Una anciana caminaba hacia una cabaña. Ahí se encontraba el cuerpo sin vida de una sacerdotisa de cabellos largos y oscuros. Ella tenía piel clara, y ojos marrones, antes fríos, pero ahora al estar sin vida, no mostraban emoción alguna.
"No te preocupes", decía la anciana, "pronto volverás a ver aquellos ojos dorados." La anciana se sentó junto al cadáver, y le echó sobre su cuerpo un ungüento de color azul verdoso que olía a flores. Sobre los ojos le colocó un poco de barro. Hizo lo mismo con las manos y la boca. Luego, le echó sobre el pecho, cerca del corazón, un líquido trasparente que podría haber sido agua, pero despedía humo al estar en contacto con la piel. "Pronto verás aquellos ojos dorados." Decía la anciana a nadie en particular. Luego, salió de la cabaña. Escavó un poco en la tierra, y sacó un pedazo de tela roja. Luego, volvió al lado del cadáver, y le colocó la tela roja en una mano. Al instante el pecho del cuerpo sin vida de la sacerdotisa, comenzó a subir y a bajar en un ritmo lento.
"Inu… yasha." Susurró la sacerdotisa mientras dormía.
"Sucedió más rápido de lo que yo esperaba." Dijo la anciana. "Mejor así. Quiere decir que va a despertar más rápido."
. . .
Inuyasha iba caminando por el bosque. Estaba perdido y no sabía cómo volver. De repente, sintió el olor de alguien quien no creyó ver hasta el día de su muerte.
"Kikyo…", dijo incrédulo.
Para su sorpresa, Inuyasha vio que Kikyo se acercaba a él, lentamente. Ella no despedía olor alguno. Era como si estuviera viva. Cuando estuvo frente a él, como su flequillo le tapaba parte del rostro, Inuyasha le levantó el mentón para mirarla a los ojos… pero lo que vio, lo dejó casi sin habla. Los ojos de Kikyo estaban cerrados, pero sus párpados eran casi totalmente trasparentes. Sus ojos carecían de color.
"¿Kikyo…?", preguntó Inuyasha, horrorizado.
"I...nu…ya…sha." Susurraba Kikyo. Su voz se escuchaba distante, como si estuviera… muerta.
De la nada, Kikyo empujó a Inuyasha, haciendo qué éste cayera por un poso cuyo fondo ardía. Lo último que Inuyasha vio antes de que todo se volviera oscuro, fue el cuerpo sin vida de Kikyo desplomándose en el suelo.
"¡KIKYOOOOO!", gritó Inuyasha. Entonces, sintió que él se golpeaba contra el duro suelo de tierra.
Abrió los ojos, no entendía nada. ¿En dónde estaba Kikyo? ¿Adónde se había ido?
"¿Kikyo…?", preguntó Inuyasha, al ver a una mujer vestida de sacerdotisa sentada frente a él.
"¡ABAJO!", escuchó que alguien dijo. Al momento siguiente, se vio a sí mismo con la cara estampada contra el suelo.
"¿Ka-Kagome?" Dijo Inuyasha, al reparar en su error. Frente a él había una sacerdotisa, sí, pero no era Kikyo. Era Kagome, quien lo miraba con odio.
"¿Qué decías sobre Kikyo, Inuyasha?", le preguntaba la chica con la vista fija en sus ojos dorados.
"Yo…", empezó a decir la bestia, pero fue interrumpido.
"No me digas que me confundiste con Kikyo. ¡Espero que la próxima vez no me vuelvas a decir eso! ¡Sabés muy bien que odio que me confundan con alguien!", dijo Kagome, mientras se iba.
"Kagome yo… yo sólo estaba soñando con Kikyo." Dijo Inuyasha, pero para cuando se dio cuenta de su error, ya era tarde, de nuevo.
"¿Qué cosa? ¡Ahh! Estabas soñando con ella… muy bien, espero que haya sido un muy lindo sueño.", dijo la sacerdotisa, mientras caminaba hacia Inuyasha fingiendo una sonrisa.
"Kagome… ¿Te sentís bien?", preguntó Inuyasha al ver su reacción.
"Ah… yo estoy…"
¡PAF!
"Ahora sí.", dijo Kagome, mientras le daba a Inuyasha una sonrisa genuina, y observaba la marca toda colorada con los cinco dedos de su mano, que le había dejado en el rostro."Ahora sí estoy bien."
El mitad-bestia quedó atónito ante la reacción de la chica, quien ahora se estaba alejando, alegremente, mientras tarareaba un cancioncita.
De repente, vino a su mente la imagen horrorosa de Kikyo que había aparecido en su sueño. Creyó que sería mejor consultarlo con Kaede.
'En serio, sólo a ella se le ocurre salir en medio de la noche a buscar hierbas, para regresar al mediodía del día siguiente.', pensaba Inuyasha, mientras se acercaba a la anciana.
"Eh, disculpe, anciana Kaede, quisiera hablar con usted."
"Sí, seguro, muchacho, seguro." Decía Kaede, mientras se paraba. Ella estaba recolectando unos vegetales en la huerta, para cocinar luego un guiso. "Dime, Inuyash… ¿Acaso Kagome se encargó de castigarte?", preguntó la anciana, observando la marca que tenía Inuyasha en el cachete izquierdo, mientras caminaban hacia la cabaña.
"Ja, ja, ja. Sí… algo así."
"Bueno, en fin, ¿Qué es lo que querías preguntarme, muchacho?"
"Es con respecto a Kikyo."
Kaede frenó en seco. "¿Qué sucede con mi hermana?"
"Es que… hoy tuve un sueño extraño".
Inuyasha le explicó cada detalle acerca de su sueño.
"Ya veo… yo también tuve la sensación de que algo iba a ocurrir con respecto a mi hermana. ¿Dijiste que parecía estar viva?"
"Sí… eso parecía."
"Tengo un mal presentimiento sobre esto". Dijo Kaede, sombría.
[En algún lugar en el bosque]
"¿Y usted dice que se llama…?", preguntaba, con desconfianza, una sacerdotisa a una anciana.
"Mi nombre es Yami. El tuyo ya lo sé, es Kikyo. "
"¿Puedo saber porqué me trajo de vuelta a la vida?"
"Sólo quiero que seas feliz junto al hombre que robó tu corazón."
"Él ama a otra, además, ya dejé todo claro entre él y yo."
"Ah, ya veo. Bueno, entonces dudo que quieras todavía vengarte de esa chica que te lo arrebató, ¿no es así?"
"¿Vengarme?", preguntó kikyo, sumergiéndose en los recuerdos. Ella vio a Kagome al lado de Inuyasha tantas veces que le empezó a dar celos de tan sólo recordarlo. Le daban ganas de estrangularla, de sacarla de su camino, de tener a Inuyasha para ella sola, de hacer que… no. Ella no iba a volver a sufrir intentando ganar el corazón de Inuyasha, no de nuevo. No, no, no y no.
"Veo que te lo estás proponiendo. Bueno, si necesitás, algo, ya sabés dónde buscarme. Hasta la próxima." Dijo la anciana Yami, mientras se volvía humo, y desaparecía, dejando a una confundida Kikyo sentada en el suelo.
La sacerdotisa miró el girón de tela roja que tenía en su mano. 'Inuyasha, me encantaría verte de nuevo. No creo que una visita haga daño.'
. . .
Luego de hablar con Kaede, Inuyasha se fue y empezó a caminar por el bosque. A cada rato volvía a su mente el rostro de Kikyo, e inconscientemente, lo comparaba con su rostro cuando estaba con vida.
"Kikyo… desearía verte con vida de nuevo.", dijo mientras se sentaba en un tronco caído.
"¿De verdad, Inuyasha?", preguntó una voz, no muy lejos de él.
Al levantar la vista, vio con asombro que delante de él estaba Kikyo, de carne y hueso, con su arco y un carcaj lleno de flechas. Pero, lo más importante, estaba viva, y se veía preciosa.
"¡Kikyo!", dijo, mientras la abrazaba.
La sacerdotisa correspondió al abrazo, y una lágrima de felicidad cayó por su bello rostro, mientras se sonrojaba al tener a Inuyasha tan cerca de ella.
Kagome estaba caminando por el bosque, buscando a Inuyasha. Ella había hablado con Kaede, y ésta le había contado sobre el sueño de la bestia. Kagome quiso disculparse, ya que ese relato la había dejado pensativa y avergonzada. Sí, a veces Inuyasha se merecía que le dieran una buena cachetada, pero en este caso… no.
La sacerdotisa caminó un largo rato hasta que por fin lo vio. Pero estaba con alguien que ella no esperaba ver. Kikyo estaba abrazada a Inuyasha, y éste la abrazaba a ella con fuerza. Esto hizo que sintiera celos. No podía creer que Kikyo estuviera viva. SI ella la hubiera visto en otro momento, estaría feliz, pero verla abrazando a Inuyasha no era algo que la causara gracia.
"Me alegra verte, Kikyo.", dijo Inuyasha, separándose de su abrazo sin notar la presencia de Kagome.
Eso fue… la gota que colmó el vaso.
"Kagome POV:"
Me acerqué a ellos dos, furiosa. No podía tolerar ve esa escena.
"Inuyasha, sos un tonto, ¿Lo sabías? ¡Sos un Ton—!" No pude terminar la frase.
Sentí un dolor agudo en mi estómago, y al bajar la vista vi que tenía tres flechas atravesándome. Mi respiración se agitó, y sentí el gusto de la sangre en mi boca. Me di vuelta y vi a Kikyo apuntándome con otra de sus flechas.
Me alejé de ahí. No quería morir, pero supe que eso era lo que me iba a pasar. Al menos, no quería morir en ese lugar. Caminé como pude hacia un claro en el bosque. Me sentí débil, y caí al suelo, clavando aún más las flechas dentro de mí. Escupí sangre, y al momento siguiente, dejé de respirar. Un segundo después, vi una luz muy potente que me envolvía, y vi un rostro familiar mirándome a lo lejos. Luego, todo se tiñó de negro.
