Hetalia (Himaruya Hidekaz) y Latin Hetalia (Comunidad y respectivos autores) no me pertenecen. Sólo soy dueña de la trama del fic.
Miguel y Manuel eran completamente distintos. Por un lado, Miguel siempre conversaba alegremente con todos los de la clase, siempre tenía algún chiste en la punta de la lengua. Manuel prefería quedarse callado y concentrarse en un buen libro, sin prestar atención a los molestos gritos de júbilo del peruano. Ni Miguel ni Manuel hablaban entre ellos.
Miguel intentó hablarle una vez, fracasando totalmente cuando Manuel le preguntó si sabía el nombre del autor del libro que estaba leyendo. En ese momento, Miguel creyó que Manuel era un presumido, y prefirió ignorarlo. Y Manuel…, él sólo pensaba que Miguel era insoportable y también prefirió ignorarlo. Pasaron así muchos años en la escuela, sin dirigirse la palabra a menos que fuera totalmente necesario.
Fue en su último año en el que volvieron a hablar, y no fue realmente una conversación normal. Al menos no para ellos. No después de lo sucedido.
El incidente surgió por un comentario de Martín, el mejor amigo de Miguel. Ya casi todos los alumnos habían abandonado el salón de clases, sólo quedaban Manuel y el libro que leía. "A que no podés darle un beso a Manu", le dijo Martín a Miguel, en medio de un juego tonto entre ellos. Miguel lo miró con sorpresa, pero prometió que lo haría sólo porque el argentino lo retó.
Y allí se encontraba, parado frente a Manuel y su poemario de Neruda. El nerviosismo del peruano era notable, contrastando con el aburrimiento perfectamente visible en el rostro del chileno. Manuel lo veía con la ceja levantada, buscando la manera más apropiada de decirle "Lárgate". No, no encontraba ninguna. El peruano lo hacía enojar con sus usuales sonrisas. No había forma de ser hipócrita con él y sonreírle mientras le pedía amablemente que se retirara. Así que Manuel se quedó callado, observando con detenimiento todos los movimientos que indicaban el nerviosismo del peruano.
—Ma-manuel… —empieza a decir Miguel, luchando por hacer lo que le dijo a Martín que haría. Lamentablemente, sus nervios no le dejaban pensar.
— ¿Qué quieres?
—Yo…
Manuel se aburrió de esperar la respuesta del peruano y volvió a fijar su mirada en su lectura. Le parecía muy divertido ver a Miguel tan nervioso. "Era lindo", pensó Manuel, atribuyendo aquel pensamiento a la poesía de Neruda. El peruano se sobresaltó un poco al ver que Manuel ya no lo miraba. ¡Tenía que hacerlo ya! Sin perder más tiempo, Miguel se acercó a Manuel, llevó su mano al mentón de éste y cortó la distancia que los mantenía alejados con un beso.
Aquel beso sólo duró unos segundos, y al separarse sus miradas chocaron. Ambas con diferentes sentimientos en ellas. La de Miguel expresaba miedo y confusión. La de Manuel, sorpresa y nerviosismo. Se miraron por unos segundos, sin hablar, tratando de leerse mutuamente. No sabían qué fue lo que les pasó, pero en cuestión de segundos, Manuel y Miguel ya se habían acercado nuevamente, besándose esta vez con mucha más pasión.
Miguel se inclinaba sobre el escritorio del chileno, siendo sujetado de la nuca por Manuel. Sus labios se movían a un ritmo casi placentero y con una sincronía excitante. Segundos después, sus lenguas se atacaban mutuamente, aumentando la pasión en aquel beso. Las manos del peruano no podían permanecer quietas, pues ellas se enredaban en los cabellos castaños de Manuel.
Ese beso era extraño para Manuel por la persona con la que lo compartía. ¿Miguel? ¿En serio? El chileno siempre había pensado en él como el payaso de la clase, y no era porque Manuel siempre pensara en él. Miguel siempre estaba rodeado de amigos que le sonreían y él sonreía para ellos, y Manuel no sabía eso por haberlo estado observando todo el tiempo... Bien, lo admitía, estaba muy pendiente del peruano. "¿Esto es normal?", pensó Manuel, llevando sus manos a la camisa del peruano, sintiendo la piel bajo esa delgada capa de tela. Y después de pensar por tres segundos, Manuel concluyó con un "no importa" claro y conciso.
El beso hubiera ido más allá de un beso, sino fuera por las voces que venían del pasillo. Miguel y Manuel se separaron de golpe, observando a los recién llegados completamente sonrojados. Ni el argentino ni Sebastián habían visto "el intercambio de fluidos" entre el peruano y el chileno, y si Manuel y Miguel estaban seguros de ello era porque Martín no les estaba jodiendo la vida respecto al beso.
—Che, Migue, ¿ya no te habías ido?
—Ah, sí, ol-olvidé un libro… —Miguel buscó desesperadamente con la mirada algún libro que pudiera servirle de coartada, tomando finalmente el del chileno—. ¡Aquí está!
Miguel no le dio tiempo al argentino para que preguntara sobre su repentino gusto por la poesía chilena, él sólo salió del salón y caminó lo más rápido que pudo con el libro entre sus brazos. A Martín no le costó mucho alcanzarlo, caminando a su lado y en silencio por unos minutos. Silencio que fue terminado por Miguel.
— ¿Y Sebas?
—Está buscando a Dani.
— ¿Y tú por qué no estás con él?
—Porque vos parecías tener algo raro —soltó Tincho, tomando el poemario entre sus manos y ojeándolo rápidamente.
—Tincho, no debería preocuparte por mí. Estoy bien.
— ¿Besaste a Manu? —Dijo Martín de la nada, logrando que Miguel detuviera su caminata—. Es lo que único que se me ocurre al ver cómo estás. ¿Y bien? ¿Lo besaste?
Miguel permaneció callado. Antes de aquel beso, a Miguel no le hubiera importado que toda la escuela se enterara de aquello, pero al besar a Manuel, notó que quería que ese fuera un secreto que compartieran sólo él y Manuel. No se avergonzaba de haberlo besado porque no le importaba lo que pudieran pensar los demás de él. Después de aquel beso, sólo le importaba lo que Manuel pudiera pensar de él. Sabía que era algo infantil sentir algo tan especial por alguien a quien sólo había besado una vez, pero… no podía evitarlo. Tal vez… los sentimientos que habían surgido por el chileno estuvieron allí desde mucho antes.
—No, no lo besé.
Aquel encuentro cercano entre Migue y Manu sería sólo el primero de toda una larga vida de besos y caricias, de amor y discusiones tontas y graciosas, de pisco peruano y pisco chileno, de pasión y lujuria. Y así empezó todo.
