¡Hola!

¡Este es el tercer fic de los siete que escribiré!

Hetalia (Himaruya Hidekaz) y Latin Hetalia (Comunidad y respectivos creadores) no me pertenecen. Sólo soy dueña de la trama de los mini fics.


La estaba pasando muy bien. Las luces, la música, los amigos, el alcohol... Todo eso hacía que se moviera con emoción al ritmo de la música. Martín había tenido una buena idea al planearle su despedida de soltero en aquella discoteca. Sólo le faltaba algo... Cansado de bailar, se alejó disimuladamente de su grupo de amigos para buscar el bar con la mirada. Caminó hacia el barman y le pidió un pisco sour. Mientras esperaba que le sirvieran lo pedido, Miguel ladeó la cabeza, encontrándose con un muchacho que parecía ser de su misma edad. El otro joven lucía algo aburrido, y parecía que no se había dado cuenta de la presencia de Miguel.

—Hola, ¿vienes a menudo por aquí? —Le preguntó Miguel con una sonrisa coqueta, ganándose una mirada llena de sorpresa y confusión por parte del otro muchacho—. Soy Miguel, ¿y tú?

— ¿Estás borracho?

—Sólo tomé un poco... ¿Y bien? ¿Me dirás tu nombre?

—No.

—Ya veo, eres una persona de pocas palabras.

—Manuel.

— ¿Tu nombre? —le preguntó Miguel, riendo al darse cuenta de lo tonto que había sido su pregunta. Era obvio que ese era su nombre—. ¿Quieres bailar, Manuel?

—No me gusta bailar.

— ¡Vamos! ¡Te divertirás!

Sin esperar respuesta alguna, Miguel agarró la mano de Manuel y lo arrastró hasta el centro de la pista de baile. Manuel, por su parte, tenía el ceño fruncido pero no se opuso, tal vez sería un poco divertido el bailar con Miguel. Manuel se sonrojó levemente cuando Miguel lo tomó de la cintura con total confianza y lo pegó más a su cuerpo.

—Eres chileno —comentó Miguel, sin despegar ni una sola vez la mirada de los hermosos ojos del chileno.

—Sí, ¿algún problema?

—No, para nada. Mi novio es chileno.

— ¿Tienes novio y me estás coqueteando tan descaradamente?

—No seas aguafiestas, Manuel. Hoy es mi despedida de soltero. Además... —Miguel agarró con mayor firmeza la cintura del chileno y sonrió pícaramente—, sólo estamos bailando.

Manuel quería protestar, pero que Miguel tomara su cuerpo y lo guiara al ritmo de la música, le causaba un sentimiento placentero en el cuerpo. Manuel rogaba al cielo que la poca iluminación ocultara su sonrojo, pero Miguel no dejaba de mirarlo embobado, así que aquello era muy difícil de disimular. La canción, que era muy sensual, motivaba a Miguel a acercar su rostro a la mejilla del chileno, acariciándolo con la punta de la nariz, y depositándole un beso en la piel cuando vio que Manuel se sonrojaba aún más.

— ¿Sabes?, si te hubiera conocido antes... me casaba contigo -le susurró Miguel al oído, mordisqueando la oreja del chileno.

El chileno tembló ligeramente ante el gesto de Miguel, pero no se quejó. Al contrario, Manuel ladeó ligeramente su cabeza para besarlo con pasión, introduciendo su lengua dentro de la cavidad del otro, saboreando el sabor del licor de su boca. Dejaron a un lado el tema del baile, pues se dedicaron a besarse y acariciarse con lujuria. Miguel deslizaba su pulgar por la mejilla del chileno con cariño y la otra mano la bajó hasta el trasero de Manuel. El chileno se separó de Miguel para sonreírle socarronamente.

—Yo igual iba a dejar a mi pareja... sin tener la necesidad de conocerte, Migue.

— ¡¿Qué?! —Miguel lo soltó rápidamente, mirándolo muy dolido.

— ¿Qué pasa?, ¿por qué te alteras, weón? —pregunta el chileno, acompañando lo dicho por una sonrisa malévola.

— ¡Ya se acabó la broma, Manu! ¡¿En serio ibas a dejarme?!

—Sólo te seguí el juego, po. Tú comenzaste, no te quejes... -dicho esto, Manuel se acercó al bar y tomó su abrigo—. Sólo no te trasnoches ni te acuestes con putas.

—Manu, me asustaste. Pensé..., pensé que ibas a cancelar nuestra boda.

— ¿Y tú? ¿Siempre vienes a lugares como estos y coqueteas con chicos como lo hiciste conmigo?

—No, tú eres el primero y único.

—Sí, claro...

Miguel sonrió al darse cuenta de los celos del chileno. ¿Acaso estaba celoso de él mismo? ¡Su chileno era único! Miguel lo tomó nuevamente entre sus brazos y lo besó con dulzura, amando cada segundo el contacto entre sus labios.

—Manu, vamos a casa... —susurró Miguel, con lo labios rozando los de Manuel.

— ¿No te estabas divirtiendo aquí?

—Me divertí mucho más cuando te vi, Manu... Por cierto, ¿qué haces aquí? No quisiste venir cuando te pregunté.

El chileno bajó la mirada nerviosamente. La verdad era que Manuel pensó, por un pequeño momento, que Miguel se acostaría con medio mundo en la noche antes de su boda. Sí, sus celos fueron más fuertes y lo llevaron a un lugar que desagradaba por completo. Aunque eso no se lo diría a Miguel…

—Me aburrí...

— ¿En serio?

—Sí.

—Bueno, entonces vayámonos a aburrirnos juntos —dijo Miguel, tomando la mano de Manuel y entrelazando sus dedos con los suyos.

—No, Migue... —le respondió el chileno, suspirando—. No quiero arruinarte la fiesta.

—Manu..., vamos a casa —Migue se acercó al oído del chileno y le susurró—. Se me ocurre algo que sólo quiero hacer contigo y que es mucho más divertido que esta despedida.

Miguel sonrió satisfecho al ver un adorable sonrojo en las mejillas del chileno, y soltó una carcajada cuando Manu lo arrastró fuera de la discoteca. Al parecer, Manu también quería pasar su última noche de soltero junto a Migue. Caminaron de la mano por las calles de Buenos Aires rumbo al departamento que compraron, sonriendo al saber que en algunas horas, finalmente, se casarían.


¡Viva el PeChi!