Capítulo 7
Después de tomar el té con Mu, Aldebarán y Dohko, que había venido especialmente a pasar unos días en el Santuario, Aioria y Shaka salieron y se dirigieron a un promontorio desde donde se podía ver el mar. Se sentaron cogidos de la mano en un elocuente silencio y se pusieron a observar la hermosa puesta de sol.
Los dos caballeros estaban un tanto nerviosos y ni uno ni otro se atrevían a hablar porque no querían romper la magia de aquel momento en el que ambos comprendieron que se amaban a pesar de sus diferencias.
A medida que se hacía más oscuro tuvieron que moverse porque había comenzado a refrescar.
—Fue bonita la puesta de sol, ¿no?—comentó Aioria
—Preciosa, y me alegro de haberla podido ver contigo.
—No podría haberla compartirdo con nadie más.
—No deseo ser un aguafiestas, pero ¿no crees que deberíamos irnos? Ya empieza a hacer algo de frío...
Aioria asintió y le tomó de la mano. Bajaron el resto del camino en silencio y a medida que se acercaban a su casa, Shaka sentía que un extraño temblor se apoderaba de cada fibra de su cuerpo porque al llegar debería tomar una decisión que afectaría el resto de sus vidas.
Vieron que la entrada estaba engalanada con varios símbolos que representaban a las diferentes constelaciones, ambos estaban fascinados y entraron para presenciar una nueva sorpresa. Dentro del edificio había varias estatuillas de hielo hechas por Hyoga y Camus en forma de doncellas aladas, flores y varios animales de una belleza exquisita, que dejaron boquiabiertos a los dos jóvenes santos de oro.
Shaka, visiblemente emocionado, abrió los ojos y miró directamente a los verdes de Aioria. La ternura que vio en aquel fogoso hombre le armó de valor para pedirle que pasara la noche con él; al oír aquella propuesta Aioria abrió suyos como platos y le miró con un gesto de enorme sorpresa.
—¿En serio, Shaka?
Shaka hizo un gesto afirmativo a modo de respuesta. Aioria le tomó de la cintura y apoyándose en una columna comenzaron a besarse apasionadamente mientras se desnudaban.
—¿Vamos a mi habitación? —preguntó Shaka con la voz algo entrecortada y Aioria le contestó afirmativamente.
Shaka guió al caballero de Leo a su dormitorio y una sorpresa aún mayor le hizo abrir los ojos de par en par. Aprovechando aquel momento Aioria encendió con sus cosmos las velas que había por toda la estancia. A su tenue luz notaron que encima de la cama doble había unas sábanas de seda de exquisita calidad y que estaban cubiertas de pétalos de rosas que desprendían un perfume maravilloso que impregnaba cada rincón. En la mesita de noche había unas pequeñas vasijas de cerámica llenas de aceite de almendras dulces y otros aceites esenciales de diferentes flores: rosas, lavandas, azahar y jazmín, o sea, de los cuatro perfumes nobles.
Los dos acabaron de desnudarse.
Aioria pidió a Shaka que se tumbara de espaldas y el hindú accedió. Al griego le parecía estar viendo a un ángel con aquella piel tan blanca que contrastaba con la morena suya y que estaba echado sobre sábanas oscuras con parte de su larguísimo cabello cubriendo discretamente su zona más íntima.
Aioria no podía creer que por fin iba a convertir su más preciado sueño en realidad: el de tener a aquel remoto caballero a solas y por voluntad propia. La barrera invisible que los separaba por fin había desaparecido.
Sin embargo, a pesar de que su deseo por Shaka estaba a flor de piel, necesitaba contenerse pues no creía que a Shaka le fuera a hacer mucha gracia el irse con prisas y Aioria, además, quería tener la absoluta certeza de que los deseos de ambos coincidían.
Aioria recorría con numerosos besos y caricias toda la parte superior del cuerpo de su amante, que también intentaba corresponderle pero cuyos movimientos estaban algo limitados al estar debajo. A Shaka en ningún momento se le había pasado por la cabeza el encontrarse en una situación así y le resultaba casi increíble el reconciliar a un joven tan fogoso como el caballero de Leo con aquel tierno y considerado amante que hacía vibrar su cuerpo con aquellas maravillosas atenciones.
Poco después Aioria se vio debajo de Shaka, que le correspondía con numerosos besos y caricias. Cuando llegó a la cintura, Aioria llevó las manos a la cabeza de Shaka hundiendo los dedos en su cabellera rubia, que refulgía como los rayos del sol, y le daba pequeños empujoncitos para que siguiera.
Jadeante y sonriente, bastante antes de que llegara el momento en el que no podría contenerse, pidió a Shaka que se parara mientras volvía a besarle y a colocarse encima suyo. Esta vez fue el virginiano quien dio un gran suspiro al sentir como aquellos cálidos labios y húmeda lengua envolvían su zona íntima. El placer era tan intenso que Shaka intentó apartarse pero Aioria le sujetó y le susurró al oído:
—Shaka... déjame hacer...—dijo en un tono casi suplicante al que Shaka ni pudo ni quiso resistirse.
Tras unos minutos de muy intensa estimulación Aioria se paró por unos momentos. Le besó en la zona abdominal para volver a bajar donde sabía que a Shaka le daría mayor placer. Virgo mientras tanto hundía sus dedos en el cabello castaño del León y movía sus caderas.
—¿Podrías hacer algo por mí? —preguntó Aioria una vez que ambos retomaron una pequeña pausa. Shaka asintió con un movimiento de cabeza mientras se incorporaba para coger uno de los tarritos que había en la mesita de noche—. Me gustaría mucho que abrieras los ojos.
—¿Por qué?
—Porque son tan bonitos y... porque es una pena que casi siempre los mantengas cerrados... —le respondió con la voz entrecortada mientras se incorporaba.
Shaka también se incorporó y los abrió lentamente. Los dos estaban arrodillados encima de la cama, uno frente a otro.
Aioria le tomó de la mano, le vertió un poquito del líquido que había dentro del tarrito y le pidió que le acariciara mientras guiaba su mano al punto exacto. Cuando estuvo bien lubricado atrajo a Shaka besándolo de lleno en la boca, mientras que sus manos recorrían su espalda y era reciprocado. Aioria continuó bajándolas hasta que llegó al lugar correcto y comenzó a lubricarlo con el líquido que había usado anteriormente. Shaka temblaba anticipando lo que estaba a punto de ocurrir mientras Aioria le iba susurrando dulces palabras al oído.
Cuando llegó el momento le tumbó de espaldas y le puso un par de almohadas en la parte baja de la espalda antes de separarle las piernas.
—Hazlo ya... —le dijo Shaka entrecortadamente.
