No tengo mucho que comentar en esta ocasión, aparte de que siento mucho que haya bajado el ritmo de actualización. Como siempre, muchas gracias por los favs, follows y reviews^^
Guest: Me alegro de que te encantase. Aquí está la continuación, disfrútala.
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DEUXIÈME CHANCE
Chapitre deux
-Bien, ¿Cuál es el plan?-preguntó España con los brazos cruzados.
Llevaba cerca de unas dos semanas en París. Había llegado días antes de la junta mundial para ver a Francia y pasar tiempo con su amigo hasta que la reunión se llevase acabo y después volver a su casa. Sin embargo, con el accidente de Canadá había decidido quedarse para poder apoyar a su amigo francés, quien estaba realmente afectado por dicho suceso.
-Es...complejo-respondió Francia, que no sabía muy bien cómo empezar.-le pedí al médico que le contase a Canadá que era mi amigo y compañero de piso.
-Espera-le cortó España-Pero se supone que Canadá sabe que somos naciones, ¿no? ¿O le habéis dicho que es humano?
-Lo segundo, me pareció más sencillo para él.-respondió Francia dando vueltas por el salón de su casa, pensando en cómo contarle a su amigo, quien estaba sentado en un sillón, su extraño plan.
-¿Y...piensas que va a creerse eso? Ya sabes, que sois amigos y compañeros de piso.
-Espero que sí.-respondió Francia más para si mismo que para el español.
-¿Y cuando te pregunte por su familia qué le vas a decir?
-Le diré que tiene un hermano, pero...que no tiene padres, que murieron.
España hizo una mueca pero no dijo nada.
-¿Qué...qué opinas?-preguntó Francia llevándose una mano al pelo.
-Pues...que es un plan bastante incoherente. ¿Y si te pide ir al cementerio a ver a sus padres? ¿O ver fotos de cuando era pequeño? No puedes mostrarle imágenes en blanco y negro de cuando era como mínimo un adolescente y llevaba ropa del siglo diecinueve.
-Lo sé...-dijo el rubio mordiéndose el labio.-puedo decirle que sus cosas se quemaron en un incendio...y que en ese mismo incendio murieron sus padres, ¿no? ¿Qué te parece esa historia?
-Mmm...no sé, no me convence la idea.-respondió el español.-creo que deberías mandarle indirectas, y que así poco a poco vaya recordando.
-Eso también es una buena idea...-murmuró el francés.-bueno, el caso es que quiero ir a verle cuanto antes.
-¿Quieres que te acompañe al hospital?
-Oui, y así te presento, porque no quiero que tenga que ver a todos de golpe en la próxima junta y así se agobie o algo. Quiero que vaya poco a poco reconociendo a las demás naciones.
-Está bien. Pues vamos entonces.-dijo España levantándose del sillón.
Los dos amigos salieron de la casa del francés camino al hospital en el que se hallaba ingresado Canadá. Hablaron sobre el débil plan del rubio y de qué posibles maneras se podría mejorar.
-¿Y supongo que Canadá ya habrá visto a Inglaterra y Estados Unidos, no?-preguntó España, cuando estaban atravesando las puertas del hospital.
-Creo que no. Ayer hablé con ambos en la cafetería pero que yo sepa no subieron a verle.
España bufó, haciendo los ojos en blanco.
-En fin, no puedo obligarles a ir a ver a mon petit...pero deberían haber ido-murmuró el francés mientras tomaban el ascensor y picaba el piso en el que estaba el canadiense.-Desearía que tanto Inglaterra como América se dignaran a visitarle.
Cuando llegaron a la habitación del canadiense los dos amigos se quedaron sorprendidos al ver que ya había alguien más en el lugar. Pero a diferencia de lo que Francia hubiese deseado, la visita del americano no se trataba de Inglaterra y Estados Unidos, sino de nada más y nada menos que de Holanda, quien estaba sentado en la silla en la que el francés estuvo el día anterior, y hablaba con Matthew tranquilamente, como si éste no hubiese perdido la memoria y le recordara, y cualquier buen observador podría darse cuenta de que una pequeña sonrisa asomaba por los labios del europeo.
-Bonjour.-saludó Francia tenso, mirando con superioridad al holandés, cuyo semblante se endureció al darse cuenta de la presencia del francés.
-Hola.-dijo Holanda devolviéndole el saludo secamente, cortando de golpe su conversación con Matthew.
-¡Holanda!-casi gritó España de emoción, echándose encima del que una vez fue uno de sus subordinados, quien intentaba sin éxito quitárselo de encima.
-¿Qué haces aquí?-preguntó Francia cruzándose de brazos mientras fulminaba con la mirada al flamenco.
-Visitar a Matthew, ¿Hay algo de malo en ello?-preguntó arrogante el holandés, que finalmente había conseguido quitarse de encima al hispano.
Canadá, por su parte, había susurrado un "Bonjour" al ver llegar a Francia, sin embargo éste no le había oído, demasiado enfrascado en su tarea de intentar echar a Holanda de allí.
-Es demasiado temprano para las visitas.-carraspeó Francia.
-Pero si son ya las doce del mediodía.-dijo Holanda alzando una ceja, preguntándose qué demonios le pasaba al francés.-Además, ni siquiera sabes si Matthew quiere verte.
-¡Por supuesto que quiere!-exclamó el francés frunciendo el ceño, muy seguro de sí mismo.
-Pues pregúntale a él si de verdad lo crees.-dijo el holandés, apretando los puños.
Tanto Francia como Holanda miraron al canadiense, que les miraba sorprendido, y no se atrevía a articular palabra, por miedo de que se enzarzaran de nuevo en una pelea verbal de la que él no entendía casi nada, por no decir nada.
-¿Qué dices, Matthew?-preguntó el francés, con el ceño fruncido.
Matthew miró al holandés con cara de circunstancias. Hasta que Francis había llegado, ambos se lo habían estado pasando bien. Govert se había presentado en condiciones y le había dicho que eran muy amigos, aunque separados por un todo un océano. Le había contado pequeños detalles que al canadiense le eran familiares y así creía haber recordado algunas cosas. Sin embargo, con la llegada de Francis su línea de pensamiento se había interrumpido y esos retazos de recuerdos los había vuelto a perder.
-Esto...yo...estaba bien con Govert.-dijo intentando sonar firme, aunque la mirada del francés le intimidó y agachó la cabeza.-pero...no veo por qué no se puedan quedar aquí Francis y su...amigo.
-Ah, se me había olvidado presentarme. Yo soy Españ...digo Antonio, encantado.-dijo el español con una amplia sonrisa, acercándose a Matthew. El canadiense le tendió una mano para que se la estrechara. Pero el español se saltó por alto las cortesías y dio un par de besos en las mejillas del menor.-soy el mejor amigo de Francis.
Matthew se revolvió nervioso cuando el moreno se separó de él, pues si ya de por sí le costaba mucho coger confianza con la gente a la que conocía, sin memoria imaginaros lo que eso suponía.
-Yo Matthew...aunque no sé por qué te lo digo, si ya debes saberlo.-murmuró el americano, sintiéndose un poco idiota por ello.
-No pasa nada, nunca está de más presentarse a "desconocidos".-dijo el español haciendo las comillas con los dedos mientras sonreía al menor.
De repente, el francés sonrió maquiavélicamente, acabando de tener una idea para poderse quedar a solas con Matthew.
-Antonio, mon ami...¿Tú no tenías algo muy importante que hablar con Holanda?-preguntó mirando a España a los ojos, quien pilló la indirecta y fue a engancharse de un brazo de Holanda.
-Holanda, ven, el jefe tiene que hablar unas cositas contigo.-dijo con tono infantil, tirando del más lato hacia fuera de la habitación, con el fin de dejar intimidad a Matthew y a Francis.
-¿Pero qué dices, idiota?¡Deja ya de autodenominarte jefe mío!-protestó Holanda, intentando soltarse del agarre del español, aunque fue en vano, pues éste no se dio por vencido y acabó consiguiendo su propósito de sacarle del cuarto.
-Bueno, mon petit.-dijo Francia cuando el español cerró la puerta del cuarto, dejándole solo con el americano.-ya que Antonio y Govert se han ido, podemos estar tranquilos.
-En realidad ya estaba tranquilo con Govert.-dijo sinceramente el menor, aunque no queriendo molestar al francés.
-¿Qué te ha contado él?-preguntó el francés, sentándose en la silla al lado de la cama.
-¿Sobre qué?
-Sobre ti, ¿te ha dicho en qué trabajas?-preguntó el francés, pensando rápido cómo explicarle al canadiense en rasgos generales que hacía para ganarse la vida.
-Me ha dicho que soy...diplomático de mi país. Que en realidad no vivo en París, sino en Ottawa, y que soy una especie de portavoz de Canadá.
El francés maldijo mil veces al holandés en su interior, pues todo eso era muy complejo de explicar estando ahí, en el hospital, sin la tranquilidad ni el silencio que tal acción requería(o al menos eso pensaba el francés).
-Vale, puede que te haya mentido, pero era para intentar hacerte las cosas más fáciles. Sí, vives en Canadá, solo, pero había pensado que sería mejor que recuperases la memoria aquí, en París, conmigo, en vez de hacerlo tú en tu casa sin la ayuda de nadie.
-No sé si pueda confiar en ti...-dijo el canadiense con la voz quebrada.
Francia alzó la vista de sus manos, en donde la había tenido clavada hasta ese momento, y descubrió que el canadiense estaba limpiándose una lágrima que se le había escapado del ojo.
-Venga, no llores.-dijo el francés levantándose de la silla para sentarse en la cama, junto al menor, quien le miró con una profunda tristeza que se clavó en su corazón como una daga.
-N-No... entiendo nada-dijo entre sollozos, comenzando a llorar.-cada uno me ha dicho una versión distinta, y no sé que pensar. Por no decir que nadie me ha hablado de mi familia. Si tengo, si no tengo, dónde están ahora...nada.
El francés tragó saliva con dificultad, sintiéndose de pronto la peor persona del mundo. Sin pensárselo dos veces, rodeó con sus brazos al menor en un fuerte abrazo que rápidamente fue correspondido. Matthew enterró su cabeza en el hombro del mayor y se desahogó ahí. Poco a poco fue dejando de llorar.
-Yo...te lo contaré todo-dijo Francia con dificultad, aunque seguro de lo que decía.-Cuando te den el alta, ven a mi casa, y prometo contarte todo.
-¿Y por qué no ahora?-preguntó el menor aún desde su escondite, por lo que su voz sonó ahogada.
-Por que...sería demasiada información de golpe...y porque quizás me llamases loco en un principio.
-¿Tengo familia?-preguntó el menor separándose de él, con los ojos hinchados y enrojecidos.
-Sí, un hermano.-respondió firmemente Francis.-se llama Ame...Alfred, y sois gemelos.
-No le recuerdo.-dijo el canadiense frotándose un ojo.-¿Y por qué no ha venido aún a verme? ¿O no sabe que he tenido el accidente?
-Lo sabe. De hecho ayer vino al hospital, pero fue mientras te hacían las pruebas.-dijo Francia, pensando para sí que el estadounidense podría haber subido después de las pruebas a ver a su hermano...pero no lo había hecho. Quizás era algo demasiado mainstream para él.
Se quedaron un rato en silencio, hasta que Matthew volvió a formularle otra pregunta.
-¿Quién eres tú?
-¿Quién soy yo...para ti? ¿O quién soy en general?
El menor se quedó pensativo, pero no tardó mucho en contestar.
-Las dos cosas.
Francia tragó saliva, pensando en como contarle al menor quién era.
-Verás, es una larga historia la mía.-dijo el francés con una sonrisa que el menor no supo interpretar.-Se podría decir que al igual que tu eres un diplomático que representa a Canadá, yo soy igual que tú. Represento a Francia...
Francia se calló de golpe. No sabía cómo explicarle que él le había encontrado cuando era un niño y que le había criado(bueno, hasta que llegó Inglaterra y se lo quitó...)
-Osea, que tú eres...Francia, por así decirlo, ¿no?-preguntó el canadiense, interrumpiendo los pensamientos del mayor.
-Sí.-respondió Francia, sorprendido de la suspicacia del canadiense.
-Me lo ha dicho Govert. Bueno, Holanda.-explicó el canadiense.-me dijo que no le gustaba que le llamase Govert, que prefería Holanda. Y así me ha contado que hay personas, como tú, él, y yo, que somos representantes de países.
-Entiendo...-dijo el francés suspirando.-Verás, Mat..Canadá, todo esto es algo muy confuso que preferiría contártelo una vez salieses del hospital. Así te puedo llevar a todos lugares históricos de París y quizás recuerdes cosas...¿qué te parece?
-Vale.-respondió Canadá con una sonrisa, sintiéndose mucho mejor que antes.
-De mientras...podemos hablar de cualquier cosa, ¿no?-propuso sonrientecel francés, contagiado por el menor.
Los días pasaron, y tanto Francia como Holanda siguieron haciendo visitas al canadiense, quien se sentía incómodo cuando los dos europeos se peleaban y se echaban cosas en cara en su presencia. Sin embargo, esta situación no duró mucho.
-Bien, Matthew, hemos decidido que ya podemos darte el alta.-dijo una mañana el médico que atendía al canadiense, quien había ido a su habitación con un par de enfermeras. El canadiense se había ido reponiendo poco a poco de todas sus heridas, y ya se podía decir que estaba bien físicamente.
-¿Ya?-preguntó Matthew, sintiéndose de golpe abrumado por lo que eso suponía. No es que quisiera quedarse en el hospital para siempre, claro que no. Pero la idea de salir a la ciudad, de la que prácticamente apenas tenía recuerdos, era algo que le incomodaba.
-Sí, ya estás bien en el sentido de que ya no te quedan heridas graves del accidente. Lo de tu memoria es algo que poco a poco se irá solucionando con el tiempo. No te fuerces a recordar. Los recuerdos volverán, tarde o temprano, pero acabarán viniendo.-dijo el médico.-Por cierto, he avisado esta mañana a Francis Bonnefoy para que venga a recogerte.
Y tras eso, el grupo salió de la habitación, dejando solo al americano.
-De acuerdo.-Dijo el canadiense asintiendo, a pesar de que ya se habían ido. Ahora que lo pensaba, no tenía ropa que ponerse para salir del hospital...
-¡Bonjour!-le soprendió una voz-Me llamaron en la mañana diciéndome que te daban hoy el alta y vine corriendo para acá.
Canadá sonrió al ver a Francis entrar en su habitación.
-Por cierto, te he traído ropa.-dijo mostrando un saco que llevaba en las manos. Se lo extendió y el canadiense miró dentro, donde había una camisa y unos pantalones vaqueros que parecían ser de su talla.
-¿No me has traido calzoncillos?-preguntó Canadá ruborizándose, sin mirarle.
-¿Tú usas calzoncillos? Porque yo no.-dijo el francés sorprendido.-No sabía que tu sí los usaras...En fin, si quieras esta tarde podemos salir de compras y buscarte unos calzoncillos.
Canadá se sonrojó aún más, pero no dijo nada al respecto.
-Vo..voy a cambiarme.-dijo el americano, metiéndose en el cuarto de baño. A los pocos minutos salió con la ropa que el francés había traído.
-Te queda bien, ¿no?-dijo el francés mirando al menor, que se ataba los últimos bonotes de abajo de la camisa.
-Eso parece.
-Por cierto, Canadá...-dijo Francia, atrayendo toda la atención del canadiense.-¿No te ha visitado aún tu hermano?
-No...-respondió Canadá, pensando que durante su estancia en el hospital sólo le había visitado él, Holanda, y Antonio, el amigo de Francia.
-Ya veo...Y bueno, ¿tienes ganas de ir ya a casa? Bueno...a mi casa-corrigió el francés, mientras tomaban el ascensor.
-Bueno...-dijo Canadá dudoso, pues era algo que no se había planteado.
-Ya verás como te va a encantar, Canadá.-dijo Francis, empezando una larga plática sobre su casa.
Llegaron halando hasta el aparcamiento mientras hablaban. Subieron en el coche del francés y, mientras el europeo contaba cosas poco relevantes, el americano miraba por la ventanilla del copiloto los edificios de la ciudad.
-¿Te gusta lo que ves?-preguntó el mayor al darse cuenta de que no estaba prestando mucha atención a la charla, y en vez de eso estaba mirando asombrado la ciudad que se proyectaba ante sus ojos.
-Es...muy bonito.-dijo el menor con una amplia sonrisa.
El francés sonrió con esa confesión. Canadá solía decirle muy a menudo que Paris era su ciudad favorita en el mundo, que desearía mucho poder vivir ahí y no en el otro extremo del mundo. Claro, todo eso cuando aún tenía memoria. Francia se reprochó a si mismo el no haber prestado más atención al chico en el pasado. Siempre había estado ahí para él, y sin embargo ahora parecía no estar muy interesado en él, o al menos eso pensaba Francia.
-Ya hemos llegado. Esta es mi casa.-dijo el francés, aparcando el coche, mientras Canadá miraba por la ventanilla. Se trataba de una casa no muy grande en una calle amplia con casas parecidas a la de Francia.
-Se ve bien-murmuró el canadiense mientras bajaba del coche, sin apartar la vista de la casa.
-Me alegro de que te guste.-dijo Francia con una pequeña sonrisa nostálgica. A Canadá siempre le había gustado su casa, y al parecer era algo que no había cambiado.
A lo mejor había más cosas que no habían cambiado en el canadiense...
