Disclamer: Estos personajes no me pertenecen, si no a Disney.
Había soñado siempre con aventuras, algo que hiciese palpitar con ritmo mi corazón, algo por lo que realmente tuviese interés, algo que me hiciera sentir. Pero sé que eso no va a suceder. Siempre será igual, monótono y aburrido. Tan solo eso cambiaría cuando me prometiese y me casase, pero después, la rutina volvería. Ya sacié mi curiosidad leyendo, libros de aventuras, piratas y tesoros, pero eso no hizo apaciguar mi hambre de aventuras, sino que avivó la llama. Es frustrante saber que a pesar de que podría hacer algo para solucionarlo, sin embargo, no me dejarían. Soy la hija del gobernador no una simple panadera que pueda escabullirse en busca de aventuras. No. Y dentro de poco seré una mujer casada.
De repente sentí un escalofrío recorrer mi columna. No... Mi padre deseaba casarme con un buen hombre, rico, inteligente y sobre todo de una clase alta; lo que todo padre querría para su hija. Pero yo no quería eso, desde los dieciséis años, supe que mi corazón me lo había robado un joven que ahora era aprendiz de herrero. Will Turner.
Suspiré. Volví mi mirada sobre las letras del papel viejo. Ese libro me lo había leído un par de veces ya. Incluso casi me sabía la mayoría de los diálogos; pero, como la primera vez, me emocionaba, lo que en cada página, una tras otra, revelaban. Nada como esto hacía bailar mi corazón. No puedo decir que me aburriesen los libros que ya me había leído, pero, necesitaba algo diferente, algo nuevo, que me sacase de esa rutina que me ahogaba.
Pero de nuevo, eso era imposible. Pasé con mi dedo índice la hoja, cuando unos suaves golpes sonaron en mi puerta. Dejé que pasaran. Era Anna, mi criada, una mujer joven castaña y que le encantaban los chismes y rumores que se decían por todo Port Royal.
Rodeó mi cama, donde yo estaba sentada, y cogió la lámpara de aceite. La miré con ojos suplicantes, pidiendo que por favor, no la apagase, si no, no podría seguir leyendo. Se excusó con un "Es una orden de vuestro padre". A regañadientes asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me resigné y dejé el libro sobre la mesita blanca de noche que tenía a mi lado. Y me metí más adentro de las suaves y finas sábanas.
Una serie de imágenes pasaron rápidamente por mi mente, estaba en un barco y había mucha niebla, después apareció un chico en una pequeña balsa flotando en las aguas. Mi pecho se hinchó y lo inundó el calor. Era Will. Me acerqué a él, mis ojos se posaron en algo brillante. Oro. Pero no un oro cualquiera, sino oro pirata. Lo tomé entre mis dedos y me fui a popa para que nadie viese el medallón. Acaricié la joya con mi dedo pulgar y lo levanté para poder examinarlo mejor. Cuando de la nada apareció un barco, un barco de velas negras y rotas y con una bandera, una bandera que siempre se me quedará gravada en la memoria.
Abrí los ojos de par en par, mi corazón latía exaltado como un caballo desbocado. Respiré hondo y cogí la lámpara de aceite que por una rara casualidad estaba encendida. El suelo estaba frío, pero no me importó, tan solo tenía una cosa en la mente, el medallón. Tomé el pomo del cajón y lo abrí. Dejé la lámpara en la mesita. Cogí las cosas que estaban dentro de este y las puse en la mesilla. Y deslicé la mano al final de cajón, hice palanca y se levantó. Mi corazón que se había calmado levemente de nuevo comenzó a palpitar con rapidez. Tomé entre mis manos el medallón y limpié el polvo con la yema de mis dedos que descansaba sobre la joya. Me giré hacia el espejo y me lo abroché. Era hermoso sin duda.
Unos golpes a la puerta me alarmaron. Fui corriendo hacia mi cama y cogí la bata de seda. Al otro lado de la puerta estaba mi padre llamándome.
—"¿Estás bien? ¿Estás presentable?"
Afirmé con la voz entre cortada y repetidas veces. Él entró junto a Anna, quien corrió las cortinas y abrió las ventanas. La luz me golpeó en la cara, haciéndome cerrar los ojos. Mi padre alabó el buen día que hacía, sin duda las vistas eran hermosas, se veía el océano y la playa y un montón de arboles.
Era algo cruel, como si tuviesen a un perro encadenado y cada vez que se despertase le enseñasen un hueso, aunque sus intenciones de sus captores fueran las más nobles. Padre dijo que tenía un regalo para mí. La otra criada trajo un paquete cuadrado y lo abrió. Era un vestido. Hermoso. Muy bonito, de color claro. . Sonreí y le pregunté el motivo. Me respondió que no había motivo alguno para que me regalase cosas. Aunque en mi fuero interno sospechaba que era por algo relacionado con el capitán Norrington, ya que hoy sería su ascenso a comodoro.
Me dirigí al biombo para probarme el vestido. Me quité la bata y el camisón. Mi padre comenzó a hablar y se delató a sí mismo. En efecto, el regalo tenía su motivo y justamente era el que yo me había imaginado.
Las cridas me pusieron un corsé y lo apretaron hasta el punto de que me cortaba la respiración. Padre se excusó, ya que debía irse porque le estaban esperando y salió de la habitación. Las criadas terminaron de ponerme el vestido. En ocasiones era algo irritable de que ellas me hicieran todo, vestirme, peinarme e incluso me bañaban. Pero debía actuar como la digna hija del gobernador y dejarme hacer. Cuando estaba a punto de salir de mi habitación una de las cridas, la que me había peinado, corrió hacia mí con un sombrero en las manos. Me lo puso y seguí mi camino. Cuando salí de mi habitación oía a padre hablar y a alguien más, pero no sabía quién era, sin embargo, su voz era sumamente familiar. Estaba bajando las escaleras cuando padre me llamó y además me dedicó una lisonja. Subí la mirada y me encontré con otra marrón.
—"¡Will! Que placer volver a verte"—Suspiré en cuanto le vi. Bajé rápidamente las escaleras y anduve hacia él hasta estar a pocos centímetros—"Anoche soñé contigo".
Will me miró sin saber que decir, pero sin duda halagado y sus ojos marrones brillaban.
— "¿Conmigo?"—Preguntó titubeante intentado guardar el decoro, sin embargo, podía ver en sus ojos que estaba feliz.
Padre nos interrumpió diciendo algo como que guardásemos el decoro. Pero, no podía evitarlo, cada vez que le veía, cada vez que veía esos ojos marrones, mi corazón parecía que se iba a salir de mi pecho. Y una sonrisa tonta aparecía en mi rostro.
—Del día en el que nos conocimos…—Yo seguí en mis trece. ¡Quería contarle mi sueño a Will! No todos los días se sueña con un recuerdo y además uno tan preciado como era este. —"¿Recuerdas?"
—"¿Cómo podría olvidarlo, Señorita Swann?"
—"Will cuantas veces debo decirte que me llames Elizabeth"—Volví a replicarle, a pesar de que nos conocíamos desde niños siempre me llamaba por mi apellido.
Él insistió de nuevo, y padre lo alabó por ello. No obstante, me sentía ligeramente decepcionada. Varios criados llegaron a la sala con el sombrero de padre y tomaron la espada que llevaba entre las manos, auguré que sería para el capitán Norrington. Miré a Will y me despedí tan solo nombrándole por su apellido, al contrario que siempre hacía. Padre, los criados y yo salimos hacia los carruajes que esperaban en la entrada, nos siguió Will que se despidió y justo cuando los caballos echaron andar, oí mi nombre. Me giré y miré al dueño de la voz y de mi corazón.
