¡Hola!
¡Este es el cuarto fic! ¡Ya me falta tan poco! Bueno, como estoy escribiendo sobre Perú y Chile, no podía faltar alguna alusión a la Guerra del Pacífico. Será contado desde el aspecto romántico, teniendo en cuenta el sentimiento de odio que pudieron haber sentido durante y después de la guerra.
Hetalia (Himaruya Hidekaz) y Latin Hetalia (Comunidad y respectivos autores) no me pertenecen. Sólo soy dueña de la trama.
Las lágrimas corrían por su rostro y sus labios se moldeaban en una mueca de enfado. Manuel González, también conocido como Chile, caminaba a pasos agigantados por la Casa de Pizarro. Estaba allí disfrazado, pero no para atacar el lugar, sino para hablar con la representación personificada de Perú. El tan sólo pensar en aquella nación hacía que su enojo y tristeza aumentaran, al punto de ya no querer caminar más y llorar en medio de uno de los pasadizos.
Manuel se sobresaltó cuando alguien tocó su hombro. Estaría en serios problemas si descubrían quién era, debido a la pésima relación que tenían los países de Perú y Chile en esos momentos. Pero sus nervios desaparecieron cuando vio los ojos curiosos de Miguel tiñéndose con pena al darse cuenta de quien estaba frente a él.
—Manuel…, vamos a hablar a otro lado.
Chile no dijo nada, sólo lo siguió mientras secaba rápidamente sus lágrimas. No tenía tampoco mucho que decirle. Ya todo había quedado muy claro cuando Perú se puso del lado de Bolivia.
Caminaron por algunos minutos por aquella casa en donde vivieron juntos por un tiempo en algún momento de su historia, llegando por fin al cuarto de Perú. Miguel le abrió la puerta con cuidado, vigilando que nadie más lo viera, y al entrar la aseguró para que nadie pudiera ingresar.
—Manuel, yo…
—Sólo vine para terminar nuestra relación formalmente, Perú —decía Manuel, sin mirar a los ojos al peruano. Era muy doloroso para el chileno.
—No, Manu, por favor, escucha lo que tengo que decirte.
—No es necesario que lo digas. Decidiste apoyar a tu hermano menor y me dejaste a mí de lado…
Manuel no aguantó más y lloró frente a Miguel. ¡No era justo! Chile no entendía por qué Perú apoyaba con tanto empeño a Bolivia. ¡Él era su novio, no Julio! Sabía que era egoísta pedirle que escogiera entre los dos, entre Julio y Manuel, pero en una situación tan horrible como lo es escoger un bando en la guerra… Miguel no lo había escogido a él.
—Tú no me escogiste, Miguel.
— ¡No es como si yo pudiera decidir, Manuel! ¡Tú sabes como son estas cosas! —dijo Miguel, tomando las manos del chileno entre las suyas—. Chile, mi Manuel, no me dejes… por favor.
— ¿Estás diciendo que quieres continuar con nuestra relación… aunque peleemos en guerra? Sabes que mi problema era con Bolivia, y tú te metiste… Ahora mi problema más grande es contigo —Manuel cerró los ojos, disfrutando la sensación cálida que le ofrecían las manos de Miguel—. Y no voy a parar hasta ganarles la guerra o hasta que mi jefe me lo ordene, Miguel. No importa cuanto te ame.
—Sí, Manuel. Quiero seguir contigo aunque la guerra nos separe. Y sé las cosas que tendrás que hacer, así cómo sé las cosas que yo tendré que hacer. Sólo… —Miguel acercó su rostro al del chileno y le susurró unas palabras antes de besarlo—, no me dejes.
Manuel llevó sus manos a la cara del peruano, acariciándolo con ternura, mientras que Miguel aumentaba la intensidad del beso. Pasando de un tierno beso a uno en el que sus gemidos eran callados por los labios del otro. Terminaron en la cama del peruano entre caricias y besos, entre mordidas y roces, entre gemidos y gritos.
Miguel se posicionó sobre Manuel, mordiéndole y lamiéndole el cuello, separando las piernas del chileno con su rodilla. No aguantaba más. Si iba a estar separado de Manuel por un tiempo, necesitaba impregnarse el aroma de su pareja en la piel y marcar al chileno como suyo para que nadie, más que él, pudiera tocarlo. Manuel era suyo, sólo suyo.
La tarde era gris y la lluvia le daba un aspecto mucho más lúgubre. Pasaron algunos años, la guerra ya estaba por acabar. Miguel ya estaba demasiado herido como para seguir luchando… o al menos eso era lo que decía Miguel Iglesias, su jefe, pues Miguel quería pelear hasta quedar sin piernas y brazos.
Manuel yacía sobre él, apuntándole con un arma en la cabeza. El chileno lucía totalmente serio, aunque aquella "seriedad" en realidad escondía el dolor de haber perdido aquello que amó tanto. No tenía que ser adivino para saber que Miguel lo odiaba. Sólo debía ver en sus ojos para comprender que el odio que Perú sentía por Chile era inmenso. Miguel no lo miraba, no quería darle el gusto de verlo a los ojos luciendo tan derrotado.
—Esto está a punto de acabar. Ya no tenemos que seguir luchando más, Perú.
— ¿Pero qué dices? —Soltó Miguel, sonriendo con enfado—. Esta guerra nunca va ha ser olvidada por los peruanos… Yo haré que eso no suceda.
Manuel se levantó, dejando libre a un muy mal herido Miguel, y sin soltar palabra alguna le dio la espalda, totalmente preparado para las palabras hirientes que el peruano tuviera que decirle.
—Finalmente lo lograste —dijo Perú, hablando con amargura, soltando cada una de las palabras que había escuchado de sus jefes. Sí, "jefes", pues Miguel había tenido muchos presidentes durante la guerra—. Finalmente lograste destruirme. ¿Eso era lo querías, no? Tú no querías sólo ganar la guerra, Manuel. Tú querías demostrar que eres más fuerte que yo.
—Y lo soy… —respondió Chile, mordiéndose el labio para no llorar frente al peruano—. Miguel, ¿te acuerdas de las cosas que me dijiste antes de empezar la guerra?
— ¿Yo? Yo ya no recuerdo nada, Chile… Para mí tú siempre serás el país a quien yo más odie.
Dicho esto, Miguel regresó a Lima con mucho esfuerzo, no sólo por su estado físico sino por su estado anímico. Le había dicho cosas horribles a Manuel, y lo sabía. Por supuesto que recordaba aquella promesa que le hizo al chileno, pero no podía ignorar el odio de su pueblo. Este era inmenso. Tan grande que lo influenciaba. Llegó a Palacio de Gobierno aún con las heridas abiertas y sangrantes. Su jefe quiso ayudarlo, pero Miguel pasó de largo porque sabía que estaría mal si le partía la cara a golpes.
Llegó a su habitación, sentándose en una esquina y escondiendo su rostro entre sus rodillas. Recordaba a la perfección la última vez que estuvo allí con Manuel. Aquella noche fue, quizás, la más feliz de su vida. Estar al lado de la persona que amaba no tenía precio. Miguel sólo esperaba que Manuel algún día pudiera perdonarlo, así como también deseaba que el enojo que sentía por el chileno disminuyera. No importaba que tan enfadado estuviera con Chile, a pesar de todo, el amor que sentía por Manuel era mucho más grande que el otro sentimiento.
Bien, lo admitía, se le había hecho tarde, pero esa no era excusa para que Manuel lo estuviera mirando tan enfadado. Sólo había llegado una hora tarde. Por su parte, el chileno se había tranquilizado al ver que Miguel acababa de llegar pues pensó que no asistiría. Ambas naciones estaban intentando retomar su relación, y en realidad no era muy complicado, ya que nunca dejaron de amarse. Lo difícil fue admitirlo.
Miguel supuestamente le había guardado rencor por el asunto de la guerra y Manuel odiaba a cualquiera que lo odiara. Después de muchas décadas de amistad entre los dos países, ambos terminaron ebrios en una fiesta en casa de Ecuador, confesándose sus sentimientos cuando tuvieron la oportunidad.
Miguel se acercó a Manuel y le levantó el mentón con el dedo índice para depositar en sus labios un beso apasionado. Dejaron de lado la comida, que yacía intacta sobre la mesa, y se dirigieron hasta la cama, sumergiendo entre las sábanas y enredándose entre sus cuerpos.
La Guerra del Pacífico les había enseñado que no importaba que tan molestos pudieran estar en el momento. Al final siempre terminarían refugiándose en el calor que brindaban los brazos del otro y susurrando palabras de amor en sus bocas.
¡Y eso fue todo!
Debo admitir que me causó tristeza escribir este capítulo… Sí, es un momento dramático en la historia de estos dos.
*Palacio de Gobierno y La Caza de Pizarro son el mismo lugar.
¡Viva el PeChi!
