Recopilación de sensaciones

A continuación se exponen una serie de viñetas inspiradas en Everlark, escritas desde distintos puntos de vista. Son independientes unas de otras pero parecen contar una historia. A leer a su merced ¡Salud!


1. Fácil

La verdad, no ha sido fácil. La verdad es que no ha sido fácil para los dos.

Sigo aquí esperando por ti.

Sigo aquí esperando por ti.

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Al final, Katniss entiende que la vida es fácil. Ella no estaba atenta al principio, pero en sus últimos días comprende que sí lo es. La vida es fácil, y su vida en particular muy sencilla.

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Todas las noches ella lo espera para poder dormir. No son las sombras o las pesadillas lo que le impiden hacerlo. Tampoco el silencio o siquiera el ruido amenazador de cualquier alma tortuosa que rondando por la casa.

Es él.

Ella espera a sentir las pisadas en la escalera, el rechinar suave de la puerta al abrirse y finge dormir. Lo escucha desplazarse hasta el otro lado de la habitación, su pierna mala siempre cayendo más pesadamente que la otra. Peeta se quita el cinturón, dobla los pantalones y la camisa antes de guardarlos en la cómoda. O por lo menos eso se imagina ella. Sabe que la mira unos segundos antes de apagar la luz que siempre deja prendida.

Y ella finge dormir. Katniss mantiene los ojos cerrados, los músculos agarrotados y la respiración pausada. No su corazón, por supuesto, porque ella no está tranquila hasta que Peeta no se acomoda junto a ella. Siente el aire frío colándose entre las sábanas y el aliento caliente chocando en la mejilla. Es un lindo contraste, uno al que ella está acostumbrada. Katniss no quiere moverse, de verdad que no. Ella prefiere que él nunca se entere de su necesidad, pero es imposible no acurrucarse a su cuerpo tibio, suave, tan conocido. Él se apoya contra su espalda, la abraza tan delicadamente y entierra la nariz en su cabello. Katniss se resiste, no quiere tomar su mano que está tan cerca de la suya, ni calentarse los pies helados en la pierna de Peeta. Pero su decisión se escurre entre sus dedos junto con el movimiento de sus caderas.

Y Peeta sabe que está despierta y no puede dejar pasar el momento.

Cualquier aclaración por parte de los dos se pierde en sus gargantas, quedan atrapadas por sus bocas unidas. La soledad no la sienten, ni el frío. Katniss cree que nunca volverá a sentir nada más que las manos de Peeta sobre su piel, que el sudor bajando despacio por la espalda, que el sabor dulce en sus labios cuando lo besa. Katniss no piensa demasiado mientras está con él, ella solo se siente segura. Nada más importa.

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Él es fuerte. Ella ve la fuerza en sus brazos cuando la levanta, siente sus músculos tensándose bajo su palma al tocarlo desprevenido. También ve su mandíbula apretada, el latido en la sien y los hombros rectos y sabe que él en verdad es muy fuerte, más de lo que ella será en toda su vida. Katniss entiende que es una fuerza distinta a la que ella aparentaba tener. Peeta puede romper cosas con sus manos fácilmente pero también puede desarmarla con una mirada o una sonrisa. Él puede convencerla de salir de la cama cuando ella no quiere y puede hacer que el viejo y malhumorado Haymitch ría a carcajadas con solo un chiste cayéndose de su voz.

Peeta sigue siendo muy lindo. Él luce su sonrisa como si estuviera pintada por un gran artista e ilumina todo con sus hermosos zafiros azules. También es lindo cuando está todo embarrado tras cuidar el jardín, o cubierto de harina después de hacer una gran tanda de pan.

Peeta se ve muy varonil mientras se afeita cada mañana. Él pasa la navaja sobre su mandíbula llena de espuma y sonríe a Katniss que lo espía desde la cama. A ella le gusta pasar los labios por su garganta después de eso porque es muy suave y huele muy bien.

Katniss se reprende por pensar en él. Ella consigue tararear canciones para mantenerse ocupada hasta que Peeta repite la melodía y Katniss debe dejar de cantar porque se acuerda de él.

Katniss siente mucho más de lo que piensa.

Ella siente muchas cosas cuando está con Peeta: su corazón latiendo rápido, sus oídos tapados, su boca seca. Siente su piel tirante y la soledad persiguiéndola. Huele el olor de las flores podridas, le duelen los pies descalzos al pisar la tierra húmeda del patio de su casa. Sabe que está viva, pero no a quién culpar por eso.

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Katniss mira sus ojos e intenta devolverle algo de lo que ve en ellos.

Escucha sus palabras flotando lentas y en círculos alrededor de ella sin entenderlas, hasta que logran atravesarla. A veces se dirigen directamente hacia ella y Katniss tiene que hacer un movimiento en señal de respuesta. Un asentimiento de cabeza vale casi siempre.

Pero lo que ella siente más profundamente es lo nerviosa que se pone al reconocer a Peeta parado a sólo unos metros, y se percata también del silencio que la rodea, y de lo aburrido que resulta todo si él no se encuentra en la habitación.

Katniss lo espera. Come si él come, duerme si él se acuesta con ella. Ella no piensa, sólo siente.

Todo queda reducido a él. Incluso años después de encontrarlo con una carreta llena de Prímulas, Peeta sigue siendo el chico con el pan. Una imagen que nunca desaparecerá de su mente y que se refuerza día a día con cada salvavidas en forma de pan que él le arroja.

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Ella recuerda que tiene mamá pero no reconoce su voz cuando habla por teléfono. Relee una y otra vez el libro de plantas hasta que Peeta la encuentra acurrucada en el armario con la cara empapada en lágrimas.

Katniss escucha los pinceles tintineando en el vaso y ve el agua limpia tiñéndose de un marrón sucio. Sabe que afuera es de día y que Peeta no fue a trabajar porque está ahí con ella, trazando un dibujo en el lienzo que todavía no toma forma. Y Katniss quiere besarlo en la boca.

Peeta no se sorprende cuando ella se cuelga de su cuello. Él deja caer el pincel al tiempo que toma a Katniss por la cintura y le devuelve el beso tiernamente. Pero ella no quiere que sea tierno, quiere que le duela, quiere que le muerda los labios, que la deje sin aire, que le prometa que va a estar ahí por siempre. Ella quiere que sea real.

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