Dedicado a Lyrae Dust.


Debidas explicaciones


Capítulo 8: Tensión


La diferencia del antes y el después de sacarse esas porquerías del estómago fue drástica. Kano no había notado que Konoha lo abrazaba y besaba con frecuencia hasta que el gigante comenzó a comportarse como si fuese un desconocido.

Una escena de todos los días.

—¡Qué pereza! —Kano, al hacer crujir los huesos de sus hombros, bostezando. Konoha solía depositar un beso suave en su cuello, mejilla o sobre su cabeza.

También tenía la costumbre de acariciar brevemente el vientre de Kano, desde la primera vez en la que tuvieran sexo. Sólo ahora, Kano entendía sus motivos.

Esa mañana, Konoha no estaba allí al despertar Kano siquiera. La mesa del desayuno se estaba sirviendo pero tampoco estaba sentado para comer, sino junto a la ventana.

—Yo estaría enojada si me hubieran mentido. —le aclaró Kido cuando Kano preguntó sobre esto.

—No puedes estar conmigo si odias las mentiras. —añadió Kano, forzando una sonrisa y sentándose.

Seto sorbió su café con una mueca, desviando la mirada.

Trató de ignorarlo. ¿Konoha quería enojarse con él por tomar una decisión que le concernía primero que a nadie, en una situación donde todos salían perjudicados de otra manera? Que lo hiciera.

Tomó paseos largos sin siquiera avisarle o anunciar cuándo volvería. Robó algunas billeteras, hizo compras con tarjetas que no eran suyas. Recordó a su madre y a Ayaka. Evadió a Ayano. Ella me hubiera apoyado, pensó. Pero era el recuerdo que lo ponía más emocional.

Volvió más tarde de lo habitual, como solía hacer cuando tenía problemas. O meramente se volvía consciente de ellos.

Ocho horas afuera y en apariencias, Konoha había estado todo este tiempo sentado en el mismo lugar, con una expresión de dureza.

—Kano.

Anteriormente, cuando Kano hacía algo similar, salía a buscarlo y se perdía él también. Así que al volver, Kano daba vueltas por los alrededores, con el escozor de la preocupación adentro. De si alguien encontraba a Konoha y se lo llevaba para hacer ve a saber qué. La gente era retorcida, el gigante era ingenuo. Por no hablar de la serpiente.

En los meses que llevaban juntos, Kano había logrado que Konoha le obedeciera y esperara su vuelta sin hacer muchas preguntas. Era necesario reconocer que era menos molesto que Seto. No tomaba las condiciones de Kano como una amarga medicina requerida por la convivencia. Cuando Kano se explicaba, Konoha simplemente asentía, como si acabaran de mostrarle una regla más de un juego en el que era novato.

Tenía su dosis adorable.

—Konoha.

Había silencio. Probablemente las chicas no estaban, Hibiya dormía y Seto trabajaba. La rutina usual.

Kano se decidió a no quebrar el hielo. Que parecía más bien metal. Era claro que Konoha estaba ofendido pero no sabía cómo verbalizarlo. Y si las cosas iban a seguir así, Kano las aceptaba. Era incluso mejor que discutir sobre cielo y tierra con Seto, que además intentaba solventar un rol de hermano mayor o padre que resultaba bizarro para cualquier amante.

Shuuya se desplomó frente a él, con la mandíbula apretada, quitándose la capucha. Los ojos de Konoha estaban ausentes pero se cruzaron un par de veces. Había dolor en ellos pero Kano fue firme. Ni se inmutaron cuando la puerta se abrió y Kido llegó con unas bolsas. Momo saltando detrás de ella.

—Ni siquiera noté que estaban aquí. —comentó Hibiya, restregándose los ojos, desde el linde de su cuarto.

—Qué puedo decir. Engañar hasta a la gente que duerme es lo mío.

No fue hasta bien entrada la noche, tras cenar y ducharse, que entendió lo grave que era. El gigante entró en su habitación mientras que Kano se secaba el pelo.

—¿No vienes?

Kano tenía dolor y una cicatriz sobre el vientre. Pero tras algunos sedantes, estaba de buen humor y con tanto para pensar, a penas lo había tenido presente.

—Shintaro dijo que puedo ir con él.

—¿A esta hora?

Kano apretó la mandíbula. Pudo dar mil motivos en absoluto contundentes (menos viniendo de alguien como él) para no intercambiar saludos con alguien como el hermano de Momo. Pero lo habían aceptado en el grupo. Y Konoha lo conocía. De antes de cambiar.

—Adiós, Kano.

Shuuya se metió en la cama, mirándose al espejo en el muro, haciendo una mueca de ferocidad que Konoha no percibió o bien, ignoró, sin comprender.

—¿Me estás dejando? No quise tener esas cosas adentro, ¿así que me dejas?

Konoha guardó silencio. Parpadeó, como pudo apreciar Kano, echo un ovillo en las mantas.

—No lo sé. —murmuró, con el mismo tono que habría usado para decir que algo se había roto.

Kano se contuvo para no enfrentarlo. Porque lo hubiera insultado y no tenía un punto en esas circunstancias.

Konoha apagó la luz sin decir una palabra más. Y Kano pensó durante largas horas de la noche, hasta que le dolió la cabeza y decidió ponerse en marcha, de madrugada.