Nido de halcón

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Eres un halcón y ansías sentir el aire bajo tus alas, acariciando tus plumas como una promesa que consuela. Tus ojos están hambreados de maravillosos e imponentes panoramas de bosques misteriosos, esplendorosas primaveras y hondos valles. Tu piel bebe la nieve, la lluvia, la caliente luz del sol o la agradable brisa que se filtra por tus gruesas ropas. Tus pies, ya insensibles a cualquier dolor, siguen moviéndose hacia adelante, incansables y esperanzados.

Eres un halcón y disfrutas planear por el cielo profundo e infinito. Es lo que haces mejor y lo que apacigua tu rasgada alma. Es un hábito que no puedes dejar. Lo has hecho desde que aprendiste a batir tus alas. Quieres hacerlo por el resto de tu vida, hasta que llegue el día en el que debes morir al fin. Eres un halcón y viajar, ver el mundo, explorar los paisajes más vastos, es tu afición.

Pero todos los halcones, incluso los que más vuelan, eventualmente se consiguen un nido para sí mismos. Es parte del proceso de la vida: naces, creces, te reproduces y mueres. Has estado vivo por más de dos décadas y has crecido... casi muy rápido, muy pronto.

Por lo tanto, estás listo para la siguiente etapa.


El nido en el que naciste fue destruido, machucado en trocitos y luego quemado hasta que no era más que cenizas flotando en el aire. El recuerdo de él sigue fresco en tu mente si te concentras lo suficiente, pero intentas no hacerlo, porque duele, y estás harto del sentir dolor. Cuando eras más joven, menos maduro y más estúpido, dejaste que esos recuerdos avivaran un desesperado anhelo de un hogar, una familiar, un lugar donde encontraras alivio, y esto te hizo perder tu dirección.

Hiciste cosas de las que aún te arrepientes, sin importar cuántas veces te has disculpado y cuántas veces te han dicho que estás perdonado. No hay sonrisas tranquilizantes, palabras dulces o caricias suaves que puedan disipar tu culpa por completo, pero crees que eso está bien. Crees que mereces llevar esta carga. Además, los hechos de que eres consciente de tus errores y de que has estado intentado lidiar con sus consecuencias prueban que no estás tan perdido como antes lo estadas; eres tú mismo de nuevo.

Has sido redimido gracias a aquellas personas que más heriste y amaste después de que tu nido fue destruido. A pesar de tus pecados, ellos jamás perdieron fe en ti. Nunca estuvieron totalmente convencidos de que eras un caso perdido, aún con toda la evidencia señalando que sí lo eras. Su fe y su determinación a traerte de regreso fue lo que te salvó de ti mismo. Por todo esto, estás extremadamente agradecido. No puedes creer cuán afortunado fuiste. Sin ellos, te hubieras quedado en aquel hoyo oscuro y hostil al que llamaste Venganza y luego Revolución. Ellos te ayudaron a salir de dicho hoyo, mayoritariamente con sangre, sudor y lágrimas, pero también con inquebrantable amor y amistad. Y ahora, eres finalmente libre.

Tu libertad recién encontrada te ha hecho darte cuenta de que no debes intentar reconstruir tu viejo nido. Debes dejar el pasado atrás, porque ahí es donde pertenece. Debes mirar arriba y más allá, al futuro. Necesitas un nuevo nido, que te recuerde al otro sólo un poco, y que sea indestructible.


Eres un halcón y has encontrado un lugar para descansar en las ramas de un bello árbol de flor de cerezo.

Pero no es cualquier árbol; es aquel que solía ser chico y frágil, que persistentemente se quedó a tu lado, meciéndose con el viento para llamar tu atención. Estabas tan atrapado en tu pequeño infierno que apenas y notabas a aquel árbol, y no consideraste quedarte con él hasta que te viste obligado a abandonarlo. Este árbol siempre ha representado todo lo que te ha faltado en la vida desde que tu primer nido se hizo ceniza, así que lo querías... lo querías tanto, tanto... pero no podías tenerlo todavía.

El árbol floreció hermosamente en tu ausencia. Se volvió asombrosamente fuerte, alto y digno. Una vez libre, te lavaste la sangre en tus garras y tu plumaje, y luego te permitiste contemplar al árbol. Admitiste lo que sabías desde siempre, incluso antes de que tu camino cambiara: que tú amabas a este árbol; que tú no querías a ningún otro árbol; que este árbol estaba hecho para ti.

Era demasiado bueno para ti, lo sabías. Era el árbol más hermoso del universo entero y tú no eras más que un halcón atormentado e impuro. Pero el árbol te quería a ti y a nadie más. ¿Cómo podrías haberle negado lo que deseaba, cuando era deseado de vuelta con igual intensidad?

Muchas cosas tuvieron que pasarles, tanto a ti como a tu árbol, hasta que al fin se pudieron reunir y convertirse en uno.

Has construido un nido en las ramas de tu árbol de flor de cerezo. Es un nido pequeño, pero es acogedor y te gusta mucho. Este es tu nuevo hogar. Esta es tu nueva familia. Aquí, bajo tu atenta mirada de halcón y sobre las fuertes ramas de tu árbol, tu descendencia estará segura.


Hoy, cuando te despiertas, aún crees que estás en un hotel barato en algún lugar cerca de una aldea o un país extranjero. Olvidas que estás en tu propia cama, en tu propio nido, pero luego notas la suavidad del colchón y de las sábanas. Abres tus cansados ojos de golpe y tomas un respiro profundo. Tu nariz percibe el característico olor de tu flor de cerezo... de tu Sakura, tu esposa.

Has vuelto a casa. Estuviste fuera por más de un mes, pero regresaste anoche. Todavía no te has acostumbrado. Siempre es un poco difícil al principio.

Hay un ligero peso sobre tu pecho desnudo y una ligera insensibilidad en tu brazo izquierdo, el cual, envuelto en vendas, apenas se va adaptando al resto de tu cuerpo. Giras tu cabeza y ves a tu esposa en tu pecho, su oído sobre tu corazón. Con aquel brazo que está alrededor de sus hombros, atraes su cálido cuerpo al tuyo. Entierras tu nariz entre sus cabellos rosados e inhalas su esencia tan familiar. Sientes deseo y urgencia después de tantas mañanas sin despertar al lado de esta mujer... tu mujer. Tuya, tuya, tuya. Ella es tuya.

Te volteas de lado y pones tu otro brazo a su alrededor, presionando tus labios sobre el sello en forma de diamante dibujado en su tersa frente. Tus manos empiezan a explorar por debajo de las sábanas, palmeando su exquisita anatomía desnuda. Conoces cada centímetro de este cuerpo. Lo has tocado, olido, visto y saboreado de pies a cabeza. Pero ha pasado tanto tiempo desde la última vez que lo hiciste. La has extrañado... a toda ella; no sólo a su cuerpo, sino a su voz, su sonrisa, su brillante y verde mirada que descifra la tuya...

–¿Sasuke-kun?– murmura entre sueños. Sólo te dice así en momentos como este. Frente a tu hija, eres "papá"; frente a otra gente, eres "querido", y en situaciones serias, eres sólo "Sasuke". Mas ahora, solos en la cama, luego de no haberse visto en varias semanas, otra vez eres su Sasuke-kun.

A pesar de que han estado oficialmente juntos por cuatro años y casados por tres, ella aún suele usar ese sufijo de cariño. Tú no te quejas porque amas cómo se oye saliendo de su boca. Además, te hace recordar todo por lo que han pasado tú y ella, y esto te motiva a compensárselo todo. Debes compensárselo todo, así muchos años pasen, así ella te diga que ya no es necesario, así se vuelvan viejos y olviden cosas para siempre. Ella merece lo mejor que tú puedes ofrecer.

–Buenos días– susurras en su oído, poniéndote cara a cara. Observas sus labios carnosos extenderse en una sonrisa mientras sus párpados se abren. Cuando ves aquellos ojos suyos, tu pulso y tu respiración se aceleran. Ni los paisajes más espectaculares te hacen sentir así.

Quitas tu mano del hueso de su cadera y lo pones en su sonrojada mejilla. Acercas tu rostro al de ella; besas aquellos labios que tanto anhelaste.


Llegaste casi a medianoche y ella te esperó en la entrada a la aldea. Había dejado de hacer esto desde que tu hija nació, hace un año y medio, y había empezado a esperarte en casa. Pero la última vez que te ausentaste por tantos días fue hace mucho. Te había echado de menos. Dejó a tu hija en casa de Ino, durmiendo plácidamente, y se sentó a esperarte en aquella banca... donde se te declaró por primera vez, donde tú te declaraste por primera vez, y donde se besaron por primera vez.

La abrazaste con fuerza y llenaste su cara y su cuello de besos, mientras ella te repetía una y otra vez:

–Bienvenido. Te extrañé. Te amo. Bienvenido.

Se apuraron a regresar a casa, agarrados de la mano. La casa, que tú mismo hiciste para ti y tu esposa y tu hija, estaba vacía y a oscuras, pero no estaba fría; no era desagradable. Éste es tu perfecto nidito. Ella es tu árbol. Tú eres un halcón en reposo.


Le hiciste el amor a tu esposa por horas. Estabas cansado, pero estabas sediento de ella. La necesitabas.

La cruda desesperación fue evidente en tu duro agarre y en tus fervientes besos, y en sus ruidosos gemidos y sus entusiastas caricias. Ella fue tan codiciosa como tú. Abrió sus piernas tanto como pudo, envolvió tu miembro con sus labios, se sentó en tu regazo, y te dijo que la follaras, que la follaras duro y rápido, y tú obedeciste. Caderas chocando, manos apretando, bocas chupando, respiración irregular, dientes mordiendo, quejidos guturales, lenguas lamiendo y gemidos agudos: esta era la gloria; tu gloria.

Llegaron al borde del completo agotamiento. Con sus piernas enredadas, sus sustancias corporales mezcladas, el aliento de ella frenético contra tu garganta y tu semilla derramada en su interior, no podías distinguir entre tú y ella. Eran un solo cuerpo, una sola alma. Cerraste los ojos, el mundo desapareció y sólo ella existía en tu mente.

Se durmió murmurando tu nombre como una oración. Tú te dormiste justo después de ella, abrazándola a ti, ahogado en satisfacción pura. Nunca habías estado más exhausto, ni siquiera luego de la guerra. Sólo ella te lleva tan lejos.

Sólo ella te incendia así.


–Bienvenido.

Eso ya te lo dijo, pero le gusta decirlo, y tú amas oírlo.

La besas otra vez como respuesta. Ella fue la primera persona a la que le mostraste verdadero cariño y afecto: cuando tenías trece años, agarraste su mano con gentileza mientras ella estaba inconsciente en la banca; cuando tenías diecisiete, tocaste su frente y le prometiste una próxima vez; cuando tenías veinte, la abrazaste contra ti y pusiste tus labios sobre los suyos. La segunda persona fue tu hija. Sólo ellas pueden sacar ese lado tuyo: el del amoroso padre y esposo que no teme a mostrar sus emociones, ya no.

Estas manos asesinaron e hirieron a mucha gente alguna vez. Ahora, son usadas para bañar, alimentar y cargar a un bebé, y para sobar la espalda de una mujer después de un largo día, eventualmente metiéndose entre sus piernas y llevándola al la cúspide.

Tus labios vagan por debajo del cuello de tu esposa. Lames y muerdes sus hombros, su pecho y sus erectos pezones, realzando las marcas que dejaste en esa área hace algunas horas. Tus manos agarran sus muslos y los separan. Ella ronronea deliciosamente, exaltando tu ser. Te vas moviendo más hacia el sur, hasta que te detienes con tu boca frente a su húmeda entrada. Alzas la vista a su rostro. Con ojos entreabiertos y nublados con lujuria, te devuelve la mirada y se lame los labios. Tú no puedes evitar sonreír con orgullo, porque esta belleza es toda tuya.

Desciendes sobre su bulto nervioso y tiras de él, provocativamente. Sus manos sujetan de tu despeinado cabello y lo jala un poco, rascando tu cuero cabelludo. Sigues tirando, lamiendo de vez en cuando, hasta que ella está gimoteando lascivamente. Tu lengua toma el control entonces. Lames y chupas y bebes su dulce líquido. Ella gime y gruñe, se empuja hacia tu boca, arquea la espalda, jala tu cabello... y cuando la punta de tu lengua penetra su orificio, ella suelta un grito de éxtasis.

Momentos luego de que alcanza el clímax, exclamando tu nombre y otras cosas inteligibles, se empieza a reír. Besas el interior de sus muslos una última vez y regresas a tu lugar junta a ella. Le preguntas de qué se ríe.

–Esta es definitivamente la mejor forma de comenzar el día– te contesta.

Antes de que puedas hablar, ella de pronto se mueve sobre ti. Agarra tu órgano dolorosamente erecto, jala de él un poco y lo coloca ante su abertura. Tu punta roza su bulto conforme al lento vaivén de sus caderas, haciéndolos gemir a ambos. Mirando sus senos temblar, agarras su trasero e intentas moverla hacia abajo, pero ella no te lo permite. Te mira desde arriba, sus ojos destellando con picardía, y entonces te das cuenta de que ahora ella tiene el control.

–Aún no acabamos, Sasuke-kun– te dice con una sonrisa seductora, la misma que usaba cuando estaba en sus primeros meses de embarazo y tenía necesidades que saciar. Le sonríes de vuelta, y antes de que puedas decir algo, se deja caer abruptamente y te engulle entero, deteniendo todos tus pensamientos.


Más tarde, cuando ya se han divertido tanto en la cama como en la regadera, estás en la cocina preparando el desayuno. Tu esposa ha salido; fue a recoger a tu hija de la casa de su mejor amiga.

Justo has terminado de partir los tomates cuando de pronto oyes la puerta abrirse.

–Papá está en la cocina, Sarada– escuchas a tu amada decir–. Ve a saludarlo.

A tu corazón le da un vuelco debido a la alegría que te causa oír la risita de tu hija y sus piesitos correr hacia donde estás. Ella aprende rápido, como sus dos padres. Podía caminar cuando no tenía ni un año de edad... como se espera de un Uchiha, piensas... y ahora, a unos meses de cumplir dos años, ya es experta en ello. También, puede hablar con suficiente coherencia, vestirse sin ayuda y contar hasta diez. Es una pequeña genio, no cabe duda. Rechazas toda modestia cuando se trata de tu hija.

Dejas lo que estás haciendo, te limpias las manos con un trapo y esperas a que llegue tu niña. Unos instantes luego, cuando llega, tiene una enorme sonrisa en su bonito rostro y sus manos regordetas están extendidas hacia ti. Te arrodillas para atraparla en tus brazos... y ella es tan pequeña, tan cálida, tan tuya igualmente. Se te hace un nudo en la garganta. Te sientes genuinamente contento y aliviado, porque al fin estás cargando a tu hija, a tu halcón bebé que es tan hermoso e inteligente como tu árbol de flor de cerezo.

–¡Papá!– exclama Sarada, hundiendo su carita en tu pecho–. ¡Papá, estás aquí!

Sakura aparece en la puerta de la cocina. Se inclina contra el marco con una suave sonrisa, mirándote mientras te pones de pie con Sarada todavía en tus brazos. Besas la suave mejilla de tu hija, tus ojos plantados en la mujer que amas, llenos de gratitud.

Eres un halcón y este es tu nido. Aquí es donde necesitas estar.

–Estoy en casa.


Notas: Bueno, pues subí esta fic a Tumblr en inglés y le gustó a mucha gente. Me dieron la idea de traducirla a otros idiomas, así que aquí está, en español, para la parte hispanohablate de la fandom. El próximo capítulo es continuación a este, pero desde el punto de vista de Sakura. Por favor dejen sus reviews y todo eso, me interesan mucho sus opiniones. :)