¡Hola! De nuevo estoy aquí y con otro capítulo. Me alegra que te encantara el capítulo anterior Xelviand, sin embargo este capítulo es más corto. De todas formas espero que os guste. Adiós.
Había amanecido cuando el barco paró. Había una espesa niebla que con la subida del sol comenzó a disiparse, sin embargo, cuando el sol ya había salido, todavía quedaba un poco de niebla y el cielo estaba encapotado. Me encontraba todavía en el camarote del Capitán Barbossa, en ese tiempo nadie había entrado en la estancia. Estaba apoyada en una de las cristaleras de la habitación, a fuera parecía hacer fresco, pero no estaba segura. Muchas roca enormes marrones y grises nos rodeaban. Las observaba con temor, a pesar de que estaba segura que la marina me estaba buscando y tal vez Will, eso calmaba un poco mi corazón. Mi cabeza me decía que en poco tiempo me hallaría muerta, debido al agravio de sangre. Y el terrible error que cometí diciendo el apellido de Will en vez del mío, pero de ninguna forma iba a delatar a mi mejor amigo y amado, no podía dejar que le hicieran daño. Y mucho menos pensar que Will también era un pirata.
Oí como la puerta se abría y varios pasos entraron en la estancia, eran Pintel y Raguetti, los dos piratas que me habían traído al barco. Sabía de sus nombres porque anteriormente cuando estaba encerrada en el camarote, oí como el capitán Barbossa les ordenaba que limpiasen el suelo. También allí, estaban otros dos piratas.
—"Llegó el momento, preciosa."—Anunció Pintel.
Me llevaron a la parte de atrás del barco, donde se situaba el timón. Allí otros piratas me ataron las muñecas con una cuerda que raspaba. El capitán se puso detrás de mí, me apartó el pelo de la cara y me colocó el medallón de oro azteca en mi cuello. Cogieron los botes y bajamos en ellos. Fui con Pintel y Raguetti y par de piratas más, estaba callada, aunque por dentro estaba muerta de miedo; sin embargo ya había aceptado mi muerte. No debía mostrar signos de debilidad y miedo, no les iba a dar el gusto. Delante de mí había varios botes más, en el primero iba el capitán, de pie. Con el mono en su hombro.
Las aguas eran cristalinas, en poco tiempo entramos dentro de una cueva de oscuras paredes hechas de roca. En la travesía hubo un silencio sepulcral hasta que tocamos tierra. Los piratas entraron a tropel, gritando y riendo, parecía que estaban ansiosos. Me llevaron a empujones, hacia una "sala" donde había grande montones de oros, piedras preciosas y cofres. En el centro se hallaba un cofre de piedra. Contuve el aliento. Ese cofre era la causa de que estos canallas estuvieran malditos, estaba encima de un montón de oro. Miré hacia los lados y vi como de cofre echaban a otros montones más oro, vajillas de plata y oro y otros elementos que por supuesto, habrían robado durante todo el tiempo que habían estado malditos.
Uno de los piratas, uno de piel trigueña con rastas y huesudo, me empujó dándome un golpe en la espalda, ordenándome que siguiese caminado. Llegamos donde estaba el arca de piedra, allí estaba el capitán esperando a que todos sus subordinados colocasen el oro en los montones.
Cuando terminaron de poner todos los oros en los montones, el capitán Barbossa empezó a hablar:
—"¡Caballeros! ¡A llegado la hora!"—Cada vez que Barbossa paraba de hablar los demás piratas le vitoreaban—"Nuestra salvación está cerca. Ese tormento está a punto de llegar a su fin. Diez años nos ha puesto a prueba. Y todos y cada uno de vosotros habéis demostrado una fortaleza cien veces superior"—El Capitán Barbosa había tomado un cuchillo hecho de oro— "Y cien veces más si fuera necesario."
El capitán se dio la vuelta y miró a sus camaradas.
—"¡El castigo infringido ha sido desproporcionado… al crimen cometido! ¡Aquí está!"—El capitán se dio media vuelta y con el pie quitó la tapa del cofre de piedra. Me aparté asustada. Allí dentro había numerosas monedas de oro, Barbossa pasó su mano por las monedas—." El tesoro maldito del mismo Cortés. Todas y cada una de las piezas"—Continuó al coger unas monedas—"que sustrajimos, han sido devueltas. ¡Excepto esa!"—Gritó señalándome. Me encogí, asustada—." Llevábamos muchos años desesperados por hallar esta pieza. ¡Y ahora está en nuestro poder! ¡Y el cofre está completo otra vez! La maldición va a acabar para todos nosotros. ¿Quién ha pagado por el sacrificio de sangre ofrecido a los dioses paganos?"—Continuó acercándose a los piratas.
Se me pasó por la cabeza salir corriendo, pero todos los piratas me verían y ya, si que no tendría ninguna oportunidad de escapar. Por lo tanto lo deseché de mi mente. Pero tenía que buscar otra ruta de escape, pero no se me ocurría nada. Ojalá pudiese ver a Will una vez más y decirle lo que siento por él. Pero es imposible.
—"¿Y la sangre de quien se va a ofrecer?"
Todos los piratas me señalaron, algunos con cuchillos, y de los que tenían los cuchillos un par hizo el gesto de degollarse a sí mismo. Un escalofrío recorrió por mi espalda. Me querían muerta, bien muerta. Eché un paso hacia atrás. Estaba asustada, mucho. Jamás en mi vida había tenido tanto miedo.
—"¿Sabéis lo primero que haré cuando desaparezca la maldición?—Preguntó con un tono divertido el pirata que estaba delante de mí. Se giró hacia mí y sonrió—."Comerme un tonel de manzanas"—Susurró riéndose.
Con su mano izquierda me cogió de la nuca y me echó hacia abajo. Miré a los piratas que animaban a su capitán repitiendo con un ritmo constante un "uh" y algunos de ellos agitaban los puños. El pirata de mi lado, cogió el cuchillo dorado que anteriormente había dejado sobre las monedas que contenía el cofre, ahora lo sostenía en lo alto.
—"Con sangre empezó… y terminará con sangre"
Me quitó el medallón, cogió la mano que tenía apoyada para no caerme en el cofre, puso el medallón en mi mano e hizo un corte en la palma de mi mano. Dolió. Gemí asustada y dolorida. Mi corazón estaba a punto de salirse de mi pecho, palpitaba tan fuerte que a pesar del ruido que había lo oía. Sorprendida le pregunté al pirata si ya estaba. ¿No me había dicho un desagravio por la sangre? ¿No debía matarme y esparcir mi sangre por todo el cofre y el medallón? ¿A caso mi imaginación me había vuelto a fallar? Primero la idea que tenía de piratas, pensaba que sería divertido conocer a uno, pero ahora veía que era de lo más aterrador.
—"No hay que derrocharla"—Contestó con las cejas alzadas y sonriente.
Apretó mi mano con la suya, el corte escocía. Dolía. Y el medallón rozaba el corte y dolía todavía más. Eso si le añadías que ese rufián me estaba apretando tanto la mano que me hacía daño. Los piratas pararon de gritar. Yo tan solo miraba mi mano y el cofre. Una pregunta asaltó mi mente en ese momento. ¿Qué harían después esos rufianes después de que la maldición no funcionase? Pues yo no era Will, y si se daban cuenta seguro que matarían. Solo recé para que no lo descubriesen ahora mismo, a ver si tenía esperanzas de escapar .El capitán soltó mi mano y agarró mi muñeca, entonces yo abrí mi mano y vi caer el medallón manchado de sangre. Se me hizo un nudo en la garganta y no podía respirar bien. Tan solo debía aguardar y con suerte podría huir. Miré mi mano, y el corte que ese maldito pirata me había hecho.
Pude oír como uno de los piratas preguntó si había funcionado. Levanté la mirada y vi como el pirata que estaba delante de mí sacó una pistola y disparó a Pintel. En ese momento por enésima vez se me cayó el alma a los pies y comencé a temblar. Me obligué a mí misma a no mostrar ningún signo de debilidad, debía mantenerme firme y sobretodo no delatar a Will. Los piratas comenzaron a increpar al capitán de que se había equivocado. Barbossa miró el cuchillo manchado de mi sangre. Y se volvió hacia mí muy enfadado.
—"¡Vos, criada! ¿Vuestro padre cómo se llamaba? ¿Vuestro padre era William Turner?—Preguntó cogiéndome de los hombros y zarandeándome.
—"No"—Le contesté con valor y mofa.
—"¿Dónde está su hijo? El hijo que navegó desde Inglaterra hace ocho años y por cuyas venas corre la sangre de William Turner. ¡¿Dónde?!—Preguntó impaciente sosteniendo el medallón manchado de mi sangre.
Sonreí. No pensaba decirle dónde estaba Will. Jamás le diría dónde se hallaba él. Aunque me matase, no lo haría. Me miro con ira y me dio un golpe que me hizo caer hacia atrás, también oí como el medallón cayó al suelo. Tan solo sentía un dolor en la mejilla y después todo se volvió negro.
