Aunque parecía tranquila aquellos que la conocían bien podían ver que había perdido parte de su calma habitual. El gran día había llegado, por fin podría ir a la Tierra pero aunque llevaba esperándolo durante años ahora sentía algo de nervios. Era normal pensar en si iba a ser capaz de cumplir con su deber. Era algo importante y no debía fallar.
Tenía que ponerse en camino ya pero no podía marcharse sin despedirse. Sus dos amigos llegaban tarde.
-¡Mikasa!
Se giró al oír su nombre y allí estaban, ambos intentando recobrar el aliento.
-Pensábamos que ya te habrías ido. –El chico de ojos verdes hablaba con alivio.
-No podía irme sin deciros adiós. Además no sé cuándo podré volver.
-No te preocupes, siendo tu primer encargo no será nada demasiado difícil. Seguro que en una semana o así estas por aquí de nuevo.
Iba a ser raro no estar con ellos a partir de ahora. Los tres habían estado siempre muy unidos. Ella era la primera en ir a la Tierra pero pronto seria también el turno de Eren y Armin. Sabía que una vez que empezaran a ocuparse de encargos ya no podrían verse tan a menudo y eso la ponía algo triste.
-Tranquila, todo irá bien. –Al rubio le resultaba gracioso ver a Mikasa tan nerviosa ya que siempre actuaba muy segura de sí misma.
-Bueno, supongo que he de irme ya.
-Espera.
Eren se quitó del cuello su bufanda roja. Nadie sabía de donde la había sacado ya que no era algo que se usase mucho allí en el cielo pero siempre la llevaba consigo, era casi como un amuleto de buena suerte.
-Ten, un regalo. Para que te vaya bien.
El muchacho se la colocó encima sin mucho cuidado de forma que la bufanda le tapaba parte de la cara. Cuando la chica la puso en su lugar los otros dos pudieron ver la emoción en su rostro.
-Eren…
El afecto del joven le dio el ánimo que necesitaba para emprender su viaje.
-Gracias.
Los abrazo a los dos y se marchó sintiendo que dejaba atrás parte de una vida.
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Hacia frio. Más de lo que había esperado. Ahora se sentía aun mas agradecida a Eren por regalarle su bufanda. Llevaba un bonito vestido color crema que le llegaba por las rodillas y una fina chaquetilla rosa. El viento revolvía su pelo largo y negro irritándola ligeramente. Estar en la azotea de un edificio también influía, allí el viento era más fuerte. En el cielo no había frío ni viento, tendría que acostumbrarse a aquellas cosas rápido si quería hacer bien su trabajo. Estaba empezando a tiritar y se le pasó por la cabeza el irse y buscar ropa de más abrigo pero no podía hacerlo, su encargo pasaría por allí en un momento u otro. Después de unos minutos por fin la vio aparecer. Era una chica y vestía un uniforme escolar, estaba volviendo a casa al parecer. Todo lo que sabía de ella es que acababa de perder a su madre y que la relación que tenía con su padre era nula así que en esos momentos estaría tentada por malas elecciones, Mikasa debía asegurarse de que esa joven no se echaba a perder ya que tenía un futuro brillante. Estaba pensando cual sería la mejor forma para entrar en contacto con ella cuando oyó ruido a su espalda y al girarse los vio. Había cuatro personas más aparte de ella en la azotea, la estaban mirando y se acercaban. El problema era que todos llevaban unas grandes alas negras en la espalda. Nunca antes había visto algo tan negro. Su corazón empezó a latir atropelladamente y por unos instantes se quedó clavada en el sitio a causa del pánico.
-¿Tienes frio? Si quieres te puedo calentar.
El mismo demonio que había hablado levantó la mano para que estuviera a la vista de Mikasa y dobló los dedos haciendo que sus nudillos crujieran.
Eso pareció hacer volver en si al ángel que se lanzó de la azotea en un segundo sin que los otros pudieran evitarlo. En medio de la caída sacó sus alas y voló antes de llegar al suelo. Mikasa siempre había sido muy rápida volando, era una de sus cualidades favoritas. Era imposible enfrentarse a los cuatro ella sola así que solo podía huir. Desafortunadamente el maldito viento le impedía volar todo lo rápido que podía. Sin embargo a sus perseguidores les pasaba todo lo contrario, no solo estaban acostumbrados a los azotes de aire sino que sabían aprovecharlos en su beneficio. En un par de minutos le dieron alcance, justo cuando estaba pasando entre dos edificios para intentar ganar distancia uno de ellos apareció delante de ella a toda velocidad. Sin tener tiempo para reaccionar el ángel no pudo evitar que el demonio la arrollara. Sus pulmones expulsaron todo el aire en su interior debido a la violencia del golpe y antes de que pudiera intentar soltarse del agarre su agresor hizo que se estrellara contra el suelo. El impacto hizo que parte del pavimento saliera despedido provocando un gran estruendo. De repente algo desconocido para ella nublo sus sentidos. Dolor. Le habían hablado sobre el pero nunca imagino que fuera tan intenso. Intento levantarse pero otro de los demonios se lo impidió colocando una de sus botas sobre su pecho.
Mikasa no podía creer lo que estaba pasando. ¿Por qué le estaban haciendo aquello?
Los demonios reían y hablaban entre ellos como si no pudiera oírlos. Uno le chocó la mano al que había conseguido derribarla.
-Buen placaje.
-¿A donde ibas con tanta prisa?- El tipo empezó a pisarla con más fuerza.- Nosotros que veníamos a invitarte a un café y tu vas y sales volando. Si tantas ganas tienes de saltarte la parte aburrida no hay problema.
Acto seguido y sin decir una palabra más levantó el pie pero solo para propinarle una patada en el costado que la dejó de nuevo sin aliento. Después de ese, decenas y decenas de golpes lo siguieron. Los cuatro la habían rodeado y le pegaban sin piedad. Al principio intentó defenderse esquivándolos e intentando contraatacar pero todo fue en vano, lo único que pudo hacer finalmente fue cubrirse y esperar a que decidieran parar. Las lágrimas no la dejaban ver y a cada golpe estaba más desorientada. Su sangre se empezaba a acumular en el asfalto. Sabía que a ese paso pronto perdería la consciencia pero entonces los demonios se detuvieron.
-Bueno ¿pasamos a la mejor parte?
Mikasa apenas pudo oírlo. Solo daba gracias porque los golpes hubieran parado. Los oídos le pitaban y podía saborear su sangre la cual se le acumulaba en la garganta y la hacía toser. De pronto el mismo que había iniciado los golpes se agacho y se colocó sobre ella. Al ver que intentaba quitarle la ropa entendió sus intenciones y trato de quitárselo de encima pero el dolor apenas la dejaba moverse. Seguramente a esas alturas ya llevaría varios huesos rotos, aun así intentó empujar al tipo sin ningún resultado.
-…no… por favor…
-Si te estás quieta será mucho más fácil para todos, así que pórtate bien.–Le pegó un puñetazo en la cara con tanta fuerza que cerca estuvo de noquearla.
Otro demonio le sujetó los brazos y le habló al oído.
-Aunque yo prefiero que te resistas y grites, es más divertido.
Le subió la falda del vestido y rasgó la parte de arriba haciendo que algunos de los botones salieran despedidos. Por último le quitó de un tirón la bufanda y la tiró al suelo.
¿Por qué le ocurría esto? Se suponía que todo le iba a ir bien, que estaría en casa en unos días. Ahora lo único que quería era volver a ver a Eren y Armin. Incapaz de moverse, se quedó mirando el regalo de su amigo que se había manchado con su sangre mientras sentía las manos de aquellos desalmados por todo su cuerpo. De repente sintió un dolor ardiente entre las piernas tan fuerte que creyó que se iba a partir en dos. Ya no podría volver al cielo, sería una vergüenza. No podría volver a mirar a la cara a sus queridos amigos. Los minutos se eternizaron. De vez en cuando volvía a recibir algún golpe que le recordaba que lo que le estaba ocurriendo era real. Uno a uno se fueron turnando para seguir con esa tortura. La joven llegó a pensar que aquello no tendría fin pero sus agresores acabaron cansándose y la dejaron allí tirada.
La comezón caliente de todas sus heridas fue apagándose gracias al viento que corría a través del callejón, sin embargo, al poco tiempo comenzó a temblar. Hacía mucho frío. Su piel estaba en contacto con el aire helado y el suelo. Intentó alcanzar la bufanda que estaba a escasos centímetros pero aunque consiguió agarrarla no fue capaz de atraerla hacia sí. No tenía fuerzas para nada, solo quería que el dolor acabara. Poco a poco todo se empezó a poner negro, eran sus ojos los que se estaban cerrando. Creyó oír unos pasos acercándose pero ya le daba igual todo.
Nada sería peor que lo que le acababa de pasar.
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Abrió lentamente los ojos. Todo estaba negro, pronto se acostumbro a la falta de luz y vio que estaba en un dormitorio. Las persianas estaban bajadas, solo había una estrecha franja de luz que provenía de la puerta que estaba casi cerrada. Hallarse en un lugar desconocido la puso alerta pero entonces sintió una ola de dolor que hizo que su corazón se saltara un latido. Recordó todo el horror que había tenido que soportar, por un momento pensó que tal vez había sido un sueño pero su cuerpo le decía que había sido muy real. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla al darse cuenta de lo que había perdido. En la mesilla vio la bufanda de Eren y la sujeto contra su pecho, quería irse a casa. Movió sus alas y entonces se dio cuenta de que estaban rotas. Su cuerpo se curaría rápido pero a las alas les costaría meses sanar y sin ellas era imposible volver al cielo. No sabía que iba a hacer de ahora en adelante pero en esos momentos era más importante saber donde estaba. Sus alas estaban al descubierto y quien quiera que la hubiera traído allí las había visto. Una de las normas más importantes era que un ángel nunca podía revelar su naturaleza a un humano. Con lentitud se levantó de la cama e intento ir hasta la puerta pero se cayó al suelo antes de alcanzarla. Oyó como alguien iba hasta la habitación y encendía la luz. Rápidamente una chica se acercó a ella y la ayudó a levantarse. Dejó que se apoyara en ella para caminar y la llevó de nuevo a la cama.
-¿Estás bien?
Tenía el pelo rubio y unos bonitos ojos azules. La chica se inclinó hacia Mikasa y le apartó el pelo de la cara para mirarla de cerca.
-Vaya, te estás curando muy rápido. Ya casi no llevas los ojos hinchados y esto casi está cerrado.
Le pasó el dedo por la ceja rota con cuidado.
-Te hubiera llevado a un hospital pero no se que hubieran hecho con tus alas.
El ángel retrocedió y la miró con cautela.
-Tranquila, aquí no te va a pasar nada. No se lo diré a nadie. Estás en mi casa, puedes quedarte todo lo que quieras. –Le cogió del brazo despacio y se lo flexiono mirando su reacción. –Parece que este brazo ya está mejor, tus heridas se van curando sin mucha ayuda así que con unos días descansando seguramente te encuentres ya bien. Vuelve a echarte, te prepararé algo para comer. Por cierto, me llamo Annie. ¿Y tú?
-Mikasa.
-De acuerdo Mikasa, no sé quién te habrá hecho todo eso pero aquí estas a salvo. Puedes relajarte.
Fue hasta la puerta y antes de salir le dedico una pequeña sonrisa.
Cuando volvió a quedarse sola el ángel se colocó la bufanda de Eren alrededor del cuello y volvió a meterse entre las sábanas.
Fin del preludio.
Después de esto me voy a poner de cabeza con el capitulo 13 de Magia y Sangre así que no esperéis capitulo nuevo de Alas Grises hasta después de que lo suba. No desesperéis seguro que el capi 13 esta antes de fin de mes. De todas formas me gustaría escribir este nuevo fic con capítulos largos así que seguramente lo vaya actualizando lentamente.
¡Gracias por leer y recordad que todas las reviews son bien recibidas!
¡Hasta la próxima!
