3. Ambos

Katniss me dijo que no.

Al año siguiente no fue tan duro. Después de cinco años había olvidado cómo se sentía el dolor ante el rechazo. No pasó tanto tiempo hasta que me hice inmune por completo. En las ocasiones en que resurgía la desesperación, ella nuevamente me miraba desilusionada, y nuevamente su respuesta era no. Nunca hizo falta más que una mirada de melancolía para saber la respuesta. Una mirada y era el fin.

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Me encantaba cómo Katniss me hacía feliz a pesar de dedicarme más miradas acusadoras que sonrisas. A ella le molestaba que le permitiese al gato quedarse en la casa, odiaba cuando estaba mucho tiempo con Haymitch y volvía con olor a alcohol impregnado en la ropa. Katniss detestaba que le mirase de arriba abajo, abrasando cada curva de su cuerpo y relamiéndome los labios en el proceso. Ella rompía cada dibujo que trazaba de ella y no me dirigía la palabra si es que se enteraba que había estado hablando de ella con alguien del distrito. Y verla enojada era tan condenadamente sexy.

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La respuesta continuó siendo no por toda la eternidad.

Ella me retenía. Ignoraba si sabía lo que hacía conmigo, porque era imposible predecirla. Katniss se escapaba al bosque todo un día, pero a la noche no podía alejarla de mis labios y sus caderas siempre marcaban el ritmo. Ella nunca era consciente de que moría por cada parte de su ser.

Su mirada era glacial desde el otro lado de la mesa, pero sus manos eran ansiosas mientras recorrían mi cuerpo.

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Besé su hombro desnudo mientras recorría mi mano por el borde de su cadera y mi erección chocaba contra su trasero. Ella no se despertó, como si fuera a creérmelo. Acaricié su pelvis e incursioné un dedo en su interior, sentí su humedad, el tirón en mi estómago y el vello de sus brazos erizándose. Katniss ni siquiera parpadeó ante mi toque, pero sentí su respiración agitada, al compás con la mía. De perfil sus labios parecían más grandes y carnosos. Deseé mirarla de frente para ver su expresión, el placer en sus ojos, sus mejillas coloradas y el pelo pegándose a la cara, mas Katniss seguía determinada en ignorarme, aunque yo sabía que estaba muy consciente de mí.

Paseé la lengua, dejando rastros de saliva en su piel aceitunada, saboreé su gusto salado y eso fue suficiente para motivarme más. Necesitaba beber de Katniss, sentirla entre mis piernas, escucharla decir mi nombre.

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No podíamos vernos a los ojos. No podía mirarla cada vez que me decía que no. Porque conocía muy bien su cara desilusionada y no quería verla por más tiempo. Tenía miedo que ella no entendiera cuan profundo era mi amor. Nada de lo que pasó pudo separarme de Katniss, ni nada de lo que pasará lo hará tampoco.

Necesitaba que ella supiera que yo la elegía siempre, para toda la vida.

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La puerta se abrió de golpe y volvió a cerrarse más rápido aún, pero sin conseguir evitar que el frío se colara junto con Katniss. Ella parecía un oso, tenía dos camperas más además de la cazadora de su padre, un gorro de lana con orejeras y la bufanda que se arrastraba por el suelo y por poco no quedó enganchada en la entrada.

Estaba molesta. Yo sabía que detestaba salir tan abrigada pero no había otra manera de enfrentar la tormenta, ni de convencerme de dejarla salir.

Estaba aliviado de verla a salvo. Katniss sacudió sus pies, se desenredó de la bufanda y su cara surgió colorada entre las ropas que se iba desprendiendo.

"Estás helada, Katniss. Ven aquí", abracé su cuerpo con el mío, absorbiendo el temblor que atravesó toda su espina dorsal y provocó que sus dientes tintinearan. Tomé sus manos y las froté entre las mías para hacerlas entrar en calor. Katniss olía a frío, a la menta que colocaba en el té para disminuir mi ansiedad en una noche mala y a ella misma, ese olor a sudor combinado con el perfume del jabón de pelo que era tan propio de ella. Soplé aire cálido sobre la piel enrojecida de sus manos y besé los nudillos. Mis labios escocieron al contacto directo con la baja temperatura y me esforcé más para mantenerla caliente. Katniss se acomodó en mi pecho, yo apreté mi agarre. Y nos quedamos así, con las manos entrelazadas, mi frente contra su cabeza, su respiración chocando en mi garganta.

Ella me miró satisfecha y me sonrió.

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Katniss dijo que sí.

Miré sus labios y éstos parecieron decir que sí. Miré sus ojos y decían que sí. No sonreía, su cara era hermosa sin embargo, porque lucía aliviada, tranquila, en paz con ella misma. Y eso era suficiente para mí.

No la abracé, mordí mis labios para ocultar mi alegría y procuré continuar con lo que fuera que estaba haciendo antes de que me interrumpiera.

Esa noche nos besamos muy despacio. Mis manos no podían soltarla, no quería alejarme de ella porque creía que iba a desaparecer. Yo me sentía muy liviano, era el papel que vuela alto y se agita en un viento huracanado. Katniss lo permitió, se ajustó a mis besos y apretó mis manos para indicarme que continuara.

Ella lloró cuando terminamos, como si en ese momento tomara consciencia de que ya no había marcha atrás.

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Sé que Katniss se arrepiente todos los días de haber tomado esa decisión. La veo tan cansada. Es frágil, parece que se va a romper en cualquier momento.

Ser padre tiene otras cosas, aunque la mayor parte fluye en la imaginación. Es como flotar en la gran nada y tienes que depender de ella para respirar cada día. Ya lo hemos hecho antes. Recuerdo estar desvelado pensando en mil formas de proteger a Katniss, pero esto es distinto.

Ella se queja y yo muero. Así de instantáneo.

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"Ya vas a venir corriendo cuando ella tenga ganas de matarte. Espera... sucederá tarde o temprano". Haymitch chocó su copa con la mía y no me quitó sus ojos de encima mientras bajaba el líquido por su garganta. Soltó una carcajada después de eso y repitió con palabras atragantadas: Un bebé, un bebé.

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Miro a Katniss estudiándose en el espejo y veo a una madre. Ella es feliz con todo esto aunque quiera aparentar lo contrario. Katniss come el doble porque sabe que es importante para el bebé que ella esté fuerte. Ella abraza su cuerpo y se balancea en la cama para dormirse, y poco después se despierta aterrorizada, llamándome a gritos. Únicamente así puedo tocarla, cuando está asustada y vulnerable.

Me cuesta cada vez más calmarla. A veces creo que no soy el indicado para protegerla. Katniss exige mis besos, mis manos en su estómago y mis palabras recordándole cuanto a la amo. Ella lo quiere todo junto y lo quiere ahora, y eso es difícil.

Katniss no expone su piel. Ella está tapada con toda la ropa que encuentra pero se rehúsa a dejar de cazar.

Ser el padre que no puede estar feliz es un horror. Porque lo amo demasiado y no puedo decírselo. Amo demasiado a mi mujer y no puedo besarla cuando quiero.

Necesito vivir el embarazo de otra manera.

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"Haymitch estaba esperándome esta tarde cuando llegué de cazar", la voz de Katniss sonó muy clara en la oscuridad de la noche, tanto que me asustó un poco.

"Mmm…", yo no quería responderle, intenté retomar el sueño donde sea que lo hubiera dejado, pero su voz volvió a interrumpirme.

"Peeta, sé que no estás dormido y que le dijiste al viejo"

"Técnicamente no le dije nada, y no estoy despierto del todo. Puedo dormirme enseguida… estoy muy cómodo", me abracé más a ella para acentuar mis palabras, pero Katniss no tardó mucho en escaparse de mis brazos y sentarse en medio de la cama.

"Tienes que decirle que no es verdad. No es verdad que estoy embarazada"

"Pero si lo estás"

"No quiero que todo el distrito se entere, ni que sean amables conmigo o me miren así, como si necesitara sus consejos", y ahí estaban sus quejas nuevamente. Le di la espalda y hablé sobre mi hombro:

"Tarde o temprano no vas a poder ocultarlo, Katniss. Mejor que lo sepan ahora", bostecé largo y tendido y no pensé en mis siguientes palabras "Y si te molesta tanto puedes dejar de hacer trueques con ellos"

"Tienes dos segundos para retractarte de eso", podía sentir la mirada de Katniss atravesándome la nuca. Me incorporé despacio, intentando retrasar el momento, aunque al ver su expresión las palabras no pudieron salir más rápido de mi boca.

"Está bien. Mañana hablo con Haymitch", eso pareció aliviarla un poco. Sus ojos no dejaron mi rostro hasta que tomé una de sus manos y empecé a besarla.

"Peeta, ¿En verdad no quieres que cace?", esto había comenzado a ser un problema desde mucho antes de que ella quedara embarazada. Yo necesitaba verla bien, a salvo, conmigo. El bosque me traía recuerdos oscuros con tan solo pensar en él. Y Katniss lo apreciaba tanto. Eso yo lo sabía, era su vida, su calma. ¿Qué podía hacer?

"Creo que es peligroso. Siempre estoy nervioso cuando te vas"

"Estás nervioso en todo momento. No le veo la diferencia. Además, no es una opción dejar de cazar"

"Lo sé, pero no es una necesidad. Con la panadería nos arreglamos bien", Katniss besó mis labios suavemente y dirigió mi mano hacia su estómago. Era todo lo que precisaba para borrar de mi mente cualquier pensamiento.

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Es imposible describir la paternidad. No es como la mujer que tiene un proceso de embarazo que dura más o menos 9 meses para prepararse e imaginarse a su bebé. Katniss tuvo señales, dolores, cambios, cada mañana algo nuevo le anticipó lo que vendría. La mujer está preparada para sentir. Lo ama porque es parte de ella. Pero un hombre no puede darse cuenta si no está atento y aunque me esforzara por seguir paso a paso los nuevos e imperceptibles cambios de Katniss, ella nunca me dejó hacerlo.

Yo no fui el padre de mi bebé hasta que la partera no puso al retoño entre mis brazos. Y fue amor a primera vista.

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