Para la mala suerte de Mabel había llegado a la mitad del día a uno de los lugares más soleados y calurosos del mundo, pasadas las 6 de la tarde Mabel salió a escondidas de la embarcación, y empezó a recorrer las calles de Cartagena buscando algo apetitoso, al norte juntó a la muralla vio un esclavo que yacía en el suelo, sangrando y a punto de morir, se acercó lentamente, cerró sus ojos, e hizo de el su cena. Tenía que escapar de a allí antes del amanecer pues no había manera de esconderse de los rayos del sol, miro a su alrededor y sólo había una manera de salir, por la gran muralla, se arriesgó y saltó a lo más alto, allí se encontraban dos soldados españoles, quienes la miraron atónitos, un segundo después, ambos soldados intentaron asesinarla con sus fusiles, y como era de suponerse ambos terminaron muertos.
Una vez afuera Mabel estaba desorientada, América era territorio inexplorado para ella, perdida vio como un carruaje salía de la ciudad y poco a poco se adentraba en el valle, lo siguió por cinco días hasta llegar a santa fe, la ciudad capital, allí se encontraban los virreyes y los altos mandos de la colonia. Era el sitio perfecto para ocultarse, el clima frío y nublado le sentaba de maravilla, decidió asentarse allí, se las arregló para conseguir una casa a las afueras de la ciudad y pasar desapercibida.
En su nuevo y solitario hogar Mabel pudo ver como cada día a las 4 am sin falta los esclavos indígenas, encadenados caminaban frente a su casa dispuestos a trabajar en las minas de oro, y volvían agotados a las 7 de la noche después de 15 horas de trabajo. Mabel los veía caminar día tras día, le llamaban mucho la atención había algo en sus miradas que la atraía, en especial de uno de ellos, un hombre muy alto y fornido, transmitía autoridad si no fuese un esclavo, se podía ver como todos los demás le obedecían y lo respetaban, parecía muy joven físicamente pero tenía ojos de experiencia, era raramente alto para ser un aborigen, ese hombre le causaba una especie de fascinante intriga. Día tras día durante meses Mabel se paraba frente su ventana para verlo pasar y tratar de descifrar su misterio hasta que se perdía en el bosque, cada día que pasaba los indígenas se encorvaban más y disminuían en número, pero el no, siempre se le veía igual, alto, recto, musculoso e impactante. Un día Mabel decidió seguirlo, tan pronto como entro él en el bosque Mabel salió de su casa y camino sigilosa tras ellos, media hora caminando después, llegaron a un pequeño claro en la selva, habían una pequeña aldea encerrada tras guaduas y grilletes. Unos rancheros encerraron a los indígenas y les quitaron sus cadenas, cerraron la pequeña puerta y salieron de allí, Mabel desde un árbol observaba.
Una a una las personas se fueron acomodando alrededor de una fogata, disfrutaron de una pequeña comida, y una vez que los más chicos se fueron a dormir, los más ancianos comenzaron a contar las historias sagradas.
Hace cientos de años, cuando el mundo se acababa de formar y en las extensas selvas reinaba la soledad dos criaturas surgieron de las entrañas de la tierra, eran blancos, peludos, de un tamaño exuberante, con bigotes y orejas, líneas negras cubrían su lomo, tenían grandes colmillos, y garras,"tigres blancos" pensó Mabel. Vinieron un macho y una hembra recorrieron el mundo con su soledad, tiempo después, del interior de la hembra surgieron miles de crías de todas las especies conocidas, osos, tortugas, guepardos, palomas, Águilas y cientos más, todo era tranquilidad en la tierra, los grandes felinos se imponían en lo alto y reinaban en el planeta, siglos después se empezaron a oír rumores en el esplendoroso reino animal, los monos se sentían inconformes con su lugar en el mundo, ellos querían llegar hasta el trono de los felinos, con el tiempo obtuvieron una inteligencia superior a la del resto de los animales y sin piedad desmoronaron el reino, los animales aterrados buscaron refugio, unos dentro del mar, otros en el aire, otros se volvieron diminutos, también se mudaron a los lugares más inhóspitos de la tierra, pero hubo un pequeño grupo de animales mágicos que juntó con sus reyes encontraron la manera de esconderse en un lugar donde nunca los encontrarían, lobos, Águilas, leones y elefantes, se escondieron en cuerpos humanos, pasando desapercibidos, se alejaron caminando y formaron sus propias colonias, algunos dicen que los primeros felinos blancos aún andan escondidos por ahí, pero sólo aparecen cada tantos años cuando la luna se enrojece.
Acabada la conversación las personas se fueron adentrando en sus hogares, el fuego disminuía y ya no había nadie más allí a excepción del integrante más anciano y el hombre que Mabel observaba día tras día, el anciano apago el fuego, bendijo al joven, le dio un beso en la cabeza y se alejó, el hombre quedo allí solo, caminó varios pasos hacia atrás corrió a toda velocidad y a mitad de camino se transformó en la más esplendorosa águila que Mabel jamás había visto, se elevó por los cielos, y salió del encierro, después se perdió en el horizonte.
