4. Felicidad

Es un momento muy dulce, la verdad. Ese en el que solo estás tú y él, y el mundo parece desaparecer a tu alrededor. No hay nada más que te provoque ese calor en el pecho, el cosquilleo en tus dedos, la sonrisa en tu rostro. Debes parpadear porque tus ojos se secan de tanto que los tienes abiertos para mirarlo. Es un momento de conexión, de intimidad profunda y de encuentro. Pero sobre todo de admiración. Lo miras y sabes que lo vas a amar por el resto de tu vida. Y ahora, al verlo, al sostenerlo entre mis brazos, al rozar su piel rosadita y sentir su tierno perfume de bebé, pienso que hubiera sucedido de todos modos. Porque es un sentimiento conocido, uno que tuve muy poco tiempo para aprovechar, y que forma parte de mí desde que perdí a Prim. Mi hijo me mira entre sus espesas pestañas, sus ojos grises brillan apenas, y se acurruca más en mi pecho.

Su sonrisa es lo que más me enamora, es sincera y sus ojos brillan al compás, no queriendo ser menos. Él te contagia de su felicidad perfecta. Imposible no devolverle la sonrisa, no pellizcar sus mejillas regordetas y besarlo en cada parte de su piel suavecita y delicada. Me avergüenza decirlo en voz alta, pero él es mi debilidad. Con sólo el sonido de su risita logra más de lo que cualquier niño haría con lágrimas y gritos y berrinches.

No llega a cumplir el año y ya corre con sus piernas cortitas por toda la casa, escondiéndose de su hermana y tumbándose cada pocos pasos. No me molesta en absoluto que tumbe su puré de manzana sobre la mesa para dibujar circulitos con su dedo, ni que disfrute de cocinar con su papá y termine repleto de chocolate.

Lo único que me importa son mis hijos, los que juré que jamás tendría. Peeta sólo me mira y se ríe. Sus ojos, seguro rememoran alguna de tantas escenas en las que le negaba que esto llegara a suceder.

Estoy dándole la mamadera a mi bebé y acariciando la cabellera morena de mi hija dormida en mi regazo cuando Peeta abre la puerta de entrada. Procura no hacer ruido mientras se acerca a nosotros, pero es inútil. El piso de madera cruje bajo sus pies y la niña se remueve inquieta, descubriendo sus ojos azules soñolientos tras las largas pestañas.

"Papi", grazna ella con voz finita y Peeta se apura a silenciarla con un movimiento de su boca. Recibe sus bracitos envueltos en su sweater azul favorito, con su conejito descocido, para plantarle un beso en la frente.

"¿Vamos a la cama?", le pregunta en susurros comprobando que mi bebé no se percatara de su presencia porque hubiera sido imposible hacer que se duerma otra vez. Ella mueve afirmativamente su cabecita y a continuación la entierra en el hombro de su padre. Antes de desaparecer escaleras arriba, ella se vuelve para saludarme con la manita, y en respuesta le lanzo un beso y me vuelvo a concentrar en mi bebé. Él succiona el pico de la mamadera cada vez más despacio y mantiene sus ojitos cerrados. Con cuidado aparto de su cara un mechón de pelo dorado y me mezo pausadamente mientras él abre un poco los párpados. Y allí está otra vez su sonrisa, surcada de leche que escapa de la mamadera. Él es tan hermoso. Y es todo mío, no me importa que Peeta me diga que en realidad es de los dos. Mi bebé es mío de la única forma en que alguien puede ser de otra persona.

Peeta regresa unos minutos después, con las pantuflas puestas, una de cada color, y en calzoncillos. No consigo ahogar la risa por mucho tiempo y rápidamente le cedo al bebé ya completamente dormido. Parece un muñequito acurrucado entre los brazos grandes de su padre. Los veo alejarse sin poder levantarme de mi asiento. La espalda ancha de Peeta desaparece escaleras arriba y con él se escapa mi pequeña perfección, mi pequeña burbuja de plenitud, y siento frío, el frío que ni la chimenea puede atenuar. Es automático. Giro a mí alrededor y no hay nada en la casa que me haga sentir tan bien como cuando mis hijos estaban conmigo. Es un vacío doloroso el que me pone en movimiento. Lo sigo por el pasillo que conduce a las habitaciones hasta que llego a la cuna del bebé, donde Peeta está terminando de acurrucarlo bajo la luz blanca de la luna que se cuela por la ventana. Estoy bajo el umbral, él a dos pasos. Me mira y se ríe y me invita a pasar.

"Ni lo pienses", le digo cuando veo sus labios curvarse en una sonrisa. Él levanta sus manos en señal de rendición y emprende el viaje hacia nuestro cuarto.

No pasa mucho tiempo hasta que me decido. Es fácil para nosotros ahora que nos conocemos tanto darnos cuenta de lo que quiere el otro. Peeta no tiene que hablarme para saberlo, no cuando mis manos se deslizan por su estómago y mi boca hace contacto con la piel de su cuello. Pero necesito decirle esto con palabras, porque sé que de ningún otro modo él va a estar de acuerdo.

"Quiero otro bebé"

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