Metamorfosis
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Eres prueba viviente de que una mujer enamorada no es una mujer débil.
Pese a que todo inició como un capricho sin sentido, motivado por la impaciente necesidad de encajar, de dejar de ser una marginada social, tu amor se desarrolló en maneras que aún no puedes comprender totalmente. Un día, eras sólo una de las muchas fanáticas del niño más genial y guapo de la Academia. El siguiente día, eras la compañera de equipo de un infame traidor, locamente enamorada de él. Y el siguiente día, eras la esposa de un nómada con poderes divinos y un alma reconstruida.
Tu historia con él terminó mejor de lo esperado, por suerte. Pero sigues asombrada de tu metamorfosis personal. Eras una oruga, te metiste en un capullo, y entonces te convertirse en una mariposa.
¿Quién hubiera creído que los infantiles sueños románticos de aquella tonta niña se podían volver realidad sólo a través de muchas penas y lágrimas, de mucha sangre y desesperación? ¿Quién hubiera creído que la tonta niña tendría que cambiar tan abruptamente para que se cumplieran sus deseos? ¿Quién hubiera creído que tanto ella como su amado sí sobrevivirían a todo ese dolor?
Eras una oruga que se convirtió en mariposa: en una mujer con manos que pueden destrozar tan fácilmente como pueden curar heridas. Después de tu metamorfosis, todavía llorabas tus penas y sangrabas desesperadamente, pero era diferente a antes. El dolor cambia a las personas; te cambió a ti. Y si no lo hubiera hecho... si no hubieras sufrido y si te hubieras quedado dentro de una burbuja de ilusiones y clichés... no sabes si aún estarías con vida.
Eres una guerrera, literal y figurativamente. Eres sanadora de cuerpos y almas heridos. Eres famosa por tus habilidades, admirada por mucha gente, e incluso idolatrada por algunos. Eres una heroína de la guerra... una leyenda. Eres una Sannin y una Uchiha.
Pero más que todo eso, eres un ser humano.
Eres Sakura Haruno. Alguna vez fuiste un bebé indefenso, una niña ingenua, una adolescente inmadura y una joven titubeante. Seguido te cortas con papel, lloras con películas cursis, te salen granitos cuando comes demasiado chocolate, y eres terrible diciendo mentiras, pero muy buena memorizando palabras y números. Te lavas el cabello todos los días sin excepción, te pintas las uñas de los pies pero no de las manos, eres muy cosquillosa y eres alérgica al polvo. Nunca estás demasiado cansada para hacerle a tu hija de comer, o para limpiar tu casa, o para hacerle el amor a tu esposo, ni aunque hubieras estado trabajando todo el día en el hospital, curando gente, dando clases o mandando a tus discípulos.
Eres una guerrera. Eres una sanadora. Eres hija y amiga, pupila y maestra, esposa y madre. Eres un ser humano.
Eres tu misma, y eso es suficiente.
Fue tan fácil perdonar todos sus pecados. Sabes que no lo debió haber sido, pero verdaderamente, lo fue.
Él regresó y, a pesar de que constantemente te acordabas de sus errores, naturalmente empezaste a verlos como los errores de alguien más... alguien que murió y que jamás volvería, alguien que no era más que una sombra de aquel al que amabas.
Porque el joven frente a ti... sonriéndote con gentileza, rozando tu brazo casualmente, tocando tu frente, mirándote con anhelo inmaculado y prometiéndote una próxima vez... él no podía ser el mismo que intentó asesinarte y que buscaba convertirse en el tiránico gobernante del mundo. No podía.
Aquel hombre retorcido tenía que ser otra persona, no tu amado; no él.
Pero sí era él. Era difícil de creer, pero sí era aquel mismo hombre.
Era un niño cuyo mundo se incendio y le dejó quemaduras en el alma; quien fue obligado a codiciar poder y a rendirse ante sus emociones más oscuras; quien casi murió un sinnúmero de veces, lejos de la salvación; quien sobrevivió todo eso porque se permitió ser ayudado, ser sanado. Era un niño y, en un parpadeo, era un hombre, con el alma igual de desgastada y el corazón igual de magullado.
Ahora, él es nuevo; él es diferente. Aunque tú sabes que, en el interior, él siempre ha sido así.
Sabes que él es uno de los hombres más potencialmente peligrosos del mundo. No obstante, también sabes lo lejos que está de ser una amenaza para alguien, especialmente para ti. Sabes cuánto ha cambiado... o más bien, sabes cómo él cambió y luego revirtió el cambio y lo mejoró, pero él ser mejor.
Aquellos ojos que se pueden colorear de rojo y de lavanda, aquellas manos que pueden producir relámpagos mortales, aquellos labios que pueden expulsar fuego infernal... ahora son ojos que se llenan de amor cuando te miran, y manos que exploran cada milímetro de tu piel, y labios que te besan hasta que el mundo empieza a dar vueltas.
Si llega a dañar a alguien de nuevo, será para defender, no para ofender.
Él ya no es tan avasallador como antes. Es abierto, vulnerable y auténtico. Es el hombre que amas, crudo y expuesto, hermoso y abrumador. Es tu Sasuke-kun.
Si fueras alguien más y pudieras ver, a través de una ventana de vidrio transparente, esta vida que has llevado, cuestionarías tus decisiones fuertemente.
Eso es lo que la otra gente solía hacer. Se preguntaban por qué una mujer como tú, tan brillante y extraordinaria en todos los aspectos, escogió a un hombre con una reputación tan mala y un pasado tan tormentoso. Creían que él era tu opuesto. Él era tragedia, tú eras esperanza. Él era enfermedad, tú eras cura. Él era locura, tú eras lucidez. Esto era evidente.
Pero otra gente nunca podría entender, no importa lo bien que lo explicaras, a menos que lo vivieran en carne. Ellos no podrían asimilar que este hombre afligido es una parte de ti que nunca podrías olvidar o reemplazar. Tú lo necesitas, como si fuera un órgano en tu cuerpo, un recuerdo en tu mente, una vena en tu corazón.
Él es tu tragedia y tu esperanza, tu enfermedad y tu cura, tu locura y tu lucidez. Él es todo lo que necesitas y lo que no necesitas también. Estás perdida sin él. Esto es lo que lo hace amor verdadero.
¿Y no ha sido siempre el amor verdadero demasiado complicado de entender?
Estabas segura de que nunca amarías a alguien tanto como lo amabas a él, pero entonces te enteraste de que había una nueva vida creciendo en tu interior, y te corregiste a ti misma.
Amaste a tu bebé en cuanto sentiste aquel tenue destello de chakra originado en tu vientre y supiste que estabas embarazada. La amaste aun sin saber su nombre o cómo lucía o si era niño o niña, porque todo lo que te importaba era que era tuya y suya y la podías llamar "nuestra".
Era tu bebé. Tu hija. Tu descendencia. Tuya.
Con el pasar de los meses, tu vientre se fue hinchando más y más, y tu amor por ella se volvió sorprendentemente fuerte. Todavía no la podías sostener en tus brazos o besar su cabecita o percibir su olor de recién nacido, todavía no, y era tortuoso. Aún así, abrazabas tu vientre y le hablabas, por alguna razón segura de que te podía escuchar y entender. Le decías cuánto la amabas, riendo cuando no podías encontrar las palabras exactas para expresar lo que sentías por ella; le prometías hacerla muy, muy feliz desde el momento en que saliera de tu cuerpo y hasta el día de tu muerte; le enseñabas todos los vestidos y los juguetes que ya le habías comprado, a pesar de que no podía verlos.
Él le hablaba también.
Él la amó tan rápida e intensamente como tú. Probablemente la ama más de lo que te ama a ti, pero esto no te duele, porque lo mismo pasa contigo. Así es como debe ser, después de todo. Los padres deben poner a los hijos por encima de cualquier otra persona; es su obligación. Por lo tanto, nunca te sentiste celosa o desconcertada. Más bien, te sentiste aliviada, porque ya podías dejar de dudar de él; ya tenías la certeza de que él nunca se iría otra vez.
Él ponía su cabeza en tu regazo, con la cara hacia tu redondo vientre, y hablaba muy bajito, como si le preocupara molestar al bebé.
–Hola, Sarada. ¿Cómo te va ahí dentro? Mamá y yo no podemos esperar para conocerte al fin. Estamos bastante emocionados. Te amamos mucho, sabes eso, ¿verdad?
En realidad, Sarada estaba más contenta cuando escuchaba los murmullos de su padre. Empezaba a patear y a agitarse en tu interior, haciéndote reír a ti y a él.
Tus ojos se llenaban de lágrimas en momentos con tu familia como éste, porque mirabas a tu esposo... notabas cómo miraba tu vientre y cómo acariciaba tu piel y cómo te sonreía con honestidad... y sentías a tu hija moverse dentro de ti... con tanto vigor, tan fuerte ya... y te asaltaba una inmensa alegría.
Después de nueve maravillosos meses, expulsaste a tu bebé y finalmente la sostuviste en tus brazos. Sin que te importaran sus llantos agudos ni la sangre que cubría su piel rosada, lloraste como no lo habías hecho en años. Ella era pequeñita y frágil pero tuya, tuya, tuya, y juraste protegerla con todo lo que tenías. Ibas a darle la mejor vida posible, sin importar qué. Ibas a romperle los huesos a quien sea que intentara lastimarla y romperías murallas para mantenerla a salvo.
Es tu hijita y nunca sufrirá como tú y su padre y muchos otros lo hicieron... juraste esto por tu propia vida.
Sarada tiene la forma de tus ojos, tu frente y tus cejas, y la bonita nariz y los delgados labios de él. Tiene ojos y cabello tan oscuros como los de él, pero aquellos ojos brillan como los tuyos y aquel cabello es suave como el tuyo. Su sonrisa es de él; sus muecas tuyas. Su mohín es tuyo; sus gestos burlones de él. La sangre que corre por sus venas es tanto tuya como de tu esposo. Ella es una combinación ideal, bella y celestial de ustedes dos.
Ella es perfecta, completa e irrevocablemente perfecta.
A veces, aún te dan ganas de llorar de la felicidad cuando la ves, como si de nuevo la vieras por primera vez. La ves coloreando sus dibujos, frunciendo el ceño con concentración, o quedándose dormida en los brazos de su papá, y se te hace un nudo en la garganta. Aún es difícil aceptar el hecho de que esta criatura alguna vez fue una semilla dentro de tu esposo, luego floreció dentro de ti, y luego salió y creció más, y ahora tiene una personalidad y una mente propias. Puedes verte a ti y a al hombre que amas en ella.
Es tu bebé. Ustedes la crearon. ¿Cuán increíble es eso?
Te enorgulleces mucho de cómo ha resultado tu hija. Como tú y tu esposo, es inteligente y bonita, características que son ciertamente genéticas, pero también tiene méritos propios. Es talentosa en cosas en las que ustedes nunca lo fueron, tales como arte y persuasión. Es una niña precoz con gran potencial, y nunca dudas en presumirlo.
Lo único que te preocupa de ella es que es una Uchiha.
Tan admirablemente poderoso como solía ser, y puede ser de nuevo, el clan que ayudaste a revivir, tiene una historia y una maldición que no puedes ignorar.
Tu esposo tiene en cuenta esto también, y lo afecta quizá más de lo que te afecta a ti. Él igualmente quiere proteger la vida que creó contigo y nunca quiere ver a Sarada sufrir como tu generación lo hizo. Él tiene miedo... sí, siente miedo, de verdad... de que tu hija vaya a inevitablemente tomar un camino de desgracias similar al suyo y al de sus ancestros. ¿Y qué si esta vez nadie la puede salvar? ¿Qué si ustedes dos mueren o no la pueden alcanzar, y ella no tiene un Naruto, una Sakura o un Kakashi cerca? Entonces, ¿qué?
Abrazas a tu esposo y finges que no notas las lágrimas que brotan de sus ojos mientras oculta el rostro en tu pecho, perseguido por pesadillas en noches quietas y frías. Susurras que todo estará bien, que Sarada estará bien, que ella será feliz porque ambos de ustedes se asegurarán de ello. Le dices que estás aquí, para él y para ella, y que jamás los abandonarás.
Él te aprieta la cintura con fuerza y te agradece como lo ha hecho tantas veces antes. Lo besas y le permites depender de ti. Le haces creer que eres fuerte y valiente, incluso si tu corazón también se estremece con aquellos terribles pensamientos.
Cuando él no está, lo añoras con todo tu ser.
Lo extrañas tanto porque te acostumbraste a su presencia cuando nunca se alejaba de tu lado durante tu embarazo y los primeros meses de vida de tu hija. Él era un factor contante en tu rutina diaria. Se levantaba cuando Sarada lloraba en la noche y te decía que te quedaras dormida, que él se encargaba; y cuando despertabas en la mañana, eras recibida con la tierna imagen de tu bebé durmiendo pacíficamente encima del pecho desnudo de su papá, cuyas manos la sostenían a él. Cocinaba la mayoría del tiempo, no porque le gustara (aunque sí le gustaba, pero nunca lo admitiría), sino porque quería ayudar con los quehaceres de la casa, y como tu eres una limpiadora perfeccionista, cocinar era lo mejor que él podía hacer. Te daba la bienvenida cuando regresabas del trabajo con un profundo beso y un rico masaje, y luego con sus dedos, su boca o su miembro (o todos, uno después del otro) entre tus piernas.
Era una parte constante de tus días. Cuando esta rutina cambió, aunque ambos sabías que debía hacerlo, no pudiste evitar sentirte como si una pieza significativa te faltara. La cama, la casa, la aldea... todo se siente tan grande y vacío sin él. Incluso tu hija lo extraña; constantemente, te pregunta dónde está y cuándo regresa su papá. Él es irremplazable.
Él se ha vuelto una necesidad.
Cuando él no está, lo que más extrañas es verlo rendirse ante ti al mismo tiempo que, paradójicamente, te domina.
Te sientes sola. Piensas en su desnuda vulnerabilidad y su salvaje debilidad mientras te penetra con descontrol, exhalando tu nombre contra tu nuca, su cálido aliento filtrándose por tus poros y estimulando tu transpiración, su agarre en tus caderas agresivo y desesperado, y su carne alcanzado el punto más profundo de tu útero. A través de tu delicioso aturdimiento, volteas a verlo sobre tu hombro y observas su mueca de absoluto placer: su frente arrugada, sus ojos cerrados con fuerza, sus labios entreabiertos y fruncidos debido al esfuerzo. Escuchas con atención e intentas jamás olvidar los sonidos que emite, los exquisitos gruñidos masculinos y los gemidos casi infantiles.
Así es como se ve más hermoso, tú crees: totalmente expuesto, sin temor a ello.
Sin embargo, tus dedos no son nada comparados a los de él. Los suyos son hábiles y elegantes, y caben en tu cuerpo como si hubieran sido creados específicamente para ese propósito.
Alivias tu tensión y te duermes, diciéndote a ti misma que mañana, el día de su regreso estará más cerca.
Regresa a casa unas semanas después, en una noche iluminada por la luna llena.
Después de darle una correcta bienvenida, lo guías a la habitación, tu boca hecha agua y tu entrepierna ardiendo con anticipación. Le quitas la ropa, la cual huele a la lluvia fría que alguna vez la empapó y a los bosques por los que viajó. Él te quita la tuya, engancha tus piernas alrededor de su cintura, te empuja contra la pared, y toca tu cuerpo como si fuera la última vez que pudiera hacerlo.
Cuando se introduce en ti, suspiras con el alivio de una persona que ha hallado lo que ha estado extraviado por siglos.
Los músculos bajo tus manos cuentan historias de excesivas sesiones de entrenamiento y de infinitas batallas mortales. Su piel sabe salada en tu lengua; su sudor es elixir que te puede hacer inmortal y veneno que te puede matar sin dolor. Su aliento es más caliente que su carne... te está quemado, pero en la mejor de las maneras. Su boca abierta, jadeando contra la tuya, está respirando vida y amor en tu interior. Está llenándote de si mismo en todos los sentidos.
Lo puedes sentir por todo tu ser, y es asombroso. No importa cuántos años has estado con él o cuántas veces han hecho esto, la experiencia de volverse Uno Mismo aún te conmociona. Crees que de esto debe consistir la vida después de la muerte: tú, él, unidos, por la eternidad.
El final se acerca. Con tu espalda frotando la pared de arriba a abajo, empujas, agitas y oscilas tu pelvis, gimoteando:
–¡Por favor, por favor, por favor...!
Tus ojos se cierran. Detrás de tus párpados, puedes ver galaxias... galaxias luminosas, remotas y hermosas. Piensas que podrías tocas esos millones de estrellas si sólo alargaras tu mano hacia ellas, pero no puedes soltar sus hombros; ellos son tus anclas.
–¡Sí, sí, sí, sí...!– gritas, porque esto es lo que querías, lo que necesitabas, lo que más adoras.
Alcanzando aquella pequeña muerte contigo, él gruñe entre dientes que muerden la tersa piel de tu cuello. Quizá puede sentir tu pulso, rebotando dentro de su cráneo, y eso lo está volviendo aún más loco. Habrán muchas marcas en tu cuerpo mañana, pero está bien; puedes curar y ocultarlas todas. Su agresividad debería perturbarte, pero en lugar de eso, te excita. Te deleitas en tu logro de hacer a este estoico hombre perder la cordura por un rato.
Entierra sus uñas en tus muslos y presiona su torso contra el tuyo. Como respuesta, tú hundes los talones en su duro trasero y jalas de sus cabellos azabache al punto de arrancar unos cuantos. Es casi como si ustedes estuvieran peleando. Pero no intentan herirse; no hay malicia en sus acciones; sólo hay euforia que les tuerce el alma y les nubla la mente. Ambos están siendo dirigidos por absoluta dicha.
–Oh, ah, Sasuk... ¡ah!– gimes, sintiendo cómo tus paredes tienen histéricos espasmos, exprimiendo sus fluidos.
Su jadeo se vuelve más pesado y sus caderas se mueven sin control. Puedes sentir su corazón latiendo rápidamente contra el tuyo, cantándose el uno al otro. Él intenta decir tu nombre, pero sale como un gemido incoherente. Pronto, se pone rígido y su ritmo se hace más lento. Presionas tus labios contra su mejilla y sonríes.
La pelea se ha acabado, y ambos han pedido y ambos han ganado.
–Eres mi árbol, Sakura– te dice la noche siguiente, después de que han recuperado el aliento.
La habitación está bañada en luz plateada. La aldea, como tu hija en su habitación, duerme profundamente. No tienes idea de qué quiere decir tu esposo al llamarte su árbol, pero te da la impresión de que es algo tierno. Así que te acurrucas contra su costado, tomas su rostro en tus manos, y plantas dulces besos por sus mejillas y su mandíbula.
Él te abraza con más fuerza y suelta un suspiro de felicidad.
–Éste es mi nido– agrega suavemente.
Esa metáfora sí la entiendes. Alzas la mirada y le sonríes.
Sabe lo que sientes por él; lo ha sabido por años y no se le va a olvidar nunca. No hay necesidad de decir esto en voz alta... pero lo haces, porque te gusta decirlo, y él necesita oírlo.
–También te amo, Sasuke-kun.
