Hetalia (Himaruya Hidekaz) y Latin Hetalia (Comunidad y respectivos autores) no me pertenecen. Yo sólo soy dueña de la trama del fic.
Miguel arrugaba la nariz al sentir aquel desagradable olor en el aire. Había abierto las ventanas y echado aromatizante en todo el departamento, pero el humo seguía llenando sus pulmones. Miguel realmente odiaba el humo del cigarrillo. Le había dicho miles de veces a Manuel que no fumara, que era malo para su salud, pero el chileno con lo que terco es, siguió fumando. Obteniendo como resultado un Miguel a punto de saltar por la ventana para acabar con su sufrimiento.
—Ya no exageres, Migue —dijo Manuel, al ver que su novio estaba con un pie fuera del edificio—. No juegues cerca de la ventana, weón.
— ¡Igual moriré si respiro ese aire tóxico, Manu!
Ante esto, el chileno le mandó una mirada sarcástica a Miguel y llevó nuevamente el cigarro a sus labios. Miguel odiaba a ese cigarro, no sólo porque detestaba el humo, sino porque compartía los labios de Manuel con cada uno de los cigarrillos que fumaba. Sin realmente pensar en las cosas que hacía, Miguel corrió hacia Manuel y le quitó el cigarrillo de los dedos.
—No jodas, Miguel. Dámelo.
— ¡No!
—Migue… —Manuel se levantó para mirar directo a los ojos del peruano, pero Miguel se había escondido detrás del sofá—, dame el puto cigarrillo.
Miguel se levanta rápidamente y se acerca a la mesa de centro para llegar al cenicero y apagar, por fin, aquel "artefacto del demonio". El peruano hizo todo eso en un lapso de tres segundos ante la mirada atónita del chileno. Manuel estaba molesto, pero prefirió no discutir y sacar otro cigarro de la cajetilla.
— ¿¡Tienes más?!
—Sí.
— ¡Manu!
— ¿Qué?
—Deja de fumar.
—No.
— ¡Manu!
— ¿Qué? —soltó Manuel, sonriendo socarronamente.
Manuel regresó al sofá con tranquilidad para seguir con su lectura mientras fumaba. No quería ser fastidiado, así que le lanzó una mirada asesina al peruano antes de fijar sus ojos en las letras de aquel libro. Miguel, por su parte, pensaba en un mejor plan para que Manuel dejara la costumbre de fumar. No se le ocurría nada… Hasta que recordó algo que Manuel le había dicho la noche anterior.
Miguel se acercó lentamente al chileno, sentándose a su costado sin mostrarse fastidiado por el aroma mortífero del cigarro. Manuel sólo enarcó una ceja, pero no dijo palabra alguna. De un momento a otro, Miguel había lanzado el libro de su novio al suelo y se posicionó sobre Manuel. El peruano no quitaba los ojos de los labios del chileno, y aprovechó que el cigarrillo no estuviera en su boca para besar a Manuel.
El chileno sostuvo el cigarro con una mano y rodeó la cintura de Miguel con su otro brazo. Miguel lo besaba con desesperación, moviendo sus labios a un perfecto ritmo, en una sincronía armoniosa con los de Manuel. El peruano delineó los labios de Manu con la lengua, pidiendo permiso para ingresarla en la cavidad del chileno, saboreando el sabor característico del cigarrillo.
El beso fue aumentando de intensidad, pues Miguel deslizaba sus manos por el pecho del mayor, estremeciendo al chileno. Para Manuel el beso resultaba muy excitante. Succionaba el cuello de Miguel, marcándolo como suyo para que nadie más quisiera tocarlo. Especialmente cierto ecuatoriano que parecía estar encantado con su Miguel.
—Manu… —le susurró sensualmente al oído, para luego mordisquear aquella zona—, hazme tuyo.
Manuel quiso levantarlo para llevarlo a la cama y hacerle de todo, pero el molesto cigarrillo en su mano se lo impedía. Sin pensarlo dos veces, el chileno apagó el cigarro, para luego cargar a Miguel y tumbarlo con algo de fuerza sobre la cama. Miguel lo miraba excitado y feliz. No sólo porque tendría sexo con Manuel, sino por que su chileno se deshizo por fin del cigarrillo por su propia voluntad.
Estaba mal chantajear a tu pareja con sexo, pero era la única opción que le quedaba. Además… Manuel no parecía molesto. ¡Al contrario! "Manuel estará feliz con dejarme en silla de ruedas", pensaba el peruano, siendo embestido en una de las estocadas de su novio. Los gemidos de ambos se escuchaban por toda la habitación, todo el departamento, y tal vez todo el edificio, pero no les interesaba.
Miguel y Manuel se corrieron al mismo tiempo, gritando el nombre del otro al llegar al clímax. El chileno se tumbó sobre Miguel, sin salir de él, y lo llenó de besos como muy pocas veces hacía. El peruano sonrió triunfante entre los besos recibidos y se atrevió al recordarle cierto asunto.
—Manu, ayer me dijiste que mis besos eran adictivos.
—Y lo son —respondió el chileno, volviendo a besar los labios de Miguel.
— ¿Y a qué eres más adicto: al cigarrillo o a mí? —le preguntó Miguel, dándole un pequeño beso en la comisura de los labios.
—Al cigarro —contestó Manuel, riendo al ver el enojo en el rostro del peruano—. Soy adicto a ti, Migue.
—Que bueno que yo sea tú única adicción, Manu. Porque tú eres la mía.
Manuel volvió a besar a Miguel antes de separarse del peruano, dejándole un sentimiento extraño en el trasero. El chileno se echó a su costado y se cubrió a sí mismo y al peruano con una sábana que encontró por allí, durmiendo al instante en el que Miguel buscó su cuerpo para dormir refugiado en él.
Manuel era adicto a Miguel y Miguel era adicto a Manuel. Lo mejor de esta adicción es que ninguno de ellos quería dejarla.
