Parecía que estaba yo más nervioso que mis tributos. Mati estaba serio, ya que era parte de su rol y a Annie se le notaba nerviosa, pero era un nerviosismo adorable. Me llevé a parte a Mati.
-¿Sabes lo que hay que hacer verdad? –le pregunté colocando las manos sobre sus hombros. Él asintió. –Serio pero amable. Recuerda informar al Capitolio de tus buenas aptitudes en el cuerpo a cuerpo, los que se lo tienen que creer son ellos, no el resto de los tributos –volvió a asentir y entonces Caesar llamó al primer tributo. –Mucha suerte.
Entonces me acerqué a Annie y la cogí de la mano para alejarla de todos los tributos y mentores. Nos escondimos tras la esquina y la besé. Annie me agarró por el cuello.
-Sabes lo que tienes que hacer –afirmé. –Vas a estar encantadora –Annie asintió nerviosa y carraspeó. –Mierda, el pintalabios… -me limpié los restos del carmín rosa de mis labios y arreglé el desastre que había hecho en el maquillaje de Annie. Entonces ella empezó a reírse por la situación y me pareció una risa adorable. Volví a darle un pequeño beso y le sonreí para darle ánimos. –Venga, relájate y sé encantadora…
Annie se reunió con Mati, y Mags y yo fuimos a nuestros asientos reservados entre los espectadores. Nos sentamos y observamos detenidamente las entrevistas de los tributos. Los primeros habían optado por la técnica de parecer duros e imposibles de matar gracias a sus habilidades de matar, eso encantaba a los patrocinadores. Los del distrito tres acudieron a su inteligencia para trazar planes y ataques… Mati y Annie debían estar perfectos para causar impresión.
Caesar despidió al tributo masculino del Distrito 3 y dio paso a Annie. Cogí la mano de Mags inconscientemente y ella me la apretó para darme su apoyo. Todos aplaudieron a Annie cuando la vieron con su vestido color rosa palo que le llegaba hasta las rodillas, parecía mucho más alta de lo que era debido a sus tacones.
-Vaya, vaya… -dijo Caesar riendo –No sabía que teníamos esto escondido en el Distrito 4.
Annie se rio, igual que el resto del Capitolio.
-Buenas noches, Caesar. –dijo, a mi parecer, adorablemente. –Estoy encantada de estar aquí contigo.
-Y yo contigo –admitió él. –Bueno, Annie… ¿Qué nos puedes decir de tus mentores?
Entonces empezaron los gritos de emoción entre el público, porque todos sabían quiénes eran los mentores del Distrito 4.
-Bueno –empezó a decir –La verdad es que Mags es una persona adorable, se ha convertido en mi segunda madre –todos aplaudieron. –Y Finnick… -lo que dijo a continuación quedó ahogado por los gritos del público.
Caesar se rio y calmó a la multitud.
-Annie, vas a tener que repetírmelo, porque no he oído lo que has dicho.
-Decía que Finnick es una persona maravillosa, no puedes estar dos minutos sin reírte si estás cerca de él.
El público aplaudió y Caesar volvió a reír.
-Finnick –me llamó -¿Oyes lo que están diciendo de ti?
La cámara me enfocó y yo puse una de mis mejores sonrisas antes de mandar un beso con la mano. Los gritos volvieron a enfocarnos y yo habría puesto una mueca de disgusto si no fuera porque la cámara seguía grabándome.
-Vamos a ponernos serios, Annie. Es cierto que no conseguiste muy buena puntuación en las pruebas individuales –Annie hizo una mueca, definitivamente no se esperaba que Caesar entrase en ese tema -¿Qué vas a hacer en la arena?
-Bueno, no es la primera vez que alguien que no tiene aptitudes físicas gana los Juegos –Caesar asintió –Además, creo que en ciertos momentos vale más saber mantener la cabeza fría y ser inteligente.
-Sí, es verdad… Pero no me negaras que saber utilizar una espada, un cuchillo o una lanza no ayuda.
-No lo niego –dijo serena. Mags no paraba de hacer ruidos de disgusto con la boca, Annie no se estaba comportando como había ensayado con ella. Le quedaba menos de un minuto y tenía que dar un giro total a la conversación para poder ganarse al público. –Además, estoy segura de que voy a ganar –le dijo a Caesar en un susurro perfectamente audible.
-¿Y eso por qué? –preguntó extrañado.
-Pues porque tengo tantas ganas de verte que nada me va a impedir volver aquí para darte un abrazo. –entonces desvió la mirada hacia mí y sentí como si eso me lo hubiese dicho a mí y no a Caesar.
El presentador y el público rieron.
-Vas a conseguir que me ponga rojo… -dijo riendo todavía –Pero con lo que me has dicho no puedo esperar a darte un abrazo ahora mismo. –ambos se levantaron y se fundieron en un cálido abrazo. –Annie, el tiempo se ha acabado, pero sinceramente espero que vengas a darme otro abrazo como este. Annie Cresta, del Distrito 4 –la despidió.
Mags y yo suspiramos tranquilos, al final había conseguido lo que queríamos, que el Capitolio pensase que era una chica encantadora.
La entrevista con Mati fue a la perfección. El público rio menos pero porque no habíamos pensado en que se hiciera el gracioso. Del resto de las entrevistas no me enteré porque estaba concentrado en mirar a Annie.
Cuando el show terminó me faltó tiempo para ir corriendo a reunirme con los tributos y darles la enhorabuena a los dos. Annie nada más verme se lanzó a mis brazos temblando como una hoja.
-La he cagado, ¿verdad? –preguntó.
-Al final conseguiste el efecto que queríamos, y era todo lo que necesitábamos. –la animé. –Mati, lo has hecho espectacularmente bien –le felicité.
Nos dirigimos todos hacia el ascensor para cenar juntos por última vez. Durante la cena ninguno dijimos nada, nadie se atrevía a comenzar una conversación. Annie removía la comida con el tenedor sin probar bocado, más seria que nunca.
Al terminar, los avox recogieron todo y Annie se metió rápidamente en su cuarto. Yo me acerqué a Mati y le di un abrazo.
-Mucha suerte, Mati. –aunque deseaba con todo mi corazón no volver a verle.
Llamé a la puerta de Annie suavemente y entré antes de que contestara. Estaba tumbada en la cama mirando hacia el techo, inexpresiva. Me tumbé a su lado y la miré fijamente.
-Annie… -susurré. Me mordí el labio preocupado. –Annie, mírame.
Me hizo caso y movió la cabeza lentamente para fijar su mirada en la mía. Comprobé que estaban vidriosos y mi corazón se encogió.
-Finn, no quiero morir –murmuró antes de refugiarse en mi pecho.
-No lo harás.
Pasó media hora hasta que Annie se tranquilizó y se separó de mí para mirarme con su sonrisa más característica. Grabé esa imagen en mi cerebro ya que no sabía cuándo volvería a verla. Le acaricié el pelo y le sonreí para que no se preocupara.
-Tienes que volver a por mí, no puedes dejarme aquí solo –dije. Carraspeé e intenté contener las lágrimas que se acumulaban en mis ojos.
Annie me devolvió la mirada más triste que había visto nunca. Entonces hizo algo que no esperaba. Se sentó a horcajadas sobre mí y se inclinó para besarme como nunca lo había hecho. Era un beso lleno de pasión y de ternura a la vez. Coloqué mis manos sobre su cintura y la apreté más contra mí. De su garganta se escapó un pequeño gemido apenas audible que hizo que se separara de mí y que me lanzara una mirada llena de significado.
Deslicé mis manos lentamente bajo su camiseta acariciando la piel de su espalda, la miré con el interrogante plasmado en mis ojos y por respuesta ella asintió con una sonrisa. Con un movimiento rápido le quité la camiseta y volví a juntar nuestros labios, deseando que nunca más se separasen.
-Deberías dormir –le susurré mientras acariciaba su espalda con mis dedos.
-Tú también. Anoche no dormiste nada y se te ve cansado. –hablaba lentamente, señal de que pronto caería en un profundo sueño.
-En realidad, estoy tan emocionado que podría recorrerme Panem corriendo sin parar.
Annie se rio levemente y se acurrucó más a mi lado.
-Además, no quiero dormir. Quiero estar consciente cada segundo que me queda junto a ti.
-Pero es que nos quedan muchos segundos, porque sé que vas a volver viva, porque no me puedes abandonar ahora.
-No te abandonaré –murmuró antes de suspirar y caer rendida ante el sueño.
