Dormí mal, pero no pude tomarme el día libre. Era mi primer día en el instituto de Eden, un edificio de ladrillo que parecía un establo grandote, más que un colegio. Había tan pocos alumnos que casi no había merecido la pena construir uno, y mucho menos mantenerlo en funcionamiento. Matricularme había sido idea de mi madre. Había perdido el último curso para cuidar de ella, y ahora estaba empeñada en que acabara el bachillerato.
Llegué al aparcamiento dos minutos después de que sonara el primer timbre. Mamá se había mareado esa mañana y no me fiaba de la enfermera, una mujerona gorda llamada Sofía. No es que tuviera nada de sospechoso, pero me había pasado casi cuatro años cuidando de mi madre y por lo que a mí respectaba nadie podía hacerlo mejor que yo. Estuve a punto de saltarme las clases para quedarme con ella, pero mi madre insistió en que me fuera. El día ya había sido bastante difícil, aunque yo estaba segura de que solo podía empeorar.
Por lo menos no tuve que hacer sola el camino de la vergüenza al cruzar el aparcamiento. Cuando estaba a medio camino del edificio, noté que detrás de mí iba un chico. Se veía bastante mayor y tenía un corte mohicano , un aspecto bastante rudo. A juzgar por su expresión alegre, parecía importarle un pimiento llegar tarde.
Corrió para llegar a la puerta antes que yo y vi con sorpresa que me la abría. No se me ocurría ni un solo chico de mi antiguo instituto capaz de hacer una cosa así.
—Después de usted,mademoiselle.
¿Mademoiselle? Me quedé mirando el suelo para no mirarlo como a un bicho raro. No convenía ponerse grosera el primer día.
—Gracias —mascullé, y al entrar apreté el paso, pero era más alto que yo y me alcanzó enseguida.
Y para mi espanto, en vez de pasar de largo, siguió caminando a mi lado.
—¿Te conozco?
Dios mío. ¿De verdad esperaba que le contestara? Por suerte pareció que no, porque no me dio tiempo a responder.
—No, no te conozco.
Brillante observación, Einstein.
—Pero debería conocerte.
Justo antes de llegar al despacho se giró y se interpuso entre la puerta y yo. Me tendió la mano y me miró con expectación.
—Soy Puck —dijo, y por fin pude verle bien la cara.. Tenía los rasgos más definidos, más maduros de lo que esperaba—. Noah Puckerman pero me dicen Puck. Ríete y me veré obligado a odiarte.
No me quedó más remedio que componer una sonrisita y darle la mano.
—Quinn Fabray.
Se quedó mirándome algo más de lo estrictamente necesario, con una sonrisa bobalicona. Yo me quedé allí parada mientras pasaban los segundos, removiéndome, inquieta, y por fin me aclaré la garganta.
—Eh… ¿podrías…?
—¿Qué? Ah —soltó mi mano y de nuevo me abrió la puerta—. Tú primero Quinn Fabray,.
Entré, apretando con fuerza mi bolso. Dentro del despacho había una mujer vestida de azul de la cabeza a los pies, con un pelo liso de color castaño rojizo que yo habría dado el pie derecho por tener.
—Hola, soy…
— Quinn Fabray —me interrumpió Puck poniéndose a mi lado—. No la conozco.
La recepcionista logró suspirar y reírse al mismo tiempo.
—¿Qué ha pasado esta vez, Puck?
—Se me ha pinchado una rueda —sonrió—. La he cambiado yo mismo.
Ella anotó algo en una libreta de hojas rosas, arrancó la hoja y se la dio.
—Tú vienes andando al instituto.
—¿Sí? —su sonrisa se hizo más amplia—. ¿Sabes, Irene?, si sigues dudando así de mí, voy a empezar a pensar que ya no te gusto. ¿Mañana a la misma hora?
La mujer se rio y Puck desapareció por fin. Me resistí a mirarlo y clavé la mirada en un anuncio que había pegado al mostrador.
— Quinn Fabray —dijo la mujer, Irene, cuando se cerró la puerta del despacho—. Estábamos esperándote.
Se puso a mirar en un archivador y yo me quedé allí, incómoda, y deseé que hubiera algo que decir. No era muy habladora, pero al menos podía mantener una conversación. A veces.
—Tienes un nombre muy bonito.
Levantó sus cejas perfectamente depiladas.
—¿Sí? Me alegro de que te guste. A mí también me gusta. Ah, aquí está —sacó una hoja y me la pasó—. Tu horario y un plano del centro. No te será difícil encontrarlo. Los pasillos están pintados según el curso, y si te pierdes solo tienes que preguntar. Somos bastante amables por aquí.
Asentí mientras me fijaba en mi primera clase. Álgebra. Genial.
—Gracias.
—De nada, querida.
Me volví para marcharme, pero cuando toqué el pomo de la puerta, carraspeó.
—¿Señorita Fabray? Solo… solo quería decirte que lo siento mucho. Lo de tu madre, quiero decir. La conocí hace mucho tiempo y… En fin, lo siento mucho.
Cerré los ojos. Todo el mundo lo sabía. Yo no me explicaba cómo, pero lo sabían. Mi madre decía que su familia había vivido en Eden generación tras generación, y yo había sido lo bastante idiota como para creer que mi llegada pasaría desapercibida.
Parpadeé para contener las lágrimas, giré el pomo y salí rápidamente con la cabeza gacha, confiando en que James no intentara hablar conmigo otra vez.
Nada más doblar la esquina me tropecé con una especie de muro. Perdí el equilibrio, me caí y el contenido de mi bolso se desparramó por todas partes. Me puse colorada y procuré recoger mis cosas mientras farfullaba una disculpa.
—¿Estás bien?
Levanté la vista y me hallé cara a cara con una chaqueta beisbolera. La muralla humana me miraba desde su altura. Al parecer, Puck y yo no éramos los únicos que llegábamos tarde esa mañana.
—Soy Finn—se arrodilló a mi lado y me ofreció la mano.
La agarré el tiempo justo para incorporarme.
—Quinn —dije.
Me pasó mis cuadernos y yo se los quité y volví a meterlos en mi bolso. Dos libros de texto y cinco carpetas después, me levanté y me sacudí los vaqueros. Fue entonces cuando me fijé en lo mono que era. No solo para un pueblucho como Eden; también habría parecido muy mono en Nueva York. Aun así, había algo en su forma de mirarme que me dio ganas de apartarme de él. Pero antes de que pudiera hacerlo, una chica rubia muy guapa se adosó a él y me miró de arriba abajo. Puede que sonriera, pero se inclinaba contra Finn y se agarraba a su brazo de un modo que parecía estar orinando encima de él para marcar su territorio.
—¿Quién es tu amiga, Finn? —preguntó, agarrándolo aún más fuerte.
Él la miró inexpresivamente y tardó un momento en rodearla con el brazo.
—Eh… Quinn. Es nueva.
Su sonrisa falsa se hizo más grande y me tendió la mano.
—¡Quinn! Soy Ava. He oído hablar tanto de ti… Mi padre tiene una inmobiliaria y me ha hablado de ti y de tu madre.
Al menos ahora tenía alguien a quien culpar de la gotera de mi cuarto.
—Hola, Ava —dije, picando el anzuelo, y tomé su mano—. Encantada de conocerte.
Su mirada dejaba bien claro que nada la habría hecho más feliz que llevarme al bosque y enterrarme viva.
—Lo mismo digo.
—¿Qué clase tienes primero? —preguntó Finn estirando el cuello para mirar mi horario—. Álgebra. Puedo… podemos enseñarte dónde es si quieres.
Abrí la boca para decir que no, pensando que no había razón para tentar más aún al destino ahora que había aparecido Ava, pero antes de que pudiera decir nada me agarró por el brazo y me llevó por el pasillo. Miré a Ava dispuesta a disculparme por secuestrar a su novio, pero cuando vi lo coloradas que tenía las mejillas y lo tensa que estaba su delicada mandíbula me quedé sin habla.
Quizá mi madre me sobreviviera, después de todo.
acá el nuevo capitulo
allison green : ten calma ya aparecerá :*
