Hetalia (Himaruya Hidekaz) y Latin Hetalia (Comunidad y respectivos creadores) no me pertenecen.


Bien, entendía a la perfección que tenía un novio que se enfadaba con facilidad, pero su curiosidad y molestia habían sido mucho más fuertes que el posible enfado de Manuel.

Había llegado al departamento del chileno muy temprano por la mañana. Manuel guardaba todas sus cosas en cajas ya que se iba a mudar a un lugar más pequeño, pues no tenía dinero para pagar él solo un departamento tan grande y su padre ya no quería pasarle ni un peso. Miguel llegó temprano con la bolsa de pan en mano e ingredientes para preparar un desayuno peruano, se adueñó de la cocina y la inundó de agradables olores. "Limpia lo que ensucies" fue lo que le dijo Manuel a Miguel, y frunció levemente el ceño cuando sólo recibió una risa como respuesta por parte del peruano.

Miguel sirvió alegremente el desayuno, atendiendo y mimando mucho más a Manuel de lo que solía hacer. El peruano tenía algo que proponerle y esperaba que la respuesta de Manu sea un "sí".

— ¿Está rico? —preguntó el peruano, sonriendo de oreja a oreja al ver que Manuel comía con gusto el desayuno.

—Sí, como siempre... —le respondió, levantando la mirada y encontrándose con la gran sonrisa del peruano-. ¿Qué pasó, weón? ¿Por qué tienes esa cara de idiota?

—Yo nací con esta cara, Manu... Y estoy de tan buen humor, que ignoraré eso último.

Dicho esto, Migue se levantó de la mesa tarareando una canción y llevó todas las tazas y platos sucios al caño, sorprendiendo a Manuel. Casi siempre, Miguel le respondía sus comentarios mordaces..., ¿qué había pasado con su novio? ¿Acaso Alfred tenía razón y los extraterrestres veraneaban en la Tierra? ¿Y si los extraterrestres habían raptado a Miguel y le lavaron el cerebro? Tras bombardearse él mismo con preguntas, Manu se cacheteó mentalmente. Debía dejar de pensar en tonterías y tratar de descubrir qué le pasaba a su novio.

—Hoy es el gran día... —susurró Miguel. Susurro que fue perfectamente escuchado por Manuel, ya que se encontraba detrás de él.

— ¿Gran día para qué?

—Para... —Era obvio que Miguel estaba intentando inventar algo, pero Manuel quería saber hasta dónde llegaba la imaginación del peruano—, un concierto...

— ¿Un concierto?

—Sí...

— ¿Y esperas que te crea eso?

—Tal vez.

— ¡Miguel Alejandro Prado, exijo que me digas qué te pasa!

— ¡Bien, te diré!, Manu, sólo no te enfades —le respondió el peruano, sin dejar de sonreír—. Déjame terminar de lavar. Espérame en la sala.

Manuel frunció el ceño pero hizo lo dicho por su novio. ¿Qué tan bueno podría ser lo que Miguel quería decirle? Tal vez era bueno para el peruano pero no para él... ¿Acaso Miguel quería terminarle? ¿Tendría Miguel otra relación? Eso explicaría su buen humor... Y es que Miguel tenía la típica sonrisa de los hombres satisfechos tras una larga noche de sexo. ¿Con quién le engañaba? ¿Por culpa de quién Miguel lo dejaría?

Tan metido estaba Manuel en sus cavilaciones, que no se percató de que Miguel ya había terminado de lavar y se acercaba a él, sin sonreír. El peruano parecía estar muy nervioso, y sus nervios iban en aumento al ver a su novio sentado muy serio en el sofá..., ¿y si Manu se negaba? Manuel tembló ligeramente al notar a Miguel sentado a su costado. Tembló por el miedo de perderlo.

—Manu, tengo que decirte algo...

— ¿Qué? —respondió el chileno, tratando de parecer lo más tranquilo posible.

—En realidad... Manu, no te enojes, por favor.

—Mierda...

Manuel maldijo su debilidad, ya que al escuchar la última frase de Miguel, gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Todos sus miedos salieron a flote. Ya lo sabía. Miguel iba a terminar con él. No pudo soportar más y lloró. Lloró porque sabía que alguien tan alegre como Miguel se aburriría de él. Lloró aún más cuando Miguel le preguntó muy preocupado qué le pasaba. Lloró cuando el peruano lo atrajo hacia su cuerpo y lo abrazó con fuerza, intentado callar su llanto.

— ¿Manu, por qué estás llorando? ¿Amor, qué te pasa? —Miguel se separó levemente de Manuel para retirar sus lágrimas del rostro y besar con dulzura sus ojos.

—Perdón..., ¿qué querías decirme?

Se sentía muy mal, no quería dejar de ser querido por Miguel. Manuel lo amaba, y deseaba que Miguel lo amara de igual manera o tal vez más.

—Manu —susurró el peruano, tomando las manos del chileno—, fui a hablar con tu padre.

— ¡¿Qué?!

De todas las cosas que Manuel tenía en mente, que eran muchas, nunca se esperó que el peruano le dijera aquello. ¿Habló con su padre? Sí, habló con aquel que desheredó a Manuel cuando le confesó que le gustaban los hombres... El chileno frunció el ceño al procesar mejor las palabras de Miguel.

— ¿Por qué hablaste con ese hombre?

—Bueno, le reclamé que te haya desheredado y me presenté como tu novio —dijo Miguel, sonriendo nerviosamente—. Llamó a sus matones para sacarme.

— ¡Eres un idiota, Migue! ¡Mi padre es homofóbico!

—Sí, lo sé, pero me molestó ver que te tengas que mudar por no tener suficiente plata.

—No quiero depender más de él, Migue.

—Aunque, gracias a él me enteré de una cosa muy interesante...

El tono burlón de la voz de Miguel lo puso alerta. ¿Qué cosa "interesante" le pudo haber dicho su padre a Miguel? Se sonrojó al tener una idea de lo que el peruano sabía, pero no es como si no lo supiera. Se lo había dicho algunas veces con anterioridad.

—Me dijo que él te había dicho que si terminabas conmigo, te daría todo el dinero que quisieras —comentó Miguel, sonriendo ampliamente.

—Yo...

—Y tú le dijiste que no te importaba su dinero y que me amabas.

—Si-sí, pero tú ya-ya sabías que te-te amo.

— ¡Lo sé! —respondió el peruano, robándole un beso fugaz al chileno—, pero es lindo saber que no tienes miedo de admitirlo frente a otras personas.

— ¿Eso era lo-lo que querías decirme? —pregunta Manuel, tratando de controlar su sonrojo.

—Manu, te amo —dijo Miguel, a unos escasos centímetros del rostro sonrojado del chileno. El peruano rió y besó con picardía la punta de la nariz de su novio—. Quiero vivir aquí contigo.

— ¿Aquí?, pero me voy a mudar, weón.

— ¡Paguemos los dos el alquiler!

—Migue, ¿me estás diciendo que quieres convivir conmigo?

— ¡Sí!

—Estás loco...

Miguel hizo un puchero y abrazó a Manuel por la cintura, depositando un beso en el cuello del chileno, y le susurró aún con los labios pegados en la piel de su novio.

—Ya no aguanto estar separado de ti, Manu. Intentémoslo.

Manuel se sonrojó mucho más al escuchar lo dicho por el peruano. Estaba feliz. Su pecho quería explotar por tanta felicidad. Abrazó a Miguel con fuerza y se quedó en silencio, disfrutando de los besos cariñosos que le daba el peruano.

— ¿Y-y bien? —preguntó Miguel muy nervioso, separándose del chileno. Aún quedaba la posibilidad del malévolo "no".

—Yo... —Manuel juntó todo el valor que tenía para decir lo que sentía—, yo tampoco quiero que te vayas de aquí...

— ¿Eso es un sí?

—Sí.

— ¡Manu! —exclamó el peruano, lanzándose sobre el chileno y besándolo con cariño.

Manuel respondió gustosamente el beso. Todo había salido mucho mejor de lo que creyó. Miguel no le terminó y le pidió que vivieran juntos. Ya no tendrían que estar separados por mucho tiempo, y eso le encantaba. Muchas noches Manuel sólo deseaba sentir las manos de Miguel sobre su piel, pero el peruano no estaba allí para hacerlo. Desde ese momento, Miguel estaría todo el tiempo a su lado... Tal vez podría llegar a ser un poco molesto el asunto de la convivencia.

Por la noche, se metieron juntos a la cama y se abrigaron con abrazos. No tuvieron sexo, sólo permanecieron juntos, disfrutando de la compañía del otro.

— ¿Manu, por qué lloraste?

—Por nada...

—Manu...

—Pensé que me terminarías.

— ¡Qué gracioso! —Exclamó Miguel, acompañando lo dicho de una carcajada y recibiendo una mirada asesina por parte del chileno—. Es que yo creí que tú no aceptarías mi propuesta. Estaba nervioso...

Manuel lo calló besándolo con dulzura, enredando suavemente sus dedos en el cabello negro del peruano, tratando de demostrarle con aquel beso lo mucho que lo amaba. Durmieron juntos aquella noche. Miguel yacía con los ojos cerrados, enredado entre los brazos de Manuel, reposando su rostro en el pecho del chileno, inhalando el aroma de su novio y soñando con una vida junto a Manuel. En el sueño Miguel volvía a estar nervioso, pero esta vez le pedía a Manu que se casara con él, recibiendo un beso y el tan ansiado "sí". El peruano no podría saber que ese sueño se haría realidad después de tres años de convivencia.


¡Viva el PeChi!