Capítulo 4: Eres tú quien me elevas - (You Raise Me Up)

Había pasado algo más de tres meses de la boda de Austria y Hungría. También hacía muchas semanas que el germánico había perdido de vista completamente a la joven portuguesa la cual amaba. Cada día que pasaba más le martirizaba la culpabilidad, y se autoconscienció que haver intercambiado anillos con Elizaveta había sido el gran error de su vida, pues era de Deolinda de quien estaba realmente enamorado. Su vida sin ella era un auténtico drama; las composiciones pianísticas que acostumbraba a elaborar iban todas dirigidas a la lusitana, y eran lúgubres por la falta de su amor. Hungría no sabía todavía el porqué del grave estado en el que su marido se encontraba; y no dudó en preguntárselo más de una vez, mas él nunca se atrevió a contarle.

Un día de otoño, recibió una llamada de Alemania. El austríaco, el cual estaba trabajando en su nueva creación musical, no contestó. Pero el amigo alemán del aristócrata insistió hasta llamar a su móvil cuatro veces seguidas. A la última, el vienés al fin descolgó el teléfono, molesto.

-¿Qué quieres? -Gruñó nada más contestar, irritado.

-Que forma tan cortés de dirigirse a un amigo... Y yo que quería preguntarte cómo iba todo... -Hizo el alemán, algo ofendido por aquellas palabras del austríaco. -Bueno, este mal genio es característico de ti, lo había olvidado.

-¿¡Me llamas para preocuparte por mi o para reírte!? -Bufó Roderich, indignado, clavando con fuerza la mano encima del teclado de su piano, produciendo un horrible estruendo disonante. -¡Si es para burlarte de mi que llamas, ya puedes colgar!

-No te pongas así. -Lo calmó el rubio. -Te llamaba para decirte si te apetecía salir esta tarde por ahí. He descubierto un local muy interesante donde hacen actuaciones musicales; y he pensado que igual te gustaría venir.

-No estoy en condiciones de salir ahora mismo. Lo único que quiero es ahogarme en mis sufrimientos.

-Ven conmigo y saldrás de ellos. -La insistencia de Alemania sorprendió al austríaco.

-Muy bien. -Se convenció finalmente. - ¿A qué hora me paso por tu casa?

-En cinco minutos estoy en la tuya. Arréglate bien y démonos prisa o no llegaremos a tiempo.

-¿Qué quieres dec-? -Pero Ludwig ya había colgado. El vienés arqueó una ceja, asombrado por aquella extraña reacción de su buen amigo. Le hizo caso y se vistió elegantemente, y cuando justo terminaba de arreglarse para salir, llamaron al timbre. Abrió la puerta su esposa Elizaveta, y justo cuando el alemán iba a contarle una mentira para que no supiera adónde iban, llegó a tiempo Roderich.

-Me lo llevo un rato, que ya le conviene que le de el aire. -Hizo Ludwig, mientras saludaba a su antiguo compañero con un apretón de manos.

-Gracias, Ludwig. Pasáoslo bien. -Les deseó la magiar, que se acercó a su marido y le besó suavemente los labios. El austríaco se enrojeció, probablemente recordando la última vez que se besó con alguien enfrente de Alemania; aquel beso de Portugal el cual no había olvidado ni olvidaría jamás... Aquel bonito beso de despedida para un amor fugaz.

Los dos jóvenes andaron un buen rato por las calles de la capital austrohúngara, Viena; hasta llegar a un pequeño local a las afueras de la ciudad. Era un bar sencillo, como cualquier otro de la ciudad germánica, pero lo caracterizaba un pequeño escenario al fondo de todo del oscuro recinto, justo al lado de la barra. En aquel escenario había varios micrófonos y un gran piano de cola, así como una batería cubierta de polvo en el fondo de todo, ya que no debía utilizarse demasiado. El escenario estaba completamente vacío, pero las mesas encaradas a este estaban prácticamente todas llenas.

-¿Qué sucede aquí? ¡Esto está llenísimo! ¿Quién va a actuar? -Le preguntó el austríaco, curioso, al alemán.

-Tú espera y verás. -Fue lo único que dijo. Austria no podía más con tanta intriga, ¿qué estaba ocurriendo? Cuando se sentaron en una mesa vacía justo enfrente del escenario de madera, las luces de la sala se apagaron del todo y los focos blancos que apuntaban al escenario se encendieron. El presentador, un joven albino, Prusia, al cual el aristócrata vienés conocía demasiado bien -no lo aguantaba-, apareció. Entonces era el momento que todo el mundo debía aplaudir, pero no se oyó ni un alma.

-¡Gracias, querido público! -Exclamó el egocéntrico prusiano. -¡Gracias por estos intensos aplausos a mi magnífica persona! -El austriaco arqueó una ceja. ¿Cómo podía tener alguien tanta autoestima? Alguien del público aulló de desaprobación. -¡Y hoy, en este espléndido día de noviembre, tenemos sobre este fantástico escenario, la brillante cantante Deolinda Carriedo, que nos interpretará una hermosa canción, tanto como ella... -El corazón de Austria se paró por unos instantes. ¡Deolinda estaba allí! Estaba tan sorprendido y emocionado que ni se dio cuenta de como Gilbert acababa de tirarle los tejos.

-¡Pelota! -Voceó otra vez alguien. Luego sonaron unas risas de fondo. El pruso hizo una mueca extraña y luego prosiguió como si nada hubiera ocurrido:

-¡Nos interpretará una bonita canción portuguesa titulada Há Dias Assim! ¡Con todos ustedes, Deolinda Carriedo! -Entonces el público asistente empezó a aplaudir fuertemente, excitado, y unos segundos más tarde apareció la muchacha lusitana, acompañada por una pianista, la cual se sentó enfrente del gran piano de cola. Los ojos brillantes color amatista de Roderich se abrieron como naranjas, contemplando absorto la muchacha que quería secretamente y hacía tanto que no veía. Estaba preciosa: sobre su piel morena había un vestido corto sin mangas de una tonalidad entre blanco y ocre brillante. La pianista empezó a tocar los primeros acordes de la preciosa canción de amor lusa, y después de unos compases de espera, la cantante empezó a entonar las primeras palabras en portugués que formaban la dulce melodía:

Há dias assim, que nos deixam sós

A alma vazia, a mágoa na voz...

Las venas del austríaco se helaron por un momento. Su voz era redonda y extraordinaria; tanto que solo esos dos versos pusieron los pelos de la piel de Roderich de punta.

Gastamos as mãos, tanto as apertamos

Já não há palavras, foi de tanto as calarmos...

La muchacha ponía en cada palabra y en cada nota toda su emoción; y el público no tardó en emocionarse y en comprender la letra de la canción y lo que quería expresar sin conocer portugués, ya que los sentimientos y la música unidas decían mucho más que cualquier letra comprensible. Entonces empezó el estribillo, en el cual le dio un poco más de energía a su bella voz para aumentar la intensidad de su llamada:

Há uma canção que não te cantei

Versos por rimar, poemas que nunca inventei

Quem nos pôs assim?

A vida rasgada

Quem te me levou?

Roubou-me a alma

Mas de ti não sabe nada...

Entonces, Deolinda, que tenía los ojos cerrados y llenos de lágrimas, los abrió y se encontró justo enfrente suyo su inspiración: la persona a quien iba dirigida aquella canción. No se lo podía creer que estuviera Roderich allí, a primera fila escuchándola: su corazón dio un fuerte brinco y eso le otorgó más potencia a su voz.

Há dias assim, não há que esconder
¡Recear palavras, amar ou sofrer!
Ocultar sentidos, fingir que não há
¡Há dias perdidos entre cá e lá...!

Solamente estas últimas tres notas ascendentes en la última palabra final hicieron que sus lágrimas que guardaba saltaran y empezaran a resbalar por sus mejillas, mientras fundía su mirada con la de Austria. Cuando se dieron ambos cuenta de aquel intenso vistazo que se echaron, ambos se sonrojaron y sonrieron.

Há uma canção que não te cantei
Versos por rimar, poemas que nunca inventei
Quem nos pôs assim? A vida rasgada
Quem te me levou? Roubou-me a alma
Mas de ti não sabe nada

Entonces, mientras Roderich seguía mirando cautivado su querida Portugal sobre el escenario, Alemania le dejó a su amigo un papel cerca suyo: Era la letra de la canción juntamente con la traducción al alemán. Leyó rápidamente el fragmento en el cual se encontraban y sus ojos violetas se humedecieron también. Luego alzó la mirada de nuevo.

Sei que um dia saberás que a vida é uma só
Não volta atrás.

El rostro ahora sonriente de la muchacha portuguesa se iluminó por un instante, mientras volvía a mantener contacto visual con Austria. Luego apartó la mirada para dirigirse a todo el público mientras sonreía más y más... El aristócrata, por su banda, cada vez estaba más seducido por ella, y por aquella sonrisa de felicidad. Felicidad por él, porque estaba allí con ella. Porque no la había dejado sola. Y ella aún no lo sabía, pero no pensaba volver a dejarla escapar. Había sentido emociones tan intensas a su lado que no podía dejarlas esfumarse de nuevo; amaba con toda su alma a esa mujer y era con ella con quien quería vivir el resto de su vida.

Quem nos pôs assim? A vida rasgada
Quem te me levou? Roubou-me a alma
¡Mas de ti não sabe nada!

Una gran ovación envolvió la joven cuando terminó de entonar las últimas notas. Ella necesitó decir unas últimas palabras para agradecer al público su atención, y en especial, de uno de los asistentes:

-Muito obrigada... -Hizo dirigiéndose a todos los espectadores. Luego centró su mirada en la primera fila, en la mesa que justo estaba delante suyo, y justo a un par de ojos que la observaban detenidamente, absortos. -Sempre te amarei, meu amor. Eu quero-te tanto, Roderich...

El germánico, que no sabía nada de portugués, pudo comprender perfectamente todas aquellas palabras que le dirigió por su voz cargada de ternura y cariño. El austríaco, que hacía rato que había prorrumpido a lágrimas también, le contestó en su propia lengua por encima del gran ruido de los aplausos.

-Ich liebe dich auch, mein Schatz... Und ich werde es für immer machen; ¡ich könnte nie dich vergessen...! -El público vienés comprendió estas últimas palabras y enmudeció por ello, esperando ansioso la respuesta de la exitosa cantante. Esta le dio la mano para que subiera a la tarima con ella, y él no dudó en hacerlo. Encima del escenario, delante de más de unas veinte personas, Portugal saltó a los brazos de su amor y lo besó con todas sus fuerzas. Los espectadores de la entrañable escena se emocionaron y empezaron a aplaudir aún más.

-Te quiero... -Empezó el aristócrata austríaco.

-¡No, te quiero yo aún más...!-Exclamó la lusa, acariciándole los pómulos.

-No vuelvas a huir de mis brazos, ¿entendido? -Le ordenó firmemente, aunque ocultando las risas, el germánico, mientras achuchaba más la joven que tenía entre sus brazos. -No podría soportarlo...

-¡Pues claro que no! ¡Por supuesto que no...! -Entonces volvió a sollozar de las emociones que salieron de su interior como una cascada. Entonces, de la alegría pasó a la tristeza al recordar otro desgarrador instante. -¡Dijiste que ibas a olvidarme para siempre e intentar empezar una nueva vida con tu mujer...! Ella es una aristócrata como tú y... yo no tengo nada que ofrecerte, no tengo apenas dinero... Yo... -Pero no pudo introducir una palabra más, ya que sus labios quedaron cubiertos por los de él. Cuando se separaron, el austríaco le murmuró al oído mientras se fundían en otro cálido abrazo:

-Tienes muchísimo más que ofrecerme que ella... Voy a divorciarme y todo por ti... Nunca debería haberme casado, y mucho menos después de conocer a la hermosa persona que tengo delante mío. Y lo que dije... lo dije porque tocaba y quería ocultar todo lo que realmente sentía por ti, no porque lo sintiera. Subí al altar con la persona equivocada, me casé estando enamorado secretamente de ti. Vamos a estar juntos el resto de nuestras vidas, te lo prometo... -Le susurró amorosamente. Ella no pudo evitar esbozar otra enorme sonrisa mientras más lágrimas se formaban en sus ojos verdes brillantes. Entonces la tomó de nuevo en brazos y bajaron de la tarima de madera.

Salieron al exterior del local entre una gran ovación del público que los siguió con atención hasta desparecer por el horizonte. Mientras Roderich andaba con su querida ocultada entre la protección de sus brazos, se iban repitiendo el uno y el otro lo mucho que cada uno quería al otro. Eso llamó la atención de los vieneses que pasaban por su lado, los cuales se quedaban contemplando aquella preciosa escena cautivados por el gran poder del amor.

-¡Te quiero por encima de todo! -Gimió la lusitana mientras se acurrucaba bien al joven que la tenía bien agarrada.

-Y yo, mi amada, y yo también...

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Hola ;)

Lo siento por tardar tanto en actualizar.

Les dejo también la canción que canta Deolinda para Roderich... Una maravilla de canción, disfrutenla:

results?search_query=ha+dias+assim / watch?v=ZyjctAN5F-I

Y la traducción:

Hay Días Así

Hay días así, que nos dejan solos
El alma vacía, el pesar en la voz
Gastamos las manos por moverlas tanto
Ya no hay palabras por las habermos callado

Hay una canción que no te canté
Versos por rimar, poemas que nunca inventé
Que nos puso así? La vida rota
Quién te me llevó? Me robó el alma
Pero de ti no sabe nada

Hay días así, no hay lo que ocultar
Recelar palabras, amar o sufrir
Ocultar sentidos, fingir lo que no hay
Hay días perdidos entre aquí y allá

Hay una canción que no te canté
Versos por rimar, poemas que nunca inventé
Quién nos puso así? La vida rota
Quién te me llevó? Me robó el alma
Pero de ti no sabe nada

Sé que un día saberás que la vida es sólo una
No vuelta atrás

Quién nos puso así? La vida rota
Quién te me llevó? Me robó el alma
Pero de ti no sabe nada

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Hasta el proximo capítulo, gracias por leer! ^^