Disclaimer: Todo es obra de Tolkien, y por tanto a él (y a sus herederos) le pertenece. Relato en respuesta al desafío al sexy foro 'El Poney Pisador' lanzado por Ivorosy.
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-Simbelmynë: el sino de la estirpe de Eorl-
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Capítulo 5. La princesa cisne
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—Es muy seguro—le había dicho Imrahil con una sonrisa conciliadora—Pensad en nuestros barcos como caballos que os llevarán hasta Dol Amroth en la panza, sin ningún tipo de preocupación para vos más que la de meceros y disfrutar del viaje al compás de las aguas.
Y un carajo. Desde que había pisado el primer tablón de ése maldito barco había sentido las ganas casi irrefrenables de salir corriendo en la dirección contraria. Si no lo había hecho había sido por deferencia a la princesa que le colgaba del brazo. Y no sabía si podría dedicar dicha deferencia por mucho más tiempo. Las tablas bajo sus pies se balanceaban, bailaban acompasadas a un ritmo lento, que le hacía pensar en la muerte. Una muerte horrible y húmeda, lejos de la tierra seca y segura de las llanuras de Rohan.
Notó como fue agarrado con más fuerza. Lothiríel buscó su mirada con una tímida sonrisa en los labios, como si hubiera sido capaz de ver en su rostro reflejados los negros pensamientos que vagaban por su mente.
—¿Es la primera vez?
—No tengo miedo—Se apresuró a excusar un comportamiento semejante por parte del rey de Rohan. No creía que la intención de ella hubiera sido arrojar algo de duda al respecto, al contrario. Parecía preocuparle menos el honor que a él el suyo.
—Qué suerte, yo aún me inquieto un poco cuando subo a una nave… ¿Os importa si os cojo de la mano?—Contestó ella, deslizándola grácil por su antebrazo para acabar entrelazando los dedos con los de él, sin esperar respuesta alguna. Tampoco era una molestia, la verdad. Sus manos eran suaves y delicadas, y su tacto era ligero como el del roce de una pluma—Temo que con el vaivén termine cayendo, de lo fuerte que es el viento esta mañana… No pudimos elegir un día menos propicio…
—¿Deseáis que retrasemos la partida, mi señora?—Se arriesgó a parecer cobarde, pero no era el mareo que empezaba a sentir, la angustia en la boca del estómago o el miedo a perecer en las aguas inmensas lo que le había llevado a sugerirlo. Dudaba que la dama que tenía delante tuviera miedo de algo en esta vida, mucho menos al mar o al viento al que sin duda por fuerza habría de haberse acostumbrado desde bien pequeña. Pero su padre los seguía de cerca. Había mostrado debilidad para que la suya pasara desapercibida. En cualquier caso sabía la respuesta a su propuesta antes si quiera que las palabras abandonaran los labios de la muchacha.
—¿Deseáis retrasar la partida, mi señor?—respondió amable. Una fuerte ráfaga de viento provocó un movimiento brusco en las olas y el casco, haciendo que ambos perdieran por poco el equilibrio. Por suerte, él tenía una baranda de madera detrás y pudo apoyarse para no caer. Cuando Lothiríel se dio cuenta de a dónde había tenido que agarrarse, retiró la mano de su pecho y se alejó un poco. Le hizo gracia que aun habiendo estado ambos lo suficientemente cerca como para robarla un beso, ella se había ruborizado al tocar un simple peto de cuero—Tal vez sería lo mejor.
—Claro que no. Os hice una promesa. —De nuevo había sido débil y ella lo había respaldado. La miró divertido. ¿Estaba marcando la dinámica de lo que esperaba fuera su matrimonio?
—¿Y si os prometo no enfadarme?
—No voy a romperla, ni aunque os cause enfado. Sólo es el nerviosismo del viaje, y sé que deseáis llegar a casa lo antes posible…—La alegría volvió al rostro de la princesa al escucharlo, como si cada pregunta en cuestión hubiera sido una prueba que al parecer había superado. No le apetecía ser examinado, pero debía reconocer que la había juzgado mal y había pecado de ingenuo creyendo que conseguiría casarse con la hija de Imrahil de buena gana simplemente por expreso mandato de su padre. Él nunca habría ordenado a Éowyn casarse con alguien a quien no amara, y ella no lo habría aceptado sin objeción. Ahora entendía que el caso de Lothiríel no era diferente, y le llenaba de satisfacción porque la mujer ya le había calado hondo y no habría soportado hacerla su esposa si no lo amase realmente.
—Sentémonos en estribor entonces, y disfrutemos de la vista mientras dejamos Tolfalas atrás. Estoy segura que quedaréis sin aliento, aunque no os faltará tanto como cuando lleguemos a Dol Amroth.
Fue en ése momento que tiró de él en el que se percató que en ningún momento había soltado su mano. Se quedó mirándola fijamente, hasta que se dio media vuelta y le llevó de la mano mostrándole los parajes que vislumbraban, describiéndoselos al detalle. Pero él sólo atendía a los hilos de oro trenzados que se entremezclaban con sus mechones de pelo negro, que le llegaba casi a la altura del cinturón de hebillas doradas.
Lothiríel había dejado los ropajes oscuros y del color de la grana en Rohan. Volvía a vestir los colores azules y blancos de su casa, la ropa fresca del sur, las sandalias doradas típicas con las que su hermana había sido incapaz de caminar dos pasos seguidos porque según ella se la escurrían los dedos… Éowyn y la princesa se habían llevado asombrosamente bien desde el principio, para ser dos mujeres de carácter. A su hermana la había sorprendido tanto que la 'princesa cisne'—como ella solía llamarla cuando hablaban a solas refiriéndose al porte elegante y refinado de la de Dol Amroth— se llevara tan bien con él, que cuando la confesó que pensaba casarse con ella Éowyn se quedó muda de la impresión. Claro que tardó poco en abandonar el silencio para felicitarlo sinceramente y ya de paso, hacerle notar el parecido de su prometida con la reina de Gondor. Sí que era cierto que se daba un aire, tal vez debido a que seguramente corriera algo de sangre élfica por las venas de la hija de Imrahil, pero el parecido acababa con el cabello oscuro y largo y los ojos claros de ambas. A diferencia de la belleza etérea de la Estrella de la Tarde, la de su cisne era pura energía… desprendía un magnetismo vibrante, una fuerza devastadora, como las rugientes olas que morían abajo contra el casco del velero blanco.
—No creáis que no valoro lo que estáis haciendo por mí— Se atrevió a sincerarse tras comprobar que no había nadie por los alrededores— Gracias, rey Éomer.
—No sé a qué os referís, princesa.
—No mintáis por ser cortés, por favor. Prefiero mil veces la honestidad. Sé que preferíais hacer el viaje a caballo… vuestra cara al ver el barco de mi padre debió de ser como la mía al ver vuestra yegua.
—Menos expresiva, espero.
—Os prometo que merecerá la pena—sonrió de nuevo, intentando meter en vereda los cabellos rebeldes desordenados al viento—Cuando veáis el castillo en el borde del acantilado con las olas rompiendo a sus pies, os quedaréis sin palabras. Es mucho mejor que llegar por tierra, confiad en mí.
—¿Es que algo os hace pensar que no lo hago? Estoy aquí ¿no?
