5. Boring

"¿Qué pasa amigo?", Aaran no presta atención, apenas mira a su padre cuando se acerca a él y continúa en sus cosas. La lengua rosada que se asoma entre los labios indica la importancia del asunto. Peeta tiene que acurrucarse al lado de su hijo para ver lo que lo tiene tan concentrado.

"¿No puedes atarte los cordones?", casi que no puede disimular la sonrisa de su voz cuando el pequeño lo mira asustado. Aaran comprueba la puerta de entrada y poco después mira a su padre con el ceño fruncido. Peeta logra confundir por tos una carcajada que se le escapa al encontrar el increíble parecido que el niño tiene con su madre. El pequeño sigue intentando, con sus mejillas coloradas de vergüenza y los rulos rebeldes tapando sus ojos. Se encoje de hombros , tira una de las puntas del cordón y éste se deshace por completo. Entonces se rinde. Frustrado, se saca las zapatillas y las arroja contra el armario. Aaran es un lío de rulos, cachetes rojos y brazos regordetes.

"¿Por qué Dani puede hacerlo y yo no?", protesta.

"Porque ella es más grande que tú y practicó mucho",contesta Peeta mientras Aaran se rasca la nuca y suspira pesadamente. Peeta se levanta a buscar las zapatillas descartadas y regresa con su hijo, quien ya decidió ponerse las zapatillas con abrojo, y muestra una sonrisa de resignación.

"No importa, papá. Estás me gustan más igual", habla señalando sus pies calzados.

"Ven aquí, hay un truquito que puedo enseñarte", dice y Aaran lo mira curioso. Después de comprobar otra vez que nadie los espíe por la puerta entreabierta, se sienta a su lado en la cama.

"Cuando yo tenía tu edad…", le dice Peeta tomando a su hijo y acomodándolo sobre su regazo para que pudiera ver bien. Le quita las zapatillas con abrojo y, en un solo movimiento, encaja los pies en las zapatillas acordonadas. "...Me dieron unas zapatillas viejas que antes habían pertenecido a mis hermanos y que estaban tan gastadas que los cordones estaban completamente deshilachados. Tanto que si llegaban a desatarse era imposible hacer que vuelvan a pasar por el ojal", Peeta coloca su mentón sobre el hombro pequeño de su hijo mientras habla y toma un cordón en cada mano, los cruza y tira para anudarlos.

"Un día me enojé tanto con los malditos cordones… no le digas a mami que dije esa palabra. Un día me enojé tanto que le robé a Rye la cuerda con la que ataba su delantal de la panadería", Aaran mira a su padre con los ojos bien abiertos. "Nunca le saques a Dani sus cosas sin permiso", agrega. Peeta le guiña un ojo y continúa su relato, "pero la cuerda era muy resbaladiza y aunque intentara acordarme cómo estaban atados los cordones viejos y deshilachados, siempre terminaba con las zapatillas desatadas. Entonces mi padre me enseñó este cuentito…"

"Orejitas es un conejo muy bonito y curioso que una mañana estaba saltando en el campo…", Peeta vuelve a tomar los cordones, los cruza y hace el primer nudo.

"Me gustan los conejitos"

"Lo sé, amigo. Presta atención", Aaran asiente y Peeta continúa. "De repente, escuchó un ruido. De prisa escuchó con su gran orejita", forma un lazo y lo sostiene con su dedo índice y pulgar.

"Afortunadamente, apareció un árbol", Peeta forma un segundo lazo. "De prisa, de prisa se escondió detrás del árbol", pasa por detrás uno de los lazos. "Uuufff, había un agujero justo al lado ¡Orejitas saltó dentro!", pasa uno de los lazos por el agujero que se forma entre los dos. "Pero el agujero era muy pequeño y sus dos orejitas no lo atravesaron", Peeta finaliza el cuento tirando muy fuerte de los dos lazos.

"Otra vez", dice la voz suave de Aaran y Peeta vuelve a repetir el movimiento.

Después de que el niño hiciera un buen primer intento (casi que consigue atarlos) y otros tres intentos más (con su voz repitiendo la suerte del conejito), la puerta de la habitación se cierra con un ruido seco provocando que Aaran se petrifique en el lugar.

"¿Crees que Dani nos habrá visto?", le pregunta a su padre aún con las manos enredadas en los cordones.

"Yo creo que fue el gato", apunta él con mucho tacto y percibe como los hombros de su hijo se relajan al escucharlo.

"Papi, ¿te puedo hacer una pregunta?"

"Claro campeón ¿Qué es?"

"¿El tío Rye nunca se enteró donde estaba la cuerda de su delantal?"

"En absoluto", Peeta sacude la cabeza y deja que su hijo copie sus movimientos.

Con la otra zapatilla resulta más fácil y con varios suspiros Aaran consigue hacer que las orejas del conejito queden atrapadas en el agujero.

"¿Puedo darte un segundo consejo?", los ojos grises de Aaran lo miran contentos y orgullosos y escuchan las siguientes palabras de su padre. "Haz un doble nudo. Orejitas quiere comprobar si puede pasar por el agujero", Aaran lo hace y entonces se da cuenta que las zapatillas de su padre también tienen un doble nudo. "Siempre tienes que seguir intentando, como Orejitas".

Aaran asiente, corre en círculos y satisfecho al ver que sus zapatillas no se desatan, besa a su padre y sale ansioso a mostrarle a su mamá.

Peeta tiene un segundo de melancolía, sentado en la cama de su hijo entre juguetes y con los ojos clavados en sus pies. Está casi seguro que su padre tenía las manos cubiertas de harina al enseñarle cómo atarse los cordones, y que su sonrisa no desapareció en ningún momento, pero no puede recordar si fue él quien le dio el consejo de no rendirse. Peeta mira sus manos, piensa en que nunca dejó de intentarlo y sonríe.


Peeta consiguió quitarse la chaqueta empapada justo antes de que sus dos hijos se colgaran de él como si fuera un perchero. No tuvo que mirar dos veces a Katniss incorporándose del sofá despeinada y con la ropa desarreglada para saber que estaba exhausta.

"¿Día largo?", él la saludó con un pequeño beso porque los niños no le permitieron hacer más.

"Semana interminable", articuló ella con una sonrisa tensa mientras atrapaba a Aaran que se estaba resbalando del hombro de su padre.

Peeta mandó a Katniss a la cama para que descansase un poco. Ella no muy segura, miró a sus hijos que ahora se arrojaban los almohadones del sofá donde hace un momento estaba recostada y terminó por asentir.

"Sólo un minuto", le dijo. Katniss trenzó su cabello de camino al cuarto y espió sobre su hombro para ver cómo Peeta agarraba a sus hijos, uno en cada brazo, y los llevaba hasta la cocina. Se sintió mal por dejarlo sólo con los niños. Luego escuchó la lluvia resonando en el techo y su cansancio pudo más.

.

"No es un historia muy linda", dijo Peeta, Dani y Aaran levantaron sus ojos de las galletitas con forma de gatitos que estaban haciendo, se miraron el uno al otro y luego observaron a su padre con ojos inquietos y unos pucheros haciendo juego.

Peeta se los había prometido hace mucho tiempo y ellos siempre se lo recordaban cuando su madre no podía escucharlos. Justo como en ese momento.

"Su madre..." comenzó. "Era la niña más bonita del distrito"

"¿Más bonita que Adele?", lo interrumpió Aaran preguntando por la niña de ojos grises que se sentaba justo delante de él en la clase de dibujo.

"Si, Aaran. Mucho más bonita"

"¿y cómo hiciste para que se fijara en ti?", Dani llevaba haciéndole esa pregunta hacía varios meses, cuando se enteró que su papá era el que estaba enamorado de su mamá y que tuvo que conquistarla.

"Eso también me lo pregunto yo, Dani. Digamos que fue un golpe de suerte. Un golpe bastante duro, la verdad", a Peeta se le hizo un nudo en la garganta. Le resultaba muy difícil empezar a sentar las bases para que sus hijos conocieran sobre la historia de amor detrás de los juegos. Sobretodo porque era su historia de amor, y quería que sus hijos la recordaran sin pensar en todas las muertes que la acompañó.

De repente, Peeta tuvo una idea que lo ayudaría con su relato y también, pensó con una voz muy seductora en su cabeza, a pasar algo de tiempo con Katniss.

"¿Recuerdan el libro que a mami no le gusta que les lea?", preguntó en voz baja, mirando furtivamente hacia el pasillo.

"¿El del árbol del ahorcado?", dijo Dani.

"No, tonta. El de las plantas. ¿O era el de los dibujitos de color rojo?", Peeta pensó que Katniss no era muy justa con sus hijos al prohibirles tantas cosas.

"Pues voy a entretener a mami mientras ustedes le echan un vistazo", les guiñó un ojo y los chicos gritaron emocionados y luego bajaron la voz al recordar que su madre estaba descansando.

" A mami no le va a gustar", susurró Aaran.

"Pues mami no tiene que enterarse", les respondió. Peeta revolvió el pelo de su hijo menor y le plantó un beso a la niña que estaba tan alta que ya no necesitaba agacharse tanto para hacerlo. Estaban tan grandes los dos. Luego de acomodar la cocina y entrar a la biblioteca para buscar el libro con las fotos, Peeta caminó de puntillas por el pasillo y escuchó la risa de los niños en consecuencia.

"Shhh, los va a oír", los vio tapándose la boca con sus manos y dejó a ambos en el estudio, sobre la alfombra. Era el lugar más alejado de la casa y donde ni Katniss ni ellos se enterarían de lo que estaba sucediendo. Emprendió nuevamente el camino hasta su habitación, sacudiéndose las manos y relamiéndose los labios. Había sido una decisión arriesgada, pero a la larga, tanto Katniss como los chicos se lo agradecerían.

.

Katniss saltó de la cama al oír el sonido de la puerta, sus ojos volaron hasta la figura de Peeta ingresando por el umbral.

"¿Y los chicos?", dijo con su voz completamente despierta.

"Están bien", respondió él al tiempo que cerraba la hoja de madera tras de sí.

"¿Qué están haciendo?"

"Jugando"

"¿Jugando a qué?", Katniss había estado jugando con los niños durante toda la tarde y apenas había podido mantenerlos entretenidos durante dos minutos.

"¿Qué tal si me das un beso primero?", Peeta puso su mejor sonrisa y Katniss lo miró con desconfianza.

"Ey, confía en mí. Ellos están bien", un trueno especialmente fuerte parpadeó fuera e iluminó por un segundo la habitación en la que se encontraban. Katniss se estremeció. La tormenta ya se había extendido más de una semana y eso la estaba matando.

"Se van a asustar, Peeta. A ellos no les gustan las tormentas", le dijo al tiempo que se acomodaba su trenza deshecha y emprendía el camino para salir.

"A mí tampoco me gustan las tormentas", Peeta la interceptó por la cintura cuando ella intentaba pasar a su lado. Katniss se vio envuelta en su brazo y arrinconada contra su pecho. Ella lo pensó muy detenidamente mientras lo miraba a los ojos. Él estaba tan cansado como ella. Sus ojeras revelaban lo poco que dormía durante las noches y su esfuerzo en el trabajo; la panadería lo mantenía muy ocupado.

Katniss se preocupó por un segundo. Ella sabía lo que pasaba cuando fuera había tormenta, esa última semana había sido el colmo de todas ellas. Durante el día la lluvia no cesaba, apenas le permitía a su marido salir a trabajar y a sus hijos los aburría de muerte porque no podían ir a la escuela o jugar con sus amigos. Pero en la noche era lo peor. Katniss había renunciado a intentar dormir. Peeta se despertaba por pesadillas terribles y aunque le doliera en el alma ella tenía que ir a la habitación de sus hijos para que no escuchasen el llanto de su padre.

Su determinación cambió al ver la expresión de Peeta. Él tenía esa sonrisa de lado y sus mejillas coloradas, y cuando su lengua apareció para lamerse los labios, Katniss supo qué era lo que quería.

"Suéltame", le dijo intentando que la rabia no llegara a su voz.

"Lo haré", dijo rápidamente sin quitar sus manos de la silueta de Katniss. "Quizás dentro de un momento", y la besó en los labios. Katniss quiso protestar pero todo sonido quedó ahogado en sus pensamientos al sentir el frío que se colaba por su espalda, justo donde Peeta levantaba la tela y acariciaba su piel.

"Va a ser rápido", habló ronco contra su oído. "Ellos no se van a enterar"

Todas sus preocupaciones quedaron enredadas en los pantalones que ahora Peeta bajaba rápidamente entre sus piernas. Katniss se olvidó de que estaba enojada con él por tenderle esta trampa.

Peeta fue rápido. No se molestó por desnudarse por completo, ni siquiera la llevó hasta la cama. Subió a Katniss a la cómoda que era la superficie que más cerca tenía, desabrochó su pantalón, bajando junto con ellos su ropa interior y la penetró ahí mismo. Él la besó como siempre hacía para que el grito de su incursión se perdiera en su garganta.

Él soportó todo el peso en sus hombros para evitar que la cómoda golpeara la pared cada vez que la embestía. Ella se preguntó si era el hecho de que hacía tanto tiempo que no estaban juntos, lo que agregaba tanta fluidez a sus movimientos. O quizás fuera que el cansancio de los últimos días la había agotado hasta el punto de embotar todos sus sentidos y potenciar la sensibilidad de... otras cosas.

Katniss subió sus piernas. Peeta la tomó con fuerza por sus caderas. Ella lo necesitaba. Él podía oír el sonido de sus senos al golpear contra su piel. Y ella terminó. Y tan solo unos minutos después él la siguió. No hubo tiempo para más caricias ni palabras, sólo la risa cantarina de Katniss que hizo que a Peeta se le erizaran los vellos de la nuca y que le entraran ganas de hacerlo otra vez.

Llegaron a ducharse antes de que los niños golpearan insistentemente la puerta y a gritos les pidieran entrar. Katniss comprobó que Peeta se hubiera ajustado el cinturón y apenas abrió la hoja de madera, sus hijos pasaron como un suspiro a su lado. Dani y Aaran corrieron directamente a los brazos de su padre con la sonrisa estampada en sus rostros cachetones.

"¡Tienen que ver lo que les preparamos!", dijeron al unísono. Tanto Katniss como Peeta se miraron extrañados. Él se comenzó a arrepentir de su gran idea en cuanto descubrió el ceño fruncido de ella, y ni siquiera una sonrisa con hoyuelos la disuadió de su temperamento. Katniss fue la primera en salir y dirigirse hacia el estudio, con sus pasos ligeros y decididos y su trenza ondeando en la espalda. Y Peeta escuchó su grito desde la habitación. Los niños lo miraron con sus ojos brillando de inocencia, sin borrar la sonrisa de sus rostros.

Él se paró en el umbral y observó el desastre que se imponía. Las fotos, todas las fotos del preciado libro de recuerdos, estaban desparramadas sobre la alfombra que Katniss tanto se empeñaba en mantener sin migajas, y los colores que Peeta guardaba con muchísimo cuidado en el armario, se encontraban sueltos, pisoteados y rotos.

"Hicimos una historia feliz", dijo Aaran ante la sorpresa de sus padres. En efecto, las fotografías, antes en blanco y negro, ahora relucían de colores brillantes y llamativos.

"Siempre dicen que es una historia triste", dijo Dani

"Entonces le pusimos color para que sea más bonita", agregó Aaran.

Y ahí frente a ellos estaba el cuento que sus hijos dibujaron. Donde las flores amarillas crecen junta a la antigua panadería de los Mellark y el vestido de la tía Prim hace juego con sus ojos azules.

.

Esa noche durmieron los cuatro juntos en la cama grande.

.