"Kagome POV:"
Debía de ser de familia. Sí, tenía que estar en los genes de esos dos. Tenía que ser así. Ya era bastante el tener que soportar a Inuyasha cuando cometía torpezas, y ahora tenía que soportar a Sesshomaru. Obviamente yo estaba enojada, no me gustaba en absoluto que me trataran como a un objeto. Me sentía burlada. Él me creía una tonta, una chica ingenua que a falta de sus amigos, le acompañaría sin mirar atrás. ¡Qué tonta había sido al pensar que Sesshomaru me había ayudado por lástima! Eso habría sido doloroso, pero no tanto como lo que en verdad había hecho. ¡Ja, ja, ja! Yo, ¿Un juguete? ¿Un objeto, Sesshomaru? Eso no se lo iba a perdonar. Decidí no volver a hablarle, y como Jaken nunca me hablaba, permanecía callada.
Esa noche, en el puente, cuando Sesshomaru me vio llorando, me sentí como un fraude. Eso ya era malo, pero que el día en que me había echado a llorar, sabiendo que yo me sentía un poco mal emocionalmente, me dijese semejante cosa… Ahora no lo ayudaría jamás. Me quedaría callada, y quieta. Me importaba un bledo lo que le pasara.
. . .
'Estúpido Youkai', pensé con amargura al despertar. El día era gris, y llovía a cántaros. Me arreglé como pude mi cabello, y agarré una manzana de una rama del árbol en el cual me había quedado dormida la noche anterior. Estiré una mano hacia afuera para buscar un poco del agua de lluvia, y luego mojé la manzana para lavarla un poco. Comencé a morder la manzana. Estaba muy jugosa. De seguro era una de las primeras manzanas jugosas del otoño, que ya estaba sobre nosotros hacía unos días.
Los días lluviosos me hacían sentir algo nostálgica. Sonreí, recordando que cuando yo era muy chiquita, solía ponerme un impermeable y saltaba en los charcos que quedaban en los parques luego de la lluvia. Solían gustarme los días lluviosos, aunque en esos momentos yo era más bien una niña indefensa. De repente volví a la realidad al sentir que algo se movía en una rama más arriba. Agarré mi arco e instintivamente llevé mi mano hacia atrás, buscando una flecha. Entonces recordé que se me habían acabado.
— ¡Qué raro que sonrías, humana!
Sesshomaru estaba sentado en una rama de más arriba. ¿Cómo era posible que no hubiese notado su presencia? Tenía una media sonrisa en su rostro, pero sus ojos no mostraban emoción alguna. 'Tonto.', pensé. Dejé mi arco en donde antes estaba, y miré al Youkai con cara de pocos amigos.
—No es como si pudieses decir mucho, Sesshomaru. Vos jamás sonreís. Es un milagro verte con media sonrisa. Bueno, también es un milagro que hables, ya que permanecés callado la mayor parte del tiempo.
—No me provoques, humana. —me contestó con la voz fría como el hielo.
En su mano derecha se estaba comenzando a formar ese látigo verde venenoso. Enarqué una ceja, y lo miré despreocupadamente.
— ¿Qué vas a hacer si no me callo? ¿Matarme? No lo creo, Sesshomaru. Si tan útil soy para vos, no te arriesgarías y me matarías, ¿No?—le dije desafiante.
Sesshomaru bajó de esa rama de un salto, y velozmente, me tomó por el cuello. Luego me colocó contra el tronco del árbol. Me echó una mirada gélida, pero yo ni atención le presté. Desvié mi mirada hacia la lluvia y suspiré. Mi humor había cambiado mucho esos días, y la lluvia no ayudaba en nada. Estaba indefensa, y si me iba a matar, tenía la vía libre. Una lágrima calló de uno de mis ojos sin que yo pudiese siquiera retenerla. Más lágrimas siguieron cayendo, y yo lloraba en silencio.
Cerré mis ojos, y di un tembloroso suspiro. Comencé a notar que la mano del Youkai que tenía enfrente comenzaba a hacer presión alrededor de mi cuello. Yo seguí llorando en silencio, esperando lo peor. Yo había notado que Sesshomaru no andaba de muy buen humor esos días, y sabía que había sido mala idea provocarlo. Abrí los ojos, y lo miré. Sentí que la presión alrededor de mi cuello era mayor, y comenzaba a serme difícil respirar. Traté de ignorar eso, y me concentré en mirarlo a los ojos. Me sentía horrible al saber que pronto moriría en las manos de quién me había devuelto la vida. 'Me está ahorcando el que me devolvió la vida. Ahora sí que estoy metida en problemas. Bueno, ya no hay vuelta atrás.' De repente, la mano de Sesshomaru me soltó. Al instante siguiente, sentí un dolor agudo en mi hombro, y sangre comenzó a gotear sobre mi ropa, manchando toda mi camisa blanca de rojo.
—No me provoques, ¿Quedó claro? No pruebes tu suerte conmigo, tonta humana. —dijo Sesshomaru.
En sus garras chorreaba un poco de mi sangre, y caía al suelo. Yo me derrumbé contra el tronco del árbol. La sangre seguía saliendo de la herida, y yo jadeaba, tratando de recuperar el aliento perdido. 'Me voy a terminar desangrando.', pensé con amargura. Traté de sanar el corte, pero no funcionaba. 'Maldición. La herida es muy grande y profunda.'
— ¿No era más fácil ahorcarme y ya?—le dije a Sesshomaru antes de que se fuera.
No hizo caso, y comenzó a irse. Mi vista se estaba poniendo borrosa, y la lluvia no ayudaba. Traté de pararme, pero no pude, y para colmo, la herida se agrandó. Me asusté, y traté de curarme la herida de nuevo. Esta vez, un brillo mayor salió de mi mano, y enseguida sentí la energía purificadora en mi hombro. Parecía que iba a terminar de curarse, pero de la nada, comenzó a salir más sangre, y volvió a abrirse completamente. 'Listo,', pensé. 'ya no tiene arreglo.' Luego, me senté entre las raíces del árbol y me cubrí la cara con las manos. Después de un tiempo que me para mí habían sido horas, colapsé en el suelo, llorando todavía, sin fuerzas siquiera para mantenerme sentada. Sabía que mi vida se iría en un par de minutos.
— ¿No vas a intentar curarte el hombro, humana?—me preguntó Sesshomaru.
— No... No puedo. Ya lo intenté. No funciona. Es inútil. —le contesté, resignada.
Me sorprendí de lo débil que sonaba mi voz. Pero lo que me sorprendió más fue que un par de fuertes brazos me levantaron de suelo y me cargaron. Por poco había perdido mis sentidos, y con lo poco que veía, pude observar que estaba muy por arriba del suelo. Sentí la calidez de alguien junto a mí, y me acurruqué junto a ese alguien, ya que me había dado mucho frío, y nuevamente, la lluvia tampoco ayudaba.
La letra de una canción me volvió a la memoria, cerré los ojos, y comencé a tararear la canción para tratar de mantenerme consiente… aunque no duró mucho, ya que finalmente todo se volvió negro a mi alrededor.
. . .
Al recobrar la vista, sentí que la luz del sol me daba calor en el rostro, pero únicamente en el rostro, y supuse que los rayos del sol entrarían por una ventana. 'Sí, una venta, eso debe ser.', pensé medio adormilada. 'Un segundo, ¿El sol? ¿Una ventana? ¿Qué no había muerto?' Todo mi ser deseaba que todo hubiese sido un mal sueño. Deseaba encontrarme en mi cabaña, en la aldea, junto con la anciana Kaede, Inuyasha, y todos mis amigos. Manteniendo ese pensamiento en mi cabeza, abrí perezosamente los ojos… y se me cayó el alma a los pies. Sí, me encontraba en una cabaña, pero estaba claro que no era la mía.
— ¡Oh! Ya estás despierta. —dijo una sacerdotisa que estaba en la habitación.
—S-sí. Pero, ¿En dónde estoy? ¿Qué pasó?
—Tranquila, no te asustes. Ya está todo bien. La herida ya está curada, y no tenés nada por lo cual preocuparte.
—Está bien, pero, ¿Cómo llegué acá?
—Ah, te trajo tu amigo. Estabas muy mal herida. No sabía si ibas a sobrevivir, pero me alegra saber que sos más fuerte de lo que yo pensaba. De hecho, es un milagro que cuentes el cuento, je, je.
— ¿Eh? ¿Amigo? ¿Qué amigo?—pregunté extrañada. — ¡Ah! Ya sé. — me apuré a decir cuando me di cuenta de que la sacerdotisa me miraba preocupada.
'¿Sesshomaru me trajo hasta acá? Eso es muy… lindo de su parte. No es común, en absoluto.', pensé asombrada, pero en el fondo agradecida.
— ¡No tenés idea! Él venía a visitarte siempre que caía el sol. Esto fue así durante cinco días. Te debe tener mucho aprecio, querida.
La miré perpleja. No, no era posible. Bueno, ya le preguntaría a Sesshomaru cuando lo volviese a ver. Me senté y examiné las vendas que había en mi hombro. Estaban limpias, sin una gota de sangre.
—Cambié tus vendas hace unos minutos. Es por eso que están limpias. Aunque me da la sensación de que esta noche deberías sacártelas.
La sacerdotisa se acercó y me ayudó a pararme. Me indicó que me fuese a dar un baño y me dijo que a poca distancia había unas aguas termales. Al ver que la miraba extrañada, me explicó que el agua caliente me relajaría más, y así evitaría que mi herida se abriese muy pronto. Me dio un kimono envuelto en una tela, para que no se manchara, y también me dijo que cuando ya me hubiese cambiado, le traiga mi traje de sacerdotisa para lavarlo.
— ¿Estás segura?—le pregunté.
—Yo lo lavo. No es recomendable que hagas un gran es fuerzo ahora que recién se cura el corte, ¿no?— me contestó con una sonrisa.
Asentí, y me dirigí a las aguas termales.
Estaban al norte de la aldea, en un bosquecito. Me saqué mi ropa, y me metí en el agua. 'Ah… al fin, agua caliente. Realmente reconfortante.', pensé mientras me relajaba completamente. Sumergí mi cabeza bajo el agua, y nadé un poco. Luego, cuando ya me sentí limpia y fresca, salí del agua y desenvolví el kimono. Abrí los ojos de par en par al ver que la tela era preciosa. Era un kimono color blanco, con flores de cerezo azules por todos lados, y tenía un obi rojo. Era simple pero bello. Me lo puse, y era de mi talla. '¡Perfecto!', pensé entusiasmada al ver mi reflejo en el agua mientras me colocaba el obi.
Al volver a la aldea, me di cuenta de que recibía un par de miradas. Realmente, no me importaba en lo más mínimo. Divisé a la sacerdotisa en la puerta de la cabaña en la que me había despertado esa mañana, y me acerqué a ella.
— ¡Imaginé que ese kimono era de tu talla! La verdad, te queda precioso. Si querés, te lo regalo. Lamentablemente, a mí me queda muy holgado. —me dijo con una mirada algo nostálgica.
— ¿Qué? Ah, no podría. —le dije mientras le daba mi traje de sacerdotisa.
—Insisto. Yo no voy a usarlo, y tenés que admitir que te queda precioso. Ahora mismo me pongo a lavar tu traje. —me dijo.
Y, supongo, que para asegurarse que yo no dijese nada más, se alejó, dejándome ahí parada, pero totalmente agradecida. Miré alrededor, y por primera vez me di cuenta de que la aldea era muy rica. Había grandes cabañas, pero la cabaña en la que supuse que vivía esa sacerdotisa, era más humilde y sencilla. Estaba aburrida. No tenía a alguien con quien hablar, así que decidí ir a dar una vuelta por los alrededores.
Caminé por un hermoso prado lleno de flores hasta llegar a un río. En el medio había un puente de color rojo, y caminé hasta allí. El río estaba lleno de vida; había coloridos peces saltando y plantas acuáticas flotando en la superficie. Ese lugar parecía estar burlándose del otoño. El día era cálido, el sol estaba radiante, había verde y verde por doquier, y las flores tenían colores vibrantes. Sonreí. Me sentía feliz por primera vez luego de muchos días. En un momento me dio hambre, y caminé un poco hasta dar con un árbol de duraznos. Sí, duraznos. Definitivamente, ese lugar se estaba burlando del otoño. Agarré el que me pareció más jugoso, y luego regresé al río. Enjuagué la fruta, y lo mordí. Era muy jugoso, y además estaba bien maduro. Me senté a en la orilla del río, y me quedé allí un rato. Estuve todo el día dando vueltas por allí.
Cuando el cielo empezó a ponerse naranja, me dirigí de vuelta a la aldea. La sacerdotisa me esperaba en la puerta de su cabaña. Al acercarme, me entregó una bolsa de tela, y me dijo que allí dentro estaba mi traje de sacerdotisa. Luego, nos pusimos a hablar. Le agradecí de corazón que se hubiese preocupado tanto por mí, y ella dijo que no tenía porqué agradecerle. Sin darme cuenta cómo, me encontré hablándole de Inuyasha; de la pelea contra Naraku; de mi vida en la aldea.
—A todo esto, ¿Cuál es tu nombre?— le pregunté.
—Ay, perdón, qué descuidada. Mi nombre es Saki.
— ¡Qué bonito nombre! El mío es Kagome.
—Interesante. —me contestó.
Saki se quedó callada durante un rato. El sol ya se había ocultado, y unas franjas violetas se apreciaban en el horizonte.
—Si no me equivoco, tu amigo debe estar por llegar —comentó. —. ¿Qué tal si le das una sorpresa esperándolo afuera, en el prado?
— ¿Una sorpresa? Eh… está bien. Creo que una sorpresa no le molestaría. —le contesté, algo nerviosa.
—Excelente. Ah, ¿Me dejarías que te arregle un poco el pelo? Es que está un poco desordenado.
—Eh… sí, sí claro.
Saki se fue a su cabaña, y al regresar, traía un peine en una mano. Comenzó a peinarme un poco la parte de atrás de mi cabeza. Luego siguió con los mechones del costado. Finalmente, colocó una flor de cerezo en un costado.
—Gracias. Pero, ¿Por qué el detalle de la flor?
— ¡Ah! Es que creí que te quedaría bien. Además, resalta mucho tus ojos y boca, ¿no?
—Eh… sí.
Me despedí de ella, le volví a agradecer por todo, y luego me fui de la aldea. Comencé a caminar por el prado hasta que sentí una fuerte presencia detrás. Me di la vuelta, y allí se encontraba Sesshomaru, imponente como siempre.
La luz de la luna hacía brillar las marcas de su rostro, y su cabello plateado tenía un brillo particular. Me acerqué, y paré cuando estuve a unos dos pasos de él. Agaché mi cabeza y desvié mi mirada.
—Gracias por traerme hasta aquí para que curaran el corte, Sesshomaru.
Sesshomaru se agachó un poco y me levantó el mentón, para mirarme a los ojos. Lo miré a los ojos, y traté de no parpadear. Por un segundo me pareció ver arrepentimiento en sus ojos, pero fue tan sólo una fracción de segundo, así que no podía estar segura. No decía nada, sólo me miraba a los ojos. En un momento parpadeó, y se alejó. Allí fue cuando me di cuenta de que él había estado acercándose lentamente, a tal punto que pude sentir su aliento en mi rostro. Al darme cuenta de ello, me sonrojé, y me di vuelta, cubriéndome el rostro con las manos. Respiré profundamente, y suspiré. Me sentí culpable sin saber porqué.
Sin darme cuenta de lo que hacía, caminé hasta el río hasta llegar a la mitad del puente. Allí paré, y observé la luna. Era cuarto menguante. Luego desvié la vista hacia el agua. Lo que me había dicho Saki era verdad, esa flor resaltaba mucho mis ojos, aunque resaltaba más mis labios. '¿Porqué me da la sensación de que el "detalle" de la flor tiene otro fin además de ser un adorno?', pensé algo intranquila. Escuché pasos acercándose, y al darme la vuelta, vi que Sesshomaru me observaba.
Sin saber bien porqué, me sonrojé un poco. Me parecía que Sesshomaru me miraba de una forma en particular. La forma en que me miraba me hacía querer decirle que estaba realmente agradecida por todo. Quería pedirle perdón, me sentía una tonta. De seguro era impresión mía, ya que su mirada rara vez mostraba algo.
—Me doy cuenta fácilmente de que te gusta este lugar. Podrías quedarte. —me dijo Sesshomaru.
Abrí mucho los ojos, sin poder creer lo que me decía.
—No podría. No tengo dinero, ni nada. Todo está… en la aldea de la anciana Kaede. —le contesté, desviando mi vista al cielo.
Era una noche preciosa; la luna iluminaba todo, a pesar de ser cuarto menguante y las estrellas cubrían todo el cielo. No había una sola nube. Todo era perfecto. Ninguno de los dos decía nada, aunque todavía quería decirle todas esas cosas a Sesshomaru.
—Me dijeron que venías a verme mientras estaba inconsciente. ¿Por qué lo hacías, si no te importo?—le pregunté, sin dejar de observar el cielo.
Pasaron unos minutos, y no me había respondido. Lo miré, y él estaba mirando hacia otro lado, con el semblante relajado. Me acerqué un poco.
—Sesshomaru, ¿Me estás escuchando?
Él me miró. Enarcó una ceja, tomó delicadamente mi mentón, y se acercó, quedando a escasos veinte centímetros de mi rostro. Luego, me miró a los ojos durante unos segundos.
—Si no te vas a quedar, será mejor que me acompañes. —dijo, comenzando a alejarse de mí.
—Eh, ¡Esperá! ¿Me vas a contestar?—al menos, quería una respuesta.
Inesperadamente, Sesshomaru se acercó, colocó una mano en mi cintura, y con la otra acarició mi cachete izquierdo.
—No hablés cuando no sabés de lo que estás hablando. —me dijo.
—Se-Sesshomaru…—le dije mientras me sonrojaba.
—Shh… no digas nada.
Acortó la distancia que nos separaba. Yo, ya sabiendo lo que iba a pasar, y sin intentar resistirme, cerré los ojos.
Y me besó.
