Dedicado a Lyrae Dust.


Debidas explicaciones


Capítulo 4: Serpientes en el paraíso


Kido, de nuevo. Un mes más tarde.

—Kano, estás…gordo. ¿Qué has estado comiendo?

—Pues…lo mismo de siempre.

A Konoha.

Si fuera sólo eso. Si no se sintiera tan raro, con las tetillas infladas y la piel sensible. Ni anduviera tarareando canciones de cuna que nunca le habían gustado de su madre porque lo abofeteaba al cantarlas y de mamá Ayaka porque ya era mayor para ellas.

Y si al segundo mes, no sintiera diversas…cosas, moviéndose en su estómago.

—¿Qué mierda me hiciste? —pregunta al androide, que parpadea, procesando las palabras.

—Bebés. Le dije a Kano que se los haría.

El cuello de Konoha es tan grueso que cuesta estrangularlo.