Entonces ocurrieron dos cosas al mismo tiempo: primero me di cuenta de lo que estaba pasando. Ava iba a dejarme allí, sabiendo perfectamente que me daba miedo el agua. No había ninguna hoguera: lo había hecho premeditadamente. Lo segundo ocurrió cuando Ava se lanzó al río. En lugar de verla alejarse a nado, oí un crujido espeluznante. Se había golpeado la cabeza con una roca y la corriente se la llevó enseguida, flotando inerte.
Hice una mueca. El agua la arrastró casi cinco metros mientras estaba allí mirando, pero ella no se movió. El golpe debía de haberla dejado sin sentido.
«Mejor».
No, mejor no, me dijo la parte más ecuánime de mi cerebro. En absoluto. Si de verdad estaba inconsciente y no solo aturdida, se ahogaría si la corriente no la empujaba hasta la orilla.
Gruñí para mis adentros. «Que sufra». De todos modos, el río no era muy ancho. Volvería en sí y acabaría por llegar a la orilla. Pero la vocecilla compasiva de mi cabeza respondió que, si le ocurría algo, sería culpa mía. Y que, aunque hubiera intentado hacerme una jugarreta, no podía soportar que le ocurriera una desgracia a otra persona cercana a mí. Estaba harta de tragedias.
Mi cuerpo se puso en movimiento antes de que mi mente tomara una decisión. Quizá no se me diera muy bien nadar, pero podía correr. Me quité los tacones y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, ya había recorrido la mitad de la distancia que nos separaba. La corriente era fuerte, pero no tan rápida como me había parecido al principio. Alcancé enseguida a Ava y me paré en la orilla llena de barro, pero enseguida me enfrenté a un nuevo problema: el agua.
El recuerdo de mis pesadillas desfiló por mi cabeza, pero lo alejé de mí. Ava estaba en medio del río y boca abajo, lo que significaba que no podía esperar a que se acercara. Solo tenía dos opciones: dejar que se ahogara o meterme en el río a buscarla. O sea, que no tenía elección.
Encogiéndome de temor, me metí en el agua helada y chapoteé hacia ella, saltando torpemente para mantenerme en pie. Tropecé con una piedra y me caí. Un instante después, la corriente me había arrastrado a mí también.
El pánico se apoderó de mí en cuanto me vi con la cabeza sumergida, pero estaba consciente y, aunque no sabía nadar, el río no era profundo. No sucedió como en mis pesadillas: conseguí hacer pie e impulsarme hacia la superficie. Luché por llegar hasta Ava y, cuando por fin lo logré, la agarré del brazo y tiré de ella hacia mí. El corazón me latía tan deprisa que me dolía, pero seguí respirando con la mayor calma que pude. Mataría a Ava en cuanto volviera en sí, y si había justicia en este mundo, tendrían que darle puntos y su preciosa cara quedaría marcada para siempre.
Tiré de ella hacia la orilla y la saqué del agua gélida. Sentí un inmenso alivio al encontrarme otra vez en tierra. Aunque solo había pasado medio minuto en el agua, su piel ya había empezado a volverse azul. La puse de lado, confiando en que sirviera de algo si había tragado agua.
—¿Ava? —dije al arrodillarme a su lado. Me castañeteaban los dientes—. Ava, despierta.
Siguió inmóvil. Me incliné hacia ella y esperé a que respirara, pero no respiró. Noté un nudo de angustia en la garganta y tragué saliva. Un masaje cardíaco. Eso podía hacerlo.
La puse boca arriba, apoyé las manos sobre su diafragma, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…
La miré, esperando. Nada.
—Si esto es una broma… —lo intenté otra vez. No pensaba hacerle el boca a boca a no ser que fuera absolutamente necesario.
Fue entonces cuando reparé en la brecha que tenía en la cabeza. No sé cómo no la vi antes: tenía el pelo todo manchado de rojo. Dejé un momento el masaje cardíaco para ver si era grave. No era solo un corte. Se me revolvió violentamente el estómago cuando le aparté el pelo para ver la herida. Su cráneo no era redondeado por la parte de la coronilla: era plano.
Chillé y me tapé la boca, a punto de vomitar. Hasta a oscuras saltaba a la vista que lo que tenía delante de mis ojos no era solo pelo y sangre. Tenía el cuero cabelludo expuesto y desgarrado en parte, y a través de la brecha se veía el cráneo aplastado y trozos de… Dios mío, no quise ni pensarlo.
Palpé rápidamente su cuello intentando encontrarle el pulso, pero fue en vano. Había empezado a respirar agitadamente y la cabeza me daba vueltas cuando empecé otra vez a hacerle el masaje cardíaco, maquinalmente. No podía ser, no podía estar muerta. Era solamente una broma, una travesura cruel, y yo solo tenía que buscar patéticamente la verja de entrada y regresar a casa a pie. Ava no tenía que…
—¡Socorro! —grité tan fuerte como pude mientras me corrían lágrimas calientes por la cara—. ¡Que alguien me ayude!
que tal vamos chics?
