¡Hola! Antes de nada, pido perdón por la tardanza -.-U Apenas he tenido tiempo para ponerme a escribir durante estos últimos días.

Aquí vengo con este nuevo capítulo. Veo que el número de favs y follows de esta historia se ha incrementado últimamente, por lo que os doy las gracias a todos de corazón, y me alegro que vaya gustando el fic^^. Aprovecho para hacer un breve anuncio aquí: Las actualizaciones de esta historia las haré más o menos cada diez días. Si me retraso más de lo previsto es por que la universidad absorbe demasiado de mi tiempo y no me deja casi nada para escribir, no porque haya abandonado el fic.

Mika-Mika: Te entiendo perfectamente. La universidad es demasiado absorbente y apenas da tiempo para leer fics, pero como bien dices, más vale tarde que nunca xD Ay, muchas gracias por darte el tiempo de comentar esta historia en la que parece que no hay Franadá ni nada por ahora jejejeje. Pero tranquila, que ya habrá(a no ser que sea Holanda el que conquiste a Canadá). No sé por qué, pero Holanda me parece un personaje fácil de manejar(al contrario que Francia, que me cuesta horrores jajajaja). Me alegro de que te gustase el cap 2 y que te rieses con esa frase de Francia xD En cuanto a si saldrá Prusia, es una sorpresa. Puede que sí y puede que no, solo yo lo sé muahahaha. Un beso y un abrazo para ti también :) ¡Ah! se me olvidaba. Sí, soy española xD

*.*.*

DEUXIÈME CHANCE

Chapitre trois

Los primeros momentos fuera del hospital no iban a ser fáciles, y eso era algo de lo que Francia se había ido mentalizando desde que diagnosticaron la pérdida de memoria de Canadá. ¿Y qué mejor manera de ayudar a su pobre ex colonia a recordar que llevarle a su casa, en la capital de su país, donde había estado presente en momentos clave durante el último siglo?

Sabía que cuando el canadiense entrase por la puerta de su casa nada le sería familiar, y que cuando viese todas esas imágenes enmarcadas en el salón, no reconocería a nadie.

No reconocería a Inglaterra y a Estados Unidos en una imagen tomada días después de que terminase la Segunda Guerra Mundial, en la que salían también él mismo y el francés, sonriendo eufóricos por haber ganado la guerra con los uniformes de sus respectivos países, detalle que hizo que el canadiense arrugase las cejas y mirase escéptico la fotografía, pensando que quizás se tratase de alguna fiesta de disfraces.

Tampoco reconocería a Seychelles, quien aparecía junto a él y Francia en una fotografía de la pasada Navidad, celebradas en la casa del galo, quien miraba con ternura a sus dos antiguas colonias y les tenía abrazados con cada brazo.

Como era de esperar, había algunas naciones a las que sí podía reconocer, como en el caso de España y Francia, quienes aparecían en una imagen con alguien más que sonreía con suficiencia a la cámara. Más tarde Francia le dijo que esa persona era Prusia, su mejor amigo después del español.

Sabía que Canadá le preguntaría por esas personas a las que no recordaba, y quizás hasta le preguntase el porqué de que algunas de esas fotografías estaban en blanco y negro y parecían ser bastante antiguas. Y también sabía que trataría de ayudar a su pequeño canadiense de cualquier manera para que recordase todo cuanto antes.

En eso se podía resumir cómo habían sido los primeros días de estancia de Matthew en casa de Francia. Días llenos de preguntas que a veces tenían respuesta, pero otras no. No por que el francés no supiese las respuestas, sino porque eran bastante complejas de responder teniendo en cuenta que Canadá aún no sabía nada sobre el hecho de que eran naciones y eran inmortales.

-¿Qué te parece acompañarme al mercado a comprar ingredientes para la comida?-preguntó Francia al canadiense asomándose por la puerta del salón. El americano estaba mirando algunas revistas que había por ahí y al oír al mayor alzó la vista y su mirada se encontró con la de Francia, quien le miraba sonriendo con entusiasmo, pues todo lo relacionado con la cocina le encantaba.

Canadá llevaba cerca de una semana en su casa, y los pocos días que había salido fueron para dar vueltas por el barrio, del que tampoco recordaba nada. La mayor parte del tiempo durante su estancia allí la había pasado intentando recordar algo, cualquier cosa, mirando los álbumes fotográficos que Francia tenía en la casa.

Al hacer contacto visual con el mayor, Canadá sintió como se le coloreaban las mejillas y apartó rápidamente la vista.

-De acuerdo.-respondió el menor tímidamente soltando las revistas y poniéndose en pie.

-Voy a cambiarme entonces y nos vamos.-dijo el francés desapareciendo por la puerta, dejando solo a Matthew, quien se sentó de nuevo en el sofá, valorando su situación actual.

Los días que había pasado en casa del francés habían sido tranquilos. Las veces que le habia dolído la cabeza Francia le había tratado bien, preparándole manzanillas o dándole pastillas para calmar el dolor.

Otras veces, simplemente conversaban relajadamente, no sobre los recuerdos de Matthew, sino de asuntos triviales.

Aparte de intentar recuperar la memoria, también había un algo que había estado presente en la mente del canadiense durante los últimos días, y ese algo(más bien alguien) era Francis.

Matthew no se había dado cuenta de cuando fue exactamente que comenzó a sentir atracción hacia el francés(atracción que el canadiense había llegado incluso a considerar enamoramiento. Pero no, no podía enamorarse en tan poco tiempo de una persona con cuya relación apenas era de unas pocas semanas, o al menos desde que perdió la memoria). Poco a poco había ido cayendo en los encantos cotidianos del francés, quien no había hecho más que ser paciente, muy paciente, con él y sus miles de preguntas, y ayudarle con todo lo necesario para recordar, como mostrarle fotografías. También le había encandilado por su sempiterna sonrisa, sus modales amables y su pasión por la comida que le estaba pegando poco a poco.

-¿Matthew?

Al oír su nombre, el susodicho reaccionó, saliendo de sus pensamientos y se levantó.

-¿Vamos?-preguntó el francés yendo hacia la puerta de la casa, mientras el menor asentía tímidamente y se sentía de nuevo enrojecer bajo la intensa mirada del galo, quien se puso a comentarle que había estado buscando una camisa que le gustaba pero no la encontraba, y por eso había tardado tanto en bajar. Sin embargo, Matthew no se había preocupado por la tardanza. Había estado tan absorto en sus pensamientos sobre Francia que de hecho le pareció que no había pasado mucho tiempo cuando llegó el mayor.

El camino al mercado fue ameno gracias a la charla que Francia le iba dando al americano. Le explicaba casi cualquier cosa que veían por la calle, como por ejemplo quién trabajaba en cada tienda, por qué cada calle se llamaba así, qué hechos importantes habían pasado en ellas...

-Por cierto.-dijo el mayor de repente.-¿tomamos el metro para ir hacia el mercado? No muy lejos de aquí hay una boca de metro.

-El metro...-murmuró Canadá lentamente, pensando que esa palabra le decía algo, cuyo significado parecía ser importante para él, pero no sabía bien por qué. Era un recuerdo difuminado que no terminaba de tomar forma en su mente.

-..., ¿oui?-decía Francia, aunque Canadá no le estaba prestando atención.-¿Me estás escuchando, Canadá?

Canadá volvió a la realidad, perdiendo ese esbozo de recuerdo de su cabeza para ver a Francia, que le miraba con el ceño fruncido.

-Creo que estaba recordando algo...-musitó el canadiense, provocando que en Francia desapareciese toda muestra de enfado y fuese sustituida por una expresión de sorpresa, acompañada por una gran sonrisa.

-¿¡De verdad!?-exclamó el francés, acercándose al menor y tomándole de las manos.-¿Qué era? ¿Qué recuerdas?

-En realidad...-murmuró Canadá mirando al suelo.-era algo así como una sensación de déjà-vu. Es decir...no era algo claro...era como una imagen difuminada más una extraña sensación.

-Bueno, algo es algo.-comentó el europeo, animando a su ex colonia.-¿y la imagen qué era...o a qué se parecía?

-Me parece que era algo relacionado con el metro.

-¿Con el metro? Vaya, eso es... raro. Que yo sepa no te ha pasado nunca nada digno de recordar en el metro, al menos no en el de París.-dijo Francia, arrugando el entrecejo. Quizás ese recuerdo era de algo relevante que le había pasado en el metro de cualquier ciudad de cualquier país...-¿Y cómo es esa sensación extraña, más o menos?

-Pues...-empezó Canadá, buscando las palabras correctas para describir esa curiosa sensación.-es una sensación de miedo...pero también de...lamento.

-Mmm...-musitó Francia, pensando sobre lo que su ex colonia acababa de decir.-quizás...te caíste en las vías, ¿no?

-No lo sé. ¿No deberías saberlo tú?-preguntó con reproche.-Después de todo somos amigos, ¿no?

-Ya lo sé, mon amour, pero no siempre me contabas todo lo que te pasaba.-se defendió Francis.-de hecho...ahora que lo pienso, últimamente no me solías contar muchas cosas.

-Estaríamos enfadados...¿no?

-Que yo sepa no. Nunca me he enfadado contigo.

-¿Entonces...?

-Te juntabas con otra gente últimamente.-dijo el francés con remordimiento.

-Ah.-respondió únicamente Matthew, asumiendo que el vínculo entre él y Francis no era tan estrecho como había pensado. Quizás en el pasado habían sido amigos pero por cuestiones que le resultaban desconocidas habían acabado distanciándose...

Llegaron finalmente al mercado y mientras el francés compraba todos los ingredientes necesarios, Canadá observaba la ajetreada vida de los habitantes de París.

-¿Canadá?

Al oír al mayor llamándole, Matthew se giró y fue hacia él. Estaba terminando de guardar unas verduras en una bolsa de plástico y parecía necesitar ayuda.

-Ayúdame a llevar esto, s'il vous plaît.-pidió Francia mientras tomaba otra bolsa en la que había más verduras.

-¿Para qué es todo esto?-preguntó con curiosidad el menor.

-Pues para la comida de estos próximos días.-respondió Francia con calma, pensando que normalmente él compraba bastante comida a principio de semana. Quizás el canadiense compraba la comida el mismo día de comerla.

-¿Y para qué tenemos que...?

-¡Francis!

Un chillido de mujer cortó al canadiense. Francia se giró justo en el momento en el que una mujer se echaba encima de él en un abrazo asfixiante, soltando de golpe la bolsa que acababa de llenar pillado por sopresa. Tras unos segundos de abrazo la mujer se separó un poco y depositó al francés un violento beso en los labios que Francia le devolvió.

Matthew por su parte sintió como su corazón se quebraba al ver la escena. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? ¿Cómo pudo haber pensado que el francés le quería de "esa" manera? ¡Por supuesto que el francés solo veía un amigo en él! Bueno, un amigo... un hermano. Aún no terminaba de entender cuál era la relación que él y Francia mantenían. Pero el punto no era ese, sino que se había dejado llevar por una ilusión.

-¿Ma...Marie?-preguntó dudoso Francia cuando se separarom, sin reconocer muy bien a la mujer, cuya cara le sonaba, pero no recordaba el nombre.

-Sophie, soy Sophie.-dijo la mujer riéndose bobamente, enganchándose al brazo del francés.-¿Cómo has estado?

-Bien, merci.-respondió el francés incómodo. No le gustaba encontrarse con sus amantes en la calle, y menos que le dieran conversación. La condición que le daba a todos y a todas era que cuando se viesen por la calle se comportarían ambos como dos completos desconocidos.-lo siento, chérie, pero voy con prisa.-dijo mientras se agachaba y comenzaba a recoger todo ese lío de verduras que se había formado en el suelo, al soltar la bolsa. Matthew le ayudaba, y si el francés le hubiese prestado atención, se habría dado cuenta de que se había puesto algo pálido y se le estaba derramando una lágrima traicionera que no tardó en limpiar con un dedo.

-¿A dónde vas? ¿Quieres que te acompañe?-se ofreció Sophie.

-Non, non-respondió rápidamente el francés.-tengo muchas cosas que hacer.

-¿Y este quién es?-preguntó entonces Sophie, notando a Matthew por primera vez. Le miró de arriba abajo con una mirada cargada de asco y decepción.-¿tu nuevo amante?

-¿Qué?-preguntó el canadiense descolado a la vez que intentaba que su voz no sonase quebrada.

-Nada, nada.-se apresuró a decir Francia rápidamente, no queriendo que la mujer metiese a Canadá en su conversación.-es un buen amigo mío, sólo eso.

La confesión de Francis hizo que el corazón de Canadá se rompiese un poco más, pero el chico no lo dejó ver.

-Pues por la manera en que te mira me parece que él te considera algo más, Francis.-dijo la mujer burlona, mirando con media sonrisa al menor, quien enrojeció y quiso que se lo tragase la tierra. ¡Ahora Francis sospecharía de que le gustaba! ¡Seguro!

-Sophie, ya te he dicho que voy con prisa.-dijo el francés fingiendo no haber oído eso último.-así que discúlpanos, pero nos vamos.

Dicho, y hecho. Francia tomó a Canadá del brazo con una mano y con la otra la bolsa, y se alejó de su antigua amante a paso rápido.

-Francis, nos dejamos la otra bolsa allí.-razonó el menor. Sin embargo, a Francia bien poco le importaba la bolsa.

-Volvemos a casa.-zanjó Francia la conversación, sin querer parecer muy borde, pero sin ninguna gana de hablar. Caminó rápido hasta que estuvieron bastante alejados del mercados. La mujer no les había seguido, pero aún así Francia quería llegar pronto a su casa. Si mal no recordaba, tenía más de una amante en ese barrio.

El camino de vuelta a casa pasó sin comentarios por parte de ninguno de los dos, y para ambos se hizo eterno(aparte de que no tomaron el metro a la vuelta).Francia se iba reprendiendo mentalmente por haber dado esa imagen suya delante del canadiense. ¿No se suponía que ya no habría más amantes? Acababa de quedar como un promiscuo delante de Canadá. Además, ¿por qué había besado de vuelta a la mujer? Ni él mismo lo sabía. Simplemente...había sido un impulso.

Bien era cierto que Canadá antes de perder la memoria ya sabía cómo era, pero...no quería que el Canadá sin memoria conociese ese lado suyo del que no estaba para nada orgulloso.

Por su parte, Canadá aguantaba las lágrimas y se le había formado un nudo en la garganta, sintiéndose estúpido. Esa mujer...debía ser la novia del francés, ¿no? O al menos eso se podía suponer por el beso que se habían dado(aunque Francia se había acabado quitando al final de una manera un poco brusca. A lo mejor era una ex...). El punto era que había sido un imbécil al pensar que quizás Francis estaba enamorado de él y por eso había accedido a que se quedase en su casa hasta que estuviese mejor, e incluso quizás hasta a enamorarle de nuevo. Qué idiota. Simplemente eran amigos, y lo que estaba haciendo era un mero acto de altruismo por su parte, nada más.

-Canadá, yo...-dijo entonces Francia, rompiendo el silencio. Estaban a nada de llegar a la casa del francés, y éste quería intentar aclarar ese...malentendido, por así decirlo, que había ocurrido en el mercado.

-¡Canadá!

La voz venía de persona que estaba al lado de la puerta de la casa y que al ver a Francia y a Canadá llegar, se había levantado y acercado a paso apresurado hacia ellos. Ambas naciones francoparlantes se sorprendieron por la repentina interrupción, aunque las reacciones fueron diferentes.

-¡Holanda!-exclamó Matthew con una sonrisa.-¿Qué haces aquí?

-Eso, ¿qué haces aquí?-siseó Francia, lanzándole una mirada desdeñosa, ya que le acababa de interrumpir en un momento clave para solucionar las cosas con Canadá.

Sin embargo, Canadá se alegró de su visita. Después de sentirse fatal desde ese momento en el mercado Francia no había vuelto a hablarle y se había formado un ambiente muy tenso entre los dos. La llegada de Holanda, quien era alguien con quien el canadiense realmente se sentía cómodo(al menos desde que había despertado del coma), le subió los ánimos.

-Venía a invitar a Matthew a una cita.

Francia se quedó sin palabras, mirando incrédulo a Holanda. Éste permanecía impasible, escrutando a Canadá, quien se había sonrojado y apartado la mirada.

-Está bien...

-¡Non!

-¿Por qué no?-preguntó Canadá sin mirarle.-hace tiempo que no le veo, y además...

-No es lo mismo una cita que salir simplemente a pasear.-respondió Francia echando una mirada llena de sentido al americano.

-Da igual. El caso es que quiero salir con él.-dijo Canadá tragándose la vergüenza que le daba decir eso.-¿A qué hora y cuándo?

-A las siete y media. Pasaré a recogerte aquí sobre esa hora.

-E-Está bien.-dijo Matthew dedicando una pequeña sonrisa al holandés. Este asintió y se despidió, desapareciendo por el camino por el que Francia y él habían recorrido hacía unos minutos.

-¿Por qué has dicho que sí?-preguntó Francia con reproche una vez que el holandés se hubo ido.

-¿Perdona?-preguntó de vuelta Canadá, quien aún estaba demasiado embobado pensando en esa proposición que le acababan de hacer.

-Ya me has oído.

-No tengo nada mejor que hacer esta tarde.-respondió simplemente Canadá.

Francia no respondió nada. Sabía que el canadiense llevaba razón, por lo que no le rebatió nada.

La tarde pasó rápida tanto para Francis como para Matthew. El primero se reprendía por vez mil el no haber sido más rápido que ese maldito holandés y haber sido él el primero en invitar al canadiense a una cita. Porque...a pesar de que no estaba enamorado de él(o eso creía), Matthew tenía un algo especial que le encantaba. Y no solo como persona, sino como amante. Más de una vez Francia se había preguntado cómo se sentiría al besar sus labios. Al abrazarle y susurrarle palabras de amor bajito al oído, al despertar cada mañana a su lado...Sin embargo, esas eran cosas imposibles. Él jamás tendría pareja estable, y ese juramente no pensaba incumplirlo jamás...más aún después de lo que le pasó hacía años cuando le rompieron el corazón las dos personas en las que más confiaba...

-¿Fra...France?-la voz de Matthew interrumpió su tren de pensamiento. Se giró hacia donde venía la voz y vio que el canadiense estaba ya preparado para su cita. Se había puesto una camisa blanca y unos vaqueros, y le miraba nervioso.

-¿Ya estás listo, mon petit?-preguntó Francia acercándose a él y poniéndole el cuello de la camisa bien.

-Sí, eso creo. Pero estoy nervioso.

-¿No me digas?-murmuró el francés, haciendo los ojos en blanco. No es que estuviera enfadado con el menor, sino que le jodía mucho que el holandés ese fuese a quitárselo...aunque eso sonase muy celoso, pero era como se sentía en ese momento.-No vuelvas muy tarde, ¿vale?

-No soy un niño pequeño, France. Sé cuidarme solo.

-Lo digo porque soy yo quien tiene que cerrar la puerta por la noche.-dijo el francés, provocando que el menor se sonrojase de vergüenza por haber dicho eso.

-Lo siento.-musitó el canadiense. Francia no dijo nada, pero le regaló una sonrisa al menor. De repente, el timbre de la casa sonó, interrumpiendo la charla.

-Ahí está.-dijo Canadá, tragando forzosamente saliva.

-Oye, si estás tan nervioso simplemente no vayas y punto.-dijo Francia cruzándose de brazos.

-N-No, quiero ir.-dijo el canadiense fingiendo más seguridad de la que tenía.

-Pues entonces ve.-dijo Francia mientras salía de la habitación y se dirigía a abrir la puerta.

Matthew se miró por última vez en el espejo y salió hacia la entrada, donde Francia y Holanda estaban intercambiando algunas palabras.

-Hola.-saludó Matthew al holandés, quien sonrió levemente al verle. El europeo iba más o menos vestido como él, con vaqueros, camisa y una chaqueta.

-¿Vamos?-preguntó Holanda.

-Sí.-respondió el canadiense, sonriendo al francés y murmurando un suave "adiós". Éste no dijo nada, sólo gruñó algo y cerró la puerta.

-Bueno...¿A dónde vamos?-preguntó Canadá mientras comenzaban a andar.

-He hecho una reserva en un restaurante cercano.-respondió el holandés, sacando de un bolsillo del pantalón un papel.-esta es la dirección.

-¿No has estado nunca allí acaso?

-Sí, pero se me olvida el nombre. El francés es un idioma que se me hace complicado y que no me gusta.-"por motivos personales" añadió mentalmente el europeo.

Comenzaron a charlar, y sin darse cuenta, llegaron al restaurante.

-¿Y cómo han sido tus primeros días?-preguntó Holanda una vez que hubieron hecho el pedido.

-Pues...-meditó Canadá-confusos y a la vez...tranquilos. Francis me ha explicado muchas cosas básicas que no recordaba.

-¿Y te está tratando bien?

-Bueno...sí, no me puedo quejar. Es bastante atento. Aunque hay facetas suyas que no logro entender...

-¿Por ejemplo?

-Esta mañana en el mercado se ha besado con una mujer, y luego ha fingido que teníamos prisa y ha querido desaparecer cuanto antes del lugar.

-Vaya, has descubierto el lado más promiscuo de Francia.-dijo Holanda con sarcasmo.-déjame decirte esto yo, Canadá: Francia tiene amantes. Muchas amantes. Así que la próxima vez que le veas besándose con cualquier persona, que no te quepa la menor duda de que es alguien con quien ya se ha acostado más de una vez.

Canadá tragó saliva sintiéndose repentinamente mal. Eso no podía ser cierto. Francia no podía ser así...¿verdad?

-Voy un momento al baño.-dijo Canadá, sintiéndose de repente un poco mareado.

-Está bien.

Fue al baño y se mojó la nuca y la cara, esperando que se le pasase pronto la sensación de vértigo. Eso que acababa de decir Holanda le había dejado totalmente KO.

Cuando iba a salir del baño, sintió como se mareaba más y se tuvo que sentar en el suelo(que por suerte, apenas estaba sucio). De nuevo, estaba recordando algo...aunque esta vez no era ninguna sensación ni imágenes difuminadas, sino escenas muy nítidas.

Vio a Francia mirándole con pena mientras decía algo, aunque no podía escuchar su voz. La escena cambió y en ella estaba una persona muy parecida a él mismo que le estaba hablando animadamente, aunque al igual que en la escena anterior, no pudo oír su voz.

Cuando volvió del baño, Canadá vio que ya habían traído la comida, y Holanda había empezado a comer sin él.

-Estás muy pálido, ¿ha pasado algo?-preguntó Holanda mirando al menor con preocupación.

-He...he recordado cosas.-respondió Matthew mientras se sentaba en la silla.

-¿El qué?-preguntó Holanda soltando los cubiertos de golpe, centrando toda su atención en el de ojos amatista.

-Eran...escenas muy nítidas. En la primera salía France hablándome...y en la segunda salía una persona muy parecida a mi, y al igual que France me estaba hablando. Sin embargo, no oía lo que decían, simplemente les veía mover los labios.-explicó el canadiense.

-Es bueno que hayas recordado esas...imagenes. Esa persona parecida a ti supongo que debe ser America, tu hermano.-dijo Holanda.

Matthew no dijo nada, y un ambiente silencioso se formó en torno a ellos, aunque no tardó mucho en ser disuelto.

-Holanda.-dijo Matthew de repente, rompiendo el silencio que se había formado.-¿Por qué tenemos nombres de países? Me refiero, a que por qué prefieres que te llame Holanda en vez de Govert.

-Ese tema...es delicado.-murmuró Holanda-cada uno de nosotros somos algo así como los embajadores más importantes de nuestro país. Entre nosotros nos llamamos por el nombre de nuestras naciones. Por ejemplo, mis hermanos son Bélgica y Luxemburgo. Pero cuando tenemos que relacionarnos con otra gente ajena a esto, nos llamamos por...nuestros nombres de pila(en mi caso, Govert, y en el tuyo Matthew).

-Creo que lo entiendo.-dijo Matthew dándole vueltas al tenedor.-¿Y no hay ninguno que prefiera ser llamado por su nombre de pila?

-Que yo sepa, no. Todos nos llamamos los unos a los otros por el nombre de nuestros países, y hasta donde mis recuerdos alcanzan, siempre ha sido así.

-¿Desde que somos pequeños somos...embajadores?

-Se podría decir que sí. Pero cuando fuimos pequeños teníamos a gente que nos ayudaban con tood.-explicó Holanda sin querer realmente entrar en detalles sobre el tema.

-Es como...una maldición, ¿no?

-Puedes verlo así. Pero es mejor acostumbrarte y asumirlo.-dijo Holanda llevándose la copa de vino a los labios.

-Mmmm...no sé si me gusta mi vida.-dijo Canadá, entrando un poco en pánico.

-Al menos piensa que tienes a más gente, como es el caso de Francia y mío, que somos como tú y sabemos cómo es vivir así.-dijo el holandés después de darle un largo trago al vino.

Matthew no dijo nada. Quizás la vida que llevaba no era tan mala...

El resto de la noche la pasó hablando de pequeñas cosas que había ido recordando poco a poco. Holanda le ayudaba a alcarar esos recuerdos. De hecho, hasta le explicó su recuerdo sobre el metro.

-El día que tuviste el accidente perdiste el metro y llegaste tarde a una reunión que teníamos.

-¿Por eso la sensación asociada a ese recuerdo es...de temor y lamento? Por que no quería llegar tarde a la reunión, ¿no?

-Exactamente.

Canadá sonrió, contento por haber desvelado ese pequeño misterio.

Cuando salieron del restaurante cambiaron la charla a cosas más cotidianas. Holanda le propuso quedar al día siguiente para enseñarle París, y el menor accedió encantado. Después de casi dos semanas allí, aún no había salido del barrio de Francia.

La charla en la que ambas naciones estaban muy inmersas les llevó de vuelta a casa de Francis.

-Me lo he pasado bien esta noche. Gracias por todo lo que me has contado.-dijo Canadá con una sonrisa.

-No hay de qué-respondió Holanda con una tímida sonrisa. Cuando veía a Canadá sonreír era imposible que no se le contagiara.-A mi también me ha gustado pasar esta velada contigo.

Canadá sonrió más al oír eso. Decididamente, podía confiar en Holanda. Parecía que detrás de esa fachada de hombre duro se escondía una persona muy diferente, con la cual podía sentirse tranquilo y podía decir que era la luz entre toda la oscuridad que estaba viviendo últimamente(no por exagerar, pero desde que había despertado del coma todo le parecía demasiado extraño, y Holanda le había resuelto más dudas en esas dos horas que Francia en dos semanas).

Sin que ninguno de los dos se diese cuenta, poco a poco la distancia entre ellos se fue reduciendo. Sus cabezas estaban cada vez más cerca, y por ende sus labios...el beso sería en tres, dos, uno...

-¡Suficiente!-dijo Francia abriendo la puerta y tomando a Canadá del brazo.-gracias por traer a mon petit a casa, Hollande. Adieu!

Y con eso, el francés cerró la puerta en las narices de Holanda no sin antes meter de un empujón al canadiense en su casa. Holanda no comprendía bien qué demonios acababa de pasar. Hacía un segundo estaba a punto de besar a Matthew...y de repente el maldito gabacho había aparecido y lo había arrastrado a la casa. ¡Se las pagaría! Tras dar una patada a la puerta, se giró y se alejó de allí con los puños tan apretados que no sería hasta más tarde se daría cuenta de que se había hecho sangre.

-¿Por qué has hecho eso?-preguntó el canadiense descolocado cuando Francia cerró la puerta.

-Porque tienes visita.-respondió Francia intentando calmarse.-Ven, es en el salón.

Matthew se sorprendió al oír esa inesperada noticia. ¿Después de estar casi dos semanas en París no era hasta ese entonces que recibía visitas? Sin contar a Holanda, claro está. Entonces...¿Quién podría ser?