Cuando iba camino del coche, después de que sonara el último timbre, Puck volvió a alcanzarme. Llevaba los auriculares colgando del cuello y de ellos salía una música atronadora, pero al menos no dijo nada. Yo seguía enfadada porque no me hubiera echado una mano con Ava, así que esperé a llegar a mi coche para darme por enterada de que estaba allí.

¿Se me ha caído algo? —pregunté. No se me ocurrió un modo mejor de dejarle claro que no quería hablar con él.

¿Qué? No, claro que no. Si se te cayera, te lo devolvería.

Su confusión me pilló por sorpresa. ¿De verdad no me entendía? Me quedé con la llave metida en la cerradura, preguntándome cuánto iba a durar aquello. ¿Sería solo ese día o tendría que esperar hasta que dejara de ser una novedad? La gente no había parado de mirarme en todo el día, pero solo Finn, Puck y Ava se habían acercado a hablarme. Pero no me sorprendió. Se conocían todos desde que estaban en pañales y era más que probable que los grupos de amigos estuvieran formados desde la guardería. Allí no había sitio para mí. Yo lo sabía, ellos lo sabían y a mí me parecía de perlas.

No salgo con chicos —dije sin pensarlo, pero ya que lo había dicho tenía que continuar—. En casa tampoco. Es solo que… No salgo con chicos y ya está. No es nada personal, no es que esté buscando una excusa. Lo digo en serio. No salgo con chicos.

En lugar de parecer decepcionado o deprimido, Puck me miró con los ojos café abiertos de par en par y una expresión de pasmo. Con el paso de los segundos empecé a ponerme colorada. Al parecer, ni se le había pasado por la cabeza pedirme salir.

Me pareces muy guapa.

Parpadeé. O quizá sí.

Pero eres un ocho, por lo menos, y yo me quedo en un cuatro. No nos está permitido tener citas. Así lo dicta la sociedad.

Lo miré intentando averiguar si estaba hablando en serio. No parecía bromear, y me miraba otra vez fijamente, como si esperara alguna respuesta que no fuera un bufido burlón.

¿Un ocho? —balbucí. Fue lo único que se me ocurrió.

Puede que un nueve si te maquillas un poco. Pero me gustan los ochos. A los ochos no se les sube a la cabeza. A los nueve sí. Y los diez no saben hacer otra cosa que ser eso, dieces. Como Ava.

Hablaba en serio. Giré la llave en la cerradura y lamenté no tener un teléfono móvil para fingir que me llamaba alguien.

Bueno… gracias, creo.

De nada —se quedó callado un momento—. Oye, Quinn, ¿puedo preguntarte una cosa?

Me mordí el labio para no decirle que ya lo había hecho.

Claro, adelante.

¿Qué le pasa a tu madre?

Me quedé paralizada y me dio un vuelco el estómago. Pasaron unos segundos sin que dijera nada, pero Puck siguió esperando una respuesta.

Mi madre… De lo último que quería hablar en ese momento era de su enfermedad. Me parecía mal difundirlo por ahí. Era como si la estuviera exhibiendo a ella. Y egoístamente quería guardarla para mí sola esos últimos días, semanas o meses. El tiempo que me quedara con ella, quería que estuviéramos solas las dos. Mi madre no era una atracción de feria que mirar, ni un cotilleo que pudieran llevar y traer. No lo permitiría. No permitiría que mancharan así su recuerdo.

Puck se apoyó contra mi coche y vi un destello de compasión en su mirada. Pero yo odiaba que se compadecieran de mí.

¿Cuánto tiempo le queda?

Tragué saliva. Para tener cero habilidades sociales, me estaba leyendo como si fuera un libro abierto. O quizás fuera así de evidente.

Los médicos le dieron seis meses de vida cuando yo estaba en primero —agarré las llaves de mi coche tan fuerte que se me clavaron en la piel. El dolor me distrajo, pero no bastó para hacer desaparecer el nudo que tenía en la garganta—. Lleva mucho tiempo aguantando.

Y ahora está lista.

Asentí, aturdida. Me temblaban las manos.

¿Y tú? ¿Lo estás?

A nuestro alrededor el aire parecía de pronto extrañamente denso para estar en septiembre. Cuando volví a mirar a Puck, mientras me devanaba los sesos buscando algo que decir para que se marchara antes de que me echara a llorar, me di cuenta de que el aparcamiento estaba ya casi vacío.

Puck alargó el brazo y abrió la puerta.

¿Estás bien para llegar a casa?

¿Lo estaba?

Sí.

Esperó a que subiera al coche. Luego cerró la puerta con suavidad. Bajé la ventanilla en cuanto encendí el motor.

¿Quieres que te lleve?

Ladeó la cabeza y sonrió como si hubiera dicho algo increíble.

Hasta ahora siempre he venido andando a clase, con lluvia, con nieve, con ventisca, con granizo, da igual. Eres la primera persona que se ofrece a llevarme.

Me sonrojé.

No tiene importancia. La oferta sigue en pie, si quieres.

Se quedó mirándome un momento como si intentara tomar una decisión respecto a mí.

No, no pasa nada, iré andando. Pero gracias.

No supe si alegrarme o si sentirme culpable por querer alegrarme.

Hasta mañana, entonces.

Asintió con un gesto y puse el coche marcha atrás, pero justo antes de que levantara el pie del freno se inclinó otra vez hacia la ventanilla.

Oye, Quinn, puede que tu madre aguante un poco más.

No dije nada, no sabía si podría mantener la compostura. Estuvo mirándome mientras daba marcha atrás y al salir a la carretera le vi un instante atravesando a pie el aparcamiento. Había vuelto a ponerse los grandes cascos en la cabeza.

A medio camino de casa tuve que pararme a llorar largo y tendido.

Mi madre se pasó casi toda la noche encorvada sobre una palangana, vomitando, y yo sujetándole el pelo. Cuando se hizo de día y apareció Sofía, la enfermera, mi madre tuvo las fuerzas justas para llamar al instituto y avisar de que no iba a ir a clase, y nos pasamos las dos el día durmiendo.

Después de una tanda de pesadillas espeluznantes, me desperté poco después de las cuatro con el corazón acelerado y la sangre helada en las venas. Todavía sentía cómo me llenaba el agua los pulmones mientras intentaba respirar, sentía los oscuros remolinos de sangre que me envolvían mientras la corriente tiraba de mí hacia abajo, y cuanto más me debatía, más me hundía. Tardé unos minutos en tranquilizarme, y cuando por fin pude respirar con normalidad me puse un poco de corrector bajo los ojos para disimular las ojeras. No quería preocupar a mi madre.

Cuando fui a ver cómo estaba, me encontré a Sofía sentada en una silla, frente a su puerta, canturreando en voz baja mientras tejía lo que parecía ser un jersey de color rojizo. Parecía tan contenta que nadie habría adivinado que al otro lado de la puerta mi madre se estaba muriendo.

¿Está despierta? —pregunté, y negó con la cabeza—. ¿Has puesto la medicación en el gotero?

Claro, querida —contestó con amabilidad, y dejé caer los hombros—. ¿Vas a ir a la fiesta de esta noche?

¿Cómo sabes eso?

Me lo ha dicho tu madre. ¿Vas a ir con eso?

Miré mi pijama.

No voy a ir.

Era una hora con mi madre que no podría recuperar, y no nos quedaban muchas para estar juntas. Cloqueó, contrariada, y la miré con enfado.

¿Tú no harías lo mismo si fuera tu madre? Prefiero pasar la noche con ella.

¿Eso es lo que ella querría que hicieras? —preguntó, dejando su punto—. ¿Dejar tu vida en suspenso mientras esperas a que se muera? ¿Crees que eso va a hacerla feliz?

Aparté la mirada.

Está enferma.

Estaba enferma ayer y seguirá estándolo mañana —repuso con suavidad.

Sentí su mano cálida en la mía y la aparté. Crucé los brazos sobre el pecho, tensa.

Ella querría que tuvieras una noche para ti sola.

Tú qué sabes —le espeté, y me tembló en la voz una emoción que se negaba a permanecer enterrada—. Tú no la conoces, así que deja de hacer como que sí.

Se levantó y colocó con cuidado su labor sobre la silla.

Lo que sé es que solo habla de ti —me dedicó una sonrisa triste que no pude soportar, y fijé la mirada en la moqueta—. Lo que más desea en el mundo es saber que vas a ser feliz y que estarás bien sin ella. ¿No crees que vale la pena invertir una o dos horas de tu tiempo para darle un poco de paz y de consuelo?

Rechiné los dientes.

Claro que sí, pero…

Pero nada —cuadró los hombros y, aunque era de mi altura, de pronto pareció mucho más alta—. Tu madre quiere que estés contenta y tú puedes darle ese consuelo saliendo esta noche y haciendo amigos. Yo me quedaré aquí y me aseguraré de que tenga todo lo que necesite, y no pienso aceptar un no por respuesta.

No dije nada, me quedé mirándola fijamente mientras me ardía la cara de rabia y frustración. Me sostuvo la mirada sin ceder ni un ápice y por fin tuve que apartar los ojos. Ella no sabía lo precioso que era cada minuto para mí y no había forma de hacérselo entender, pero tenía razón sobre mi madre. Si eso la hacía feliz, lo haría.

Está bien —me limpié los ojos con la manga—. Pero si le pasa algo mientras estoy fuera…

No le pasará nada —contestó con voz de nuevo cálida—. Te lo prometo. Puede que ni siquiera se dé cuenta de que te has ido y cuando vuelvas tendrás algo que contarle, ¿no crees?

Si Ava se salía con la suya, no me cabía ninguna duda de que sí.


Hola chis hoy les Dare ds capitulos seguidos para premiar q tngo tres reviews \o/ cn respecto a lo de rachel ya aparecera solo tengan un poco de paciencia.. besos y abrazos