¡Buenas! Lo primero, dar las gracias a los favs y follows que esta historia ha recibido, así como a los que habéis comentado. De verdad, ¡Muchas gracias! Me alegro de que vaya gustando la historia.
Generalmente no suelo responder a los reviews por aquí, pero en este fic sí lo voy a hacer(los anónimos solamente. Los demás por privado, como en los demás fics):
Tifu FireLass: Me alegro de que te haya gustado el prólogo, y también el haber conseguido captar tu atención en el yaoi con esta historia.
Mika-Mika: Francia es todo un caso, que no se da cuenta de lo que tiene ante él, ya le vale. Aunque tiene una razón el por qué de que no quiera involucrarse demasiado en ninguna relación amorosa con nadie que ya se irá descubriendo a medida que avance la historia. La pareja de HolandaxCanadá es muy tierna. Personalmente me gusta mucho, y es por eso que he aprovechado para meterla en esta historia.
sailo: Aquí está la continuación, disfrútala.
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DEUXIÈME CHANCE
Chapitre un
Lo primero de lo que el canadiense fue consciente al despertar, fue que estaba tumbado en una superficie blanda, posiblemente en una cama. Intentó abrir los ojos pero no pudo. Sentía que los párpados le pesaban, así que mientras hacía varios intentos (que resultaron fallidos) para logar su objetivo, escuchó atentamente unas voces cercanas a él.
Eran varias, y todas ellas masculinas. Una era grave y profunda, perteneciente a alguien que hablaba en voz baja y mesurada. Otra era más normal, de alguien que parecía que estaba regañando a una tercera persona cuya voz era la más estridente de las tres. Canadá aguzó el oído, para intentar saber de qué hablaban, pero fue en vano. Hablaban demasiado bajo, por lo que solo pudo llegar a oír algunas palabras sueltas como 'accidente', 'Canadá' y 'gobierno'.
Tras intentar abrir los ojos durante más de cinco minutos, finalmente logró su objetivo, pero sólo consiguió entreabrirlos un poco. Al principio no pudo ver mucho más que una intensa luz. Cuando la vista se fue habituando a la luz comenzó a distinguir cosas. Una superficie blanca, que supuso sería el techo, fue lo primero que vio, aunque borrosa. Tras parpadear varias veces, la superficie seguía viéndola borrosa.
Intentó moverse con suaves movimientos para ver dónde se encontraba, pero al hacerlo se sintió demasiado mareado y desechó la idea. Cerró los ojos y decidió que mejor sería intentarlo en otro momento. Antes de quedarse dormido, escuchó cómo las tres voces de antes parecían alejarse de él.
Cuando volvió a abrir los ojos, se dio cuenta de que ya había pasado medio día seguramente, ya que el sol entraba por su ventana con sus rayos anaranjados, dando la impresión de que era por la tarde.
Ya no se oía ninguna voz cercana a él, por lo que supuso que debía de estar solo en la habitación.
Movió un poco la cabeza para comprobar que ya no se mareaba tanto como antes, así que tomó un poco de impulso y e intentó incorporarse. Sin embargo al hacerlo comenzó a sonar el pitido de una máquina a la cual estaba enganchado por un cable a su brazo, asustando así al chico.
-Espera, espera-dijo una voz que provenía de un hombre de cuya presencia el canadiense no había reparado hasta entonces. Se trataba de un joven muy atractivo con intensos ojos azules y el cabello rubio que estaba sentado en una silla al lado de la cama en la que el americano yacía, con una revista en las manos, la cual dejó para ir a solucionar el problema de la máquina.
Matthew se quedó quieto, dejando al hombre hacer. Éste hizo que la maquina se callara dándole a un par de botones, para luego girarse hacia el menor.
-Por fin despiertas-dijo el rubio con una enorme sonrisa pintada en los labios mientras se acercaba al canadiense.-Llevas tres días aquí, en coma.
-¿En coma?-contestó el menor con voz pastosa por decir algo, forzando la vista para intentar visualizar mejor a ese hombre, el cual se le presentaba borroso ante sus ojos, al igual que todo.
-Sí. Ten han hecho varias pruebas durante estos días para ver cómo estaba tu cerebro, pues sufriste una hemorragia interna, pero la solucionaron a tiempo, así que no te preocupes.-explicó el hombre.-Y por la cara que estás poniendo debo suponer que ves borroso, ¿no?
El canadiense asintió tímidamente, intentando digerir el hecho de que acababa de despertar de un coma. Mientras, el hombre se giró hacia la silla y tomó un bolso que había a los pies de ella.
-Se rompieron en el accidente, pero te las mandé arreglar y aquí están-explicó el hombre mientras metía la mano en el bolso para sacar un par de gafas que le entregó a Matthew, cuya calidad visual mejoró notablemente al ponérselas.
-Gracias-agradeció el muchacho-¿Qué accidente?
La sonrisa en el rostro del hombre decayó un poco con esa pregunta.
-El de coche que tuviste el otro día. Menudo susto nos diste a todos, sobre todo a mi.-dijo el rubio mirando con ternura al menor.
-¿Accidente de coche?-preguntó el de los ojos amatista intentado recordar dicho accidente, pero le era imposible. De hecho...le era imposible recordar nada. Miró al hombre, con quien debía tener una estrecha relación(o al menos eso se deducía por cómo se estaba comportando para con él), pero no sabía quién era.
-Sí-dijo el hombre agachándose hacia el canadiense para depositarle un beso en la frente. Sin embargo, el menor se apartó al recibir el cariño, con cierto nerviosismo.
-¿Qué te pasa, mon petit? ¿No te gustan mis besos?-preguntó el rubio, nada acostumbrado a que su ex colonia rechazase sus muestras de cariño.
El canadiense se quedó callado un momento, mirándose las manos, las cuales tenía en su regazo y se frotaba con nerviosismo, sin atreverse a formular aquella pregunta que resonaba en su cabeza desde que había visto al francés.
-¿Qué ocurre?-preguntó el hombre sentándose en la orilla de la cama del muchacho al ver que estaba nervioso, llevando una mano a las del canadiense.
-¿Quién...quién es usted?-preguntó Matthew con la vista clavada en sus manos, sin atreverse a mirar al hombre a los ojos.
-...¿Perdona?-preguntó Francia, pensando que debía de haber oído mal lo que el canadiense le acababa de preguntar.
-¿Que quién es usted? No...no sé quien es, de verdad-dijo el canadiense atreviéndose a mirar al hombre a los ojos, quien le cogió el rostro con las manos en un rápido movimiento y le miró atentamente a los ojos.
-¿De verdad que no me recuerdas?-preguntó el francés escrutando los ojos del menor, comenzando a ponerse nervioso. Eso tenía que ser una broma. Una broma de mal gusto.
-N-No...-respondió el menor, quien sin lugar a dudas no estaba mintiendo, pues era una cosa que siempre se le había dado mal, y esta vez no era la excepción.-¿Podría soltarme ya, por favor? Me hace daño.
Francia le soltó inmediatamente, dándose cuenta de que estaba apretando sin querer uno de los varios moratones que el chico tenía en la cara.
-Vale...tienes amnesia por el golpe que te diste en la cabeza, aunque se te pasará en unas horas.-dijo el francés más para sí mismo que para Canadá.-es eso. Tiene que ser eso.
El canadiense no dijo nada, pensando que ese hombre tenía que tener razón. No recordaba nada desde esa misma mañana en que había abierto los ojos y había oído esas tres voces cercanas a él. Ahora que lo pensaba...ese hombre era el de la voz tranquila de esa mañana.
-Perdone...-empezó Canadá dirigiéndose al francés, sin embargo este murmuró un 'ahora vengo' y salió de la habitación llevándose una mano a la cabeza. A los pocos minutos volvió con el doctor que había estado atendiendo al canadiense desde que había entrado en el hospital, y éste confirmó lo que el francés sospechaba; el canadiense había perdido la memoria.
Con ese diagnóstico se dio comienzo a una caótica situación.
Mientras al canadiense le hacían pruebas y más pruebas para ver qué era lo que le estaba pasando, las naciones más cercanas a él se reunieron en el bar del hospital.
-Vale, ¿Cómo vamos a solucionar esto?-preguntó Francia con el ceño fruncido a Inglaterra y Estados Unidos(quienes de hecho eran las únicas naciones aparte del francés que sabían del accidente).
-Quizás dentro de unas horas haya recuperado la memoria...-dijo el americano llevándose una lata de coca cola a los labios que no tardó en beber haciendo ruidos, razón por la cual Inglaterra se puso a regañarle.
-Silencio.-les cortó con voz firme el francés a los dos, quienes obedecieron en el acto(aunque a regañadientes en el caso del inglés)-¿Y qué pasará si no recupera la memoria en unas horas? ¿Y si ha perdido la memoria...para siempre?
-Bueno, pues se le recuerda quién y qué es, y asunto solucionado-dijo Inglaterra cruzándose de brazos.
-No me puedo creer que estés diciendo esto tan a la ligera, como si fuese cualquier cosa.-dijo el francés incrédulo con la respuesta del inglés.-Si esto le hubiese pasado a América, ¿responderías lo mismo?
Inglaterra se revolvió incómodo en su asiento, desviando la mirada hacia abajo, levemente avergonzado.
-N-No lo sé.-respondió quedo el inglés.
-Hay que encontrar alguna solución pronto...-murmuró el francés, mirando a los ojos a Inglaterra.
-Yo creo que quizás deberíamos hablarle por su nombre humano hasta que recupere la memoria.-dijo el estadounidense.
-Me parece buena idea.-dijo Inglaterra, dirigiendo la vista del americano al francés, quien parecía estar valorando seriamente esa propuesta.
-Está bien. A partir de ahora hablaremos en su presencia con nuestros nombres humanos.-dictaminó Francia.
-Y habrá que ir informando a los demás, ¿no?-propuso Estados Unidos, pensando en Cuba, a quien tanto odiaba, pues era uno de los pocos amigos de su hermano y aún no sabía nada.
-Sí, tienes razón.-respondió Francia.-Vosotros informad a tantos como podáis, aunque yo ya les conté a Prusia y España sobre esto.
-¿Y tú no harás nada?-preguntó el inglés cruzándose de brazos.-ya me extrañaba que tardaras tanto en escaquearte de esto.
-Yo iré a hablar con él, para explicarle más o menos cómo van las cosas.
-¿Qué le vas a explicar?
-Lo básico. Que tiene un hermano, unos cuantos amigos...y que me tiene a mí.-dijo Francia, sin saber realmente qué era él para el canadiense. Era algo que nunca se había planteado. Cuando el chico era pequeño era algo así como su hermano mayor, y hasta podría haber sido una figura parental... pero desde entonces hasta ese momento había llovido mucho, y el canadiense había crecido y su relación con él había ido decayendo con el paso de los años...
-¿En qué piensas?-preguntó Inglaterra sacando al francés de sus pensamientos.-Vamos, tenemos que pensar qué va a ser de él a partir de ahora.
-Se quedará conmigo-sentenció Francia teniendo una idea fugaz, sonriendo levemente.
-¿Contigo? ¿Aquí en Paris?
-Sí. Le diré que era mi...compañero de piso y vivíamos juntos.-dijo el francés mientras en su cabeza entretejía rápidamente un plan.
-Venga ya, France, ¿De verdad crees que se va a tragar esa mierda?-preguntó con un resoplido Inglaterra.
-¿Por qué no iba a creérselo?
-Porque nadie compartiría piso contigo. ¿Qué dirá cuando vea que llegas con amantes?
-No habrá más amantes.-dijo firmemente el francés, provocando una sonora carcajada de ambos anglo-parlantes.
-Eso no te lo crees ni tú.-dijo el estadounidense sin parar de reír.
-Haría lo que fuese por mon petit. Y ahora, si os importa, vuelvo con él.-dijo seriamente el francés fulminándoles con la mirada mientras se levantaba de la silla.
-Pero si le están haciendo pruebas-dijo Inglaterra mientras se secaba una lagrimilla que se le había escapado de tanto reír.
-Ya estarán terminando.-respondió el francés yendo hacia la salida, dejando atrás a los otros dos que siguieron un rato más allí.
Subió a la tercera planta, en la que estaba la habitación del canadiense, para esperar a que terminaran de hacerle las pruebas. Sin embrago, se sorprendió al encontrarse al chico ya allí, hablando con el doctor.
-...y por eso hemos pensado que lo mejor sería...-decía el doctor, quien al darse cuenta de la presencia de Francia alzó las cejas y sonrió con alivio.-Vaya, justo con usted quería hablar, Monsieur Bonnefoy, ¿Podemos salir un momento? Es urgente.
-Claro.-respondió el francés, mirando de reojo al canadiense, que le miraba con cierta sorpresa.
-Vamos al pasillo.-dijo el doctor saliendo de la habitación, seguido del francés.
-¿Y bien?-preguntó Francia una vez que llegaron a un sitio alejado de la habitación.
-Nos ha preguntado varias veces que quién es y cómo se llama. Le hemos respondido que Matthew Williams, que después de todo es su nombre humano.-comentó el doctor mientras miraba sus notas.
-Aún no le digáis qué es. Decidle que yo soy su amigo y compañero de piso por el momento.-dijo Francia cruzándose de brazos.
-Vale...-respondió el médico tomando una ficha de entre sus notas.-estos son los primeros resultados.
Al decir eso, atrajo toda la atención del francés.
-Su cerebro está dañado y aunque ahora no recuerde nada de nada, todos los recuerdos están ahí, en su mente. Sólo necesita descansar y poco a poco irán volviendo.
-¿Y si...?-preguntó el francés, sin terminar de formular la pregunta que tanto le angustiaba.
-¿Si no la recupera?-preguntó el doctor, recibiendo un asentimiento de cabeza por parte de la nación francesa.-Acabará haciéndolo, no se preocupe por ello. Tarde o temprano lo hará.
Francia suspiró, pensando que quizás, con un poco de suerte, el canadiense recuperaría los recuerdos temprano.
-Por ahora lo que el chico tiene que hacer es tranquilizarse y no forzarse a recordar, pues así le irá peor.-dijo el doctor dando por concluida la plática con el francés.
-Vale. Dile que soy Francis Bonnefoy.-dijo el francés antes de que el doctor volviese a la habitación del canadiense.
-De acuerdo, Monsieur Bonnefoy.
Francia esperó pacientemente en el pasillo a que el doctor saliese de la habitación del canadiense. Mientras tanto fue pensando en como llevar a cabo la situación.
Hasta la fecha, ninguna nación había tenido ningún accidente como ese. Por más que se hubiesen dado fuertes golpes en la cabeza(como en las guerras, por ejemplo), nunca habían perdido la memoria. ¿Por qué Canadá la había perdido con ese accidente? ¿Tan fuerte fue el golpe para que borrara todos los recuerdos de su longeva vida?
-Ya puede pasar, Monsieur Bonnefoy.-dijo una voz interrumpiendo sus pensamientos. Se trataba del doctor, que ya había terminado de hablar con el canadiense y ya le permitía recibir visitas.
El francés asintió con la cabeza y entró en la habitación, donde su pequeño Canadá estaba tumbado en una cama pegada a la ventana. El chico tenía las manos en la cara, por lo que el francés se acercó rápidamente a él, pensando que estaría llorando.
-¿Estás bien?-preguntó alarmado al llegar a su lado. Sin embargo el americano le regaló una pequeña sonrisa al quitar las manos de la cara.
-No es nada.-respondió mientras se refregaba los ojos vidriosos con una mano, quitándose así las lágrimas.-estoy bien.
-No llores.-dijo Francia mirando tristemente al menor, queriendo darle un abrazo para reconfortarle, pero sabiendo que hasta que el canadiense no tomase confianza con él, no podría hacerlo.-toma.-dijo dándole un pañuelo de papel de su bolso.
Canadá tomó el pañuelo y se sonó estruendosamente la nariz.
-No sé qué te habrá dicho el doctor, pero yo soy...-comenzó Francia, pero el canadiense le cortó antes de seguir la frase.
-Eres Francis Bonnefoy, y soy tu compañero de piso-dijo el americano con seguridad en la voz.-el médico me lo ha dicho.
-¿Te ha dicho algo más? ¿Algo que consideres de suma importancia?-preguntó Francia, sin saber cómo proyectar el tema de que era una nación, y que quizás no debería hacerlo en ese momento, justo cuando acababa de venir de una intensa tarde de pruebas.
-Que trabajo para el gobierno de Canadá, pero sólo eso.
-Ya veo...-dijo el francés llevándose una mano a la barbilla.-mira, lo que vamos a hacer...
Sin embargo, Matthew nunca supo qué era lo que iban a hacer, ya que alguien entró en la habitación estrepitosamente y con grandes zancadas llegó ante la cama en la que estaba el canadiense.
-¿Canadá?-preguntó un hombre cuya porte era intimidante. Medía unos dos metros, tenía la mirada fría y miraba al canadiense con una mirada indescifrable.
-Se llama Matthew, mon amour.-dijo Francia con un carraspeo al hombre.
-¿Es cierto?¿Es cierto que has perdido la memoria?-preguntó cortante aunque con cierto tono de preocupación en la voz al canadiense, quien respondió balbuceando.
-E-Eso dicen los resultados...yo...no sé quien soy...pero...el médico...-dijo el canadiense bajo la atenta mirada de aquel hombre recién llegado.
-¿Entonces no te acuerdas de mi?-preguntó el hombre, cortando así al menor.
-No. Lo siento...
-Yo soy Holand..
-¡Govert!-exclamó Francia, cortando al holandés y provocando un sobresalto en el canadiense.-¡Se llama Govert! Al igual que yo me llamo Francis, y tú Matthew.
-Exacto, soy Govert.-dijo el holandés, mirando de reojo a Francia, comprendiendo rápidamente el problema de los nombres.
-¿Cómo te has enterado de que Matthew ha perdido la memoria?-preguntó el francés mirando con el ceño fruncido al holandés.
-Espa...Antonio nos lo ha contado a mi hermana y a mi hace nada. Y como yo aún seguía aquí, en París, he decidido pasar a visitarle.-explicó al francés.-Por cierto, Matthew.-dijo volviéndose al menor, quien se sentía perdido al ver que esos dos hombres hablaban de personas, como ese Antonio o la hermana de Govert, que él no recordaba-te traje esto.
Govert sacó un pequeño ramillete de flores que llevaba guardado dentro de uno de los bolsillos interiores de su largo abrigo.
-Esto es para ti.-dijo extendiéndole el ramillete al canadiense, quien lo tomó con una pequeña sonrisa.
-Gracias.-dijo en voz baja, sin perder la sonrisa.
-Bueno, ya es la hora de irse.-dijo Francia interrumpiendo.-Govert, debes irte ya.
-Y supongo que tú también, ¿no?-preguntó retador Govert.
-Yo no. Ya sabes, ventajas de ser la nación francesa y estar en tu territorio.
-¿Qué?-preguntó el canadiense, palpando la tensión que rápidamente se había formado en el ambiente, aunque sin recibir respuesta de ninguno de los otros dos hombres, que seguían con la pelea verbal.
-Perdonad...-dijo el canadiense, a quien le estaba empezando a dar dolor de cabeza.
Matthew no sabía cómo hacer para que le prestasen atención y se callasen. Sin embargo, una enfermera que por fortuna pasaba por allí entró en la habitación, informando de que la hora de visita ya había acabado.
-Adiós, Can...Matthew.-dijo Holanda, a quien le costaba realmente trabajo eso de dirigirse a las demás naciones por sus nombres humanos.
-Hasta luego, y gracias por las flores.-dijo el canadiense regalándole una sonrisa al holandés, que tímidamente le correspondió(cosa bastante extraña en él. De hecho, había más de una nación que creía fervientemente que Holanda no tenía expresiones faciales).
-Yo puedo quedarme aquí toda la noche si quieres, mon petit.-dijo el francés servicial.
-Vete a casa si quieres, Francis.-dijo Matthew, quien realmente quería estar solo, cosa que le había sido imposible desde que había despertado.-Yo...necesito estar solo para pensar...por favor.
-Vale, tienes razón, necesitas tiempo para...vale...De todas formas volveré mañana por la mañana, ¿de acuerdo?-dijo Francia recogiendo sus cosas. Se acercó al menor para darle un beso de despedida en la mejilla, pero recordó que Matthew no estaba aún habituado a eso, así que lo descartó.
-Buenas noches, mon petit.-dijo sonriéndole al menor, quien se despidió de él con cansancio.
Cuando el francés salió de su habitación, Matthew cerró los ojos y por primera vez en el día se preguntó quién podría ser. Las dos únicas visitas que había recibido eran masculinas(Francis y Govert). Los médicos le habían dicho que tenía un hermano, aunque éste no había hecho acto de presencia en ningún momento.
Era todo tan confuso...
Apretó los ojos, deseando poder recordar pronto algo, lo que fuese, pero algo, ya que no recordaba nada.
