Era incapaz de conciliar el sueño. Las caras de todos los tributos de los que había sido mentor pasaban frente a mis ojos y ahora se habían unido las caras de Mati y Annie. Suspiré y me levanté de la cama, daría una vuelta por el tren y así me tranquilizaría.
Entré en el vagón restaurante y el ruido de un cristal rompiéndose me sobresaltó. Encendí la luz y vi a Annie con las manos sobre la boca sorprendida junto al armario abierto de la vajilla.
-Lo siento –dijo con la voz ahogada por sus manos –He venido para coger un vaso de leche… pero no encontraba la luz.
-No te preocupes, no se lo diré a nadie –le guiñé un ojo y cogí de la nevera la leche para después entregársela -¿Tú tampoco puedes dormir? –le pregunté.
-En realidad sí que puedo, es más estoy un poco muerta de sueño. Pero me he dado cuenta que no sé cuánto tiempo me queda y me gustaría poder disfrutarlo, y más ahora que voy a ver cosas que nunca antes había visto.
Su forma de pensar me entristeció.
-No deberías pensar así, Annie. Tienes tantas posibilidades como cualquier otro tributo. –me arrepentí nada más decirlo, ella misma sabía que era difícil estar a la altura de los profesionales. Carraspeé y me senté en la mesa. -¿Mati y tú sois muy amigos?
Asintió y se sentó frente a mí con el vaso de leche.
-Lo conozco de la escuela y no nos hemos separado desde entonces. Somos amigos, pero no los mejores amigos. Y ahora me arrepiento de ser tan amiga de él, quiero decir, solo podemos volver uno a casa y no pienso achantarme ante nadie.
-Podría ser una buena estrategia que os aliarais para ayudaros mutuamente, aunque siempre llegaría un punto en el que os tendríais que separar. –me lanzó una sonrisa triste y le dio un sorbo a su vaso de leche. –Annie, quiero que sepas que lo siento mucho.
-No, no… -negó con la cabeza –No me hables como si ya estuviese condenada, tengo una posibilidad entre veinticuatro de salir viva de esa arena, ten un poco de fe en mí, Finnick –me sonrió y se bebió el vaso de golpe.
No pude evitar sonreír y me di cuenta de lo fuerte y valiente que era aquella chica, podía estar consumiéndose por dentro debido a su situación y no lo sabría. Apoyé la cabeza en una mano y la observé fijamente. Tenía los rasgos de alguien del Distrito 4, morena tanto de pelo como de piel y ojos verdes aunque más oscuros que los míos.
-¿Quieres ver una cosa alucinante? –me preguntó arrancándome de mis propios pensamientos.
-Claro.
Se levantó rápidamente de la silla y empezó a correr por el pasillo dirigiéndose hacia el final del tren. Me costaba seguir su ritmo por aquellos estrechos pasillos, cuando ya no pudimos avanzar más porque el tren había terminado me miró con una mirada que no supe describir en ese momento.
-Es un poco una locura –me avisó –Pero es lo más parecido a volar que he encontrado. –me tendió la mano para que se la agarrara y entonces abrió la puerta de emergencia del tren, me arrastró con ella fuera del tren donde había un pequeño espacio vallado. Nos agarramos a la valla y Annie empezó a gritar de la emoción -¿No crees que es increíble?
Alcé los brazos hacia arriba y grité. De verdad parecía que volabas viendo el paisaje pasar a toda velocidad a tu alrededor y con el viento revolviéndote la ropa y el pelo.
Una alarma hizo que nos giráramos rápidamente hacia el interior de tren. No contábamos con el hecho de que abrir la puerta de emergencia haría saltar la alarma. Cogí a Annie de la mano y corriendo nos metimos dentro del tren, pero cuando nos disponíamos a salir del último vagón los encargados del tren entraron en él, rápidamente nos escondimos entre unas cajas de mercancía y esperamos en silencio a que se fueran.
-¿Qué demonios? –uno de los encargados se acercó a la puerta trasera abierta –Jones, esto no debería estar abierto… Deberíamos comprobar los compartimentos y asegurarnos que ninguno de los tributos ha saltado del tren…
El otro encargado apoyó a su compañero y se marcharon del vagón. Annie y yo salimos de detrás de las cajas y comenzamos a reírnos en silencio.
-Esto… no ha tenido gracia –dije intentando ponerme serio. –Se volverán locos cuando no nos vean en nuestras camas, además, creo que no deberíamos estar haciendo esto, Annie.
Me miró fijamente y suspiró.
-De acuerdo. Supongo que tendríamos que ir a dormir, antes dijiste que mañana nos esperaba un día bastante complicado.
-Sí, exacto.
Me alegré de que Annie aportase una razón de peso para volver a mi cama ya que como persona me apetecía estar más rato con aquella encantadora chica, pero como mentor debía mirar por el futuro de mis tributos. Caminamos en silencio hacia los compartimentos.
-Buenas noches, Finnick. –dijo con una sonrisa desde la puerta de su compartimento.
-Buenas noches, y no más escapadas nocturnas hoy, ¿de acuerdo?
Annie asintió riéndose y se metió en su habitación. Yo también entré en la mía y me tumbé en la cama intentando despejar la mente, pero después de lo que había pasado con Annie era prácticamente incapaz. Iba a ser muy fácil entrenar a esa chica para la entrevista con Caesar Flickerman, se metería a todo el Capitolio en el puño en cuanto dijese la primera frase. Pero ¿cómo sobreviviría alguien tan inocente y puro en una arena?
