¡Hola! Aquí vengo de nuevo con otro capítulo. Primero: Xelviand me alegro que te guste el fic, cuando vi tu review me puse a saltar de alegría. Segundo: este capítulo es bastante más largo que el anterior (cada vez me salen más largos). Y por último: espero que os guste este capítulo, tiene un poquito de acción. ¡Ciao!


No sabía cuánto tiempo había pasado, lo más seguro es que me hubiese quedado dormida. Miré alrededor y supuse que eran los aposentos del capitán Barbossa. Me recorrió un escalofrío por la columna. Oí algunas voces y pasos que se acercaban. Me levanté de debajo de la mesa y pasé las manos por mi camisón para intentar quitarme las arrugas y parecer más presentable y me sequé los rastros de lágrimas que quedaban en mis mejillas. No debía parecer una niña frente a ellos. Abrieron la puerta bruscamente sin llamar. Eran los piratas que me había traído al barco, el flacucho y el gordo; este último entraba con un vestido de color bermellón en las manos. Me acerqué a ellos.

—"Cenaréis con el capitán"—Miré el vestido—."Quiere que os pongáis esto".

Le miré a la cara, incrédula.

—"Decidle al capitán que no me encuentro en condición de contentarle"—Les contesté parafraseando lo que me contestó el capitán. Ellos se rieron.

—"Dijo que diríais eso... Y luego dijo, también, que en ese caso cenarías con la tripulación… y lo harías desnuda."

El otro pirata, el flacucho se rió. Le quité de las manos al otro el vestido y les miré altiva con las cejas enarcadas, también exigiendo que se fueran para poder cambiarme. El gordo aceptó, aunque levemente decepcionado y se marcharon. Rápidamente me puse el vestido, antes de que viniesen. En breve tiempo los piratas vinieron con una mesa y poco a poco con comida. Que parecían manjares y era muy abundante. Había marisco, cerdo, pollo, fruta y pan. Para iluminar la estancia pusieron algún par de velas.

Uno de los piratas me tendió una silla, para que me sentase y así lo hice. Y me sirvieron un muslo de lo que parecía ser pollo. A continuación llegó el capitán Barbossa y se sentó a mi lado y me dijo que comenzase a comer. Me di cuenta que a él no le habían servido ningún plato. Comencé a comer, no fuera que enfadase al capitán. El capitán se rió, cuando llevé un pequeño trozo de carne a mi boca.

—"No es necesario que os andéis con finezas, no tenéis que aparentar nada. Estaréis hambrienta".

La verdad es que sí tenía hambre, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que me encontraba en el barco pirata. Era de noche, pues había apenas luz. Sentí como mi tripa rugió con hambre. En verdad, la comida de mi plato parecía deliciosa. Cogí con ambas manos el muslo y lo mordí. Miré hacia la mesa. Había un plato con varios trozos de pan, cogí uno y tomé un bocado. Todo estaba delicioso. El capitán dijo algo sobre el vino, y me tendió una copa de este. La tomé y bebí del vaso. Era el mejor vino que había probado en toda mi vida. ¿Cómo estos rufianes encontraban comida tan deliciosa?

—"¿Y las manzanas?"—Preguntó sosteniendo una manzana verde—. "Comeos luego una."

En ese momento todo el apetito que tenía se esfumó. Recordé en ese instante los cuentos de niños, en los que había manzanas envenenadas. Tragué saliva y el trozo de pan se cayó de mis manos.

—"Está envenenada"—Me defendí. El se rió. Sin embargo, yo no le vi la gracia en ningún lado.

—"No tiene sentido mataros, señorita Turner"

—"Pues soltadme"—Pedí. No había motivo alguno de retenerme aquí. ¿Por qué lo hacía?—"Tenéis lo que queríais, ya no valgo nada para vos"

El pirata rebuscó algo en su abrigo, sin dejar de mirarme. Sacó el medallón que le había dado. Me preguntó si no sabía lo que era, y le contesté que un simple medallón de un pirata. No sabía qué interés tan grande tenían de obtenerlo… o recuperarlo. Pero parecía ser no una joya muy usual, desde luego. Por lo menos por la calavera que tenía en ella.

—"Esto es oro… azteca"—Explicó. Tal vez el oro azteca fuera muy valioso y por eso querían obtenerlo o recuperarlo. O tal vez era una joya de un valor especial para algún tripulante o para el capitán—."Una de las ochocientas ochenta y dos piezas idénticas que le entregaron a Cortés en un arca de piedra"—Al parecer era uno de los tesoros más importantes, buscados y valiosos por los piratas—"Monedas manchadas de sangre, destinadas a detener la matanza que infringía con sus ejércitos, pero la codicia de Cortés era insaciable. Y así los dioses paganos echaron sobre el oro… una terrible maldición. Cualquier mortal que sacara una sola pieza del arca de piedra sería castigado para toda la eternidad."

Si pretendía asustarme, no lo iba a conseguir, desde luego. No me creía esas historias de miedo, no soy una niña pequeña. Me gustaban las historias de aventuras, donde salían piratas, caballeros e incluso dragones. Sabía perfectamente que era real y lo que no. Tal vez este tipo no estuviese en su sano juicio. Una parte de mi entró en pánico. ¿Si ese hombre creía en esas historias? ¿Qué iba a hacer conmigo? Dijo que no me iba a matar, pero, tampoco he de fiarme de él, pues a causa de su astuto trato estoy aquí atrapada. No puedo fiarme de él.

—"Yo no creo en las historias de fantasmas, Capitán Barbossa."—Le espeté.

—"¡Sí! Eso es exactamente lo que yo pensé cuando me lo contaron por primera vez, estaba en la Isla de Muerta, isla imposible de encontrar, excepto para los que ya saben dónde está"—Contó levantándose y rodeándome. Se puso a mi izquierda, demasiado cerca para el gusto de cualquiera. Pues su aliento no es que oliese precisamente bien, pero no tan mal como el pirata que me salvó por la mañana. —"Lo encontramos. Allí estaba el arca. Y dentro el oro… Y lo cogimos todo"—Hizo un gesto de coger algo rápidamente—. "Comerciamos con él, lo malgastamos en bebida, comida y agradables compañías. Cuanto más gastábamos, más nos dábamos cuenta de que… la bebida no nos satisfacía… la comida se convertía en cenizas en nuestras bocas… Y la compañía más agradable del mundo no ahogaba nuestras ansias. Era a causa de la maldición, señorita Turner. Sucumbimos a la codicia y ahora… estamos consumidos por ella."

El mono comenzó a chillar y a saltar en una barra de metal. El pirata se dio la vuelta para calmarlo. Esta era mi oportunidad. Debía elaborar un plan sencillo para poder escapar. Vi el cuchillo en la mesa. Sin hacer ruido lo tomé y los escondí debajo de la servilleta que tenía en mis piernas. Mi corazón latía desbocado, pero intenté calmarme a mí misma. Si estaba nerviosa no daría pie con bola y no podría ejecutar mi plan.

—"Solo hay un modo de acabar con la maldición…"—susurró dándole el medallón al mono capuchino. Se dio la vuelta—. "Devolviendo todas las piezas dispersas del oro azteca y reparando el agravio por la sangre derramada."

El capitán del barco estiró el brazo hacia la puerta y el mono salió corriendo a fuera del camarote.

—"Gracias a vos, tenemos la última pieza"—Continuó.

Le miré confundida sin entender del todo. ¿Por qué me tenían aquí retenida si ya les había dado el medallón? ¿Y qué pasaba con la sangre? Lo más profundo de mí ser, tenía la respuesta, pero mi cabeza negaba a que esta surgiera y la pensase. De igual manera se lo pregunté.

—"¿Y el desagravio por la sangre?"

—"Por eso no tiene sentido mataros… aún"—Respondió con un tono divertido en su voz.

En ese momento me alarmé. Todo mi cuerpo se puso en tensión. Si tenía que pelear no dudaría en hacerlo. Y tampoco en utilizar el cuchillo que tenía escondido. Me tendió una manzana y de un manotazo se la quité de las manos y esta salió volando. Me levanté y le enseñé el cuchillo. Como había dicho antes, no dudaría en utilizarlo. Él pareció sorprendido y se echó levemente atrás. Pero vi en sus ojos diversión. Ya que lo tenía arrinconado, fui directa, corriendo hacia la salida. Él me siguió, me adelantó y se puso en medio de un pilar. Me gruñó como una animal. Le sorteé y conseguí llegar a la salida, pero una mano agarró mi brazo deteniendo mi plan de huída.

—"¡No!"—Grité.

Me di la vuelta y clavé el cuchillo en lo primero que encontré. Su pecho. Lo miré de arriba abajo. Había apuñalado a un hombre. Lo había herido, pero, este seguía de pie como si nada hubiese sucedido, miró el cuchillo. Y se lo sacó, lo miré con terror. Levantó el cuchillo lleno de sangre y me miró.

—"Tengo curiosidad... ¿Qué vais hacer después de haberme matado?"

Anduve hacia atrás, hiperventilando. Ese pirata se había sacado un cuchillo del corazón y seguía vivo. ¿A caso la maldición era real? Sentí como chocaba con las puertas y estas se abrían a mi paso. Me di la vuelta. Y lo que vi me dejó helada. Un montón de esqueletos andantes que hacían las tareas del barco. Los huesos eran grises, a pesar de que fuera de noche, se podía vislumbrar lo que tenía delante gracias a la luz lunar. Los esqueletos estaban sucios, la gran mayoría tenía pelo, pero poco y a mechones desordenados por la cabeza. Su ropa estaba rota o echa girones. Y sus ojos muertos o no tan muertos me miraban con diversión. Sentí como los que llevaban un especie de timón en el palo mayor me empujaron con el mismo y me encontraba atrapada.

Miré alrededor buscando cualquier salida, pero tan solo veía piratas con forma de esqueleto trabajando, unos tirando de las cuerdas, otros dando martillazos a algo que no pude ver bien. Avisté en el suelo a los dos piratas que me había traído a este barco, fregando el suelo de rodillas. En ese momento me di cuenta que estaba gritando de puro terror. Me eché hacia atrás y me tropecé con algo del suelo y caí hacia atrás. Donde la abertura de la bodega, sentí como hacía en una superficie blanda y como esa superficie me hacía levantarme en los aires. Me estaban manteando. A la segunda vez que me mantearon, cuando estaba cayendo en el aire, sentí que me chocaba contra algo y me aprisionaba la cintura contra esa cosa. Giré la cabeza y era otro esqueleto. Llegamos al suelo, vi el timón y corrí hacia él para escapar del pirata. Este me siguió y me puse a un lado del timón, y el pirata se puse en frente de mí. Agarré y me moví hacia la izquierda, el esqueleto me imitó y volví a mi posición anterior. El pirata se abalanzó sobre el timón con los brazos estirado. En ese momento aproveché para mover el timón hacia abajo y que le diese unos cuantos golpes al pirata. A este de tantos golpes se le medio desprendió la cabeza hacia atrás, sin embargo; el pirata se colocó la cabeza fácilmente. Mi estómago se revolvió. Bajé con pánico las escaleras. Y me escondí de bajo de estas.

Oí un ruido a mi derecha y grité. Vi a l mono del capitán, también era un esqueleto, en una de sus manos tenía el medallón. Me miró chillando. Y salí de ahí corriendo, hacia una puerta a esconderme, pero me encontré con el capitán Barbossa. Di un grito asustada. Él me cogió de los brazos y me dio la vuelta para que mirase a sus camaradas.

—"¡Mirad! La luz de la luna nos muestra tal y como somos en realidad. No pertenecemos al reino de los vivos, a si que no podemos morir. Pero tampoco estamos muertos." —El capitán me dio media vuelta para que le mirase—. "Hace mucho que no puedo sofocar mi sed, cuando estoy sediento. Hace mucho que muero de hambre y no muero"—Me alejé de él, horrorizada, dando pasos cortos, no fuera que me volviesen a mantear—. "No siento nada, ni el viento en la cara, ni la espuma del mar. Tampoco el calor de la carne de una mujer"—Dijo estirando el brazo para cogerme otra vez o tocarme, cuando su mano entró en contacto con la luz se volvió huesos—"Ya podéis creer en las historias de fantasmas, señorita Turner. ¡Estáis viviendo una!"

Avanzó varios pasos y el pirata era un esqueleto como los demás, su ropa se volvió más sucia y tenía muchos más rotos. Quitó con los dientes el tapón de una botella de cristal que contenía vino y escupió el corcho contra el suelo. Comenzó a beber el alcohol, se podía ver a la perfección como el líquido bermellón bañaba sus huesos.

Entré corriendo al camarote del capitán, oí como sonaba un cristal roto y a continuación como cerraban las puertas de golpe. Me puse en un rincón, delante de unas encimeras de madera oscura. Abracé mis rodillas y me quedé mirando a la puerta por si entraba alguno de esos terribles piratas. Pero el sueño empezó a vencerme y lo último que recuerdo es que pensé si Will vendría a rescatarme.