desplomarse muerto.
Elanu lo observó y dejó caer su cabeza en el suelo, soltando un gemido aliviado. Nerys, con los ojos abiertos como platos, respiraba aún agitadamente.
-Nerys.
-¿Qué?
-Tus planes son una puta mierda.
Rieron nerviosamente y la mayor se arrastró hasta su melliza y le puso en la mano una poción curativa para cerrar superficialmente el zarpazo de su pierna. Se pusieron en pie y, apoyándose la una sobre la otra, se encaminaron a la salida de la maldita cueva.
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El brillo del sol reflejado en la nieve hizo que las dos elfas tuviesen que cubrirse los ojos momentáneamente para acostumbrarse al cambio de luz. La ladera de la montaña estaba despejada y las dos muchachas caminaron cuesta abajo, hacia los pinos y el sonido del río.
Elanu dejó a Nerys apoyada contra uno de los árboles para ir a buscar algunas plantas para tratar la quemadura. Volvió al cabo de unos minutos, con un ramillete de flores lengua de dragón y un puñado de sinforicarpos. Al verla, la mayor gruñó.
-¿No puede esperar a que lleguemos a un pueblo y puedas usar equipo de alquimia de verdad?
-Por supuesto. Siempre que quieras que la piel se te pudra y se te caiga a tiras - respondió Elanu con sorna. -Sácate la armadura y deja de lloriquear.
Nerys aceptó a regañadientes. Extendió una manta que llevaba en la mochila sobre un área de hierba libre de nieve y se recostó. La otra elfa retiró las vendas sucias y examinó la herida. La limpió con agua helada, y colocó sobre ella un emplasto de sinforicarpos masticados y pétalos de lengua de dragón. Limpió las vendas lo mejor que pudo en el río, las escurrió y las dejó secar bajo el sol de última semilla y el viento helado. Se sentó al lado de la otra elfa, que estaba envuelta manta para protegerse del frío y sacó un par de manzanas y un trozo de pan de la mochila para hacer tiempo mientras las vendas se secaban.
-Calculo que Cauce Boscoso está a una hora a pie desde aquí - comentó la mayor tras masticar el primer bocado de su manzana -Deberíamos de coger provisiones y tirar millas hacia Carrera Blanca.
-Estoy de acuerdo. En cuanto se sequen las vendas, nos ponemos en camino. No me apetece que cojas una pulmonía.
Pasaron algo más de una hora antes de ponerse en camino. El sol comenzaba a declinar junto con el miedo de aquel día, y, de repente, las dos hermanas fueron conscientes del cansancio que les atenazaba el cuerpo.
Siguieron el camino del río. Comenzaba a oscurecer cuando vislumbraron la entrada de Cauce Boscoso.
